May 1, 2021
De parte de Oveja Negra
207 puntos de vista

El trabajo es la fuente de casi toda la miseria existente en el mundo. Casi todos los males que se pueden nombrar proceden del trabajo o de vivir en un mundo diseñado en función del trabajo.

Bob Black, La abolición del trabajo

Antes de cualquier investigación o reflexión sobre el trabajo en nuestra sociedad, es necesario ser conscientes de que todo en ella está dominado por la ideología del trabajo.

Jacques Ellul, La ideología del trabajo

El trabajo es una forma de cancelación organizada y sistemática de la vida. Es por medio de la imposición del trabajo como nuestra vida se reduce a unidades de tiempo medido y contabilizado que vendemos a cambio de un salario. Como bien explicaba Ellul[1], la imposición del trabajo a los obreros de la época de la revolución industrial como una especie de fatalidad brutal e inhumana tuvo que ser necesariamente acompañada, entre otras cosas, por una ideología que hiciera de esta condición aplastante y embrutecedora una virtud: el trabajo ya no podía presentarse como una maldición del Señor, pues, en tal caso, hubiera sido algo inasumible para los proletarios. Pero, como apuntaba el prolífico pensador francés, no hay que entender esta imposición de la ideología del trabajo solo como un procedimiento de engaño de los obreros: pues la propia burguesía, en cuyo seno esta nace, es la primera en creer en el trabajo, y es debido a esta fe que pone el trabajo por encima de todo. Hoy día, esta vuelta del revés, esta conversión de una condena y humillación en una virtud, ha seguido progresando hasta tal punto que se habla desde muchos sectores, con la total seriedad y fe, de trabajo digno, de trabajo decente y demás engaños que pretenden ocultar la verdadera naturaleza del trabajo[2] (aunque, como recuerda Ellul, ya el mismo Marx hablaba de devolver al trabajo su nobleza y valor, es decir, el tan lúcido crítico del pensamiento burgués caía en la trampa de la ideología burguesa del trabajo). Esta ideología se ha posicionado de una manera aún más sólida que hace un par de siglos sobre todo por el constante esfuerzo por suavizar las condiciones más duras del trabajo y por las indiscutiblemente mayores comodidades de los asalariados, sus derechos al ocio y demás conquistas laborales, especialmente en los países más progresados. Hay trabajos, lógicamente, más o menos humillantes, más o menos duros, pero el hecho de que se le atribuya al trabajo dignidad o decencia solo muestra el triunfo aplastante de esta ideología.

Las reivindicaciones laborales y sus logros, en este sentido, incluso cuando se revisten de auras contestatarias, esconden la aceptación de tal ideología, es decir, obedecen al Orden bajo la apariencia de contestación. De hecho, el propio movimiento obrero clásico, bajo sus distintas expresiones, a pesar de su retórica antiburguesa, compartía con la burguesía tanto la ideología del progreso, como la del trabajo, que se entrelazaban entre sí: se creía que el hombre llegaba a ser de verdad hombre, es decir, progresaba por medio de constante trabajo. Hoy en día, ambas han sobrevivido todos los reveses y, con ciertas actualizaciones, siguen siendo partes importantes de la ideología imperante, mientras que la sociedad de clases parece haber dado paso no a una sociedad sin clases, sino a una sociedad de masas, donde esta clase obrera supuestamente revolucionaria con el paso del tiempo se ha diluido en la masa como un azucarillo en un vaso de agua.

En el dominio de las luchas reivindicativas de hoy muy a menudo se aprecia este enfoque progresista: se trata de ir ganando mayores cuotas de bienestar y consolidar las conquistas sociales a partir de las cuales seguir progresando en el perfeccionamiento de las condiciones sociales imperantes, posicionando cada vez mejor dentro del Sistema a las llamadas mayorías sociales. Estas reivindicaciones están con frecuencia acompañadas de discursos conmemorativos sobre las conquistas heroicas del pasado, como, por ejemplo, el caso de la jornada de 8 horas, sin que se preste demasiada atención a la evidencia de la frecuente obsolescencia de estas conquistas. Ciertamente, las 8 horas laborales es todo un hito en la historia del movimiento obrero, y no se trata aquí de menospreciar las duras luchas de antaño ni las mejoras conseguidas en las condiciones de sumisión al trabajo. Es evidente que no es lo mismo tener que trabajar 14 horas al día que solo 8. Pero la cuestión es que esta conquista ya no nos dice nada sustancial respecto de nuestra situación actual, pues es evidente que a estas alturas de progreso trabajamos más que nunca.

