August 10, 2022
De parte de Nodo50
156 puntos de vista

Reproducimos los prólogos realizados por; Andrés Ruggeri, Crescencio Carretero y Miguel Mazzeo,  junto al capítulo plan Cooke- Guillén de la resistencia al golpe del 55.

Las huellas de Guillén,
revolucionario a ambos lados del Atlántico

Este nuevo libro de José Luis Carretero Miramar tiene, a mi
entender, dos grandes méritos. El primero es el de redescubrir a este enorme
revolucionario de ambas orillas del océano que fue Abraham Guillén. O, como fue
en mi caso y seguramente lo será para muchos de los lectores, más que
redescubrir, directamente descubrirlo. Un descubrimiento que lo rescata del
paso del tiempo y el olvido, de una aparente condición de hombre de un pasado
que no volverá, y nos muestra, por el contrario, una persona de acción inspirada
por un pensamiento complejo, asentado en la praxis en contextos concretos y por
fuera de los dogmas que fueron asemejando a las distintas corrientes de la
izquierda revolucionaria a iglesias y sectas. Y ese es el segundo de los
méritos de este libro, permitirnos pensar y analizar el presente y el futuro,
que se nos presenta tan complicado, a través de la vida, la acción y la
reflexión de Guillén. Y, de esta manera, terminar de descubrirlo a quienes
intentamos pensar y llevar una práctica de transformación (ya que cuesta tanto
últimamente decir revolución) en el mundo distópico de hoy.

Ese es el enorme aporte de este esfuerzo de José Luis, traer de un
pasado no tan lejano pero que a la luz de este presente en que campean los
Trump y los Bolsonaro parece de otra era geológica, la vida de un anarquista
que después de combatir a Franco cruzó el océano y se convirtió en un
indispensable para las luchas del convulso Cono Sur de América Latina, para
volver corrido por las sucesivas dictaduras y genocidios de estas tierras a la
España posfranquista. Toda la vida y el pensamiento de Guillén aparece como
sumamente optimista, animado por una voluntad inquebrantable, pero con los pies
en la tierra, algo no tan fácil de sostener en nuestros tiempos donde todo indica
pesimismo y los que no lo son parecen fuera de la realidad. Sin embargo, el
tiempo de vida de nuestro personaje fue también cruel y feroz. Guillén va de
derrota en derrota y, sin embargo, nunca abandona sus convicciones, nunca deja
de pensar en buscarle la vuelta al combate y, especialmente, nunca se vuelve al
individualismo o al derrotismo que caracterizó a otros sobrevivientes de las
mismas o similares batallas perdidas. Nos muestra José Luis a un Abraham
Guillén activo hasta el último día de su vida, escribiendo y pensando el
socialismo autogestionario. Descubrimos en este libro, entonces, a alguien que
nos hace falta.

Al leer esta biografía e ir acompañando a Guillén en su paso por el
convulsionado siglo XX,
desde la guerra civil en las filas de la CNT hasta su participación en la
formación de las primeras guerrillas en Argentina, Uruguay y Brasil, o sus
viajes y discusiones en Yugoslavia, Cuba y Albania, uno va descubriendo una
singular figura con una poco frecuente capacidad de leer los contextos e
incorporarse directamente al propio centro de la lucha y, lo que es aún más
importante, del debate político de la época. Es la biografía de un heterodoxo,
que no se casó con ningún dogma de ninguna de las corrientes identitarias en
que se dividía el pensamiento revolucionario de la época (y que, en menor
grado, aún sobreviven), un pensamiento incómodo porque dialoga con la realidad
de cada momento histórico y lugar y piensa en base a sus características,
desarrollando su pensamiento sobre un análisis de la situación y las fuerzas
disponibles y no sobre las imaginarias que con frecuencia sostienen a las
sectas ideológicas.

Es así que encontramos a Guillén en la CNT peleando por la
revolución social y, también, discutiendo las opciones para seguir la lucha en
medio de la derrota (nada menos que frente a Cipriano Mera). En Argentina,
trabajando para el peronismo y dialogando con su sector más combativo, leyendo
en ese movimiento una base popular y antiimperialista que a muchos (europeos,
pero también argentinos) aún les cuesta ver, sin por eso dejar de criticar la
forma timorata en que Perón enfrentó al golpe brutal de 1955 y dejar de señalar
las contradicciones con su ala derecha. Y, después de la caída del peronismo,
trabajando activamente para la resistencia y planificando la lucha armada,
impulsando incluso la primera guerrilla de los Uturuncos. Se convirtió,
entonces, en uno de los teóricos de la guerrilla urbana, inspirando a los
Tupamaros uruguayos, a la lucha de Marighella y Lamarca en el Brasil, a las distintas
expresiones de la amplia izquierda armada de los 60 y 70 en América del Sur. Lo
encontramos viajando también a conocer a los yugoslavos que intentaban combinar
comunismo ortodoxo con autogestión, o yendo a Cuba en plena Revolución a
discutir con el mismísimo Che Guevara sobre la estrategia de la lucha armada.
Y, después de los sucesivos avatares de dictaduras y persecuciones, con más de
sesenta años, volver a la España de la Transición y a la militancia
anarcosindicalista, ya consolidado en su faceta de pensador y dedicado a
teorizar la autogestión, sin dejar por eso la lucha de todos los días.

José Luis sintetiza en tres los conceptos que definen el pensamiento
de Guillén y su práctica a lo largo de su agitada vida: el antiimperialismo, la
guerrilla urbana y la autogestión. En el primer caso, lo que me resulta
interesante como latinoamericano es que Guillén se sustrajo de la mirada
europea a su forma de ver la problemática de nuestra región, generalmente tan
paternalista e incapaz de comprender que no siempre nuestros problemas son los
suyos. Abraham Guillén supo alternar con el peronismo revolucionario de John
William Cooke, con los primeros tupamaros, con Carlos Marighella, con el Che,
tomando parte activa de sus discusiones sin pontificar ni tampoco idealizarnos
(que es la otra actitud que desde las izquierdas nos suelen destinar desde el
otro lado del Atlántico, opuesta y solidaria pero básicamente idéntica a la
anterior en su incapacidad de comprender las particularidades, virtudes y
defectos de nuestros procesos). Al no ubicarse en ese lugar de lo ajeno, fue
capaz de colaborar en los planes de resistencia popular al golpe de estado en
ciernes que ya se veía venir en 1954-55 en Argentina, pudo orientar a los
primeros intentos de guerrilla en Tucumán con los Uturuncos y, después,
teorizar y participar como un analista relevante de los problemas de la lucha
armada en un Uruguay en plena agitación, sostener una polémica sobre esa
cuestión nada menos que con el Che Guevara y Régis Debray, o teorizar el
cooperativismo peruano. Guillén, además, demostró conocer el peronismo y
entenderlo en su potencialidad como movimiento popular y antimperialista, sin
dejar de ver sus contradicciones y jugar un partido en ellas al apoyar la
radicalización de su ala izquierda encarnada por Cooke. En ese sentido,
demostró mucha mayor lucidez que los actuales teóricos del populismo y su
supuesto significante vacío. Más que demostrar admiración desde una abstracción
teórica, se situó en el campo de la práctica y jugó su parte en ella, para
sostener lo que encontraba de bueno y compartir con los mejores de sus
elementos. Así encontramos a este viejo cenetista intentando enfrentar en
Argentina otro golpe sangriento, como lo hizo en España años antes y, poco
después, colaborando en la resistencia peronista.

De la misma forma, apostó a la Revolución Cubana como parte de ese
antiimperialismo y, allí, apoyó a los grupos revolucionarios del resto del
continente que veían a Cuba como ese faro a seguir en América Latina. En medio
de la vorágine de la radicalización vertiginosa de los cubanos y de su
enfrentamiento a muerte con los Estados Unidos, no tuvo empacho en plantarle
cara al Che sobre cómo orientar la lucha armada. Un debate que, en la
actualidad, parece totalmente fuera de época. Como sabemos, tanto las
guerrillas foquistas como las guerrillas urbanas latinoamericanas fueron
derrotadas y para aplastarlas, no solo a las organizaciones armadas sino a
todos los movimientos populares, se implantaron dictaduras sangrientas que no dudaron
en apelar al terrorismo de Estado y al genocidio. Sin embargo, las posiciones
de Guillén distaban de ser ingenuas. Frente al “foco” de Debray (podríamos
decir una vulgarización de las ideas del Che a partir de su lectura de la
experiencia cubana) y el voluntarismo que pretendía aplicar la vía cubana a
sociedades plenamente urbanizadas y sin un campesinado que sirviera de base de
apoyo a la guerrilla —como experimentó amargamente Massetti en el norte
argentino—, Guillén se dedicó a teorizar la guerrilla urbana como una forma de
disputar a la población, no el territorio, “como una piel de leopardo”. José
Luis encuentra, entonces, un singular testimonio y reconocimiento de la
actualidad de esta concepción en boca de un teórico militar de los Estados Unidos,
en fecha tan reciente como 2015. Con otros objetivos y otras ideas, podríamos
ver así, afincada en la población y no en los territorios, a la resistencia que
los norteamericanos enfrentan aún hoy en Irak o Afganistán. También es
interesante, evaluando el devenir de los grupos armados latinoamericanos, la
advertencia de Guillén sobre las “luchas privadas”, es decir, aisladas de las
masas y enfrentadas militarmente y con todas las de perder con el aparato
militar del Estado. Una de las críticas (y autocríticas) que se puede hacer a
la mayoría de las organizaciones guerrilleras sudamericanas es, justamente,
haber caído en estas “guerras privadas”, o lucha de aparatos, en que entraron
en un ciclo de enfrentamientos puramente militares que las aislaron de la población
y permitieron, con las implacables técnicas de contrainsurgencia desarrolladas
por los franceses en Argelia y perfeccionadas en la lúgubre Escuela de las
Américas del Comando Sur de las fuerzas armadas de los Estados Unidos,
exterminar a toda una generación de militantes revolucionarios. Un fracaso
militar que no fue otra cosa que la consecuencia ineludible de una derrota
política.

