February 24, 2021
De parte de Oveja Negra
334 puntos de vista


鈥 as铆 como no es la peste y el ruido del Progreso la parte m谩s espantable del autom贸vil, sino la cara del conductor, llena de aquella seriedad desconsoladora del que cree que est谩 yendo a alguna parte.

Comuna Antinacionalista Zamorana, Comunicado urgente contra el despilfarro

Hablar de guerra no es ninguna exageraci贸n, si nos paramos a pensar en los millones de muertos causados por la circulaci贸n de autom贸viles y en toda clase de males que la acompa帽an: ciudades y zonas rurales trituradas, paisajes arrasados, etc. Esta guerra ha conformado un tipo humano particularmente representativo que con solo mirarlo se comprende el significado de la expresi贸n hombre totalitario. Ejemplo de aquello en lo que se convierte el ser humano bajo la acci贸n de las restricciones organizativas de la sociedad industrial, el automovilista contin煤a si茅ndolo cuando pone todo su empe帽o de ser civilizado en hacer de lubrificante de la t茅cnica de la mejor manera posible, circulando c铆vicamente, incluso ecol贸gicamente si es que posee un coche 鈥渓impio鈥, por el desierto transitable que le prepararon: en cualquier caso, sigue siendo el atropellador que el proyectil que conduce le ordena ser.

Jaime Semprun, El abismo se repuebla.

Una de las experiencias m谩s espantosas de una vida bajo la asfixia de una aglomeraci贸n es la que se padece cuando uno se halla inmerso en el tr谩fico automovil铆stico. Mientras experimenta sus horrores, uno se da cuenta de que lo m谩s esencial de ese proceso de embrutecimiento generalizado es la suspensi贸n de toda forma de acci贸n humana libre y de todo atisbo de esperanza. La posibilidad de maniobra humana libre y razonada es pr谩cticamente anulada: las exigencias de la Velocidad del Progreso consiguen imponer sus propias din谩micas. La impotencia y la violencia, que amenazan con brotar en cualquier instante del atasco, surgen muchas veces como reacci贸n justamente al hecho de que no se puede proseguir con el desplazamiento a la velocidad adecuada, es decir, es una reacci贸n frente a la aparici贸n muy clara del tiempo vac铆o que constituye el trayecto, tanto m谩s sentido cuanto menos velozmente este se hace. La lucha se desata entre el permanecer lo m谩s tranquilo posible o dejarse llevar por una impotencia de la que enseguida brota la agresividad y la rabia. Sin embargo, a pesar de toda la violencia y brutalidad que padecen los conductores, a pesar de toda la estupidez a la que est谩n expuestos, sorprendentemente la cara del conductor permanece con esta aterradora expresi贸n de aquel que no duda en ning煤n momento y que tiene muy claro su destino. Algunos de ellos se desesperan, a menudo insultan a los que van en otros coches y tratan de adelantarse los unos a los otros: es la imagen perfecta de c贸mo bajo la imposici贸n de la Econom铆a organizada unos hombres se convierten en lobos para otros, haci茅ndoles correr el riesgo de ser comidos como si fueran ovejas. Nunca, de hecho, el pr贸jimo nos estorba tanto como durante los insufriblemente largos y lentos minutos y horas de tr谩fico. Pero es que as铆 son los aires de Progreso, camarada: mira a esos muchachos de 16-17 a帽os que sue帽an con manejar uno de esos chismes y cuando por fin los ves conduciendo, hasta parecen haberse hecho m谩s maduros. S铆, en estos tiempos tan extra帽os que corren uno a menudo parece hacerse un hombre, como anta帽o se sol铆a decir, cuando ya es capaz de manejar este trasto. La exigencia de algunas mujeres de poder hacer uso de ellos en igualdad de condiciones que los pobres hombrecillos solo muestra otro ejemplo m谩s de su asimilaci贸n al patr贸n masculino y de su sometimiento (de otra forma, ya no como parte excluida y marginada, sino como parte activa y protagonista) al Orden imperante.

Los individuos amasados en tan poco espacio, enfrascados en un tr谩fico que lentamente destruye sus nervios y su salud, se ven forzados a expulsar su odio y rabia a los pr贸jimos porque ya no pueden aguantar m谩s (de hecho, algunos no aguantan nada y tocan el claxon y chillan a la primera de cambio). El odio nunca es tan in煤til como cuando lo expresan los conductores durante alg煤n embotellamiento. Suelen culparse entre ellos, enzarzarse en in煤tiles trifulcas verbales con las otras v铆ctimas de tanto progreso no pedido: pues la enorme y compleja estructura tecno-industrial que muele sus huesos y sus nervios se ha convertido en su ambiente 鈥渘atural鈥 y por el hecho de estar en pr谩cticamente todos lados ya ni se percibe, y por ello no se le dirige la mirada llena de ira. Echar谩n pestes sobre los dem谩s cuando tengan que echarlas, pero pocos de ellos renunciar铆an a seguir siendo molidos, pues la din谩mica del Progreso es tan fuerte y potente que arrastra consigo todo lo que encuentra a su paso, incluidos los automovilistas.

