September 19, 2021
De parte de Nodo50
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Del medio millón de muertes que produjo la guerra española de 1936-39, pocas chocaron más –e hicieron más daño a la causa republicana– que la de Andreu Nin, el carismático dirigente del Partit Obrer d’Unificació Marxista (POUM). Detenido en junio de 1937, mes y medio después de los llamados sucesos de mayo, fue, con toda probabilidad, asesinado por los servicios secretos soviéticos, empeñados en quitarse de en medio a un crítico feroz del estalinismo y su política contrarrevolucionaria en España. 

En La revolución imposible (Tusquets), el historiador Andreu Navarra (Barcelona, 1981) aclara las oscuras circunstancias de la muerte de Nin. Pero, sobre todo, narra la vida de un maestro de escuela, hijo precoz de un zapatero de El Vendrell y escritor compulsivo, que pasó desde el republicanismo catalanista a posturas revolucionarias radicales. Nin (1892-1937) ascendió a la cúpula de la CNT, vivió nueve años en Rusia –donde se hizo íntimo de Trotski y se peleó con Stalin– y, a partir de su regreso a Catalunya en 1930, se alió con dos antiguos camaradas, Juan Andrade y Joaquim Maurín, para fundar el POUM. Partidario de la revolución bolchevique, el POUM rechazó de plano opciones moderadas como la Segunda República o el Frente Popular. (Aunque Nin fue brevemente conseller de Justícia en la Generalitat de Companys, cosa que Trotski nunca le perdonó.) Su intransigencia acabó aislando al partido, que nunca logró atraer a una gran militancia obrera. Al mismo tiempo, su crítica despiadada de la URSS y de las purgas estalinistas hizo que Nin y los suyos se convirtieran en la esperanza de la izquierda revolucionaria global. Una presencia incómoda –concluye Navarra–, imposible de tolerar para los demás partidos comunistas. Se montó una feroz campaña contra el POUM –acusado, absurdamente, de quintacolumnista, colaborador de Franco y la Gestapo– que Nin parece haber afrentado con cierta indiferencia: “Andreu Nin sabía perfectamente que irían a por él”.

No escasean los libros sobre Nin. ¿Hacía falta otro?

Lo que había eran biografías políticas, que obviaban la propia vida de Nin para analizar su evolución política. Les interesaba más el comunismo que el personaje en sí, o deseaban despellejar al PCE. Me dio la sensación de que todo estaba demasiado politizado, no en un sentido teórico sino más bien partidista. Lo que hacía falta era un relato completo y humano de Nin, precisamente porque un mar de datos no dejaba ver al Nin persona. Pienso, además, que era importante una biografía escrita por alguien que no se considera comunista o que no está ni estuvo implicado en polémicas en torno al comunismo. Aportando documentación nueva, yo he querido escribir un relato más centrado en su vida que en su muerte, que plantea preguntas fundamentales que distan de aclararse. ¿Por qué se marchó a Moscú en 1921, por ejemplo? ¿Qué pasó con su primera familia, a la que abandonó en aquel momento? 

Sale, casi en cameo, Eugenio d’Ors, otro biografiado suyo, que después sería un fascista prominente. 

No me puedo imaginar a dos personas más opuestas en todo. D’Ors era orondo e irónico; Nin, austero y serio. D’Ors, cortés y traicionero, secretamente amigo de represaliados, lleno de recovecos; Nin, franco y afable, hombre de convicciones duras. Ambos unos locos de los libros. Uno, amante del lujo; el otro, pobre como una rata. ¡Y, sin embargo, eran casi íntimos!

Atribuye un papel protagonista a Andrade y Maurín, con los que Nin funda el POUM. Salen casi como los tres mosqueteros del comunismo revolucionario español.

Sin un estudio a fondo de quiénes eran Maurín y Andrade no se podía entender a Nin. Se trata de intelectuales de primer orden, teóricamente muy sólidos, que salieron pitando del PSOE y de los partidos comunistas ortodoxos, para fraguar una posibilidad revolucionaria alternativa que no pudo cuajar. Mientras PSOE y PCE cojeaban en el plano teórico, los artífices del Bloque Obrero y Campesino y el POUM destacaban como pedagogos sociales y estaban obsesionados con el periodismo como escuela de reflexión, con todos sus aciertos y limitaciones. 

Se está ensayando un culturicidio disfrazado de utilitarismo y banalidad

Llama la atención la cantidad de cosas que todavía hoy no sabemos sobre la vida y la muerte de Nin.