El autor no solamente nos hace descubrir a un hombre de acción sino
a un formado economista que, en lugar de repetir lugares comunes o reducirse a
citar a los clásicos, puede analizar el capitalismo de su tiempo y sus
dinámicas. Pero que, además, trata de buscar las alternativas sin encasillarse.
Es por eso que viaja a Yugoslavia y escribe sobre el modelo de autogestión implementado
allí, analiza y critica el entonces llamado “socialismo real” e incluso los
modelos chino y albanés, habiendo visitado este último país, en aquel entonces
el último bastión de la ortodoxia estalinista. Extraño para un anarquista
dogmático, natural para alguien con la cabeza abierta, más dispuesto a juzgar
por sí mismo que a repetir acusaciones y dogmas de otros. Su crítica al
socialismo de corte soviético y su diagnóstico certero en sus últimos años
sobre su evolución y caída quizá hubiera sido poco sustentable o no habría
tenido la riqueza que le supo dar de no haber podido conocerlo in situ. Esto, una
vez más, remarca qué tipo de intelectual comprometido era Abraham Guillén y
cuán incómodo resulta para las ortodoxias que pretenden encasillarlo.

El tercer concepto que sintetiza el autor es la autogestión. Y, para
nosotros, es el nodal, el de mayor actualidad, porque la autogestión en Guillén
no es un concepto abstracto sino una llave para la superación efectiva del
capitalismo. En su pensamiento, la autogestión es un elemento clave del
socialismo en un marco de relaciones económicas complejas. Como remarca José
Luis Carretero en un muy interesante capítulo final (“¿Un guillenismo tras
Guillén?”) “una sociedad autogestionaria no será más simple, sino más
compleja”, por múltiples razones, desde su funcionamiento interno en las
unidades económicas hasta su interacción con las necesidades sociales,
económicas y culturales más allá de los colectivos, pequeños o grandes, que
conforman los distintos sectores de una sociedad compleja. Nada más alejado del
pensamiento de Guillén que una autogestión en una sociedad de pequeñas comunas,
de supuesta simplicidad frente a la complejidad del capitalismo, sino que
piensa en una autogestión en una economía que debe afrontar los enormes
desafíos de sociedades multitudinarias y diversas como las actuales, para lo
cual no tiene miedo de hablar, por ejemplo, del rol del mercado y el del
Estado, del avance tecnológico y de la sociedad de abundancia como parte de un
proceso enormemente complejo. Ese entramado de pensamiento pareciera entrar en
colisión con la izquierda posmoderna que se ha convertido en hegemónica en los
últimos treinta años, en que, como dice con cierto sarcasmo José Luis, haciendo
una interesante relación con la idea de guerrilla urbana de su biografiado
(“ganar las poblaciones, no los territorios”), “los revolucionarios no deben
huir a dar discursos espirituales a las vacas, en campos abandonados”. Se trata
de reflexionar sobre la realidad concreta, aprender de la propia práctica y de
la práctica real de los pueblos, relacionar el conocer y el hacer, lo que
subyace en cada uno de los escritos de Guillén y, lo que es aún más importante,
en toda la trayectoria de su vida.

Por último, no puedo dejar de pensar, como parte del movimiento por
la autogestión de Argentina y como parte de la red internacional “Economía de
los trabajadores y trabajadoras”, a raíz de cuyos encuentros tuve la enorme
alegría de conocer a José Luis Carretero (que si bien no vivió tantas aventuras
como Abraham Guillén, comparte su mismo espíritu de reflexión a través de la
práctica y la sed de conocer las experiencias reales por sí mismo), en la
lucidez de Abraham Guillén con respecto a la autogestión, en un momento en que
las expresiones autogestionarias estaban más bien a la baja. ¡Cuánto material
para su brillante pensamiento le hubieran proporcionado las empresas y fábricas
recuperadas en la Argentina que tan bien conocía y en otros países
latinoamericanos y europeos! Con toda seguridad, nuevos escritos hubieran
inspirado estas luchas, hubiera querido conocerlas en el propio lugar de
desarrollo, sumarse a ellas, debatir con los protagonistas, con los teóricos y
los líderes. Nos queda a nosotros, los que intentamos seguir sus huellas aun
sin saberlo, acometer esa tarea.

Andrés Ruggeri

Buenos Aires,
24 de febrero de 2020.

Guillén y el socialismo autogestionario

José Luis Carretero se ha
atrevido con una biografía de Abraham Guillén. Y decimos que se ha atrevido,
porque en ningún caso Guillén es un personaje nítido, un personaje cómodo.

El mismo José Luis reconoce esa
dificultad cuando habla de la “hojarasca de la abundante verbosidad de
Abraham”. Sin embargo, digamos ya de entrada, que José Luis ha sabido
orientarse entre tanto árbol para mostrarnos el bosque, o al menos uno de los
posibles bosques. Pero eso sí, un bosque útil, o que pretende serlo, al marasmo
ideológico de la izquierda de hoy día.

            Abraham llegó a tocar muchos palos
a lo largo de su vida. No en vano, a lo largo de ella, fue tildado de
trotskista, maoísta, anarquista, y curiosamente, siempre de comunista. Y, por
si fuera poco, la autogestión que él defiende está basada en el mercado, cosa
que llegaría a entroncarle con el anarcocapitalismo. Es decir, por si acaso no
le bastaran los “calificativos” de izquierda, también uno de derechas, de la
derecha más extrema.

            Lo
que Guillén no fue, en ningún caso, aunque también llegase a acusársele de
ello, fue leninista, y mucho menos estalinista, dándose la circunstancia de que
a ambos grupos ideológicos (¿uno solo hoy día, aunque con muchas sucursales?),
les niega incluso el título de marxistas, como cuando habla de los
“pequeñoburgueses marxistas-leninistas”, coincidiendo así con ese otro gran heterodoxo,
Heleno Saña, en su análisis de que toda relación social o de grupo, basada en
la jerarquización es pequeño-burguesa
(Heleno Saña: Cultura
proletaria y cultura burguesa
).

Sin embargo, Guillén nos
rescata, prácticamente a lo largo de toda su obra, al Marx economista,
diferenciándolo del Marx político, el de la dictadura del proletariado,
validando sus análisis del sistema capitalista de su tiempo (segunda mitad del
XIX), del mismo modo que él, Guillén, se implica en el análisis del sistema
capitalista de los dos últimos tercios del XX. Atinentes a esto habríamos de decir, que el
mismo Guillén, practicó eso que los marxistas de salón o de reclinatorio
tratan, hoy día, de salvar del descrédito marxiano, es decir, el análisis.

Guillén es
un autor camaleónico, y sus escritos, dependiendo de a quien pretendan influir,
se impregnarán del punto de vista de sus interlocutores (peronistas,
trotskistas, maoístas, anarquistas…), aunque su experiencia vital le obligará a
mantener posturas heterodoxas siempre con todos ellos, de las cuales, quizá, la
más conocida sea su postura antifoquista y defensora de la guerrilla urbana
frente a la rural, en sus escritos “maoístas”, en contraposición al Che.

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Ya en su
última etapa, al tildársele de trotskista, Guillén lo negará rotundamente,
afirmando que nunca dejó de ser libertario. En este último tramo de su vida,
sobre todo en los libros publicados por la Fundación Anselmo Lorenzo, abogará
por un anarquismo o bien un anarco-marxismo científico: “El anarquismo (sin la
“dictadura del proletariado”) constituye una doctrina social, económica y
política, capaz de sustituir con ventaja al capitalismo privado o de Estado. Al
anarquismo científico es preferible denominarlo socialismo autogestionario, ya
que semánticamente tiene así, el atractivo de unificar a socialistas,
anarquistas, trotskistas e izquierdistas pequeñoburgueses que comparten, en esa
doctrina, ideales comunes, aspiraciones idénticas hacia un mundo sin clases, en
paz y libertad”.