Esta potente din谩mica se acompa帽a por los esfuerzos desde arriba por implantar en los corazones de la gente cierta predisposici贸n a la sumisi贸n, alimentada a veces por la impotencia y otras veces, por la fe en que lo que est谩 es bueno que est茅 justamente porque est谩 y, por tanto, tiene que haberlo y hay que aprovecharse y alegrarse de ello (y esta misma fe es la que les dicta que quien no est茅 contento con este Progreso necesariamente ha de ser un rid铆culo rom谩ntico amante de las cavernas prehist贸ricas). En este acatamiento m谩s o menos resignado de las 贸rdenes que se dan de una manera imperceptible y que son impuestas en funci贸n de las necesidades que tiene el Capital de seguir viviendo a costa de todo lo vivo se aprecia claramente la tendencia en las sociedades modernas hacia cierto orden totalitario bien cubierto de algod贸n, suave y esponjoso, que esconde bajo la aparente voluntad personal y libre circulaci贸n de los individuos la sumisi贸n de estos a las exigencias que marca el desarrollo del Capital. La perpetuaci贸n de esta especie de sometimiento dulce y confortable por ahora parece estar bien asegurada: la masa de individuos no ofrece s铆ntomas de tener mucho que oponer; en cambio, s铆 muestra cierta expresi贸n de satisfacci贸n m谩s o menos contenida por la independencia y libertad que le brinda el autom贸vil. 驴Qu茅 te puede hacer m谩s libre e independiente que tu autom贸vil que te lleva all谩 donde quieras ir?

Tal vez no fuera del todo exagerado, en este sentido, preguntarse por si en verdad es el conductor quien conduce el coche o si es que es, al contrario, de alguna manera conducido por 茅l. O, en todo caso, hacerse uno mismo la pregunta de hasta qu茅 punto uno es conductor y no conducido. Ciertamente, a estas alturas del Progreso nuestra fe en que somos nosotros los conductores no parece tambalearse mucho. Es decir, creemos con cierta firmeza en que somos nosotros quienes tomamos las decisiones e imponemos nuestra voluntad a los variopintos aparatos que han entrado en el mundo y lo han transformado hasta dejarlo irreconocible. Uno est谩 seguro de que decide libremente que tiene que irse a este u otro lugar, sea su trabajo, sea un centro comercial o cualquier cosa que sea, despu茅s coge su coche y gracias a su inestimable ayuda en un espacio de tiempo relativamente corto (o no tan corto, eso ya depende) ya est谩 donde quiere. El autom贸vil, as铆, se presenta como un aparato que est谩 al servicio del libre movimiento del individuo, que lo utiliza para desplazarse all谩 donde quiera o deba (por ejemplo, para llegar al lugar de su trabajo o a un festival cultural de masas). El individuo es obligado a creer que es el protagonista de la acci贸n y que a su servicio est谩n todos estos aparatos que trae consigo el Progreso; es decir, tiene que desechar bien r谩pido la sospecha de que este desarrollo t茅cnico hace tiempo que ha cobrado protagonismo y le ha impuesto su propia impersonal voluntad. Es m谩s, si por su cabeza no pasa ni la sombra de esa duda, tanto mejor: tiene que estar seguro de que lo mismo que el Hombre controla el Universo a trav茅s de su Ciencia, su ejemplar individual ejerce un control parecido sobre los aparatos que han venido a simplificarle la vida.

