October 13, 2020
De parte de Reflexiones Desde Anarres
229 puntos de vista

El
concepto
de
República,
si
bien
tiene
una
importancia
histórica
innegable,
no
resulta
tan
claro
en
la
actualidad.
En
un
principio,
se
trata
de
lo
contrario
de
la
monarquía,
equivale
a
la
democracia
en
el
sentido
de
considerar
la
gestión
del
Estado
cosa
de
todos
los
ciudadanos1;
más
adelante,
veremos
la
falacia
de
tal
asunto
según
la
visión
libertaria.
La
realidad
es
que,
con
el
paso
del
tiempo,
el
concepto
de
república
ha
encubierto
toda
suerte
de
sistemas
autoritarios
en
algunos
de
los
cuales
ni
siquiera
aparecía
garantizada
la
democracia
electiva.
En
cuanto
a
la
monarquía,
no
debería
ser
necesario
aclarar
que
resulta
intolerable
para
cualquier
persona
con
la
mínima
sensibilidad
democrática,
ya
que
se
trata
de
la
forma
más
elevada
de
aristocracia
familiar;
un
intolerable
vestigio
del
pasado
que,
sin
embargo,
se
muestra
en
la
actualidad
en
algunas
países
como
una
mera
clase
parasitaria,
si
bien
asumiendo
la
jefatura
de
Estado,
que
tolera
una
democracia
formal.
Hoy
en
día,
una
u
otra
forma
de
Estado,
monarquía
o
república,
encubre
una
forma
de
dominación
utilizando
la
ilusión
de
la
democracia
representativa.

Los
anarquistas,
desde
los
inicios
en
el
siglo
XIX,
denunciaron
my
pronto
la
falsedad
democrática
que
podía
suponer
la
llegada
de
la
República.
Así,
la
breve
Primera
República
española
(1873-1874)
encubrió
en
numerosos
casos
nuevos
formas
de
dominación
y
el
consecuente
sufrimiento
de
la
clase
trabajadora;
muy
pronto
los
partidos
republicanos
se
acomodaron
a
la
nueva
situación
y
nada
harían
por
cambiar
el
orden
establecido,
tal
y
como
denunciaron
los
libertarios;
en
algunos
lugares,
el
pueblo,
agotada
su
paciencia,
trató
de
llevar
a
la
práctica
las
promesas
incumplidas
de
sus
dirigentes
y
repartió
las
tierras
abandonadas
de
latifundio2.
Huelga
decir
que
el
gobierno
restableció
el
orden
utilizando
los
mismos
medios
de
antaño
y
los
problemas
sociales
permanecieron
intactos.
El
momento
previo
a
la
proclamación
de
la
República
suponía
unas
condiciones
insoportables
para
la
clase
trabajadora
(falta
de
trabajo,
jornales
insuficientes,
trabajo
infantil,
vejaciones
para
mujer…),
lo
que
dio
lugar
a
numerosos
disturbios
extendidos
por
todo
el
país
y
una
crisis
política,
que
concluyó
con
la
abdicación
del
rey
Amadeo
de
Saboya
y
la
proclamación
del
nuevo
régimen.
Los
internacionalistas
españoles,
organizados
en
la
Federación
Regional
Española
(FRE),
núcleo
originario
del
anarquismo
español,
reconocieron
el
cambio
inesperado
en
el
mundo
político,
pero
alertaron
de
que
“la
república
es
el
último
baluarte
de
la
burguesía”;
era
preciso,
según
los
anarquistas,
acabar
con
toda
dominación
y
caminar
hacia
una
“libre
federación
universal
de
libres
asociaciones
obreras,
agrícolas
e
industriales”3.
Ya
la
revolución
de
1868,
conocida
como
La
Gloriosa,
que
derrocó
a
Isabel
II
e
inició
el
llamado
sexenio
democrático,
puede
considerarse
un
punto
de
ruptura
para
el
anarquismo
español.
En
ese
momento,
arraiga
el
internacionalismo
bakuninista
en
una
clase
trabajadora
que
había
tenido
cierta
militancia
en
el
republicanismo
federal,
y
se
adopta
una
coherente
estrategia
con
tres
puntos
fundamentales:
ruptura
con
los
partidos
políticos,
definitiva
desilusión
con
el
sistema
republicano
y
negativa
a
formar
parte
de
las
elecciones4.

Hay
que
mencionar
el
episodio
de
la
insurrección
cantonal,
no
apoyada
oficialmente
por
la
FRE,
pero
sí
por
algunos
internacionalistas,
que
en
opinión
de
Nettlau
lo
hicieron
para
debilitar
al
Estado
en
aras
del
federalismo
creando
distritos
autónomos
donde
el
cambio
social
habría
sido
más
factible5.El
breve
episodio
de
la
Primera
República
en
España
tuvo
un
triste
colofón,
después
de
las
sublevaciones
cantonalistas,
cuando
las
autoridades
republicanas,
en
connivencia
con
la
burguesía,
llevaron
a
cabo
una
tremenda
represión
de
las
sociedades
obreras;
la
persecución,
llevada
a
cabo
por
los
mismos
militares
monárquicos
del
régimen
anterior,
fue
de
tal
envergadura,
que
muchas
federaciones
locales
de
la
AIT
desaparecieron6.
El
golpe
de
Estado
del
general
Pavía,
abonando
el
terreno
para
la
Restauración,
acabó
con
un
régimen
republicano
que
fracasó
en
su
intento
de
constitución
federal,
no
llevó
a
cabo
las
promesas
hechas
al
pueblo,
pero
tampoco
satisfizo
del
todo
a
la
burguesía,
enclaustrado
en
una
defensa
a
ultranza
del
orden
establecido,
tal
y
como
analizan
los
anarquistas
cualquier
forma
de
Estado.
A
pesar
de
la
tremenda
represión,
las
sociedades
obreras
continuarían
su
actividad,
si
bien
de
forma
clandestina.