Este Socialismo Autogestionario
de Guillén, podemos decir que puede considerarse una etapa de transición al
Comunismo Libertario (¡lástima tener que calificar un concepto tan nítido como
el de comunismo para intentar salvarlo del desprestigio al que lo llevaron
algunos de los que dijeron defenderlo!), que a su vez sería un simple cambio de
paradigma económico, pero tan solo un paso, un pequeño paso, en dirección a la
anarquía.

La autogestión por la que
Guillén aboga, como dijimos antes está regulada por el mercado, entendiendo el
mercado como “un mecanismo de fijación de precios y asignación de inversiones”.
(Sí, hay dinero, o su equivalente, pues estamos en una etapa de transición, aún
no hemos llegado a la anarquía. ¿Llegaremos algún día?).

Sin embargo es éste del mercado,
un concepto difícil de aprehender, ya que a su vez, Guillén nos habla de
empresas de propiedad social, y es aquí donde las diferencias con el
anarcocapitalismo al que hacíamos referencia al principio se hacen más
contundentes; pues el anarcocapitalismo, o anarquismo de libre mercado como habitualmente
se le viene denominando, es una fauna de ideologías, que teniendo su origen
allá por los años cincuenta del pasado siglo en Sociedad sin Estado de Murray Rothbard,
a través del tiempo ha dado origen a estrategias tan divergentes como los Partidos libertarios
hasta el agorismo,
propugnando tanto las vías electorales como la abstención para intentar
“eliminar al estado” que tanto les molesta.

Pero todos estos grupos, tienen
en común el hecho de conocer muy bien a Stirner, al que el anarquismo moderno,
solo llega a calificar como mucho de preanarquista (ver Ángel Capelletti: Prehistoria del anarquismo),
e ignorar completamente a Proudhon, pues para todos ellos, la propiedad no es
el robo, sino que es el fundamento de sus aspiraciones. Y es así, como el
anarcocapitalismo deja ver la patita debajo de la puerta y vemos que era
tal como se esperaba: tan negra como la noche.

Pues, en definitiva, si lo que
quieren es eliminar al Estado, para que éste no ponga cortapisas a su libertad; pero a
su vez abogan por la propiedad privada de los medios de producción y
distribución, lo único que buscan es lo que siempre se les ha reprochado: que
solo quieren más “libertad”, pero “para explotar a los demás”.

Guillén en contraposición,
como ya dijimos al principio, es comunista (comunista antiautoritario) y no se
desdice de ello a lo largo de toda su obra y de su vida. Está por tanto por la
propiedad colectiva de los medios de producción y su gestión por la propia
sociedad, como única forma de superar las desigualdades y las injusticias del
presente, independientemente de los vericuetos que haya que sortear para llegar
a ello. Cosa que en ningún caso es algo que vendrá automáticamente tras un
levantamiento de la población; mucho menos en un momento histórico en que la
colonización de las mentes por los medios de fabricación de pensamiento es tan
abrumadora.

Es por ello que el estudio que
José Luis Carretero hace de la vida de Guillén es tan oportuno y necesario,
porque la heterodoxia de este último (cualquier heterodoxia basada en la
igualdad de las personas y la horizontalidad del grupo social y no en la
jerarquía), es lo único que puede ayudarnos colectivamente a realizar la
necesaria gimnasia mental para que, quizá algún día, podamos llegar a despejar
las negras tormentas y las nubes oscuras de la historia.

Crescencio Carretero

Madrid, 1 de marzo de 2020

Abraham Guillén: un hombre de encrucijadas

Abraham Guillén es de esos personajes
históricos que suelen denominarse “raros”. Nació en Castilla en 1913 —era
manchego, como Don Quijote— y murió en Madrid en 1993. Ejerció diversos
oficios. Fue economista, periodista, escritor prolífico e incansable. Militante
anarquista, combatió en la Guerra Civil Española y luego, tras la derrota y la
consolidación de la dictadura del General Francisco Franco, recaló en la
Argentina, donde fue compañero de John William Cooke y Alicia Eguren. Formó
parte de la Resistencia Peronista e integró del “Estado Mayor” de los
Uturuncos, la primera experiencia guerrillera argentina (si nos atenemos al
siglo XX). Se desempeñó como instructor militar en Cuba durante los primeros
años de la Revolución y colaboró con el plan de liberación continental
impulsado por el Che (pero sin dejar de polemizar con él). Supo ser
interlocutor fundamental del Movimiento de Liberación Nacional Tupamaros
(MNL-T) del Uruguay en la década de 1960 y de diversas organizaciones
revolucionarias de Nuestra América. En la década del 1970, en el Perú, colaboró
con los sectores que impulsaban el cooperativismo en el marco de la “Revolución
Peruana” encabezada por el General Juan Velazco Alvarado. Fue perseguido
político durante buena parte de su vida, pasó largas temporadas en prisión y se
fugó dos veces.

José Luis Carretero Miramar avanza,
como nadie lo hizo hasta ahora, en la reconstrucción de la vida y la obra de
Abraham Guillén. Lo expone, básicamente, como un hombre de encrucijadas: entre
España y Nuestra América, entre la Guerra Civil Española y la Revolución Cubana
(y los movimientos de liberación nacional de mundo periférico), entre el
anarquismo y el marxismo, entre la guerra popular y las luchas sociales y
políticas, entre la planificación y la autogestión, entre la imaginación y la
voluntad. Por él y en él se intersectan tradiciones y culturas emancipatorias
diversas. En cada cruce, si nos atenemos al agudo relato de Carretero Miramar,
Guillén supo componer una síntesis. O mejor: con una inalterada dirección
horizontal en su mirada, con imaginación dinámica, aportó a la organización y a
la sistematización de las síntesis que, por abajo, siempre elaboran los pueblos
a partir de las experiencias desarrolladas en pos de su autodeterminación.

Existen algunas invariantes en la vida
de Guillén que resultan claves para comprender su destreza a la hora de las
amalgamas. Invariantes que Carretero Miramar se encarga de resaltar. Por
ejemplo, su posición antidogmática y su compromiso indeclinable con unos sujetos
concretos (explotados, oprimidos) más que con las categorías o las doctrinas;
es decir: Guillén sostuvo la posición más auténtica de un revolucionario y una
revolucionaría, más cerca de la “ortopraxis” (y la poesía de la acción) que de
la “ortodoxia”. Luego, su idea de que la realidad debe modificarse desde una
relación de interioridad y que, por lo tanto, para intervenir en la historia
hay que “meterse en el barro”, no temerle a las “impurezas” y participar de las
contradicciones asumiendo sus reales circunstancias para profundizarlas y hacer
que estallen. Esa fue su lúcida pedagogía política. Asimismo, cabe agregar,
como fundamento de su quehacer sintético, su concepción del pensamiento como
diálogo y servicio y no como monólogo y abandono.

Estas invariantes son las que, en
buena medida, explican la inusual empatía militante de Guillen, su
excepcionalidad, su íntima originalidad. Las inconsistencias que pueden
hallarse en su obra de ningún modo atentan contra la coherencia de fondo
suministrada por las invariantes señaladas.

Siendo un europeo, Guillén se
comprometió a fondo con las luchas anticolonialistas y antiimperialistas.
Deslastrado de modelos universales (y “universalizadores”), despojado de
algunos accesorios occidentales irrelevantes, supo comprender y adaptarse a las
diversas situaciones. Ofreció su esencia. Buscó reflexionar desde y no sobre. Así, practicó
el internacionalismo en su mejor versión. Insistió en la necesidad de la unidad
de Nuestra América y militó por ella. Concibió esa unidad por abajo, como una
unidad construida a partir de los pueblos y apuntalada por Estados gestionados
por gobiernos populares y transformadores (revolucionarios). Pensó medidas que
conservan su validez y que resultan apremiantes: un banco continental con
múltiples ramificaciones, una moneda continental, entre otras del mismo tenor.
Con mucha lucidez, supo anunciar la crisis del Estado nacional ante el
irrefrenable proceso de internacionalización de la economía mundial. Denunció
el proceso de “colonización financiera” y al Fondo Monetario Internacional
(FMI) como uno de sus principales arietes.

Como teórico de la lucha armada,
cuestionó ásperamente los modos napoleónicos, el militarismo, el “ofensivismo
abstracto”, el fetichismo del método (que confunde método con objeto y no sabe
tomarle el pulso a la lucha de clases). Fraternalmente, les advirtió a las organizaciones
revolucionarias armadas sobre el riesgo de caer en la “guerra privada”, en la
guerra de aparatos, en el “duelismo”; al tiempo que realzó la importancia de la
política y alentó el frentismo democrático. Si la guerra no es extrínseca a la
política (y a la retórica), no debería caerse en el absurdo de pensar la
política (y la retórica) como extrínsecas a la guerra. Guillén concibió la
guerra popular en un sentido totalizador. Se anticipó así a las guerras de
cuarta (y quinta) generación. 