Esa ilusi贸n funciona como una especie de tranquilizante para su conciencia. Alguien que un s谩bado o viernes decide irse de escapada de fin de semana o de compras a un centro comercial y que recurre para ello a un coche en realidad no est谩 nada claro que lo haga de forma tan libre como podr铆a creerse, pues muchas de estas acciones ya estaban requeridas en la l贸gicas de las necesidades del Orden establecido, en el cual, por ejemplo, el turismo de todo tipo y la compra en el supermercado solo son dos modalidades del despilfarro de bienes. La planificaci贸n urbana y la ubicaci贸n espec铆fica de los centros comerciales u otros lugares de consumo de masas, el crecimiento de las aglomeraciones y la proliferaci贸n de autopistas y otras infraestructuras, la fabricaci贸n de autom贸viles y su promoci贸n, entre muchas otras cosas, est谩n configurando un ambiente en el que este individuo ha de vivir y determinan sustancialmente su forma de ser y de comportarse. La complejidad del asunto parece residir en que se consigue con cierta eficacia que este individuo-conductor, por lo general, tome este ambiente configurado seg煤n las necesidades del Capital como absolutamente normal, natural, inevitable. Porque solo si lo toma de esta manera no se le pasar谩 por la cabeza que est谩 literalmente recorriendo una ruta que ya estaba dibujada para que 茅l o cualquier otro la recorriese. Que su libertad de movimiento est谩 ya calculada, parida y medida en la necesidad que tiene de estar movi茅ndose continuamente el propio Capital.

Evidentemente, alguno tal vez pueda contradecir a eso que de cualquier modo nuestros actos van a ser condicionados por el entorno en el que los hombres desarrollan sus actividades: es un apunte v谩lido, pero para este caso est谩 mal dirigido. Pues la cuesti贸n est谩 en otra parte, a saber, en que el individuo ya no dispone de la libertad de intentar siquiera salirse de este entorno ni de cuestionar su pertinencia (m谩s all谩 de los perfeccionamientos que se buscan para mejorarlo, pero eso no es cuestionamiento ninguno, sino su aceptaci贸n) y que, por otra parte, sus actividades se est谩n reduciendo cada vez m谩s a una u otra forma de Trabajo in煤til, es decir, vienen impuestas por las necesidades que tiene el dinero de circular para vivir: las actividades de los hombres son cada vez menos producto de sus propias experiencias, b煤squedas y sentimientos y cada vez m谩s meras imposiciones de un sistema econ贸mico altamente tecnificado, que m谩s que satisfacer las necesidades de la gente impone sobre ella las que tiene y crea 茅l mismo. Cierta intuici贸n de esta trampa de vez en cuando se asoma en nuestras almas individuales, pero la hemos de desechar pronto para no correr el riesgo de darnos cuenta de la profundidad del abismo que est谩 debajo de nuestros pies.

Que el autom贸vil tiene que ser vendido no por una necesidad de la gente libre y no sometida, sino para cumplir con la sencilla regla de que lo que se produce ha de ser vendido para producir m谩s todav铆a parece ser bastante evidente. Esta producci贸n de coches, por otra parte, encaja perfectamente en la din谩mica de la sociedad moderna y la apuntala a la vez. Como bien se sabe, el Capital, para vivir, tiene que asegurar un movimiento sin cesar de las cosas; evidentemente, sucede lo mismo con las personas: ellas tambi茅n tienen que estar puestas en movimiento. Y el autom贸vil es uno de esos medios que cumple a la perfecci贸n este mandato. El 茅xito del coche posiblemente se debe, entre otros factores, a que en su propia estructura ofrece la posibilidad de movilizar continuamente los 谩tomos individuales de la sociedad de masas. El movimiento de estos no es libre como m铆nimo desde hace tiempo, pues es el propio Capital el que necesita que se muevan, su estructura t茅cnica apunta en este sentido.

Desde el mismo momento en que una marca de autom贸viles empieza a producirse y, despu茅s, publicitarse en el mercado, el uso que posteriormente se har谩 de 茅l se halla literalmente grabado en su dise帽o y estructura[1], y pr谩cticamente todo lo que har谩 el individuo con ese coche ser谩 m谩s o menos lo que se esperaba que se hiciera, que es, en pocas palabras, llevar a cabo una modalidad de consumo o incluso inventar, sin pretenderlo, una nueva. Esto significa que los supuestamente libres actos del individuo, que comprar谩 y usar谩 ese autom贸vil, ya est谩n de alguna manera prefijados y requeridos en la l贸gica de la vida acelerada del Capital, pues el autom贸vil viene a encauzar la vida de la sociedad seg煤n la direcci贸n 贸ptima para el Capital. Por tanto, estos actos pueden ser lo m谩s c贸modos posibles, ser producto de unas posibilidades de movilizaci贸n y desplazamiento imposibles en otras circunstancias, es algo indiscutible, pero son actos publicitados y, por ende, no libres, impuestos en forma de una amable y seductora oferta. Es en este sentido c贸mo quiero sugerir que es el propio autom贸vil el que en cierta medida conduce al individuo que cree conducirlo.