Dando
un
salto
en
el
tiempo,
que
nos
prepara
el
terreno
para
abordar
la
Segunda
República,
hay
que
decir
que
a
partir
del
año
1917,
la
clase
trabajadora,
harta
de
unas
élites
dominantes
incapaces
de
llevar
a
cabo
ninguna
reforma,
decidió
pasar
a
la
acción
con
una
larga
serie
de
huelgas.
Era
la
decadencia
del
sistema
de
la
Restauración,
encabezado
por
un
monarca
con
más
participación
política
de
la
aparente.
Esa
crisis
llevó
a
las
élites
dominantes
a
instaurar
una
monarquía
sin
democracia;
era
la
Dictadura
de
Primo
de
Rivera,
que
comenzó
en
septiembre
de
1923
con
el
agrado
de
la
Realeza,
la
Iglesia
y
la
burguesía
y
con
la
complicidad
de,
dato
que
no
se
suele
subrayar
en
la
memoria
histórica,
los
socialistas.
Solo
los
anarcosindicalistas
se
opondrían
al
golpe
militar,
con
la
escasa
compañía
de
estudiantes
e
intelectuales
del
mundo
universitario,
algunos
oficiales
del
Ejército
y
el
pequeño
partido
comunista.
Los
anarquistas,
fieles
a
su
defensa
de
la
libertad,
se
volcaron
de
todas
las
maneras
posibles,
pactando
incluso
con
el
conde
Romanones
o
el
general
Valeriano
Weyler,
en
la
lucha
contra
la
Dictadura
y
sin
reparar
en
sacrificios.
La
Dictadura
de
Primo
de
Rivera,
debido
a
su
inoperancia
para
afrontar
la
crisis
nacional,
acabaría
cayendo
y
terminaría
por
arrastrar
quince
meses
después
a
la
monarquía
de
Alfonso
XIII.


La
Segunda
República

En
1931
se
proclama
la
Segunda
República
en
España,
que
igualmente
levantó
esperanza
para
la
cuestión
social,
pero
muy
pronto
se
vería
que
nada
tenía
el
nuevo
régimen
de
revolucionario;
el
propio
movimiento
libertario
no
lo
recibe
con
entusiasmo,
pero
tampoco
lo
combate,
su
claro
objetivo
es,
parafraseando
a
Buenaventura
Durruti,
“un
proceso
de
democratización
social”,
por
lo
que
la
República
podía
considerarse
solo
un
punto
de
partida.
Se
venía
de
una
dictadura,
por
lo
que
era
lógico
abordar
algunas
reivindicaciones
obreras
que
el
autoritarismo
militar
había
obviado
o
reprimido;
además,
estaban
otros
asuntos
delicados,
como
la
reforma
militar,
el
estatuto
económico,
la
liberalización
de
la
enseñaba
o
una
reforma
agraria
moderada,
que
fueron
objeto
de
polémica
y
que
los
nuevos
gobernantes
no
supieron
o
no
quisieron
abordar
en
su
gran
mayoría7.
Lo
que
enseguida
se
vislumbró
por
parte
de
la
clase
trabajadora
es
que
el
nuevo
régimen
republicano
no
iba
a
colmar
sus
muy
razonables
aspiraciones;
no
tardarían
en
llegar
las
reivindicaciones
económicas
y
la
agitación
social,
por
lo
que
el
Gobierno
republicano
no
dudaría
en
emplear
una
vez
más
la
represión.
Anarquistas
y
anarcosindicalistas,
como
es
lógico,
habían
acogido
la
República
con
reservas;
en
junio
de
aquel
año
1931,
la
Confederación
Nacional
del
Trabajo
reunió
a
centenares
de
delegados
en
Madrid
para
advertir
de
la
nueva
represión
que
podía
suponer
el
régimen
republicano
y
para
mostrar
un
programa
mínimo
de
solidaridad
con
las
masas
campesinas,
y
de
socialización
de
la
tierra
y
de
todos
los
medios
de
producción
agraria8.
El
movimiento
anarquista,
como
no
podía
ser
de
otra
forma,
declaraba
su
oposición
al
Estado;
su
objetivo
era
educar
al
pueblo
para
que
obtuviera
la
emancipación
por
medio
de
la
revolución
social.
Respecto
a
la
supuesta
división
del
movimiento
anarquista,
y
más
en
concreto
de
la
CNT,
hay
que
recordar
que
el
Manifiesto
de
los
Treinta,
de
agosto
de
1931,
firmado
por
algunas
figuras
prestigiosas
como
Juan
Peiró,
no
pretendía
la
colaboración
entre
clases
ni
la
participación
en
el
Estado;
lo
que
sí
denunciaba
era
la
aventura
insurreccional
de
una
minoría
ácrata,
pero
más
importante,
constituía
un
lúcido
y
sensato
análisis
de
la
situación
de
la
clase
trabajadora9.

