August 2, 2022
De parte de Sare Antifaxista
213 puntos de vista

“Al Fascismo no se le discute, se le destruye”. Buenaventura Durruti en Solidaridad Obrera, 12 de septiembre de 1936

Endika Alabort Amundarain, economista y miembro de CNT * E.H 

Cuando alguien denuncia actos fascistas, siempre surgen voces que señalan la inexactitud del término, que no hay que llamar a todo fascismo. Por otro lado, tenemos a medios de comunicación pertenecientes a grandes empresas y a gobiernos, en los que sin vergüenza alguna se normalizan argumentos fascistas todos los días. Nuevos “enfant terribles” en prensa que nos intentan colar como izquierdistas, cuando son más cercanas a las ideas falangistas. Redes sociales que radicalizan hacia la extrema derecha a miles de personas. Y buenistas que, enarbolando la bandera de la libertad de expresión, se niegan a censurar discursos y actos fascistas. Eso sí, declararse antifascista parece ser de intransigentes y radicales extremos. Ese es el contexto en el que el movimiento antifascista actual se mueve.

El fascismo nunca ha dejado de estar ahí. Para el caso del Reino de España, esto es evidente con la continuidad del Régimen en la mal llamada Transición; pero si analizamos Alemania e Italia, pese a depuraciones de altos cargos, éste se ha mantenido vivo. Mejor dicho, los poderes económicos lo han mantenido vivo, porque el fascismo, en sus diferentes variantes, ha sido la herramienta útil del Capital para cortar cualquier transformación social revolucionaria, que la clase trabajadora y las clases populares puedan tomar el rumbo de sus vidas. El ultranacionalismo alemán que formaban los Freikorps, acabando con la Revolución Alemana, protofascismo antecesor del nazismo; los Fasci italiani di combattimento como vía para acabar con el Biennio Rosso y el poder obrero en las fábricas; o la mezcolanza española de falangistas, tradicionalistas y militares acabando a base de genocidio con un proceso de tibia democratización, han sido tres ejemplos del fascismo de primera mitad de siglo XX. Pero habría que ir más atrás, la aparición del Ku Klux Klan supremacista en la década de 1860 en los EE.UU., uniformes con capucha, sus métodos de intimidación a través de la violencia y su formación de redes alternativas de autoridad ya eran precursores del fascismo del siglo XX. En estos contextos surge el antifascismo, donde, con sus más y sus menos, sirve de punto de encuentro de las diferentes ramas del socialismo, junto a las minorías que el fascismo amenaza. Y donde se le responde con todas las herramientas posibles.

Pese al relato oficial, el fascismo perdedor no desapareció en 1945. Se ha adaptado, ha tomado nuevas formas. Y con el largo ciclo decadente del Capitalismo desde 2008, ha vuelto a enseñar los dientes. Sonríen orgullosos en las diferentes administraciones, tienen pase vip en los medios de comunicación de masas, y marcan cada vez más las calles para demostrar que son suyas. Y, sin embargo, declararse antifascista suena casi a terrorista.

El reto que tenemos por delante es enorme. En contexto es el de una crisis multisistémica en la que las certezas que antes supuestamente existían, dejan paso a una situación de incertidumbre crónica. Nunca nos creímos el pacto entre trabajo y capital, pero para muchas personas trabajadoras el acceso a vivienda y consumo (a base de endeudarse), encadenamiento de trabajos precarios con el horizonte de que algún día todo mejoraría, ha servido como método de autocontrol de clase. Ese horizonte (que realmente era sólo para una minoría) se ha volatilizado. La crisis permanente es un hecho. La posibilidad de radicalización está ahí, pero no hay que olvidar que el fascismo es otra forma de radicalización, la opuesta a la que buscamos. Y entre tanta frustración y proyectos vitales que se van al garete, el capitalismo utiliza recursos para redirigir esa desilusión hacia la ultraderecha.

Por eso hay que tomarse en serio al fascismo, sea de la variedad que sea. No caben medias tintas. Tenemos la memoria del siglo XX, lo que ocurrió, cómo se paró al fascismo. No fue pacífico, tampoco había otra vía. Es imprescindible trabajar la memoria histórica antifascista, porque sin memoria somos manipulables, sin memoria los poderes podrán contar la historia que más les convenga. Porque al final va a parecer que los gudaris y milicianos de 1936 eran demócratas, cuando eran abertzales, comunistas, marxistas, anarquistas; que pertenecían a organizaciones como ANV, el PSOE, el PCE, PNV, organizaciones obreras como UGT, ELA, CNT… quieren diluir el evidente antifascismo de todos esos luchadores y luchadoras en asépticos demócratas.

Por esas razones el antifascismo hay que situarlo al margen de instituciones y debe ser independiente de partidos. Al margen de los partidos, porque si dejamos esta lucha en sus manos, acabará convirtiéndose en la excusa perfecta para que nos digan que hay que “votarles para detener al fascismo” cada 4 años, nada más. Ya sabemos el trabajo que hacen las instituciones, siendo ejemplares los Tribunales, que no ven fascismo por ningún lado, pero sí terrorismo por todos. O como se utilizan para intereses partidistas los institutos gubernamentales del ámbito de la memoria histórica. El trabajo institucional en el caso vasco, monopolizando la memoria histórica es otra forma de reescribir la historia a favor de los actuales gobernantes. Autonomía no quiere decir aislarse, quiere decir que el movimiento antifascista no puede supeditarse a partidos e instituciones.

Es ahí donde el trabajo de Sare Antifaxista es indispensable. Tener como referencia la independencia política e institucional. Pero mucho más. Un trabajo de hormiga de denuncia de cada agresión, amenaza, identificación de actos fascistas, que no verás en los medios de comunicación generalistas. Rompen con la impunidad de estos elementos que no dudarían en mandarnos al paredón. Sin ese trabajo, parecería que no hay fascistas en Euskal Herria. Siempre me viene a la mente el caso griego, donde lograron tumbar a Amanecer Dorado mediante movilizaciones masivas, plataformas amplias, persecución judicial y la confrontación callejera, algo que siempre se ha fomentado desde el antifascismo vasco. Pero confrontar en la calle, a día de hoy, es ser un criminal. ¿Sería hoy posible una batalla de Cable Street, donde se estrelló el British Union of Fascists? Los autodenominados demócratas, además de mandar apalearnos, nos mandarían a la cárcel para una larga temporada.

Seguir trabajando en conexión con los movimientos antifascistas de otros territorios, el trabajo de control de elementos y actos fascistas, inculcar una cultura antifascista, trabajar la memoria histórica y que los movimientos populares sigan considerando el antifascismo una referencia transversal a día de hoy es ya un éxito, vista la criminalización del antifascismo. Habrá que estar atentas a los derroteros de la ultraderecha, al ecofascismo, y el riesgo de surja una ultraderecha local más allá de los clichés rojigualdos y tricolores. Y recordar que solo mediante el fortalecimiento de organizaciones como Sare Antifaxista, junto con un claro anticapitalismo se podrá hacer frente a esta nueva oleada de extrema derecha.

Quiero finalizar felicitando a Sare Antifaxista por sus 18 años de lucha, una larga trayectoria de mucho esfuerzo militante totalmente indispensable para las que luchamos por un mundo mejor y anticapitalista.

18 Aniversario / Sare Antifaxista: “Nunca hemos aceptado las políticas clientelares que las instituciones proponían para trabajar el tema de la Memoria Histórica”

https://sareantifaxista.blogspot.com/2022/07/sare-antifaxista-la-mal-llamada-ley-de.html 




Fuente: Sareantifaxista.blogspot.com