November 13, 2021
De parte de Briega
163 puntos de vista

América Latina desde Abajo. San Bernardo, Santiago de Chile. A principios de septiembre nos reunimos con Hernán Ouviña[1], quien comentó las implicancias de la gira zapatista y  la urgencia de romper con ciertos síndromes de la izquierda, entre otros aspectos.

En 2006 el EZLN lanzó “La otra campaña”, una iniciativa que, a partir de una pedagogía de la pregunta, recorrió el México profundo, oprimido y en resistencia. Tras una prolongada escucha fueron cartografiadas luchas en donde se identificaron las múltiples ruedas que hacen girar el perverso sistema del capitalismo: explotación, despojo de derechos y territorios, patriarcado, homofobia y xenofobia, militarización y violación sistemática de los derechos humanos.

Las experiencias retratadas develaron algo vital que a veces solemos olvidar. No solo las distintas formas de desprecio coincidían, sino que implicaron en muchos casos una autoafirmación que devino en organización y movilización, del mismo modo que las nuevas formas de represión del mal gobierno conllevaban nuevas formas de defensa comunitaria. Conforme la iniciativa zapatista siguió su curso, nos demostró la posibilidad de realizar una plataforma unitaria que permitiera la articulación de diversas organizaciones, sin la búsqueda de homogeneidad, hegemonía o vanguardismo alguno. Un proceso en donde la diversidad es una potencia para los espacios transversales que lo componen. Después de todo, debemos perderle el miedo a la unidad.

Lo anterior, como sabemos, es más difícil decirlo que hacerlo. La enorme capacidad de reinvención y cuasi-omnipresencia del capitalismo –presentes en la metáfora de la Hidra capitalista planteada por el zapatismo– remite también al hecho de que tenemos introyectado el sistema. Por ello, debemos acabar con la subjetividad neoliberal que nos ha condicionado desde nuestra infancia y organiza gran parte de nuestra cotidianeidad. Esto lo demuestra la crisis actual, en donde a las revueltas populares se ha sumado una pandemia (un orden que ha sido alterado en algunos casos como Colombia) con trágicas consecuencias. Con todo, no hay que olvidar que, al decir de Gramsci, las crisis pueden servir de escuelas a cielo abierto.

Él mismo plantea en los Cuadernos de la Cárcel que “la crisis consiste precisamente en el hecho de que lo viejo muere y lo nuevo no puede nacer: en este interregno se verifican los fenómenos morbosos más variados”[2]. Es decir, una crisis orgánica no garantiza por si sola una movilización popular que transforme la sociedad hacia la izquierda. Por el contrario, como nos demuestran las sociedades contemporáneas latinoamericanas, las crisis pueden ser respondidas desde arriba y terminar asumiendo una forma regresiva, toda vez que los miedos e incertidumbres facilitan el ascenso de gobiernos fascistoides. Y es que ante izquierdas institucionalizadas que se posicionan tibias e izquierdas sectarias que se arrinconan, las derechas de retórica “antisistémica” toman fuerza y se buscan posicionar como tercera fuerza.

Boaventura de Sousa Santos en su Reinventar la democracia formula un nuevo fascismo, el societal. Este no supone “un regreso al fascismo de los años treinta y cuarenta. No se trata como entonces, de un régimen político sino de un régimen social y de civilización. El fascismo societal no sacrifica la democracia ante las exigencias del capitalismo sino que la fomenta hasta el punto en que ya no resulta necesario, ni siquiera conveniente, sacrificarla para promover el capitalismo. Se trata, por lo tanto, de un fascismo pluralista y, por ello, de una nueva forma de fascismo”[3].

Además del neofascismo, otro de los escenarios pospándemicos para la crisis civilizatoria presente es la aparición del estatismo autoritario, diferente al Estado fascista, puesto que supone una derrota histórica previa del movimiento popular. Involucra todo un dispositivo institucional preventivo frente al ascenso de las luchas populares y los peligros que representa para la hegemonía. Se trata de una ruptura interna, un desdoblamiento entre un Estado oficial y un dispositivo paralelo de intensificado control estatal de cada esfera de la vida socioeconómica, combinado con el agudo declive de las instituciones políticas democráticas y una restricción multiforme de las llamadas libertades formales.

Latinoamérica también evidencia que el neoliberalismo no es un recetario de política económica, remite a una integralidad que va más de allá de un menor o mayor intervencionismo del Estado. Durante el ciclo progresista se sostuvo que, reemplazando la élite gubernamental de derecha por un partido o coalición progresista, se podía superar este sistema y se acuñó el concepto de “posneoliberalismo”. Pero esta idea está lejos de ser cierta. Es cuestión de observar cómo el consumo y endeudamiento (dos de los pilares del neoliberalismo) se mantuvieron –o aumentaron significativamente en algunos casos– bajo la gestión de los gobiernos progresistas.

Del mismo modo, hay que diferenciar gobierno de Estado y a este último, de aparatos estatales. La experiencia de la Unidad popular lo demuestra trágicamente. El Estado no es un aparato neutral, está constituido históricamente con una lógica expansionista y colonial sobre los pueblos indígenas que lo anteceden y es también un órgano de dominación de clase, moldeado a su necesidad por la oligarquía, la burguesía y los terratenientes. Del mismo modo posee un sesgo de raza y género en su funcionamiento, ya que su materialidad está conformada por mecanismos de selectividad que encauzan y aseguran la dominación de una minoría específica, independientemente del gobierno de turno.