Sin abandonar jamás su esencia
libertaria, cultivó un marxismo que aborrecía los manuales y que buscaba
enraizarse en las tradiciones de Nuestra América, un marxismo “diluido” en los
movimientos de liberación nacional.  

Aunque asumió el horizonte del
socialismo autogestionario y la participación comunal, reconoció la necesidad
de la planificación macroeconómica y la importancia del Estado a la hora de
impulsar procesos de Industrialización en los países periféricos. De algún
modo, sin homenajearlo, concibió al Estado como camino necesario para ir más
allá del Estado. Para Guillen, que renegaba de los ideales abstractos, la
perfecta sociedad humana no estaba más allá de la política. Para él, el Estado
contaba como momento (uno más) de la realización. En este asunto se colocaba a
prudente distancia de las posiciones típicas de una buena parte del espectro
anarquista. Como en otros aspectos, su visión, más que tributaria de doctrinas,
“sagradas escrituras” o “dogmas de fe”, era el fruto de una síntesis elaborada
a partir de experiencias colectivas, profanas y profanadoras.

Como anarquista, marxista y socialista
autogestionario, siempre rechazó las exteriorizaciones diferenciadoras y las
exigencias morales abstractas y ajenas a lo real. La ambición de las
aspiraciones nunca lo condujo al desprecio (o a la negación) de lo concreto.
Las metas radiantes no lo enceguecieron a la hora de intervenir en el
turbulento punto de partida. No cayó en la parálisis del purismo. Supo amarrar
lo nuevo —el futuro— al pasado y al presente.

En el auge de los socialismos reales,
en el momento de su máximo prestigio como alternativa sistémica al capitalismo,
Guillén percibió algunas de sus fallas originarias, de sus vicios de estirpe, y
optó por otras vías. Por vías que, en última instancia, resultaban más afines
con un horizonte socialista, porque lo preparaban. Recuperó y puso en valor
viejas experiencias de autogestión y comunidad, estuvo muy atento a las nuevas
y extrajo de ellas los elementos que sostuvieron su inspiración utópica. Buscó los
significantes del socialismo fuera del campo de las superestructuras y perfiló
otras significaciones.  

Por sus planteos sobre la economía
participativa y autogestionaria y sobre la democracia asociativa; por sus
propuestas sobre inversión pública comunitaria; por su idea de un socialismo
con mercados autogestionados (no con “mercado”, en singular y mucho menos “de
mercado”); por su temprana matriz ecologista, etc., hoy, puede ser recuperado
como uno de los precursores de la “economía social” o la “economía popular”.

Guillen soñó agro-villas
autogestionadas asistidas por el aporte de la tecnología. Con pinceladas de un
extraño desarrollismo reescribió, a su modo, la fórmula leninista que definía
al socialismo como la sumatoria del poder de los soviets más la electricidad.
O, por qué no, redescubrió la fórmula del peruano Hildebrando Castro Pozo
quien, en la década de 1920, le dio un giro autóctono a la fórmula leninista:
el socialismo como resultado de la comunidad indígena-campesina (el ayllu) más la electricidad.

No hace falta apilar más argumentos
para demostrar que el personaje merece el esfuerzo por discurrir sobre la
vigencia de su pensamiento (y sobre los modos de actualizarlo). A esto nos
convoca Carretero Miramar en este libro. Pensar hoy a Guillén, tal vez, sea una
de las tantas formas de comenzar a conjurar colectivamente la pesadez universal
que nos envuelve, una vía de escape de la postración y el agobio que provocan
la crisis civilizatoria del capital y la ausencia (seguramente temporaria) de alternativas.

No caben dudas: Guillén es un
personaje histórico “raro”. Pero no es inclasificable. Por supuesto, no tolera
las clasificaciones superficiales y fáciles. Un mundo fluido soñaba en él.
Carretero Miramar, contribuye al conocimiento y a la comprensión del personaje
pero, sobre todo, nos invita a encontrarnos en sus viejas huellas para que
permanezcan indelebles.

Miguel
Mazzeo

 Lanús Oeste, Provincia de Buenos Aires,
Argentina

 23 de septiembre de 2021

El Plan Cooke-Guillén

                En
1948, Abraham Guillén escribe a su padre, al que no ha visto desde que tenía
tres años, y que se encuentra en Argentina, para poder viajar allí. Le pide, y
consigue, una carta firmada por su progenitor que le permite entrar en el país.
Lo hace con un pasaporte especial que se les da a los refugiados españoles y
que indica la condición de exiliado de la España republicana de su portador. El
viaje lo paga el Comité Intergubernamental de Refugiados Políticos y lo realiza
en un viejo buque francés.

Abraham llega
a Buenos Aires en septiembre de 1948. Nadie le espera en el muelle. Su padre
vive a miles de kilómetros de distancia, en Río Gallegos. Contando con muy poco
dinero que le ha entregado el Comité de Refugiados, decide no arredrarse por la
situación y lanzarse a la conquista de la ciudad. El 26 de noviembre de ese
año, obtiene la célula de identidad de ese país con el número 3.750.425 de la
Capital Federal[1]. Pronto le
seguirá su mujer, Marisol.

Guillén, lo
hemos visto, ya tiene un bagaje: ha vivido la revolución de las
colectivizaciones en España; ha participado en grandes batallas de la Guerra
Civil, como la de Guadalajara; ha estado preso en las cárceles franquistas y ha
escapado de ellas en dos ocasiones; ha colaborado en la resistencia del exilio
libertario, trabajando codo con codo junto al reconocido “millonario
anarquista” Laureano Cerrada. Sin embargo, a partir de su llegada a la capital
del país austral va a comenzar la mayor de sus epopeyas, la más gigantesca de
sus aventuras, la etapa más prolífica e impactante de su vida: su exilio, sería
mejor decir sus exilios, en América Latina.

                Guillén
llega a la Argentina en plena época dorada del peronismo. El 4 de junio de
1946, Juan Domingo Perón ha jurado por primera vez el cargo de presidente
constitucional. Justo antes de cederle su puesto, Edelmiro J. Farrell le ha
ascendido a general de brigada. No había ya ningún obstáculo para que
desarrollase sus políticas populistas y construyese, tal y como ha anunciado
con profusión, “la nueva Argentina”. En los siguientes tres años, la
popularidad de Perón y de su mujer crece como la espuma, y la situación
económica le asegura abundantes recursos para la puesta en marcha de su
programa “nacional-popular”.

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                Su
programa, resumido en un eslogan que se incorpora a la nueva Constitución
aprobada en 1949, plantea tres postulados principales para Argentina:
independencia económica, soberanía política y justicia social. Los
planteamientos sociales y económicos del peronismo se basan en la superioridad
de la política sobre la economía y la recuperación del papel regulador del
Estado en nombre de los supremos intereses de la nación; la perspectiva de
superar la dependencia económica de Argentina basada en la exportación de sus
materias primas agrícolas hacia el mercado británico y estadounidense a cambio
de productos manufacturados e industriales y una política independiente
(“Tercera Posición”) en la pugna creciente entre los intereses imperialistas de
Estados Unidos y la URSS.

                Hasta
1948, todos los indicadores económicos argentinos indican buen tiempo. La
balanza comercial y la de pagos muestran saldos sustanciosamente activos, el
valor de la moneda es estable y la inflación se encuentra en límites
aceptables, hay precios elevados y una enorme demanda para el producto que
abarrota los silos de toda la Argentina: el trigo, convertido en un nuevo maná
para un mundo asediado por el hambre.[2]

                Gracias
a esta bonanza, Perón ha desarrollado un amplio conjunto de políticas sociales
que le han permitido generar un gran consenso alrededor de su figura. Mediante
estos mecanismos de reparto y bienestar, la porción de la riqueza nacional en
poder de los asalariados, que en 1946 era el 37 % del total, pasa tres años
después al 40 % y en 1950, al 47 %

                Y
no se trata sólo de aumentos nominales. Durante los tres primeros años de
gobierno peronista el poder adquisitivo de los trabajadores aumenta, según
algunas estimaciones, en un 40 %, mientras otros autores hablan de un 60 %. Las
ventas de frigoríficos domésticos se multiplican por cuatro y el consumo de
carne se expande hasta convertir en raquíticas las existencias exportables, a
pesar de haberse llegado al pico histórico de su producción. El gasto público
aumenta del 21 al 30 % y el consumo de los hogares pasa de representar el 81 %
de la riqueza nacional al 93 %.

