June 18, 2021
De parte de Fundacion Aurora Intermitente
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“Rodeada de thugs, la Raní de Jhansi contempla la cabeza de un militar británico”.
Fragmento de un retablo de sir Anthony Peterson

Tras una minuciosa investigación en los archivos y pinacotecas de varios países, hemos encontrado un documento excepcional: el cuadro que confirma el valor de una joven maharaní que se enfrentó en el siglo XIX al despotismo –poco ilustrado- del Imperio Británico y al crudelísimo abuso de la East India Company.

La trágica insurrección de la hoy venerada Raní de Jhansi fue la respuesta a una medida especialmente canalla del imperialismo británico: en el Indostán anterior a 1857 -fecha del inicio de la protesta de la Raní de Jhansi-, el Governor-General Dalhousie comenzó a implantar la “política del lapso” que consistía en que se anexarían a la Corona británica aquellos Estados hindúes cuyos ‘reyes’ hubieran muerto sin herederos o los que, como dictaba la tradición, en su lecho de muerte los hubieran designado.

Dalhousie y sus compinches de ‘la Company’ metieron en ese vergonzoso centón al ‘reino’ de Jhansi so pretexto de que la Raní era solo regente puesto que su marido, el maharajá, había fallecido sin herederos. Lógicamente, la Raní discrepaba. Para evitar la ruptura de hostilidades, escribió varias cartas al Raj imperialista recordándole los Tratados firmados en 1804, 1817 y 1832 en los que Londres garantizaba que los dignatarios de Jhansi siempre conservarían sus privilegios. El tiránico Dalhousie contestó con las armas. Simultáneamente, en medio Indostán, se amotinaron los soldados nativos de la Company en la tan mentada como tergiversada insurrección de los cipayos o sepoys. Nuestra Raní desempeñó en ella un heroico papel.

Los tres personajes del cuadro exhumado

La Raní de Jhansi (1828-1858)

También conocida como Lakshmi, Lakshmibai, Manikarnika Tambe y, de niña, Manu, murió a los 30 años en el campo de batalla, nunca sabremos si asesinada por los milicos imperiales o por las heridas sufridas al frente de sus fieles jhansi.

Sea como fuere, a la muerte de su marido el maharajá, la Raní no sólo no se plegó a la sati o suttee –la viuda tenía la obligación de abrasarse en la pira de su esposo-, sino que, además, no se impuso velo. Pero mantuvo su reino durante cinco años uniéndose finalmente a los cipayos amotinados. Peterson la pinta semidesnuda, vestida con una ropa ligera y transparente, a punto de ser violada. Es una clara alusión al emblema de Ramakrishna “India es la Madre Patria violada por el Imperio británico”.
Después de muerta, su gesta consiguió que la Corona despojara a la Company de sus prerrogativas militares. Es probable que, como corresponde a una maharaní, nuestra heroína fuera despótica pero siempre lo sería en menor grado que el Imperio británico.

La cabeza de un militar británico

A la izquierda del cuadro, se distingue la cabeza ensangrentada de un militar británico. Sin duda, representa a los oficiales y soldados imperialistas que sucumbieron en 1857 en la archimentada “matanza de Jhansi”. Según dictaminan unas fuentes tan ecuánimes (¿) como las imperiales, los invasores fracasaron en su asedio a Jhansi. Trataron de huir por la puerta mayor pero fueron apresados por los hindúes quienes les condujeron amarrados al cercano Jokhun Bagh donde los ejecutaron con espadas y lanzas. Para mayor tremendismo, dícese que los cadáveres de 60 varones, mujeres y niños fueron abandonados en ese bagh (jardín) durante tres días. Para completar la propaganda, el Raj invasor corrió la especie de que los ‘asesinos’ fueron recompensados por la Raní con 35.000 rupias, dos elefantes y cinco caballos.

La masacre de Jhansi inspiró infinidad de obras más o menos artísticas del racismo occidental. Ejemplo, hasta 1878, el museo de cera de Madam Tussaud exhibió una ‘Nana Sahib’ acompañada de una horda de villanos que fue descrita como ‘a terrific embodiment of matted hair, rolling eyes and cruel teeth’. Y, para el vulgo victoriano, nuestra querida Raní Lakshmi Bai encarnó personalmente a la sedienta de sangre diosa Kali.

Sin embargo, para sanguinario, el ejército imperial pues, fuera de las batallas, asesinó a 5.000 seguidores de la Raní. Esta mega-masacre de la que nadie habla en Occidente, quizá se debió a que los verdugos eran lectores de Dickens y quisieron ejecutar sus deseos: “I wish I were a commander in chief in India…I should do my utmost to exterminate the race upon whom the stain of the late cruelties rested…with merciful swiftness of execution, to blot it out of mankind and raze it off the face of the earth.” (Charles Dickens, Navidad 1857) Dickens no hollaría Jhansi pero, en efecto, sus caritativos alumnos intentaron borrar de la faz de la tierra a aquella raza indómita –perdón, sádica.

Los thugs o thuggee

Los thugs eran unos bandidos que perpetraban barbaridades contra los viandantes y caminantes del Indostán. Para atontarlos, primero los atiborraban humanitariamente con Datura metel (kāla dhatūra , datura negra; campanillas alucinógenas) y luego los estrangulaban; de ahí que también fueran conocidos como ‘los que usan el lazo’, los Phansigar.

Durante la segunda mitad del siglo XX, los thugs poblaron las pesadillas infantiles de los occidentales. Les hicieron adoradores de Kali. Además, eran los peores enemigos del Sandokán que inventó Salgari y aparecían en películas de moda como Gunga Din (1939) y en Indiana Jones and the Temple of Doom (1984) Incluso en fecha tan tardía como 1965, fueron caricaturizados en Help!, el filme de los Beatles, intentando asesinar a Ringo Starr porque poseía inadvertidamente un anillo que les era imprescindible para algunos sacrificios humanos.
Bandidos y salteadores de caminos los hubo siempre en India y en todo el mundo –aunque no todos drogaran a sus víctimas. La propaganda imperial les puso una etiqueta y, mediante tan sencilla maniobra, los thugs pasaron de vulgares bandoleros sin trabuco a enemigos de la Humanidad. Fueron, evidentemente, una invención del colonialismo británico.

Al incluirlos en su cuadro, Peterson se permite un cierto anacronismo porque, cuando la Raní de Jhansi reivindica sus derechos, estos supuestos bandidos ya habían desaparecido –existían igual desde tiempos inmemoriales pero su eficacia propagandística había caducado. En la obra analizada, se han convertido en un vulgar y corriente público callejero. Merced a este salto retrospectivo, los terroríficos thugs son representados por el artista como lo que realmente fueron: el pueblo llano.

16 junio 2021




Fuente: Aurorafundacion.org