Para
el
caso
que
nos
ocupa,
lo
importante
es
que
no
existía
una
auténtica
división
en
el
anarquismo;
si
acaso,
aquellos
firmantes
del
manifiesto
oponían
ante
la
Federación
Anarquista
Ibérica
cierta
dosis
de
sensatez
y
realismo,
pero
todos
ellos
eran
firmes
opositores
al
Estado
y,
por
lo
tanto,
solo
podía
pretender
superar
el
nuevo
sistema
republicano
por
muy
democrático
que
quisiera
presentarse.

No
obstante,
no
puede
considerarse
la
insatisfacción
anarquista
(o
el
mito
de
su
intransigencia)
la
culpable
de
poner
en
un
brete
a
la
Segunda
República;
fue
la
incompetencia
de
los
políticos
republicanos
para
solucionar
las
justas
reivindicaciones
de
los
trabajadores
lo
que
condujo
a
estos
a
la
acción
revolucionaria10.
Definitivamente
desilusionados
con
el
nuevo
régimen,
los
campesinos
y
obreros
se
distanciaron
de
los
partidos
republicanos
y
socialistas,
lo
que
abonó
el
terreno
para
que
la
derecha
ganase
las
elecciones
en
1934;
la
revolución
de
Asturias
de
ese
mismo
año
es
una
muestra
más
del
descontento
de
los
trabajadores
con
una
sistema
que
les
seguía
negando
recursos
esenciales.

Respecto
a
ese
atentado
contra
la
humanidad
que
fue
el
Golpe
de
Estado
del
General
Franco
y
sus
secuaces,
en
julio
de
1936,
hay
que
decir
que
el
movimiento
anarquista
se
esforzó
en
luchar
junto
a
los
republicanos,
principalmente
por
coherencia
en
su
lucha
contra
el
fascismo.
Es
cierto
que,
transgrediendo
sus
más
elementales
principios
ideológicos,
los
libertarios
acabaron
participando
en
las
estructuras
republicanas,
pero
es
algo
muy
contextualizable
en
una
situación
bélica
y
digno
de
un
análisis
riguroso;
no
se
hizo,
obviamente,
para
conquistar
cuotas
de
poder,
sino
para
defender
la
revolución
social
que
ya
estaba
en
marcha.
Las
críticas
se
produjeron
en
el
momento,
por
parte
de
prestigiosas
figuras
como
Emma
Goldman
o
Camillo
Berneri,
pero
incluso
la
Federación
Anarquista
Ibérica
pidió
cierto
voto
de
confianza
dada
la
situación;
lo
que
es
cierto
es
que
jamás
el
anarquismo
podrá
ser
llevado
a
la
práctica
en
sentido
totalitario,
por
lo
que
la
participación
en
el
Estado
se
produjo
de
manera
muy
concreta
y
sin
veleidades
autoritarias11.
Los
anarquistas
tomaron
una
determinada
decisión,
de
manera
democrática,
en
un
tiempo
muy
concreto,
lo
que
no
supone
por
supuesto
que
pueda
mantenerse
libre
de
críticas;
un
análisis
lúcido,
crítico
y
militante
sobre
la
participación
anarquista
en
las
estructura
republicana
lo
encontramos
en
Vernon
Richards
con
su
obra

Enseñanzas
sobre
la
revolución
española.



Notas


1.-Eduardo
Haro
Tecglen,

Diccionario
político

(Planeta,
Barcelona
1995).


2.-Francisco
Olaya
Morales,

Historia
del
Movimiento
Obrero
Español
(siglo
XIX)

(Madre
Tierra,
Madrid
1994).


3.-Ibídem.


4.-José
Álvarez
Junco,

La
ideología
política
del
anarquismo
español

(Siglo
XXI
de
España
Editores,
Madrid
1991).


5.-
Mencionado
por
Juan
Gómez
Casas
en

Historia
del
anarcosindicalismo
español

(LaMalatesta,
Madrid
2006).


6.-Francisco
Olaya
Morales…
op.
cit.


7.-Juan
Gómez
Casas, 

Historia
del
anarcosindicalismo
español

(LaMalatesta,
Madrid
2006).


8.-Juan
Gómez
Casas…
op.
cit.


9.-Juan
Gómez
Casas,

Historia
de
la
FAI

(Fundación
Anselmo
Lorenzo,
Madrid
2002).


10.-Juan
Pablo
Calero
Delso,

El
gobierno
de
la
anarquía

(Síntesis,
Madrid
2011).


11.-Juan
Pablo
Calero
Delso…
op.
cit.




Fuente: Reflexionesdesdeanarres.blogspot.com