Estas reclamaciones y reivindicaciones laborales son totalmente legítimas (si uno está condenado a tener que cambiar su vida por el tiempo vacío del trabajo, legítimamente puede aspirar a que su sumisión al trabajo se dé en las condiciones lo más cómodas posible; no pretendemos aquí atacar a los “pobres diablos que tienen que vivir y morir bajo el capitalismo”[3], sino a las propias lógicas que nos dominan, aunque, tal vez, sea demasiado exagerado establecer entre los unos y las otras grandes separaciones), pero que, lejos de llevarnos por los caminos de la subversión del Orden, nos hunden todavía más en el fango del capitalismo: todas estas luchas y todas estas organizaciones que defienden el trabajo, como sindicatos, partidos de izquierdas y demás, son esencialmente capitalistas y no se explican sino por la necesidad que tiene de ellas el Sistema establecido, pues, como bien decía Landauer, “son necesarias en el capitalismo, mientras los trabajadores no sepan salir del capitalismo. Pero todo esto gira siempre dentro del círculo vicioso del capitalismo; todo lo que ocurre dentro de la producción capitalista sólo puede llevar a adentrarnos más profundamente en ella, pero nunca a salir de ella”[4]. Los acontecimientos de los últimos cien años han mostrado que en esas palabras del anarquista judeoalemán había mucha razón: el capitalismo y sus muy diversas estructuras solo pueden engendrar más capitalismo. Los trabajadores no supieron salir del capitalismo en los tiempos que él vivía y los de hoy todavía menos: para salirse del capitalismo, y por ende del trabajo, tendrían que salirse de sí mismos.

Para darse cuenta de la obsolescencia de la jornada de 8 horas no hacen falta ni grandes destrezas intelectuales ni empleo de jergas filosóficas: con tan solo apreciar que un montón de gente en nuestras sociedades dedican al trabajo más de 8 horas al día basta para entender que tal conquista ha ido perdiendo su impacto en el terreno laboral. Bajo el dominio del Capital avanzado, por poner solo un ejemplo, la población tiende a concentrarse en grandes núcleos urbanos donde la mayor circulación dineraria ofrece mayores posibilidades de trabajo. Las zonas históricas, los antiguos centros y zonas financieras de las ciudades van rodeándose de numerosos barrios y zonas periféricas, mientras que los pueblos y ciudades pequeñas se ven engullidas por el crecimiento imparable de las aglomeraciones. Estas presentan hoy en día espacios donde la existencia de los individuos se vuelve totalmente dependiente de los medios de transporte. Tal y como corresponde a las lógicas imperantes, sus condiciones y características se están adaptando cada vez más a los principios de rentabilidad y de circulación, y en esa vorágine el trabajador, o el funcionario, o incluso algún que otro ejecutivo quedan destinados a pasar largas horas en las carreteras para llegar o volver de sus puestos de trabajo. El automóvil, que nos envuelve muchas veces en la tranquilizadora ilusión de que podemos hacer las cosas en menos tiempo, contrariamente, parece ensanchar el tiempo del trabajo[5]. En vez de trabajar menos, trabajamos más, a pesar de toda la velocidad que nos proporciona[6].

La conquista del tiempo libre (estrechamente ligada a la reducción de la jornada laboral) también es un claro ejemplo de cómo el Sistema es capaz de darle vuelta a las cosas para convertir en sus propias armas (en sus caballos de Troya) lo que en principio parecía ser una conquista de las antiguas clases trabajadoras. Y es que este tiempo libre del individuo se ha convertido, casi se podría decir sin exagerar demasiado, en otra forma de trabajo, pagado con diversión y evasión. La separación entre el tiempo de trabajo y el tiempo de ocio se vuelve cada vez más ilusoria y engañosa. Supuestamente, el tiempo de ocio, o el tiempo libre, sería ese rato que el individuo puede emplear para otras cosas que no sean su trabajo: sería un tiempo que se contrapone al tiempo de trabajo, un tiempo cualitativamente distinto, un tiempo donde él es libre, un tiempo que está a salvo de las garras del Capital. Eso sería lo que podría ser en teoría, pero no resulta así en la práctica. El tiempo libre, en realidad, no es sino un tiempo igualmente vacío que se ha de rellenar de diversiones y de ocio que nos ofrece el Capital y el Estado, es decir, es sustancialmente equiparable al tiempo de trabajo, en el que se elimina la posible vida y se impone un tiempo medido y repartido en unidades que sirve para alimentar al Capital. Y uno lo hace, aunque sea en forma de ponerse a mirar la tele (es que también hay trabajos que consisten en estar sentado mirando unas pantallas sin hacer prácticamente nada). Este rato libre ha de ser necesariamente convertido en esencialmente el mismo tiempo que se nos impone cuando trabajamos por un salario, para evitar, en la medida de lo posible, que el individuo se disponga a hacer otras cosas[7] que rompan con lo previsto y preestablecido por el sistema.

