December 22, 2022
De parte de Portal Libertario OACA
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A lo largo de la tradición del comunismo anárquico se ha presentado como algo digno de ser observado el cómo determinadas culturas, en contraste con las que han sido pervertidas del todo por el capitalismo, poseen determinados espacios donde se opera por lógicas de apoyo mutuo, lo que David Graeber habría llamado «comunismo cotidiano». El que haya dinámicas de solidaridad arraigadas en determinados ámbitos de la cultura es una muestra de que una sociedad articulada basada en estos vínculos, y no en los de competencia, es algo posible. Es, sin embargo, necesario exponer los límites de este tipo de hechos para un pensamiento revolucionario.

Existe una distinción que será relevante para nuestra exposición. Las acciones pueden tener su fundación, en líneas generales, de dos formas. O bien, movidas por lo que podemos llamar «pasividades» o «determinantes pasivos», o bien producto de una voluntad activa. Las pasividades son hábitos y tendencias que han sido arraigadas en nosotrxs resultado de habitar en una determinada cultura, un determinado entorno, una determinada regularidad, que conforma modos habituales de hacer las cosas. La tradición y las costumbres que ejecutamos todo el tiempo en la cotidianidad pertenecen al ámbito de las pasividades. Lo que tienen de particular aquellas cosas que hacemos movidxs por pasividades es que no se pone nunca en juego el fundamento y las motivaciones de la práctica, y si ésta en general se alinea con nuestras aspiraciones y convicciones. El que buena parte de nuestro hacer se funde en pasividades es lo que genera que, muchas veces, en un momento oportuno, nos demos cuenta que algo que hicimos siempre carecía de sentido, que teníamos por verdadero algo de lo que no tenemos real constancia, que, por ejemplo, había incoherencia cuando decíamos que amábamos a los animales pero comíamos jamón (porque desde peques comimos jamón).

El moverse por una voluntad activa radica, en cambio, en un proceder en que el sujeto actuante inspecciona si lo que hará se alinea con los fines que persigue y, a la vez, se cuestiona si los fines que persigue se fundan en verdaderas evidencias. Muchas veces cuando nos decidimos por proceder activamente en determinados ámbitos que anteriormente estaban colonizados por pasividades, nos damos cuenta que estábamos procediendo equivocadamente. De hecho, en buena medida, el que lxs anarquistas adquiramos muchas veces modos de vida alternativos se funda en un cuestionamiento generalizado y activo a las costumbres y hábitos con los que la sociedad jerárquica nos educó en primer lugar. Mas, también puede ocurrir que un hábito, al ser analizado activamente, se legitime en su racionalidad, como cuando desde peques nos educaron a lavarnos diariamente los dientes o a lavarnos las manos luego de ir al baño. No es que el contenido de la costumbre sea errado, sino en qué medida está legitimado a la luz de evidencias.

Consideremos ahora lo siguiente: ¿Qué queremos lxs anarquistas? Lxs anarquistas queremos constituir un mundo donde en todos los ámbitos se proceda horizontal e igualitariamente. Un mundo donde todxs estemos permanentemente procediendo a través de la convicción de que debemos vivir sin oprimir a otros, de que debemos ayudarnos y apoyarnos mutuamente en el enaltecer y hacer progresar las vidas de todxs. Ningún anarquista genuino, desde Malatesta hasta Graeber estaría en desacuerdo con una afirmación de ese estilo.

Ahora bien, consideremos ahora los espacios de solidaridad que están arraigados en la cultura y determinemos sus potenciales para fundar una cultura revolucionaria. Los uniut, recordaba Kropotkin en El apoyo mutuo, tenían tendencias «comunistas» a la hora de abastecer medios se vida a todos. En España son, afortunadamente, marginales aquellos que creen que la salud no debe ser de acceso universal. En Brasil nadie pensaría siquiera cobrar por darle la hora a alguien y en Irán sería impensable que te pidan dinero por una recomendación sobre dónde beber buen café. Todas esas dinámicas, donde prima la lógica del regalo, no están fundadas genuinamente en una convicción respecto de lo nocivas que son las relaciones mercantiles en todos los ámbitos de la vida, sino que pueden fundarse en la mismísima nada, en la repetición de acciones que genera costumbres. Muchos hábitos caritativos que provienen, de hecho, del cristianismo, más allá de que en su origen el cristianismo pudo haber sido basado en una convicción ética genuina, surgen del miedo al castigo, a perder la vida eterna, a ser reprobado ante los ojos de Dios, etc. Lo anterior podría ocasionar que un cuestionamiento del dogma religioso sobre el que se fundaba la práctica destruya la práctica misma. También podría pasar que la evolución natural de las costumbres y prácticas de una cultura, en la medida de que no se sostiene sobre convicciones activamente asumidas y ejecutadas, simplemente las deje de lado, ni siquiera por la intervención de un agente externo más que el mismo tiempo.

Este es, en buena medida, el motivo por el que las tradiciones y las costumbres no mercantiles tienen más bien poco que ofrecer para explotarse en términos políticos. Una comunidad solo puede vivir éticamente si es que los individuos que sostienen esa comunidad son éticos, es decir, si los individuos que en ella habitan la sostienen como fruto de una convicción permanente en el enaltecimiento de la humanidad a través de la falta de jerarquías. Una política revolucionaria debería, así, estar orientada hacia el cambio de prácticas, pero también, sobre todo, a realizar una «revolución moral», como le llamaba Malatesta, donde los individuos adquieran una convicción activa respecto de la solidaridad y la horizontalidad. Para hacer tal cosa, la práctica anarquista central ha de radicar en promover y cultivar la autonomía de los individuos, de modo que ellos se tornen críticos respecto de lo dado; que no den asentimiento a costumbres y prácticas que les han sido dadas y que no se pueden acreditar en primera persona. 

Dana Azaryan & Sora Piragibe

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Fuente: Portaloaca.com