January 27, 2022
De parte de SAS Madrid
28 puntos de vista

Se lo decía en noviembre: “A la mierda el trabajo”. No ni ná. A la mierda vivir para trabajar y encima malvivir. A la mierda los que nos explotan y un sistema que apenas deja escondrijos contra la explotación. A la mierda, como responde Chomsky a El País, un empleo que “significa pasar la mayor parte del tiempo que estás despierto siguiendo las órdenes de un jefe totalitario, que puede dar órdenes de un modo que ni Stalin hubiese soñado”. A la mierda los que nos quitan derechos y dignidad. A la mierda las y los que desde el poder nos hablan ahora de autocuidados tras dos años de pandemia. Es un sálvese quien pueda. Nos han robado el Estado del bienestar. A la mierda los que permiten que una persona muera cada cuatro segundos en el mundo a causa de la desigualdad.

En aquella columna les contaba que desde abril hasta septiembre del año pasado, cuatro millones de personas que trabajaban en Estados Unidos habían dejado sus empleos cada mes. El fenómeno, bautizado como the Great Resignation o the Big Quit, era objeto de análisis más o menos independientes en la prensa cautiva o casi libre, y las posibles explicaciones iban desde las grandes ayudas que recibieron las familias durante la pandemia a la imposibilidad de volver al trabajo por la grave crisis del cuidado infantil. Entre las causas se colaba una que abría una grieta de esperanza: muchas personas, obligadas a parar en el inicio de la covid, fueron conscientes de que tenían trabajos de mierda. Y no solo porque fueran de miseria.

Como vivo acumulando obsesiones, y los hechos que pueden impugnar el sistema me obsesionan aún más, seguí buscando explicaciones a la gran dimisión. El asunto, lejos de serenarse, seguía en ascenso: los datos que se conocían a principios de este mes reflejaban un número récord de renuncias, 4,5 millones en noviembre. En esas estaba cuando me encontré con una investigación publicada en la revista de la MIT Sloan, la escuela de negocios del Instituto de Tecnología de Massachusetts, una de las más prestigiosas del mundo. Y, sobre todo, con el titular que encabezaba el estudio: “Toxic Culture Is Driving the Great Resignation” (La cultura tóxica está impulsando la gran resignación). Esto es oro, pensé. Aunque en el segundo párrafo avisaban que el objetivo era ayudar a los jefes a responder de manera efectiva a las dimisiones en masa, seguí leyendo.

El estudio en cuestión había analizado los perfiles de 34 millones de trabajadores estadounidenses para identificar a los que habían dejado sus empleos por cualquier motivo –el despido o la jubilación también – entre abril y septiembre de 2021, y concluía que las tasas de renuncia no eran uniformes en todos los sectores. En algunos, no llegaban al 2%; en otros, superaban el 30% en algunas empresas. Fíjense en este gráfico, en el que la venta de ropa, zapatos y accesorios encabeza la gran dimisión, mientras las aerolíneas están al final de la tabla. Pero miren también los tonos de azul de las barras, más claro para los empleos menos cualificados –yo no creo que el trabajo no cualificado exista, lean esto que publicamos en 2020, si les interesa el asunto–, más oscuro para los más. Parece que la precariedad no lo explica todo. 

Según las conclusiones de la investigación, la gran renuncia estaba afectando a sectores muy dispares –vean consultoría de gestión, la segunda de la lista– y dentro de esos sectores se observaban diferencias significativas en las tasas de deserción entre empresas similares. Por ejemplo: los trabajadores tenían 3,8 veces más probabilidades de dejar Tesla que Ford, y más del doble de abandonar JetBlue que Southwest Airlines. Netflix, Goldman Sachs, SpaceX, Nvidia… Las compañías más innovadoras del mundo estaban experimentando porcentajes de renuncia de sus empleados bastante más altos que sus competidores más antiguos.

Gran parte del debate sobre la gran dimisión se ha centrado en la insatisfacción de los empleados con sus salarios. De hecho, empresas como Starbucks, Costco, Walmart o Amazon se vieron forzadas a subir los sueldos si querían abrir sus puertas. Pero con el paso de los meses, las noticias sobre renuncias masivas llegaban también de esas compañías de cuello blanco en las que la explotación no está en el sueldo, sino en el tiempo. 

Los autores del estudio aseguran que, entre todas las razones que esgrimen los trabajadores para dejar sus empleos, la compensación económica ocupa el puesto 16. Y aquí, por fin, llegamos al hueso del asunto. ¿Cuáles son los principales motivos si el dinero no lo es? Según la investigación, la causa fundamental de la gran dimisión es la cultura laboral tóxica, a la que da diez veces más importancia que al salario a la hora de dejar el empleo. Comportamientos poco éticos por parte de los superiores, y trabajadores que no se sienten respetados. Supongo que alguna vez lo habrán sufrido. Yo sí. La segunda razón es la inestabilidad laboral y las reorganizaciones. Y la tercera, y aquí nos detendremos, los altos niveles de innovación. Recuerden las dimisiones en Tesla, Netflix o Goldman Sachs. Mantenerse constantemente a la vanguardia obliga a trabajar más horas, a un ritmo más intenso, con más estrés. ¿Y si ganar más de 100.000 dólares al año ya no compensa si apenas tienes tiempo para ducharte? ¿Y si por fin hemos comprendido, o estamos en ello, que la vida era otra cosa que pasarla trabajando?  

Hasta que no se demuestre lo contrario, seguiré buscando el carácter subversivo de la gran dimisión. E imaginando que en millones de cabezas, quizá como la suya, también hay una gran renuncia al trabajo entendido como una forma de autocracia que nos quita la dignidad y los derechos. Ahora que lo pienso, ¿cuántas dimisiones mentales habrá? Usted no lo ha pensado. Yo, no ni ná. 

Enlace relacionado Ctxt.es (26/01/2022).




Fuente: Sasmadrid.org