                El
gobierno, además, en busca de un amplio consenso nacional, apoya a los
sindicatos peronistas en sus negociaciones con los empresarios, lo que lleva a
la consecución de fuertes avances en las condiciones de trabajo derivadas de
los convenios. También toma medidas para controlar los precios de los productos
básicos y las tarifas de los servicios esenciales como la electricidad, el
teléfono, el transporte y los alquileres de vivienda.[3]
Como afirma Daniel James, al intentar caracterizar la relación existente en
estos momentos entre el gobierno de Perón y las organizaciones de la clase
trabajadora:

“La era peronista también legó a la clase trabajadora un sentimiento
muy profundo de solidez e importancia potencial nacional. Por añadidura, la
legislación laboral y de bienestar social representó en su conjunto una
realización en gran escala en lo que concernía a derechos y reconocimiento de
la clase trabajadora; una realización que reflejaba movilización de los
trabajadores y no simplemente aceptación de la largueza estatal. El desarrollo
de un movimiento sindical centralizado y masivo —cualquiera que fuese la medida
en que contaba con el apoyo y la supervisión del Estado— confirmó
inevitablemente la existencia de los trabajadores como fuerza social dentro del
capitalismo. Esto significaba que en el nivel del movimiento gremial y por más
que una cúpula cada vez más burocratizada actuara como vocero del Estado, los
intereses de clase conflictivos se manifestaban realmente y los intereses de la
clase obrera eran en verdad articulados. El punto hasta el cual podía confiarse
en que la integración de los sindicatos al Estado peronista sería capaz de
asegurar la aceptación de políticas inconvenientes para los trabajadores,
siempre tenía un límite. En general, el sindicato cumplía con notable fidelidad
su función para el Estado, pero en cambio éste, lo cual significaba
fundamentalmente el propio Perón, debía ceder al menos la base mínima para un
trueque. La relación no era de decreto, sino más bien de un trato que se debe
negociar”.[4]

                Guillén
llega a este país en plena efervescencia y encuentra pronto un hueco. Según
algunas fuentes termina su carrera de Económicas en la Universidad de Buenos
Aires, lo que parece poco probable, ya que él mismo manifiesta toda su vida
haber realizado estos estudios universitarios en la Universidad de Madrid, de
1931 a 1936, así como un curso de especialización con el profesor Bertrand
Nogaro en la Sorbona de París, en el curso 1947-48, como ya hemos indicado.

                De
lo que no cabe duda es de que Guillén frecuenta la Universidad de Buenos Aires,
pues ya en 1948 traba contacto con una de las personas que más importancia
tendrá en su biografía inmediatamente posterior: el entonces profesor de
Economía Política de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA, John
William Cooke.

                Cooke,
un hombre extraordinariamente inteligente, físicamente enorme y con un peinado
y un bigote prolijos, era un excelente bailarín de tango, un gran jugador de
póker y muy coqueto con las mujeres. Pero, además, era también uno de los más
importantes representantes del ala más izquierdista del peronismo.

                Nacido
en La Plata, el 14 de noviembre de 1919, en el seno de una familia radical de
origen irlandés, fue su propio padre, Juan Isaac Cooke, militante del
radicalismo, el que le puso en contacto con Juan Domingo Perón. En 1943 era ya
abogado y fue elegido diputado justicialista con sólo veinticinco años para el
período 1946-1952.

                Sus
posiciones políticas se basan, en este momento, en una perspectiva partidaria
de la liberación nacional que ve a la misma muy vinculada con el avance hacia
una sociedad socialista. Para él, Perón, con quien mantiene una relación
cercana, debe convertirse en la cabeza visible de un movimiento que abarque a
toda la clase trabajadora para liberar de la única manera posible a la Patria:
encauzando las rebeldías desde lo social a lo nacional, rompiendo con las
cadenas de la dependencia y el subdesarrollo desde la base del avance hacia la
construcción de una patria socialista que permita realizar la acumulación de
capital necesaria para la industrialización y un desarrollo económico
autocentrado. Cooke considera que el peronismo debe constituirse en un
movimiento genuinamente revolucionario, y critica fuertemente a la burocracia
sindical que no sabe hacer más que acercarse al poder para mantener estructuras
clientelares.

                En
el Congreso, Cooke es presidente de la Comisión de Asuntos Constitucionales, de
la Comisión Redactora del Código Aeronáutico y de la Comisión de Protección de
los Derechos Intelectuales. A principios de 1951, es seleccionado por Perón en
persona para defender en el Congreso el cierre del periódico La Prensa,
perteneciente a la familia oligárquica de los Gainza-Paz, muy crítico con el
presidente. En su discurso ante la Cámara, Cooke acusa al diario de ser el
portavoz de una gran conspiración conformada por los terratenientes, los
empresarios del puerto de Buenos Aires y la United Fruit Company. Una
conspiración destinada a poner en marcha un golpe de Estado contra el gobierno.
Pese a que, tras el discurso, el subsecretario de Información y Prensa, también
peronista, Raúl Apold le acusa de comunista por su tono marcadamente
antimperialista, lo que motivará que Eva Perón le convoque para pedirle
explicaciones, lo cierto es que la historia no tardará en darle la raAlfrezón.

                Entre
1946 y 1955, Cooke es profesor titular de Economía Política en la Facultad de
Derecho y Ciencias Sociales de la Universidad de Buenos Aires. Es muy probable
que sea allí donde conoce a un exiliado español interesado por la economía,
pero también obsesionado por la transformación social y por la lucha por un
socialismo no autoritario e independiente: Abraham Guillén.

                Guillén,
recién llegado a Buenos Aires, empieza a trabajar en la revista Plan Quinquenal, como
colaborador y redactando materiales económicos, titulándolos y subtitulándolos
gracias a sus credenciales como periodista. Según indicará él mucho más tarde,
“ganaba lo suficiente para pagar la pensión”[5].

                Cerca
de seis meses después, Guillén se incorpora también a la redacción del diario El Laborista, un
diario cercano a las posiciones de los sindicatos peronistas, fundado por el
coronel Mercante, segundo de a bordo
[DR1] de
Juan Domingo Perón. Ejerce en el periódico como redactor económico, utilizando
el pseudónimo de Fernando Molina, y escribe varios artículos sobre las
negociaciones comerciales para establecer el convenio sobre el sector de la
carne entre Argentina y el Reino Unido, por las que el país austral
intercambiaba carne de vaca de sus frigoríficos por los bienes manufacturados
de los británicos. Con su análisis crítico de las posiciones inglesas en la
negociación, Abraham se apunta un tanto muy importante en la redacción. Los
negociadores del convenio internacional llegan a decirle al director que los
artículos de Guillén han sido la mejor campaña pública posible para que se
firmara un buen convenio de la carne.[6]

Un año y medio
después, Guillén empieza a colaborar también en la revista semanal del Ministerio
de Asuntos Económicos argentino Economía y Finanzas. Para lograr el puesto tiene que
enfrentar una especie de concurso-oposición, en la que tiene que realizar un
estudio sobre el Fondo Monetario Internacional y otro sobre el convenio de
carnes entre Argentina y el Reino Unido. Continúa trabajando de noche en El
Laborista y por la mañana y algunas tardes en Economía y Finanzas, utilizando varios
pseudónimos (el de Llanos, y alguno más, pero principalmente el de Jaime de Las
Heras, que ya había usado como nombre falso en la clandestinidad durante el
franquismo).

Sus escritos,
supuestamente redactados desde Nueva York, tienen rápidas repercusiones en todo
el continente americano, incluyendo el Congreso argentino, donde sus posiciones
son debatidas en varias ocasiones. Según manifestará posteriormente el propio
Guillén al académico norteamericano Donald C. Hodges, los servicios secretos de
los Estados Unidos realizan investigaciones en el entorno de la embajada
argentina y preguntan en la sede del periódico respecto a la identidad de la
persona conocida como “Jaime de Las Heras”, ya que piensan que se trataba del
asesor de la embajada argentina en Washington, Cafiero, mientras él continúa
escribiendo sus artículos desde el sexto piso del Ministerio de Hacienda de
Buenos Aires.[7] Lo hará
todas las semanas, entre los años 1949 y 1956. En ese mismo ministerio, Guillén trabaja
como asesor en Economía y Finanzas con el doctor Alfredo Gómez Morales, que
había sustituido a Miranda en el ministerio y el Banco Central entre 1949 y
1952, asumiendo ese año como ministro de Asuntos Económicos, puesto que
mantendrá hasta el golpe de estado de 1955.[8]

Guillén
escribe, también, una serie de populares artículos en el diario Democracia, para
oponerse a la propuesta de la venta de yacimientos de petróleo de la Argentina
a multinacionales extranjeras.

                Ya
en 1949, tras la implementación del Plan Marshall en Europa, Argentina ve
erosionada su posición internacional como uno de los principales exportadores
de grano y el crecimiento económico se ralentiza y empiezan a aparecer signos
de tormenta. Hasta 1952 la inflación crecerá a un promedio de un 33 % anual.
Esto coloca al ministro Gómez Morales en una posición delicada: tiene que ir
preparando al pueblo para una política más centrada en subvencionar a los
grandes productores agrarios (la oligarquía, tan denostada por la propaganda
peronista), sin entrar tampoco en una política liberal de devaluaciones y
recortes sociales, que estrechen la base social del régimen.

