November 26, 2020
De parte de Oveja Negra
395 puntos de vista


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         Para nadie pasa desapercibida la gran actualidad y la importancia que se concede a lo que se ha dado en llamar “perspectiva de género” y a temas de género en general. Se trata, ni más ni menos, de un proceso en el cual, de forma un tanto discontinua por el mundo, las instituciones de todo tipo están integrando en su seno (o intentándolo al menos) cierto número de ideas que abogan por una igualdad real entre hombres y mujeres, por una participación igualitaria de las mujeres en los asuntos de la política, etc. En el territorio que llaman Perú estos brotes ya están a la vista: en el discurso académico, en los medios de comunicación, en los discursos que emanan desde las instituciones de gobierno e, incluso, hemos podido ver recientemente como el tema de la “mujer” ha sido uno de los asuntos a destacar en las últimas elecciones en Perú[1]. Para el mundo “progresista e izquierdista”, obviamente, estos brotes son muy pocos y pequeños, mientras que para los que están “más a la derecha”, a los que suelen llamar “conservadores”, son ya una legión y toda una osadía contra lo que ellos entienden como “el sentido común”.

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         Como resulta bastante inútil esta clasificación y separación entre los progresistas y conservadores (tendrán diferencias sí, pero en lo más profundo están siempre de acuerdo y van de la mano, a saber, por ejemplo, en la supeditación de la vida a los Ideales, la fe en el Progreso de la Humanidad, la necesidad de la ordenación y planificación adecuada para la requerida circulación del dinero, etc.), no me detendré aquí a clarificar sus posturas. Intuyendo la inutilidad de ello, hay que ver si hay alguna otra forma de hablar contra la sociedad patriarcal y todo tipo de violencia que ejerce contra mujeres que no sea ya, desde el comienzo, un sometimiento al Poder que es, como bien se sabe, masculino, hecho a imagen y semejanza del Hombre.

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         No pronunciar el mismo tipo de discurso que los siervos y los aspirantes a ser siervos al servicio del Poder ha de ser una de las condiciones fundamentales (la cual, aún así, no puede asegurar del todo que lo que se diga no pueda ser asimilado y neutralizado). Precisamente por la misma razón, el hecho de que las instituciones políticas y económicas de nuestras sociedades estén asimilando ideas que provienen de ciertos enfoques feministas no promete nada liberador (ni a mujeres ni a hombres que anden por el mundo), más bien, como ya ha pasado con otras teorías, supone su integración en las redes de dominación, esto es, su muerte.

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         En este mismo sentido, una crítica de la violencia de género, que hoy por motivos evidentes se ha convertido en un asunto de primordial importancia en la sociedad, no puede conducir a una verdadera supresión de la sociedad patriarcal, si la lucha anti-patriarcal se fía a los medios de comunicación, al Estado, a la Enseñanza, a los partidos: todos ellos llevan en sus venas sangre podrida.

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         Hay que advertir desde ya mismo, para evitar malinterpretaciones, que cuando aquí se critica el Hombre o lo Masculino, se refiere al Hombre como ideal perseguido por la sociedad, ideal que ha estado dominando desde que ha comenzado la Historia. Siempre queda la posibilidad de que uno, a pesar del peso de tal ideal y de su propia constitución, sea menos Hombre de lo que le correspondería. Pero lo que está claro es que el propio hombrecito, de carne y hueso, está sometido a este ideal abstracto.

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         Volviendo al asunto de la violencia de género, no hay que olvidar que desde estas estructuras sociales que antes mencionaba se rechaza sobre todo tan solo una de sus variantes, la más cruda y la más repugnante: la que amenaza con destruir físicamente o psicológicamente la vida de la mujer. La restante violencia muchas veces ni se considera como tal: por ejemplo, es claro que si se valora como algo bueno el hecho de que la mujer se incorpore al mercado del empleo y de que se defiendan sus derechos laborales, ello se debe a que el trabajo asalariado no es considerado como violencia, ni contra mujeres ni contra hombres. Violencia, entonces, es que la mujer no pueda venderse honradamente por un salario, como sí lo hacen los hombres, pero si consigue degradar su vida a horas contemporizadas y pagadas, los activistas ya tienen motivo para celebrar la victoria de la Mujer sobre la injusticia social y reducir la brecha de la desigualdad.

