September 22, 2021
De parte de Contra Todo Nocividad
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La izquierda occidental, heredera de una longeva tradición de pensamiento, lucha y revuelta, de oposición al modo de vida capitalista y anhelo de un mundo distinto erigido sobre otros valores de autonomía, igualdad y libertad, ha protagonizado en las últimas décadas sucesivas renuncias éticas y políticas, mimetizándose cada vez más con el proyecto hegemónico de una sociedad articulada en torno a las esferas del consumo, la tecnología y el entretenimiento.

Ahora, con la pandemia de covid-19, presenciamos la culminación de ese proceso: una izquierda mayoritariamente alineada con el relato de los gobiernos, instituciones mundiales como FMI u OMS, las corporaciones farmacéuticas y los grandes entes mediáticos, relato según el cual llevaríamos más de un año bajo la amenaza de un virus letal, cuya erradicación justificaría estados de excepción, confinamientos domiciliarios, restricciones a la movilidad así como a la vida social, pública y política, vacunaciones masivas cuasiobligatorias, y demás medidas sanitarias. Este relato dista mucho de ser real, pero los intentos de favorecer un debate crítico se ha topado con la censura, el silencio o la indiferencia de la izquierda. En el presente artículo trataré de apuntar los porqués de esa posición.

¿Izquierda? La necesidad de un nuevo vocabulario político

La irrupción, años atrás, de partidos políticos como Podemos en España, o 5 Stelle en Italia, pareció conllevar el cuestionamiento de las clásicas etiquetas de izquierda y derecha. Con la ocupación de plazas en el 15-M ya se había apuntado la tendencia a trascender (presuntamente) esa distinción, pero los ideólogos populistas en los que bebían estas nuevas formaciones confirmaban la pretensión de querer construir oposiciones despojadas de referentes ideológicos claros, oponiendo de manera más vaga a los de abajo, el pueblo, contra los de arriba, las élites, la casta, los gobernantes, la banca, etc. «Somos el 99%», se oía en muchas de sus movilizaciones.

Era un mensaje que calaba con facilidad, sobre todo en dos países donde la corrupción político-empresarial, lejos de constituir un hecho aislado, permeaba y estructuraba las relaciones de poder en su conjunto. Suponía, además, un aliento de entusiasmo tras las dos décadas transcurridas desde el «fin de la Historia», esto es, el derrumbe de la Unión Soviética y países satélites, acompañada de una marea ultraliberal que dejaba a la izquierda en parte anquilosada en unas coordenadas políticas obsoletas, y en parte refugiada en un activismo marginal (aunque no exento de gran arrojo y dignidad en muchos casos).

La «nueva política» ha tardado poco tiempo en consumirse y en integrarse en la vieja política. Sin embargo, la necesidad de trascender los ejes izquierda-derecha, de cuestionar cuál es el proyecto político de la izquierda sigue resultando vital, en especial para poder entender la devoción con se suman las formaciones progresistas a la doxa salubrista. Para ello, nos serviremos de las reflexiones de un radical americano escritas hace nada menos que tres cuartos de siglo.

En 1946, se publicaba La raíz es el hombre, de Dwight Macdonald, ensayista muy conocido por su faceta de crítico cultural, pero no tanto como instigador —en la senda de los Albert Camus, Simone Weil, Nicola Chiaromonte o George Orwell— de un socialismo crítico con los dos grandes totalitarismos del siglo XX: el del Estado y el de la Industria. En el primer capítulo, Macdonald explicaba por qué urgía cambiar el vocabulario político, proponiendo la distinción entre progresistas y radicales.

Según Macdonald, los progresistas serían aquellos que ven como algo positivo el dominio del hombre sobre la naturaleza, y que consideran que los problemas del mundo vienen de no utilizar lo bastante la ciencia y la tecnología. Por su parte, los radicales verían que se ha sobrestimado la capacidad de la ciencia para guiar los asuntos humanos, prefiriendo poner énfasis en el aspecto ético de la política; pensarían, además, que el control del hombre de la naturaleza puede ser negativo, y que habría que adaptar la tecnología al ser humano, aunque ello implicara una regresión tecnológica.

Macdonald exhortaba a la izquierda a plantear, frente al frenesí desarrollista del proyecto modernizador del capital, una suerte de principio de precaución tecnológica: sopesar siempre los pros y los contras de cada innovación, no considerar que todo progreso técnico o científico deba implicar per se un progreso para la humanidad.

Se trataba de una senda que contaba con otros precedentes, como lo refleja la obra de Bernard Charbonneau y Jacques Ellul, precursores de la ecología en Francia. Ya en los años 30 y 40, consideraban vital que las decisiones «técnicas» y «científicas» no dependieran únicamente de los expertos. Tras el lanzamiento de las bombas atómicas sobre Japón, Charbonneau reflexionaba:

La bomba atómica plantea el problema del control humano de la técnica. Que me escuchen aquellos que confunden la aventura del conocimiento con el instinto mecánico. No se trata de someter el conocimiento, sino de controlar sus aplicaciones prácticas. En la medida en que es una aventura solitaria, el conocimiento es libre; pero en la medida en que sus aplicaciones prácticas transforman las condiciones de la vida de los hombres, es una cuestión que debemos juzgar. Porque si no todos los hombres son competentes para juzgar en materia de física, todos son competentes para juzgar la forma en que sus vidas serán trastornadas por la física, y en este caso no es sólo el interés de la ciencia lo que debe tenerse en cuenta, sino todos los intereses humanos[1].