                En
1952 el gobierno pone en marcha un Plan de Emergencia que da pronto resultados
esperanzadores. Entre 1952 y 1953, la inflación pasa del 39 % al 4 %, gracias a
la congelación impuesta a la carrera entre precios y salarios, y al crecimiento
del ahorro. El déficit fiscal, además, se ve reducido por medio de un aumento
de la presión fiscal y a considerables recortes de las inversiones. Pero la
Argentina de 1953 ya no es el país opulento de algunos años antes. Como afirma
Loris Zanatta “los jóvenes economistas que rodeaban a Gómez Morales en el nuevo
gobierno” —y recordemos que entre ellos está
Guillén— “habían aprendido la amarga lección de los años de alta inflación, y
no estaban dispuestos a sacrificar la disciplina fiscal para alcanzar
resultados que a la larga se revelarían efímeros”.[9]

                Ese
mismo año, Abraham Guillén publica su primer libro El destino de Hispanoamérica, del que
hablaremos con más detalle en un capítulo posterior, pero que deja bien claro
que Guillén, pese a haberse convertido en asesor del gobierno peronista y en
publicista de su ala más izquierdista, no deja de tener una visión
extremadamente personal y original de los problemas económicos y sociales de su
tiempo. Su visión de una Hispanoamérica unida y socialista, supera en mucho las
barreras del nacionalismo peronista y va mucho más allá de la narrativa
nacional-popular para inaugurar una original mixtura entre el populismo, el
internacionalismo, el marxismo y el pensamiento propiamente libertario.
Asimismo, el 16 de septiembre de 1952, Marisol, la mujer de Guillén, da a luz a
su hijo Jaime.[DR2] 

                El
Segundo Plan Quinquenal, puesto en marcha a inicios de 1953, erosiona las bases
políticas del régimen,
preparando reformas estructurales. La más polémica es la nueva ley de
inversiones extranjeras, que equipara el capital venido de fuera con el
nacional y permite al primero sustanciosos porcentajes de repatriación de
beneficios. La entrada de nuevo capital norteamericano pone sobre la mesa las
contradicciones del gobierno: ¿es posible que la base social del peronismo
acepte, digiera o tolere un cambio de rumbo que afecta a lo más esencial de la
narrativa nacionalista del régimen[AR3] ?
La oposición, por su parte, alimenta las contradicciones denunciando la venta
del petróleo argentino a las potencias extranjeras.

                Al
mismo tiempo, la conflictividad obrera, que el peronismo había conseguido
mantener en niveles aceptables mediante la expansión del consumo de masas,
empieza a reaparecer. Además, el propio partido justicialista muestra poco
entusiasmo por la nueva política, y las críticas de los sectores más
izquierdistas del peronismo (como el representado por John William Cooke)
empiezan a generalizarse.

                En
1954 se suceden grandes movilizaciones obreras exitosas que empujan a una nueva
espiral creciente entre precios y salarios. Ante el dilema insoluble entre
satisfacer a sus bases populares, frenando los planes de reforma, o implementar
la nueva estrategia económica, Perón, sumido en una creciente parálisis,
responde apelando a su repertorio corporativista tradicional. En marzo de 1955,
convoca el Congreso Nacional de la Productividad y el Bienestar Social, en el
que participan la CGT, organización sindical única e identificada
tradicionalmente con el peronismo, y la patronal. Sin embargo, las posiciones
de ambas partes se muestran inconciliables. Aunque la situación económica no es
de crisis abierta (la balanza comercial es buena, el crecimiento económico se
sostiene, la tasa de inflación es moderada) el régimen está poniendo en
cuestión sus mismas bases de sostenimiento, la alianza de clases que tiene tras
él.

                Sin
embargo, la crisis terminal del peronismo vendrá desde el campo de lo político.
En un histórico discurso de 1954, Perón se enfrenta directamente con la
Iglesia, pese a que el catolicismo expreso había sido durante años un elemento
sustancial de su doctrina política. El gobierno pretende ejercer el monopolio
del poder y de la “argentinidad”; la Iglesia y el Ejército, acompañando a los
poderes fácticos, pretenden continuar manteniendo firmemente en sus manos las
riendas del país, por encima, incluso, de la fractura entre peronistas y
antiperonistas. La prensa se ve inundada de ataques a la “infiltración
clerical” y las clases populares son convocadas por el partido y los sindicatos
para que expresen su solidaridad con Perón. El Congreso aprueba una ley del
divorcio que provoca las primeras fracturas en el partido justicialista.

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                En
ese mismo año, Guillén empieza a colaborar, también, con la revista De Frente, editada y
dirigida por John William Cooke. Esta revista aparecerá semanalmente y de forma
ininterrumpida entre el 11 de marzo de 1954 y el 9 de enero de 1956, cuando es
prohibida por el gobierno formado tras el golpe de Estado contra Perón. Fueron
95 números en total. Ya en 1957 aparecerán otros dos números, con otro formato,
en plena clandestinidad.

                Se
trata de una revista de unas cuarenta y ocho páginas (aunque llegó a tener
cincuenta y dos) encabezada por la sentencia “Testigo insobornable de la
realidad mundial”. Según la descripción de Miguel Mazzeo:

“Si bien los editoriales se caracterizaban por su tono marcadamente
político, en sus páginas se trataban los temas más diversos. Entre otras
secciones aparecían: 1) Política internacional. 2) Actualidad, donde se cubría
la labor parlamentaria y también aparecían temas históricos que, a todas luces,
eran ‘inactuales’. 3) Mujer, una sección que no se apartaba de un modelo que
oscilaba entre lo patriarcal y lo frívolo: modas, recetas y poesía, amor
adolescente y cómo comportarse en la mesa. También el vértigo del strass, los tailleurs, los gorros
medievales, los zorros, los encajes y las últimas noticias de Cocó Chanel. 4)
Astrología, con sus típicos horóscopos y predicciones. 5) Enigmas. Donde
aparecen tratados temas del siguiente tenor: ‘El maleficio de Tután Kamón’, ‘El
vudú’, ‘¿Quién entregó el secreto atómico a Stalin?’, ‘¿Son marcianos yanquis o
rusos los platos voladores?’, aunque también aparecen en esta sección temáticas
y tratamientos menos bizarros como, por ejemplo, ‘Vida de Sandino’ e ‘Interpretación
del Encuentro entre San Martín y Bolívar’. También figuraban secciones como ‘Lo
bueno y lo malo en el éter’, ‘Cine’, ‘Teatro’, etcétera.

De Frente
era una publicación independiente del oficialismo, y como proyecto reflejaba la
predisposición autónoma y el espíritu crítico de Cooke. Representaba, además,
un paso más en la consolidación de sus posiciones latinoamericanistas y
antiimperialistas”.[10]

                El
nacionalismo de Cooke sigue, en este momento, siendo interclasista, pero sus
críticas al ala derecha del peronismo son cada vez más fuertes. Así, en uno de
los editoriales de De
Frente
puede leerse:

“Entendemos que un nacionalismo miope, que no ve más allá de las
fronteras argentinas, es nacionalismo cerril y aborigen, que no sirve a ninguna
causa noble. Latinoamérica, continente económica y socialmente ‘sumergido’,
solo podrá salir de su actual situación en la medida en que tome conciencia de
la necesidad de unirse y actuar cohesivamente”.[11]

                Como
afirma Mazzeo:

“De Frente
proponía ‘cortarle las uñas al capital’ o, en todo caso, limárselas (tanto al
capital nacional como al capital extranjero). La regulación económica y la
‘humanización’ del capital eran los ejes del proyecto ‘popular’ a mediados de
la década del 50. De
Frente
abogaba por una ‘economía social’ y criticaba las versiones
‘crudas’ e ‘insensibles’ del capitalismo. En materia de expropiaciones,
propugnaba una línea muy selectiva. Cooke todavía no rompía con la política
basada en las posibilidades de una alianza entre capital y trabajo, colocaba
las contradicciones de clase en segundo plano y las subordinaba a la
contradicción Nación/Imperio o, mejor dicho: Estado-Nación/Imperio. Todavía no
promovía una ruptura radical con los intereses y valores de la burguesía (la
nacional, incluyendo la oligarquía diversificada, y también la transnacional)”.[12]

Mientras
Guillén escribe en De
Frente
, los rumores de golpe de Estado se hacen cada vez más fuertes
y la inestabilidad política se acentúa.

                El
11 de junio de 1955, la procesión del Corpus Christi se transforma en una
masiva manifestación contra el régimen por las calles principales de Buenos
Aires, promovida por la Iglesia católica. Durante los desórdenes subsiguientes,
arde una bandera argentina. Perón habla al país, encendiendo aún más los
ánimos, grupos de peronistas atacan a los fieles que van a entrar en la
catedral. A las pocas horas, se decreta la expulsión del país de dos obispos,
bajo la acusación de subversión, lo que provoca que el mismísimo Perón sea
excomulgado de manera automática. La flor y nata del catolicismo argentino
sufre una enorme redada y se multiplican los detenidos, mientras el Congreso
somete a juicio a Tomás Casares, el último representante de la Iglesia en la
Corte Suprema. Los sindicatos peronistas convocan a los trabajadores a la Plaza
de Mayo para defender el peronismo.