         El combate contra la “violencia de género” en sus formas más brutales, como asesinato o violación, apunta a la monstruosidad que es el machismo, pero no apunta en otras direcciones, a otras estructuras de las sociedades históricas y, por tanto, otras manifestaciones de violencia quedan difuminadas entre las nieblas de la difusión informativa de los medios. Este tipo de violencia puede y ha de ser extirpado del tejido social porque se intuye que ello, en principio, no pondrá en peligro el sistema en general y, de hecho, lo va a mejorar. Lo importante es que no surja entre nadie ningún atisbo de impulso que empuje a diferentes grupos de gente (de hombres y mujeres) a buscar  salidas de la sociedad patriarcal y, por ende, de la sociedad capitalista. El sistema requiere de voluntades que quieran permanecer en él, que realicen continuos cambios pero guardando las estructuras vitales.

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         Lo que he señalado por ahora son dos cosas: a) nuestra incapacidad de tomarnos la vida en nuestras propias manos y nuestra casi total dependencia del Estado (lo cual muestra una vez más que la separación conceptual entre el Estado y la Sociedad no deja de ser un engaño, una mentira: hoy el Estado se halla expandido a lo largo y ancho del cuerpo social compuesto por masas de individuos identificados con Él o que reproducen sus lógicas y mecanismos aunque en sí el aparato estatal se halle medio ausente); b) que el asesinato y la violación de las mujeres son apariciones letales y brutales de un sistema amplio y complejo, el cual llamamos patriarcado, y que la lucha anti-patriarcal tiene que enfocar todas las manifestaciones de violencia que padecen las mujeres. Es decir, se requiere una crítica social que apunte a la totalidad del Sistema establecido.

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         El progreso del mundo civilizado se ha cristalizado en la mirada llena de indiferencia del asesino y en los ojos petrificados de su víctima. No es sino la imagen de despilfarro de vida, tan propio de la civilización moderna. La muerte y la violencia, el deseo de dominar y de someter son constitutivas de nuestras sociedades. El asesinato y la violación de mujeres son, por así decirlo, consustanciales a una sociedad que se basa en el despilfarro de fuentes de vida. Se precisa no una reforma, sino una salida de esta sociedad, una salida que comience con una transformación interior de cada uno. Una sociedad libre no puede nacer en hombres y mujeres desprovistos de semillas de esta libertad en su interior: “nadie puede hallar la libertad, si no la tiene dentro de sí” (Gustav Landauer, La revolución y otros escritos, 2016, p.243).

Sobre integración como instrumento del Poder

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          â€œâ€¦no hay uno que pueda imponerse sino como contradicción de dos” (Comunicado urgente contra el despilfarro, Comuna Antinacionalista Zamorana): efectivamente, la sociedad moderna presenta dos rostros opuestos que, en realidad, no son sino dos caras de la misma moneda: un mundo de bienestar y riqueza, de paz y seguridad; y otro mundo de desechos, de abismo social y de violencia. La existencia de este último es del todo necesaria para neutralizar cualquier intento de rebelión, pues rechazando por injusto el mundo dominado por violencia, crimen e indigencia, uno, demasiadas veces, cae en el error de reivindicar su sitio en el mundo de paz, democracia, desarrollo y bienestar. Y a la inversa, para aquellos que son integrados y bien acomodados, el infra-mundo sirve para hacerles creer que, efectivamente, ellos viven bien, en paz y bienestar. Así, se aspira a que todos tengan como ideal el Orden que les domina. La izquierda, generalmente, no hace sino caer en esta trampa una y otra vez hasta cansar a los propios y a los ajenos.

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         Lo mismo que una esponja absorbe el agua en el preciso momento en que esta amenazaba con desestructurarla, pero que acaba por ser absorbida, engordando y ensanchando, a la vez, la superficie de la esponja, de la misma forma podemos imaginar cómo el Poder instituido en nuestras sociedades asimila e integra las protestas que en un principio podían llevar un germen de rechazo radical de lo establecido, con el pequeño detalle de que la capacidad de absorción del Estado es muy grande y no se sabe dónde pueden estar sus límites. Una parte de discursos de carácter feminista o cercano al feminismo están ya asimilados por el Estado, que sigue siendo perfectamente patriarcal. El Poder puede llegar incluso a nutrirse y alimentarse de la crítica que se le hace.

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         Habría que también tener en cuenta que el Individuo juega un rol primordial en esta protesta y crítica que conduce al reforzamiento del Poder. Hay que olvidarse ya de una vez por todas de que el Poder funciona solo como algo exterior al individuo, que simplemente lo padecería, pero en su naturaleza verdadera le estuviera opuesto. Esta idea ha sido una de las perdiciones de las luchas sociales del pasado y también lo sigue siendo en muchas de las luchas del momento que vivimos actualmente. El Poder se reproduce en distintos niveles de la vida social, y esto es de vital importancia comprenderlo, el propio individuo está constituido por él. En un grado u otro, muchas mujeres en sus prácticas cotidianas justifican y perpetúan muchas de las manifestaciones de la sociedad patriarcal a la que están sometidas. Ellas mismas son las que, digamos en un lenguaje de izquierdas, traicionan su propia causa. Están, más o menos, y como más o menos la mayoría, constituidas por el Capital y por el Estado, y en su vida cotidiana reproducen relaciones que son necesarias para que todo siga funcionando tal y como lo está. El Estado se desmoronaría si no hubiera individuos, hombres y mujeres, que lo sostuviesen, precisamente, al ser lo que son.