El gran problema para estudiar a Nin o al POUM es la relativa falta de archivos. Los poumistas fueron, literalmente, borrados de la faz de la tierra, por los franquistas y por los comunistas estalinistas. No sabemos cuántos de ellos pudieron ser ejecutados o enviados a la muerte adrede, en 1937, en el frente aragonés, en misiones suicida, ni cuántos sobrevivieron haciéndose pasar por anarquistas. Por su muerte, Andreu Nin es el Lorca catalán. El problema es que no lo asesinaron los franquistas ni los falangistas, de ahí el paralelo con Rosa Luxemburgo y Karl Liebknecht. Falta memoria sobre las atrocidades cometidas por falangistas y tropas regulares a las órdenes de facciosos, pero sobre todo falta divulgación sobre represaliados por Franco una vez terminada la guerra, y sobre fechorías cometidas por elementos de izquierda en las represiones de retaguardia. La izquierda necesita dejarse de dogmatismos y asumir aquellas monstruosidades. Por poner un ejemplo, cuando Gerardo Iglesias rehabilitó a Heriberto Quiñones, Jesús Monzón y Joan Comorera, en 1982, se olvidó de Nin. Intereses de partido de lo más diversos siguen distorsionando la imagen de Nin. El documental de Dolors Genovès sobre su muerte, Operació Nikolai, emitido por TV3 en 1992, fue un enorme paso adelante porque pudo acceder a los archivos de la KGB. Pero ¿quién se ocupaba de la vida de ese hombre, de su figura poliédrica? 

Las emisiones de los años treinta nos llegan por el éter histórico con mucha interferencia, tanto de la Guerra Fría como de la historiografía franquista. Algún ex poumista acabó reclutado por la CIA, vía el Congreso por la Libertad de la Cultura. Usted habla con especial escepticismo sobre Julián Gorkin. 

Gorkin era muy mentiroso, y sentía una gran necesidad de notoriedad y visibilidad. Sus libros están escritos en un estilo entre enfático y sensacionalista. Tiene tendencia al melodrama, pero era un memorialista compulsivo y eso fue una suerte. Cuando narra experiencias vividas propias, si se pueden contrastar, es una fuente como una mina de oro, porque estuvo allí y se obsesionó por contar lo que había visto. Pienso que Julián Gorkin acabó sintiendo celos del carisma de Andreu Nin, cuando éste ya no estaba. Tenía una sed descomunal de fama y las cosas no acabaron de salirle bien, es un perdedor de la historia, un carácter difícil, con muchos defectos. Pero sigue siendo necesario consultarlo, a pesar de lo abigarrado de su vida y de su estilo. Maurín ya es otra cosa, un hombre de una inteligencia portentosa, igual que Nin. Wilebaldo Solano e Ignacio Iglesias también son memorialistas muy valiosos, también trataron a Nin muy de cerca.  

Esta labor de reivindicación de compañeros de partido no ha sido, precisamente, desinteresada. Pero tampoco lo han sido las publicaciones sobre Nin por personas empeñadas en denunciar el estalinismo, la política contrarrevolucionaria del PCE y del PSUC durante la Guerra Civil, o directamente la Segunda República. ¿Usted ha podido ser menos interesado en ese sentido?

Es cierto que hay libros repugnantes sobre Nin, meros panfletos de derechas. Yo me considero una persona de izquierdas, pero no soy comunista, a pesar de lo que dice Jiménez Losantos. Pienso que era importante no centrarse en ese presentismo partidista. Yo propongo un giro: pensar en el Nin vivo, y no solo en el Nin muerto ni en el Nin momificado. He intentado hacer hueco a la anécdota, también. No sé si soy exactamente “desinteresado”, pienso que en general sí, porque me ha movido una enorme curiosidad y he intentado ser científico al máximo: no me interesa vilipendiar al PSUC ni rasgarme las vestiduras ante los crímenes de tiros y troyanos. Yo quería saber qué pasó y quién era ese hombre, conversar con Nin, ofrecer una visión cómplice de ese hombre, pero cómplice no por partidismo actual. 

Aun así, se le nota cierto gusto por la nota dramática. ¿Le ha costado resistir el potencial sensacionalista del material?

Desde luego he querido presentar más que una mera concatenación de datos. Algunas de las biografías políticas sobre Nin u otros marxistas son, literalmente, ilegibles… ¡Un tostón! La parte “sensacionalista” pienso que proviene del propio carácter sensacional de Nin, y porque me han obsesionado varios enigmas sobre su vida a lo largo de los últimos cinco años. Es esta una manera un poco stanislavskiana de escribir biografías: necesito clarificar, que me acompañen caras y preguntas, y me enfado si soy incapaz de comprender algún rincón. Es una lucha a muerte sostenida en el tiempo. Pensemos que Nin era una persona bastante marginada en El Vendrell y en Barcelona: un maestro pobre y rodeado de grisura y bohemia. Quizás durante la Primera Guerra Mundial empieza a destacar algo, pero está claro que en Cataluña fue un pringado hasta que no fue catapultado, por razones diversas e inesperadas, al liderazgo de la CNT. En este sentido, el año 1919 me parece fundamental, porque es el año en que todo el movimiento obrero debe decidir si apoya a la Tercera Internacional o no. Y entonces su vida empezó a peligrar y poco después empezó la aventura soviética, que le marcó para siempre.