                Pocos
días después, el 16 de junio, las Fuerzas Armadas hacen su primera aparición en
este turbio escenario político. La marina bombardea la Casa Rosada y la plaza
que la circunda, provocando cerca de 300 muertos. La acción fracasa como golpe
de Estado, pero enciende todas las alarmas. Ya se sabe de qué lado están una
porción importante de los militares[AR4] .
Ya nadie se puede llamar a engaño. Guillén vive el intento de golpe mientras se
desplaza hacia el centro desde su domicilio, en la ciudad de Avellaneda,
provincia de Buenos Aires, acompañado de varias personas, entre ellas su
hermano. Abraham se dirige a sus acompañantes, antes de saber que está
sucediendo y les espeta: “No vayáis a la plaza Rosada, que fijo que la van a
bombardear”.[13] El
peligro ha pasado, pero un golpe inminente y exitoso, si no se le hace frente
desde el plano propiamente militar desde ese mismo momento, es no sólo
probable, sino seguro.

                El
Laborista empieza a hacer una campaña para que se realice un entierro masivo de
las víctimas del bombardeo, pero intervienen de inmediato los militares, y la
campaña se frena desde la dirección del diario.[14]

                John
William Cooke es la primera persona convocada por Perón tras el intento de
golpe. Es nombrado interventor del Partido Peronista en la Capital Federal. Una
vez allí, mientras el propio Perón trata de calmar los ánimos liberando presos
políticos y levantando el estado de sitio, Cooke se desespera: la estructura
partidaria del peronismo capitalino es un espacio corrupto y tremendamente
burocrático que no se puede cambiar tan fácilmente.

                Mientras
Perón anuncia que va a reconstruir las iglesias quemadas tras los sucesos del
11 de junio, y acusa de los desórdenes a masones y comunistas, cesando al
ministro del interior, Ángel Gabriel Borlenghi, Cooke se dedica a visitar los
sindicatos y unidades básicas del partido, intentando organizar la resistencia
armada al inminente golpe de Estado.

                Los
trabajos de Cooke en ese sentido provocan el descontento inmediato de los
militares que piden que se le arreste. En palabras de Richard Gillespie:

“Se ha sugerido, quizás con exageración, que el plan de acción de Cooke
estaba basado en la experiencia de la resistencia española a Franco y que éste
la conoció a través del veterano de la Guerra Civil Abraham Guillén, amigo y
colaborador de De
Frente
. La idea básica era organizar una fuerza guerrillera urbana
clandestina que pudiera frustrar un golpe de estado por medio de actividades
guerrilleras respaldadas por el apoyo y la movilización popular. Cooke debía
actuar con precaución dado que el Consejo Superior Peronista había rechazado la
idea de crear milicias populares, ya que sabían que aun los generales ‘peronistas’
se opondrían a la idea, temerosos de que pudiera surgir una estructura de mando
paralelo. A pesar de la falta de autorización, Cooke y otros pocos estaban
preparados para actuar a espaldas de los líderes y organizar secretamente los
contingentes guerrilleros. Al ocurrir el golpe de septiembre, poco es lo que se
había realizado y que tuviera resultados prácticos, pero tiempo más tarde sus
ideas formarían la base de la primera actividad de la Resistencia Peronista, en
especial cuando Perón, en enero de 1956, les dio su respaldo táctico.”[15]

                Cooke
y Guillén, entonces, tienen un plan. Un plan de resistencia, de organización de
una tupida red de guerrillas que, con el apoyo popular, y a la imagen y
semejanza de lo que sucedió en la Barcelona o el Madrid de julio de 1936,
podrían resistir al golpe y parar la insurrección del ejército mediante una
política insurreccional y armada de las bases peronistas. Este plan, conocido
por el “Plan Guillén-Cooke de 1955”, es publicado en inglés por Donald C.
Hodges[16] y
traducido al castellano por Hernán Reyes en 2005.[17]
El propio Hernán Reyes nos indica que, respecto a su implementación:

“Para el golpe militar de septiembre de 1955, estos grupos no estaban
aún preparados, por lo que resultaron ineficaces. No tenían el apoyo político
de los mandos peronistas y les resultaba difícil convertirse en unidades de
combate capaces de resistir el embate de los golpistas. De ahí su debilidad e
incapacidad de ponerse en práctica entre junio y septiembre, cuando miles de
militantes se movilizaban para repudiar el intento de golpe del 16 de junio.
Según Hodges, el plan quedó en el papel hasta enero de 1956, cuando Perón dio
la orden de comenzar la resistencia. Por entonces, Cooke había tomado el
control de la estructura partidaria”.

                Como
indica Hodges:

“Cooke […] comisionó a Guillén para escribir un plan político-militar
secreto para defender al gobierno popular.

Después de recibir la petición de Cooke, el plan de Guillén fue
presentado al alto mando peronista. En vez de proceder de inmediato a
implementarlo, sin embargo, el liderazgo lo presentó al equipo general del
Ejército, constituido por oficiales peronistas tradicionales. Dado que la
vanguardia armada propuesta habría sido independiente del ejército regular, los
militares peronistas la vetaron”.[18]

                En
un manuscrito inédito redactado, según Hodges, en 1973, en el que se basa su
traducción al inglés, Guillén presentaba el texto del plan. Dicho manuscrito se
encontraba entre la documentación donada por el propio Guillén a la Fundación
Anselmo Lorenzo. Dejemos a los lectores con una larga cita del texto del mismo
Abraham Guillén[19]:

“En grandes líneas el Plan Guerrillero Cooke-Guillén de 1955, podría
ser sintetizado en los puntos siguientes:

                1. Vanguardia popular armada.
Debería constituirse a base de los mejores cuadros del peronismo, pero tendría
que ser rigurosamente clandestina, no cayendo en la trampa de las declamadas
milicias populares, que sólo servían para asustar al enemigo e invitarle al
“cuartelazo” contra un gobierno que pretendiera disminuir el poder militar con
milicias regulares ostensibles, en vez de hacerlo con grupos guerrilleros
clandestinos.

                2. Ejército y guerrilla: aunque
el ejército regular sea muy grande y la guerrilla muy chica la correlación de
fuerzas en presencia puede ser, no obstante, favorable a la guerrilla si esta
opera en una gran ciudad donde la población le sea políticamente favorable. Así
un gran ejército represivo puede ser vencido por una pequeña guerrilla, siempre
que esta, como minoría armada actúe en función de poner en movimiento político
insurreccional a la gran mayoría de la población de una gran urbe […].

                3. Táctica en superficie contra
las tácticas de línea fija. Cuando un enemigo es muy grande en número de
combatientes y en potencia de fuego, hay que hacer todo lo contrario de lo que
él haga, para poder vencerle […]. Si un ejército regular concentra sus fuerzas
en un punto, hay que atacarlo desde distintos puntos a la vez (cuando la
guerrilla va siendo numerosa), o en un solo punto (donde el adversario sea
débil) y esté desprevenido. […] Dicho de otro modo, la guerrilla en lo
particular debe ser fuerte en un lugar dado y por un tiempo muy limitado, sin
clavarse al terreno, ya que un ejército poderoso concentraría ahí sus fuerzas y
vencería a las fuerzas guerrilleras. No importa que el ejército represivo sea
grande en lo general si siempre es débil en lo particular, en el espacio y el
tiempo elegido por la guerrilla […].

                4. Espacio y población. Los
ejércitos nacionales represivos o contrarrevolucionarios, así como los
ejércitos imperialistas, usando y abusando de sus grandes fuerzas, aspiran a la
conquista del espacio y al dominio de las poblaciones “manu militari”. A un
ejército contrarrevolucionario no le importa masacrar a las poblaciones […]
pero esta apariencia de fuerza es una manifestación de extrema debilidad, si
una guerrilla revolucionaria con sus hechos de armas y sus declaraciones
políticas reprime a los represores y alienta la insurrección de las masas
populares oprimidas. Si un ejército reaccionario nacional o imperialista oprime
a la población, la guerrilla debe alentarla con sus acciones a darle
colaboración política, a ponerla en movimiento insurreccional, para contar con
suficientes fuerzas guerrilleras que ataquen desde muchos puntos a la vez, a
fin de que el ejército grande de línea sea muy chico en la represión de los
focos guerrilleros en forma de “piel de leopardo” […]. La guerrilla […] debe
ceder el espacio luego de vencer y desarmar al ejército regular, prolongar la
guerra en el tiempo hasta ser tan fuerte o más que su enemigo, pero ello sólo
es posible ganando con sus acciones y manifestaciones la conciencia y la
voluntad de las poblaciones oprimidas […].