No parece este tiempo de ocio o diversión ocupar un espacio secundario en la sociedad, como mero espacio auxiliar del sistema productivo, pues el proceso que de verdad marca las características de la sociedad actual es el de despilfarro de todo tipo de bienes (La Comuna Antinacionalista Zamorana). Evidentemente, el sistema no produce cosas para satisfacer las necesidades básicas o no tan básicas de la gente -estas necesidades, más bien, se vuelven mero pretexto-, sino para cumplir con esa ley de despilfarro y de gasto. Hay que comprar y despilfarrar ingentes artículos de cultura, de ocio, de entretenimiento y de cosas por el estilo, es decir, hay que hacer que el dinero circule (en esa circulación está la vida del Capital), sin importar si la gente los había pedido o no: lo cual requiere tiempo y dedicación y se vuelve un trabajo, como mínimo, igual de importante que el que sucede en las fábricas, las oficinas o ante las pantallas de ordenador, si es que tenemos en cuenta esta imposición reciente de teletrabajo. Cuando alguien va de compras a un centro comercial un fin de semana, no solo se busca que satisfaga sus necesidades (como la de comer o vestirse), que se convierten, como decía antes, en un mero pretexto, sino también y sobre todo que se cierre el ciclo de desposesión de la vida que comienza cada semana en el puesto en una oficina, fábrica o cualquier otro lugar (a cambio de lo cual, el desposeído recibe en posesión tiempo vacío, salario, entretenimiento y evasión). El Capital hace tiempo ya que se ha apropiado de la mayor parte de la vida del individuo: su espíritu determina tanto las faenas rutinarias que este lleva a cabo mientras está en su puesto de trabajo, como sus vacaciones y ratos de diversión o entretenimiento.

Por lo tanto, el tiempo libre no suele ser un resquicio por donde asoma la vida no domada ni dominada por el Capital, no supone una ventana que abre la posibilidad de actuar libremente, al contrario de lo que se nos induce a pensar. Al igual que sucede con el tiempo de trabajo, este rato de vida, al ser convertido en tiempo que se emplea en satisfacer las necesidades del Capital,  se sustituye por un tiempo vacío donde este individuo ya no vive, solo desarrolla la otra parte de trabajo que se le impone. El tiempo ‘libre’ que se han ganado en su momento los obreros contenía veneno que acabó intoxicando esta conquista: en vez de libertad se nos suministra un sustituto que completa la eliminación de la vida que adquiere los mismos rasgos que tienen las jornadas laborales: actividades planificadas, rutina, obligación, fatiga, aburrimiento… ¿Cuántos de nosotros volvemos de nuestras vacaciones hartos y aburridos de estar de vacaciones?

En este sentido, una reivindicación de supresión de horarios flexibles y de empleos precarios o petición de creación de más puestos de trabajo es, evidentemente, dentro de lo que marcan los límites del Sistema, un reclamo legítimo que busca beneficiar a los asalariados que están sometidos a trabajos precarios o a los desempleados que se desesperan en busca de un empleo. Y, sin embargo, por muy beneficiosas que sean para ellos esas reivindicaciones, se los sigue condenando a ser clientes del Capital, a ser sometidos a las necesidades del dinero, ser meros engranajes de un enorme y complejo sistema irracional. Esas reivindicaciones (reivindicar algo ya de antemano significa reconocer y confirmar los Cielos del Poder, hacia los cuales se dirigen estas reivindicaciones), aunque mejoren su situación, los confirman como sujetos formados y constituidos por el Capital y el Estado. Si vamos un poco más allá hemos de anotar que la exigencia de reducción de horas de trabajo (hacer el poco trabajo necesario que no pueden hacer las máquinas), para que se trabaje menos y de forma menos penosa, tampoco puede pasar por alto esta situación actual en la que, por un lado, allí donde se suprime trabajo útil aumenta con creces el trabajo inútil (y, además, muchas veces nocivo y perjudicial para la salud) y, por el otro, el tiempo de ocio se convierte cada vez más a menudo en una forma de trabajo. Reducir las horas de trabajo significaría también ver menos televisión y hacer menos turismo.