Usted nos pinta las virtudes de Nin: su precocidad y voracidad intelectuales; su talento teórico; su comprensión del nacionalismo; su conocimiento del colonialismo; su capacidad de trabajo; su pureza… Pero también resalta su “testarudez idealista”. La autoimagen del POUM, sin ir más lejos, contrastaba con su posición minoritaria y su aislamiento casi total. ¿Fueron su talento, temperamento y aptitudes, precisamente, los factores que también limitaron su eficacia como actor o líder político, o le cegaron ante la realidad, incluido el peligro que se cernía sobre él desde finales del 36?

Nin era políglota, organizador nato, pedagogo, místico de la revolución, soñador en la intimidad y un gran teórico, perfiles que compartía con Gramsci. Pienso que terminaron con Nin demasiado pronto, y que él y los suyos tuvieron que enfrentarse a situaciones insoportables en 1936 y 1937. Ni Maurín, ni Andrade, ni Nin, ni siquiera Gorkin, pudieron desarrollar sus obras y personalidades de madurez en condiciones de normalidad. Pienso que desde la España de hoy nos cuesta un poco ponernos en la piel de esa generación idealista y triturada. Al final, llegué a la conclusión de que Nin quiso convertirse en un nuevo Lenin catalán y español, y convertir la revolución española de 1936 en una nueva ola de emancipación obrera mundial. Un aldabonazo espiritual, como los de Lutero o Robespierre. Pero aquí hay algo que me obsesionó durante mucho tiempo: ¿cómo podía ser Lenin alguien tan distinto a Lenin? Lenin era astuto, práctico, taimado y teatral. Nin era honrado, teórico, lector, pacifista. Lo mismo para Maurín: se dice que no levantaba el puño en los cantos y celebraciones de sus propios partidos. Hay en ellos un deseo de dogma que funciona por encima de su propia personalidad, evidentemente compleja. Deseaban superar a Stalin y Trotski y forjar algo muy grande en la Barcelona de 1937. Y esto entre pistoleros, incontrolados y violentos. Pero fueron apartados a los primeros compases, con la idea muy inmadura aún. 

Cuando se venían arriba, Andrade y Nin se expresaban en términos bastante ofensivos sobre sus compañeros de izquierda, contra los que peleaban con casi más tesón que contra la derecha.

Continúa chocándome el nivel de violencia verbal y física alcanzado por todos entre 1914 y 1936. El PCE nació entre feroces invectivas contra el PSOE, y en el norte peninsular hay documentados varios tiroteos y asesinatos entre comunistas y socialistas, en los primeros años veinte. Durante la guerra civil caían como moscas en la retaguardia republicana, es algo lamentable, los casos se pueden contar por docenas: Ascaso, Antonio Sesé, José Robles, Kurt Landau… y mucho más lamentables son los subterfugios con los que se minimizan o relativizan esos crímenes. Como si ser totalitario fuera lo más normal del mundo aún hoy. Eso dice poco del ADN democrático de muchos. En este sentido, para mí fue muy aleccionador estudiar la violencia verbal y simbólica del POUM contra el PSUC. La del PSUC contra el POUM ya era conocida, pero los insultos y amenazas que se cruzaban hielan la sangre. Nin y Maurín, en sus cartas, consideraban a los anarcosindicalistas poco más que unos niños o unos débiles mentales. Curiosamente, el Nin periodista tenía un estilo muy ático, totalmente austero. Nada que ver con los discursos en medio de una guerra. Pero no podemos olvidar que Nin era un revolucionario profesional. Su trabajo consistía, precisamente, en movilizar masas.

Si a Nin le faltaba cierto realismo en lo político, su biografía presenta su detención y asesinato como expresión de un realismo político de lo más descarnado: Nin y sus compañeros poumistas, con sus denuncias constantes de Stalin y sus esfuerzos organizadores a nivel internacional, constituían una presencia que Stalin y los demás partidos comunistas simplemente no podían tolerar. Casi llega a concluir que Nin cavó su propia tumba. 