                5. La guerra política. Frente a
un “golpe de estado”, cuando el gobierno cuente con una gran masa de la
población, con la mayoría política de un país, como Perón en 1955, basta con
unos cuantos grupos guerrilleros urbanos dispersos en una o más grandes ciudades
para no permitir que el ejército sublevado “controle el orden” y reprima a las
masas impunemente […]. Una guerrilla, cuando tiene de su parte la gran mayoría
de la población, no debe lanzarse a batallas frontales grandes, sino a producir
muchos “focos” insurreccionales en la población, para hacer imposible en el
ejército represivo la batalla de línea, teniendo que entrar en la guerra
guerrillera en superficie, en todas partes al mismo tiempo, sin poder así ser
fuerte en ninguna de ellas, El Plan Cooke-Guillén de 1955 no planteaba luchas
en frente fijo, ni barricadas, ni milicias uniformadas o regulares, sino crear
varios grupos de guerrilla urbana inmersos en las unidades básicas, en los
distritos, las fábricas y los sectores o barrios urbanos, operando en una
clandestinidad absoluta. Sólo así, con la guerrilla dentro de la población
favorable, se movilizaría a las masas de las grandes ciudades, derrotando al
ejército regular en espacios edificados tan grandes como Buenos Aires, Córdoba,
Rosario y otros centros urbanos argentinos. La clave de mi plan guerrillero
reside en hacer de chispa que encienda la pradera seca, actuando la guerrilla
de locomotora del tren popular […] operando con muchos grupos de gran movilidad
y combatividad, inmersos en una población favorable y ocultos en los bosques de
cemento, apareciendo ofensivamente para armarse a expensas del enemigo y
desapareciendo después entre una gran masa de población urbana, sin dejar
rastros a las pesquisas del ejército reaccionario. Estas condiciones de espacio
y población se daban, política y estratégicamente, en junio y septiembre de
1955 en Argentina […].

                6. Política, estrategia y
táctica. En el Plan Guerrillero de Cooke-Guillén la estrategia era la política
en acción como pueblo en armas, respondiendo a la tesis de Clausewitz de que la
guerra es la continuación de la política por otros medios […] la política busca
su realización en la guerra cuando le es prohibida la paz; cuando las masas
populares son oprimidas o soportan una desocupación en masa; cuando un gobierno
popular es atacado por un “cuartelazo” […]. Una guerrilla, preferentemente
urbana, en ese año, habría podido evitar la contrarrevolución o transformar el
golpe de estado en guerra civil generalizada como en España en 1936, pero con
muchas posibilidad de ser ganada por un pueblo en armas […]. Como la legalidad
estaba de parte del régimen peronista era posible dividir al ejército y a la
policía, como sucedió en España en 1936; pero lo ideal, política y
estratégicamente, consistía en derrotar al enemigo en pocos días, sin dejarle
recibir ayuda extranjera; pues en estrategia una victoria rápida vale por dos”.[20]

                El
propio Guillén, en el mismo texto, nos cuenta las razones del fracaso en la
implementación de su plan, que articulaba secretamente a la juventud peronista,
el sindicato CGT y la rama femenina del movimiento, para crear una serie
unidades guerrilleras clandestinas:

                “El momento histórico de junio y
septiembre de 1955 en la Argentina, era favorable a una gran lucha del pueblo
en armas. El Plan Cooke-Guillén fue elevado a la cima del comando peronista
que, a su vez, ingenuamente, lo sometió a la aprobación de los militares dichos
peronistas. Estos, naturalmente, no queriendo duplicación de fuerzas militares,
rechazaron el esquema guerrillero propuesto […].

                Parece que el responsable de que
el Plan Cooke-Guillén no fuera aplicado fue el general Lucero y otros militares
de alto grado simpatizantes del peronismo, pero no lo suficiente como para
aceptar que la guerrilla y el ejército pudieran colaborar”.[21]

Guillén, finalmente, cierra el documento con unas pertinentes reflexiones:

                “Cooke, por su gran preparación
política, su gran cultura, comprendió perfectamente el hecho de que una milicia
popular no debe ser proclamada a los cuatro vientos, pero sí vinculada a las
masas populares, pues una guerrilla que no vaya moviendo hacia ella a la
población jamás podría hacer una revolución. Como J.W. Cooke era secretario
político general del movimiento peronista en Buenos Aires, en 1955, tenía clara
conciencia de que su fuerza política era igual a cero, a menos que fuera
respaldado por grupos de defensa (GGDD), estructurados política y
estratégicamente, como pueblo en armas, a fin de impedir un golpe de estado
contra el gobierno popular. En momentos críticos de la historia de un país,
cuando un partido o un movimiento es la aspiración política de la población, se
puede perder el gobierno cuando no se tiene todo el poder. El gobierno es
meramente nominal, simbólico, por más poder de masas que tenga a su favor,
cuando no cuenta con las fuerzas armadas, los bancos, la industria, la economía
agraria, la radio, la prensa, la televisión y otros poderes objetivos,
concretos, no simbólicos. Para suplir ese déficit de poder real, el Plan
Cooke-Guillén trataba de dar al movimiento peronista una vanguardia armada
clandestina, introducida en todos los escalones de los sindicatos, el partido,
la juventud, el movimiento femenino, en las ciudades y en el campo, para que en
un momento crítico, ante un golpe de estado o una invasión extranjera, la
guerrilla clandestina se convirtiera en brazo armado popular, en locomotora de
arrastre de la población, en ejército de liberación nacional, si el ejército
regular se pasaba al campo de la contrarrevolución o al servicio de una potencia
extranjera”.[22]

                Un
Plan para la insurrección, un Plan que no se llegó a implementar, pero en el
que ya vemos muchas de las ideas fijas del futuro Abraham Guillén, teórico de
la guerrilla urbana, escritor aficionado a los temas militares. Adalid de la subversión,
dirán algunos, lo que también le convertirá en el blanco de los aparatos
represivos de varios países, así como del periodismo sensacionalista.

                Un
Plan para detener un golpe de estado que, sin embargo, nada pudo detener. Un
nuevo golpe de estado en biografía de un huido de Franco y su asonada contra la
República Española. No será el último.


[1]
“Curriculum vitae de Abraham Guillén”. Documento mecanografiado encontrado
entre la documentación donada por Guillén a la Fundación Anselmo Lorenzo.

[2] Loris
Zanatta, Breve historia
del peronismo clásico
, Buenos Aires: Editorial Sudamericana, 2009,
p. 88.

[3] Ibidem,
pp. 93-94.

[4] Daniel
James, Resistencia e
integración. El peronismo y la clase trabajadora argentina
Buenos
Aires: Siglo XXI, 2013, p. 57.

[5] Abraham
Guillén, Biografía
Abraham
, ob. cit., casete IV.

[6] Ídem.

[7] Donald C. Hodges, Philosofy of de urban guerrilla.
The revolutionary writings of Abraham Guillen
. Nueva York: Morrow Paperback
Editions, 1973.

[8] “Curriculum
vitae de Abraham Guillén”. Documento mecanografiado encontrado entre la
documentación donada por Guillén a la Fundación Anselmo Lorenzo.

[9] Loris
Zanatta, Breve historia
del peronismo clásico
, ob. cit., p. 170.

[10] Miguel
Mazzeo, El hereje.
Apuntes sobre John William Cooke
, Buenos Aires: Editorial El
Colectivo, 2016, pp. 67-68.

[11] Revista De Frente, n.° 6,
Buenos Aires, 15 de abril de 1954. Nota editorial.

[12] Miguel
Mazzeo, El hereje. Apuntes sobre John William Cooke, ob. cit., p. 76.

[13] Abraham
Guillén, Biografía
Abraham
, ob. cit., casete V.

[14] Ídem.

[15] Richard
Gillespie, J.W. Cooke:
El peronismo alternativo,
Buenos Aires: Cántaro editores, 1989, p.
24.

[16] Donald C. Hodges, Argentina 1943-1976. The
national revolution and resistance,
University of New Mexico Press, 1976.

[17] Reyes,
Hernán Reyes, “Abraham Guillén: teórico de la lucha armada”, en Lucha Armada, n.° 4,
septiembre-noviembre de 2005, pp.
55-56.

[18] Donald C. Hodges, Argentina 1943-1976. The
national revolution and resistance
, ob. cit., p. 192.

[19] Abraham
Guillén, Plan
Guerrilero Cooke-Guillén contra el golpe de estado de 1955,
Manuscrito
mecanografiado con anotaciones de Guillén aparecido entre la documentación
donada por éste a la Fundación Anselmo Lorenzo, (s.f.).

[20] Ibidem,
pp. 2-7.

[21] Ibidem,
pp. 7-8.

[22] Ibidem,
pp. 9-10.


 [DR1]Marcado
así en el doc recibido

 [DR2]Comentario
de estilo: queda un poco descolgada la frase suelta, tal vez incorporarla al
párrafo anterior que habla de su primer libro?
Desestimar este comentario si no es pertinente.

 [AR3]No
abusaría de la palabra “régimen”, salvo que uses lo mismo para los gobiernos
“democrático burgueses”. El peronismo era uno de estos. Te pasa por leer tanto
a Zanatta 😊

 [AR4]Párrafo
modificado




Fuente: Contrahegemoniaweb.com.ar