Es evidente, por lo dem谩s, que ya por el mero hecho de haber toda esa propaganda publicitaria que trata de asegurarnos de las necesidades que tenemos y que quedar铆an sin resolver si no dispusi茅ramos de esa maravilla podemos sospechar de la inutilidad originaria del autom贸vil: es decir, que en condiciones m谩s sanas no habr铆a necesidad de 茅l. 鈥溌緾贸mo te voy a llevar a un hospital si te pasa algo y no tenemos un coche para hacerlo?鈥 Una pregunta que, por ejemplo, a muchos lime帽os les parece confirmar la necesidad del coche, pero lo que pasa es que no siempre suelen profundizar en el razonamiento para llegar a comprender que es una necesidad fabricada, impuesta, falsa (y por ello pretenden justificar con usos muy excepcionales un trasto que por regla general no hace m谩s que expandir el mal all铆 por donde pasa): que el autom贸vil se ha vuelto necesario solo porque se han impuesto las condiciones urbanas propicias para el desarrollo del Capital, pues no solo es adaptable a ellas, sino que en su propio funcionamiento ayuda a instalarlas primero y arraigarlas despu茅s. El que hace esta pregunta de forma ciega tambi茅n est谩 ciego respecto a un hecho sencillo: las distancias que tiene que recorrer un lime帽o para hacer tal o cual cosa son fruto no de una evoluci贸n natural, sino del aplastamiento de la vida y del sometimiento de las tierras, los valles y los cerros a las necesidades del Capital, que para vivir necesita expandirse y ocuparlo y movilizarlo todo a su alrededor.

Pero que no se enga帽en demasiado los apagados habitantes de las aglomeraciones del mundo entero: esta reconfiguraci贸n del espacio no es un producto de mentes conspiradoras que quieran gobernarnos a todos: 隆qu茅 sencillo ser铆a acabar con ese gobierno! No, parece m谩s bien que es el propio desarrollo t茅cnico, impersonal y fr铆o, impulsado por el sistema capitalista, el que marca cada vez m谩s nuestro modo de vivir, el de todos nosotros, los que est谩n m谩s arriba y los que estamos m谩s abajo. Lo que son solo posibilidades para el sistema t茅cnico actual, para los hombres y las mujeres que est谩n dentro de 茅l son muchas veces imperativos, presentados en forma de ofertas de consumo. Y si para este sistema es posible hacernos conducir un autom贸vil durante 6-8 horas para llegar a un lugar m谩s o menos tur铆stico (pr谩cticamente cada lugar es potencialmente tur铆stico), nos movilizar谩, pues 驴a qui茅n no le seduce la seductora oferta que nos ha preparado el desarrollo del Estado con sus autopistas y tan diversos lugares y modos de consumo? El sistema t茅cnico en el que vivimos es el molde donde a nosotros no nos cabe m谩s opci贸n que rellenarlo de la manera que corresponde. La entrada del autom贸vil en nuestra vida no ha supuesto sino eso: adaptaci贸n nuestra (nuestra conversi贸n en conductores) y el de nuestras ciudades y pueblos (que se vuelven totalmente irreconocibles una vez que se someten al imperio del autom贸vil) a los par谩metros que ya ven铆an preestablecidos en 茅l. Enseguida se vuelve un estimulante para la fabricaci贸n de otros productos (que vienen a rellenar las necesidades que se crean en su torno): las gasolineras, los servicios de lavado de coches, centros de revisi贸n t茅cnica, las autopistas y etc. No podr铆a funcionar si el espacio social, la econom铆a, la forma de vivir de los individuos, entre otras cosas, no estuvieran en sinton铆a entre ellos y se rigiesen bajo mismas l贸gicas: es decir, el autom贸vil forma parte de un sistema complejo e integrado, muy cohesionado, que se ha convertido en el ambiente cotidiano de los individuos. Es f谩cil imaginar que si cayeran todas estas condiciones de sostenimiento del Capital, caer铆a junto con ellas cualquier atisbo de utilidad en el autom贸vil.

Si para ti, querido lector, todo ello constituye algo natural o normal, pues nada m谩s queda por hacer: ve a ponerte al volante de uno de estos monstruos y al茅grate de vivir rodeado de tanto conductor de Progreso. Si, en cambio, hueles e intuyes la trampa que se esconde detr谩s de esta figura sobre cuatro ruedas entonces, tal vez, a煤n haya vida por delante, a煤n haya cosas que hacer y que no ser谩n precisamente las que est谩n mandadas e impuestas sobre nosotros en forma de amables e inofensivas ofertas. Qui茅n sabe鈥


[1] En este sentido ser铆a muy interesante estudiar c贸mo el uso del autom贸vil ha contribuido seguramente a la degeneraci贸n del viajar al hacer turismo.




Fuente: Ovejanegrarevista.wordpress.com