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         El individuo es el pilar básico del Estado. Mientras que en las formas menos progresadas del Estado, la gente, en muchas ocasiones, podía vivir un poco al margen de los reyes y tiranos, o simplemente padecerlos, el individuo moderno ni puede vivir al margen del Estado y del Mercado ni tampoco puede realizarse si no es a través de participación más o menos activa en sus estructuras (enseñanza, trabajo asalariado, cargo político, voluntariado para la cooperación al desarrollo, o como mero consumidor, pero también como desempleado, drogadicto o delincuente…). Si la aspiración del pueblo sería puramente negativa, la de quitarse de encima el Poder que lo oprimía, la aspiración del Individuo no sería sino la identificación total entre las estructuras del Poder y él mismo: que lo que quisiera el Poder también lo quisiera el individuo, que lo que necesitase el Poder también lo necesitase el individuo. Por tanto, el individuo no puede ser sinónimo de ‘gente’, al contrario, ‘pueblo’ o ‘gente se contraponen al individuo: mientras unos se definen vagamente por simple contraposición al Poder (y ya lo decía el propio Maquiavelo), el Individuo es núcleo básico del Poder democrático, está constituido por Él y lo constituye a la vez[2].

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         La hegemonía del individuo y, por tanto, de conjuntos de individuos es la derrota de eso que llamo aquí pueblo. Cuando, por ejemplo, alguien se queja del lamentable estado de las pistas de asfalto por las que transita cada día en su auto privado (¿no es signo de progreso que haya también mujeres conductoras?), lo que dificulta su tarea de ir y volver del trabajo o de las compras en los grandes supermercados de Lima, allí podemos estar seguros de que se trata de una voz del individuo, de alguien que se ha contentado con ser conductor, de estar en continuo movimiento y despilfarrar su vida, por lo que reclama unas condiciones óptimas para llevar a cabo esta orden del Sistema. La voz de pueblo o del mismo sentido común (el cual no hay que confundir con las normas dadas por válidas y generalmente aceptadas), al contrario, rechaza en sí ser convertida en conductora, niega la utilidad del automóvil, sabiendo de su potencial de destrucción de campos y de ciudades, su esclavización al Trabajo asalariado y a las necesidades de circulación y de movimiento del dinero. Igualmente, siempre es un individuo quien se queja de la corrupción, pues entiende que los problemas de su sociedad nacen del mal funcionamiento de los aparatos del Estado, mientras que esa voz de pueblo, que de vez en cuando surge a pesar de la voluntad del Individuo, susurra que no es la corrupción, sino la misma presencia de los aparatos del Estado la que le impide vivir. La corrupción afecta al tema del dinero, tema esencial para todo individuo, mientras que el pueblo no quiere saber del dinero. Cualquier rebelión o política de mujeres que no cuestione la relación intrínseca entre el Individuo y el Estado, entre la Persona y el Poder, caerá una y otra vez en la reproducción del Estado, en su renovación.

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          La sociedad moderna se define, por tanto, entre otras cosas, por sus palancas de integración. Con esto no quiero decir que en nuestra sociedad global solo tengan lugar procesos de integración –también podemos observar numerosos casos de exclusión- pero tal exclusión, en muchas ocasiones, no deja de ser, por así decirlo, una integración precaria o deficiente, una integración suspendida, pues los “excluidos” y los “desechados”, allí donde se encuentren, no parecen dar muestras de capacidad de crear relaciones sociales antagónicas al mundo del cual les han expulsado. No se da allí un fuera del Sistema.

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         En este sentido, el Sistema actual, a grandes rasgos, ha conseguido, al menos hasta ahora, neutralizar algunas luchas de las mujeres con cierto potencial subversivo abriendo a estas las puertas al Poder, a las instituciones o reconduciendo sus luchas a una mera lucha por mejor acceso a sus estructuras (en caso de este país, tal apertura es aún muy precaria y, por tanto, el Poder está lejos de ser perfeccionado en este sentido). Cuando la lucha anti-patriarcal se torna en lucha por la igualdad es cuando se puede aseverar con bastante seguridad que tal lucha ha sido integrada y asimilada por el Estado y el Capital. Eso no quiere decir que la lucha por la igualdad no sea legítima. Ahora bien, ya que aquí me atrevo a intentar hablar en contra del Poder, estoy diciendo que estas luchas, dependiendo del lugar y siendo más o menos eficientes en cuanto al logro de la integración de las mujeres en los puestos y cargos que representan el Poder, vienen a reforzar el orden existente, pues integran en él los elementos que antaño podrían haber sido disidentes y sediciosos.