Si salimos de los terrenos reivindicativos y entramos en el desesperado deseo de buscar y hallar salidas del capitalismo, para las cuales esas reivindicaciones son absolutamente insuficientes, se hace evidente que la lucha contra el Capital se tiene que dar en todas las esferas posibles de la vida, pues no es solo la explotación laboral lo que nos impide vivir plenamente, sino que prácticamente la mayor parte de nuestra vida ha sido convertida en un trabajo para el Capital; ahora el que vive es el Dinero, la abstracción, nosotros no, nosotros nos dedicamos a trabajar y a divertirnos para que Él siga viviendo.  Lo que nos pide el cuerpo y la mente es una liberación de la vida tanto del trabajo como del ocio que impone el Sistema, porque lo uno y lo otro son lo mismo y obedecen al mismo fin: garantizar el desarrollo adecuado del Capital y, por ello, reducir al mínimo las posibilidades de una vida relativamente libre y autónoma de la gente.

En el fondo, se trata de una cuestión de tener la capacidad de mantener viva la negación del Orden establecido: algo mucho más descomunal y desagradable que las reivindicaciones sociales y, a la vez, mucho más incierto e inseguro, pues si por algo se caracteriza eso que algunos llaman el Occidente es por su tendencia a integrar y asimilar las voces que lo niegan, convertirlas en una parte más de su Ser, hacer de una negación otra forma más sutil de decirle “sí” al Poder… Toda potencial lucha anti-capitalista enfrenta este difícil problema: saber cómo mantener viva e indomable la negación del Orden establecido, que en momentos cruciales amenaza con convertir esa negación en su propio patrimonio cultural, como, por ejemplo, en meras reivindicaciones progresistas de turno. No se puede pedir más Progreso, porque es este Progreso el que acaba siendo el mejor instrumento que emplea el Capital para perpetuarse. No hay receta para la resolución de este problema, pero uno de los pasos imprescindibles ya lo esboza Julius van Daal: “para emanciparse del trabajo y del dinero hay que criticarlos en actos cada dos por tres. Es lo que sucede en las luchas colectivas, siempre y cuando escapen al control de los burócratas y los politicastros. Es entonces cuando se esbozan comunidades factibles…”[8].

Recordemos, para cerrar esta modesta reflexión, que los desempleados más o menos crónicos tampoco consiguen, en verdad, escapar de la sombra del trabajo: su búsqueda constante y demás perturbaciones ligadas al desempleo se vuelve un trabajo penoso y psicológicamente devastador. Dependiendo del grado de exclusión laboral, pueden ir buscándose la vida haciendo de vez en cuando algún trabajo precario, informal, quedarse atrapados en delincuencia, volverse unos emprendedores dentro de una economía sumergida o, sobre todo en el caso de los estudiantes, estudiar más (o hacer prácticas) para engrosar sus currículos esperando su “oportunidad”. Las 8 horas laborales, seguridad social y etc., no forman parte de sus existencias. Están excluidos del Mercado, pero al mismo tiempo, tal exclusión no les permite organizarse fuera de la sociedad, fuera del trabajo. Es una exclusión que los mantiene atados al Sistema. No portan un nuevo mundo en sus corazones, de sus miradas no emana una luz inquietante, fresca y rebelde: reproducen de otra forma la misma miseria que caracteriza a los bien integrados. Este enorme ejército de hambrientos de trabajo garantiza en todo momento la permanencia de la imposición de esta institución. Tiene que haber miedo de caerse en el abismo social, tiene que pulular sobre las cabezas de los que tienen un empleo una amenaza del paro con todos los horrores que conlleva. Por eso no nos debe extrañar que vivimos en un mundo en que en vez de luchar por su abolición se reivindica más trabajo: un síntoma inequívoco del aplastante dominio del Capital sobre la vida. Las palabras que he citado arriba de Gustav Landauer, sobre la evidencia de que no se sale del capitalismo por medio de participación en sus estructuras vitales, lamentablemente, es muy probable que sigan siendo desoídas otros cien años más, si es que antes no suceda algo inesperado. Las salidas del capitalismo se nos dibujan como improbables, casi imposibles en nuestros días: se puede criticar el trabajo, claro que sí, pues se reducirá tal rechazo del trabajo a una respetable opinión democrática y nada más, pero a la hora de la verdad estas críticas se guardan en el cajón del que nunca se saca nada porque lo que se impone en la vida individual es la dura realidad de la sumisión al trabajo. Pero ¿quién dijo que iba a ser fácil levantarse contra el Mundo que nos aplasta con su trabajo y su ocio? ¿Y quién dijo que el que se levanta contra este Mundo es el obediente y sumiso individuo de la masa?