Para Hernán la revuelta que comenzó en 2019 en Chile no es algo del todo impredecible –sí en cuanto a radicalidad, de eso no hay duda– si observamos los ciclos y relevos generacionales y sectoriales de lucha en el país. Lo que antes era un techo infranqueable (como la exigencia de una nueva constitución) es hoy un piso movedizo.

Del mismo modo, Chile es solo un campo de luchas en un sistema de dominación múltiple que se conforma por el capitalismo, la colonialidad y el heteropatriarcado, no solo como nación, sino que a escala global. Por lo que la revuelta es parte del reanudamiento de lo que Hernán y Mabel Thwaites denominan Ciclo de impugnación al neoliberalismo o CINAL. Un proceso de movilización que arranca con movilizaciones de alta envergadura como el Caracazo en Venezuela (1989), Inty Raymi en Ecuador (1990), el Levantamiento Zapatista en México (1994), la Crisis del 19 y 20 de diciembre en Argentina (2001) y la Guerra del agua y del gas en Bolivia (2000-2003) que conforman la fase societal de dicho ciclo, la que precede y facilita la fase gubernamental, reconocida comúnmente como “ciclo progresista”.

Los autores prefirieron caracterizar dicha etapa como CINAL, para expresar su naturaleza fluida y en disputa, e incluir no solo los rasgos comunes y más prototípicos de los distintos procesos –más allá de sus especifidades nacionales– sino su impacto sobre el conjunto de la región, contemplando los Estados más anclados en el neoliberalismo. Y para incorporar también las luchas antineoliberales que conforman la fase socio-política del ciclo, diferenciada de la gubernamental[4].

El auge del CINAL, en su fase gubernamental, comienza con la llegada al poder de Hugo Chávez en 1999 y culmina con su muerte, en 2013. Mientras la crisis se agudizaba, como resultado de los cambios drásticos en el escenario económico mundial, las correlaciones de fuerzas variaron a favor de gobiernos y fuerzas de derecha. Sin embargo, la disputa social y política de los sectores populares no permitió la consolidación de la ofensiva derechista y ya desde 2019 se advierte una nueva ola de protestas y levantamientos populares, que muestran que la fase societal del ciclo no concluyó.

Nos encontramos en un momento constitutivo a escala continental que a los sectores movilizados nos cuesta distinguir y analizar. Aunque nos pese, debemos asumir que poseemos una cierta indeterminación estratégica ante la inestabilidad hegemónica en la región. Sabemos lo que no queremos, reconocemos las estrategias caducas, pero no tenemos certeza de qué estrategia desplegar. Con todo, nos encontramos frente a tres escenarios: neofascismo societal, estatismo autoritarismo –los que revisamos anteriormente– o una alternativa civilizatoria, emancipatoria e integral.

Si optamos por la última es menester romper con ciertos síndromes. Primero, con el del “bicho-bolita”, esto es el ensimismamiento y autocomplacencia ante la incertidumbre y riesgos que supone la organización política por fuera de nuestros círculos orgánicos, sectoriales, etarios o, en definitiva, de afinidad. Luego, con el del martillo, aquella herramienta que parece imprescindible para todo (y en función de la cual todos los problemas se parecen a un clavo), cuando la historia nos demuestra que las más de las veces precisamos de una caja de herramientas para construir y reparar. Y, por último, con el del conductor, aquél que exige que se respete la norma de “no molestar” mientras maneja, lo que como sabemos, le ha salido más que caro a las coaliciones y partidos que han asumido gobiernos en la última época.

Puede que, en un tiempo no muy lejano, la gira zapatista, que se propone recorrer los cinco continentes, arribe a nuestras tierras. De ahí que, desde los espacios locales, se convoque y llame a todas las organizaciones e individualidades de abajo y a la izquierda, para que comiencen a preparar su recibimiento. Desde ya, seguiremos aprendiendo a remar e inflar las velas y a no solo mirar los horizontes que podemos alcanzar aquí cerquita de todas.

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Notas

[1] Politólogo, doctor en ciencias sociales y educador popular. Profesor de la Carrera de Ciencia Política e Investigador del Instituto de Estudios de América Latina y el Caribe de la Universidad de Buenos Aires. Es autor de Zapatismo para principiantes, https://cosal.es/wordpress/wp-content/uploads/2016/12/zapatismo-para-pri…

[2] Lo cierto es que al momento de redactar esas líneas Gramsci se refería más al giro ultraizquierda del partido comunista italiano, que vaticinaba una revolución en la región y descartaba así la lucha institucional en contra del régimen de Mussolini, que al ascenso del fascismo propiamente tal. Para revisar más al respecto: https://vientosur.info/wp-content/uploads/spip/pdf/13-_fenmenos_morbosos…

[3] Sousa Santos, Boaventura de, Reinventar la democracia. Reinventar el Estado, Ecuador, Ediciones Abya-Yala, 2004. Digitalizado enhttps://biblio.flacsoandes.edu.ec/catalog/resGet.php?resId=48027

[4] Ouviña, Hernán y Thwaites Rey, Mabel (edit.) Estados en disputa. Auge y fractura del ciclo de impugnación al neoliberalismo en América Latina, El Colectivo-CLACSO, Buenos Aires, 2018.




Fuente: Briega.org