La mutación antropológica

Esta advertencia —de extraordinaria importancia en el contexto actual de restricciones en nombre de la «guerra contra el virus»— no encontró casi acogida en la izquierda. Más allá de unos pocos intelectuales aislados, y de algunas corrientes del ecologismo más radical, las organizaciones de perfil socialista, comunista y anarquista fueron incorporando a su imaginario, como algo positivo para sus respectivos proyectos emancipatorios, la práctica totalidad del repertorio ofrecido por la modernización capitalista. Desarrollo de infraestructuras, éxodo rural e industrialización de la agricultura, motorización de las ciudades, el consumo y la televisión —y, más adelante, las tecnologías informáticas— como horizonte de ocio: la izquierda fue asumiendo y haciendo suya toda una nueva relación del ser humano y de la sociedad respecto a las esferas del trabajo, de la cultura, del entorno.

Uno de los primeros en ser conscientes de este cambio, en las décadas de 1960 y 1970, fue Pier Paolo Pasolini. Para el escritor y cineasta italiano, estábamos ante una mutación antropológica: la modernización capitalista estaba extendiendo e imponiendo por el conjunto del planeta una hegemonía totalitaria, un modo de estar y ser en el mundo que se llevaba por delante toda una pléyade de culturas particulares, con sus lenguas, sus tradiciones, sus modos de cultivar la tierra. Para Pasolini, se trataba de un genocidio, y la izquierda callaba y colaboraba en su implantación.

El «progreso» tenía un precio. Varios, en realidad, pero para la izquierda representaba la paulatina pérdida de autonomía ante el poder desorbitado que ganaban los Estados y la Industria: al delegar en ellos la satisfacción de las necesidades básicas, así como de las necesidades «creadas» (como lo enunciara Günther Anders) encomendándose al saber de los científicos, los técnicos y los expertos, se despojaba a las comunidades y los individuos no sólo de la posibilidad de proveerse de manera autónoma sus bienes imprescindibles, sino de dotarse de —o siquiera soñar con— un proyecto político con la capacidad de emanciparse de las estructuras capitalistas. La izquierda se había tragado el sapo del progreso, incapaz de reconocer la naturaleza nociva y opresiva del Estado y del desarrollo tecnológico-industrial.

La ofrenda sanitaria

La gestión de la pandemia de la covid-19 ha puesto de relieve la colaboración entusiasta de la izquierda en todo el aparato de medidas desplegado por los gobiernos. En nombre de la salud, y apelando a la evidencia científica, desde febrero de 2020 padecemos un autoritarismo sanitario que magnifica tanto el poder de los Estados como el de de ciertos sectores del capitalismo, sobre todo en el ámbito farmacéutico y digital.

Armados de una epidemiología punitiva, los gobiernos sacan provecho del pánico a la muerte y a la enfermedad para instaurar lo que Edward Snowden calificaba hace un año como la «arquitectura de la opresión del futuro»: en nombre de la guerra contra el virus se implanta progresivamente un control biosanitario de la población, y, como indicaba el activista norteamericano, la historia demuestra que las medidas que las autoridades dicen adoptar «temporalmente» luego terminan quedándose de manera indefinida.

Las corporaciones farmacéuticas, por su parte, incrementan su poder, influencia y beneficios (de vastas dimensiones ya antes de febrero de 2020) al erigirse la vacuna como único salvoconducto para «acabar con el virus» y poder recuperar ciertas libertades y beneficios que creíamos naturales, incluyendo el mismísimo acto de caminar al aire libre o ver y abrazar a los tuyos. Son ya muchos los países donde, aun no siendo «obligatorio» vacunarse por ley, sin el pinchazo se vuelven imposible cosas como cruzar fronteras nacionales, entrar a ciertos establecimientos comerciales o asistir a eventos multitudinarios.

Y en el terreno de las tecnologías informáticas estamos presenciando cómo el capitalismo digital adquiere una presencia aún más vasta y extraordinaria: las empresas conocidas como GAFAM se frotan las manos ante la perspectiva de ver cómo ciertas tendencias ya presentes en la sociedad se asientan aún más, ya sea por imperativo legal o mediante la rueda de molino de la propaganda: en ambos casos, la autonomía del ciudadano para decidir viene aniquilada, que asiste en una postura entre colaboracionista y pasiva viendo cómo se impone la digitalización de la educación, de las comunicaciones, del ocio, y hasta del activismo político, que no ve ni como una castración ni como una contradicción las asambleas o las reuniones mediante videollamadas por Zoom u otras plataformas análogas.

Llegamos, como decíamos al principio de este texto, al momento en el que la gran mayoría de la izquierda culmina el proceso de desposesión de la autonomía e independencia de su proyecto político, entregándose, como si de una ofrenda y un sacrificio se tratara, a una dictadura sanitaria y digital que persigue, más que nunca, eliminar todo resquicio de oposición a su proyecto totalitario.

Salvador Cobo es padre, editor en Ediciones El Salmón, librero en Fahrenheit451 y creador de Política y Letras.


[1] Somos revolucionarios a nuestro pesar. Textos pioneros de ecología política, Jacques Ellul y Bernard Charbonneau, Ed. El Salmón, 2020.




Fuente: Contratodanocividad.espivblogs.net