[1] Véase su estudio titulado La ideología del trabajo. Accesible en https://sindominio.net/etcetera/files/74_IDEOLOGIA_TRABAJO_Ellul.pdf.

[2] Eso no quita que haya más o menos mucha gente que, lejos de ver en el trabajo algún tipo de virtud, se lo toma como una condena, como un lastre inevitable del que no se puede escapar, sobre todo por las malas y duras condiciones en que se da.

[3] Landauer, Gustav (2019): Llamamiento al socialismo. Por una filosofía libertaria contra el Estado y el progreso tecnológico. Ediciones El Salmón, p.123.

[4] Ídem.

[5] Hay que decir que frente al viejo optimismo en que el progreso técnico nos liberara del trabajo, podemos constatar hoy que, a pesar de tal progreso, parece que trabajamos aún más. Esta creencia en el progreso técnico, incluso la fe en que el progreso técnico es intrínsecamente revolucionario ha sido una de las peores ideas que se han tenido en el seno del movimiento obrero. Eso ya lo denunciaba Walter Benjamin hace mucho tiempo: “para los obreros alemanes el desarrollo técnico era la pendiente de la corriente a favor de la cual pensaron que nadaban” (Véase Mate, Reyes (2009): Medianoche en la historia. Comentarios a las tesis de Walter Benjamin “Sobre el concepto de historia. Segunda edición, Editorial Trotta, p.181). Pero este desarrollo, al estar la técnica bajo el “embrujo del capitalismo” (Landauer), lo que ha asegurado es el dominio del capitalismo. Las máquinas que han sustituido el trabajo humano no nos han liberado del trabajo, pues es muy evidente que la necesidad de trabajar se ha vuelto más imperiosa que nunca, pues al persistir este dominio del Capital sobre la vida, persiste la necesidad de trabajo, “ya que esa vida propia del Dinero, del Capital, no se alimenta de otra cosa sino de las horas y jornadas de trabajo o tiempo muerto de la gente” (Bredlow, Andrés Luis (2015): Ensayos de herejía. Pepitas de calabaza, Logroño, p.66.). La posible utilidad de las máquinas ha sido neutralizada: es posible que con ellas se haya efectivamente reducido el trabajo necesario, pero, como contrapartida, se ha aumentado de una forma considerable el trabajo inútil y la producción de cosas inútiles.

[6] En estos tiempos de pandemia, donde parece haber aumentado el teletrabajo, se podría pensar que, efectivamente, en muchos casos se podría evitar estas horas extra de trabajo en las carreteras y autopistas. Sin embargo, parece la jornada laboral desde casa flexibilizarse y, por ello, corre el empleado el riesgo de perder completamente la noción del tiempo que trabaja y que no trabaja. Es difícil hacer un cálculo: lo mismo que puede trabajar menos puede trabajar  más. En muchos casos la presión por acabar proyectos o entregar productos hace que el empleado se autoimponga horarios muy flexibles y estirados a lo largo de todo el día, con horas de mayor o menor intensidad de trabajo. No es raro, además, que el empleado tenga que mostrar una disponibilidad para el trabajo que con mucho excede las 8 horas por las que le pagan.

[7] Evidentemente, tal cosa no se maquina en ninguna cabeza maquiavélica de nadie.

[8] Van Daal, Julius. “Lo que no hay que confundir en cuanto a esclavitud asalariada y rechazo del trabajo”. Epílogo a Black, Bob (2013). La abolición del trabajo. Tercera edición. Primera edición marzo de 2013. Pepitas de calabaza, Logroño, p.62.




Fuente: Ovejanegrarevista.wordpress.com