Eso me parece excesivo. A Nin lo mató una cuadrilla de polizontes extremistas de muy dudosa catadura moral –como demuestra Fernando Castillo– y asesinos soviéticos expertos que urdieron un complot en su contra desde Madrid. Lo que quise expresar es que ese triunfalismo niniano del final era la plasmación de un proyecto político totalmente perfilado: un nuevo apostolado obrero que secundaron muy pocos miles de militantes y que fue aplastado desde todos los lados posibles, pero que con más tiempo hubiera supuesto un auténtico quebradero de cabeza para el resto de izquierda revolucionaria. 

Sugiere que Negrín dejó hacer porque no se podía permitir enajenar a Stalin o arriesgar el suministro soviético de armas.

Me sigue obsesionando la figura de Negrín. Viñas escribe que es lo más parecido a Churchill que tuvimos; estoy fundamentalmente de acuerdo. Pero había que repensar su papel con el asunto Nin. He leído papeles donde se le llega a acusar de psicópata, de ser un auténtico criminal con un legado negrísimo. La verdad, me parece, fue distinta: sencillamente trataba de ganar la guerra, o resistir hasta que llegara un contexto internacional favorable al mantenimiento de la democracia. ¿Podía tolerar una amenaza constante de alzamiento leninista en su retaguardia? Le tocó un papel oscuro, dificilísimo, pero, al fin y al cabo, su objetivo no era otro que la pervivencia de un proyecto democrático. 

Siento vergüenza de la izquierda española y catalana actual, que no hace más que reproducir acríticamente dinámicas de dominio

Nin, desde su convicción revolucionaria, rechazaba la República y la política del Frente Popular como táctica antifascista porque implicaba aliarse con la burguesía. ¿Tenía razón?

Una cosa tenía clara Nin, y le doy la razón: no se podía repetir el ridículo alemán de 1933. Que llegara un dictador terrible casi sin resistencia porque existiera una división insalvable entre socialistas y comunistas. En este sentido, los líderes españoles que buscaban la unión obrera fueron más responsables. No me creo autorizado a darle o no la razón a Nin en su oposición frontal a la República de 1931. Consignemos que no le concedió ninguna credibilidad, ninguna oportunidad. Nin pensaba que había que ir a la revolución obrera desde 1931, que la cuestión era “comunismo o fascismo” y no “democracia o fascismo”, como aceptaron los dirigentes del PCE, por lo menos de cara a afuera. Yo no soy quién para señalar el bien y el mal de una vida, a toro pasado. Aquí he de ceñirme a mi papel de historiador como transmisor. Lo que pienso es que no hay nada fuera de la democracia, del diálogo y la cultura, sólo noche totalitaria. Y curiosamente Nin, que no dejó nunca de ser maestro, aunaba este ideal pluralista con una praxis simbólica –digámoslo así– muy violenta, muy radical. Tengo la sensación de que el Nin que se aparta en su despacho para leer a Pío Baroja no acaba de encajar con el furibundo comunista de los mítines. Pero sobre estas contradicciones se ha escrito mucho y bien. Nin era contradictorio, no sabemos exactamente qué era. Quizás acertara Josep Pla cuando escribió que Nin fue fundamentalmente un nietzscheano, un soñador con una enorme voluntad, un señor harto de miseria y mediocridad. Lo que Nin no hizo nunca fue bajar la cabeza. Jamás se vendió o rebajó. De hecho, pienso que su muerte es el símbolo de la muerte de la cultura, que es lo que no soporta ningún tirano: la libre concurrencia al libre examen. Y de esto deberíamos tomar muy seria nota hoy, cuando se está ensayando un culturicidio disfrazado de utilitarismo y banalidad.

¿Qué pueden aprender de Nin hoy, digamos, una alumna de bachillerato, un militante sindical o la cúpula de un partido político? 

Nin venció a la miseria y a la mediocridad. Jamás cedió. En Barcelona era un maestro precario y en Moscú lideró una Internacional sindicalista. Volvió literalmente con lo puesto y acabó pergeñando un embrión de revolución mundial. Hay que luchar siempre por la cultura y por la dignidad. Hay que ser subversivo y no caer jamás en el conformismo. La dignidad es la lucha por la cultura, por la cultura para todos. Hemos olvidado esto y engañamos a nuestra juventud como en el pasado se engañaba a los colonizados con pedazos de cristal y baratijas y espejos. Estamos bastardeando la democracia y no tenemos perdón, porque ni invertimos en educación ni estimulamos el interés por las cuestiones que nos interpelan y nos incomodan o no nos encajan en nuestros cómodos cauces y moldes. Siento vergüenza de la izquierda española y catalana actual, que no hace más que reproducir acríticamente dinámicas de dominio. ¡Cuánta falta hace que maestras y maestros republicanos de hacia 1915, que es lo que era Nin, nos fertilicen! Con el personal dirigente actual, hundido en la hipocresía, no vamos a ningún lado.




Fuente: Ctxt.es