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         “La pretensión de ser jueces, jefes de estado, trabajar en esto y en lo otro y ser hasta militares, no deja de ser una trivialidad. Y garantiza una vez más que las mujeres queden sometidas al modelo impuesto por los hombres, anulando así las posibilidades de rebelión que en ellas podía latir. Y, por el otro lado, positivamente, esa incorporación no hace más que consolidar y reforzar las istituciones, en las que estas mujeres ganan puestos. Es una costatación trivial, al alcance de los niños, que una señora que es juez, general o Jefe de Estado no se distingue lo más mínimo de un señor que ocupa el mismo puesto. Los ejecutivos son intercambiables y, cuando son ejecutivas pasa exactamente lo mismo. La condición de ejecutivo se impone con mucho sobre la diferencia sexual” (Agustín García Calvo, La ética, vía de sumisión, 1988).

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         Entonces, tal y como lo planteó Agustín García Calvo, hemos de plantearnos la siguiente disyuntiva: “o de verdad no estamos conformes con este mundo, y entonces la crítica no puede por menos que ser total porque todo en el Sistema está conexionado, o se trata de ganar puestos y avanzadas en una lucha típicamente reivindicativa dentro de este mundo, es decir, respetando el campo para ganar en él puestos.” (La ética, vía de sumisión, 1988[3]). En el caso de muchas de las luchas actuales por la igualdad se trata de mejorar la posición social de las mujeres. ¿Cuántas mujeres hay en el Congreso? ¿Cuántas mujeres ejecutivas hay en las grandes empresas? ¿Cuántas mujeres hay que no han ido o no van a la escuela pública o privada? Esas son las típicas preguntas que nos revelan que en realidad no se trata de una subversión del Orden, sino de su apuntalamiento: estas no cuestionan ni el Estado, ni la Empresa, ni la Enseñanza. Es decir, no cuestionan el Orden, su moral y sus valores: simplemente no se quiere estar en desventaja respecto al género masculino[4]. No cuestionan la Autoridad, simplemente quieren que las mujeres también puedan participar de sus privilegios; no cuestionan la Enseñanza, quieren tener el mismo acceso a ella, sin importar que esta siga siendo la misma fábrica que abastece el Mercado y el Estado pero con un enfoque de género; no cuestionan la Política, sino que buscan una paridad de género en el Congreso, en el interior de un partido o donde sea. Los debates sobre el sí o no del enfoque de género en la Enseñanza, en este sentido, desgraciadamente, contribuyen a que esta mentira siga funcionando.

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         Es significativo, a tal respecto, observar, y en la misma línea que lo hizo Kaczynski, que muchas de las demandas sociales en torno a “género” se centran, efectivamente, en demostrar que las mujeres también pueden ser juezas, congresistas, presidentas, ejecutivas o participantes activas de la vida política instituida, que las mujeres pueden ser como hombres. Es decir, no se llega al rechazo verdadero de la sociedad ni de los patrones masculinos.

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Sé que a muchos este planteamiento parecerá excesivo en tanto que se muestra una clara intención de rechazo radical de la sociedad establecida. En los tiempos que corren nadie parece estar por la labor de salirse de esta sociedad y cimentar otras, no hay espíritu de rebelión y de creación, no hay nada que nos una (el dinero y el trabajo capitalista no nos une, nos ata), pero no me queda más que insistir en ello: el soplo del aire fresco puede llegar en cualquier momento y de cualquier lado y hay que estar preparados. Por otra parte, aún arriesgando a simplificar en demasía, frente al planteamiento falaz del sistema patriarcal como una especie de mera privación de las mujeres de los privilegios de los que gozan los hombres, se ha de profundizar en el entendimiento de que el Mundo, la Civilización y la Historia desde sus comienzos, con su moral y ética, con su organización y cargos, en su mayor parte son elementos que llevan la impronta del ideal del Hombre, son inspiraciones del ideal masculino, es decir, son invenciones patriarcales. Es absurdo querer “ser mujeres libres y sin miedo” a través de la sumisión de estas a los modelos del hombre, lo mismo que es un sinsentido intentar usar sangre envenenada para salvar un cuerpo enfermo.


[1] Para ejemplificar esa institucionalización de la que hablo, invito al lector a pasar al siguiente enlace: https://www.pe.undp.org/content/peru/es/home/presscenter/articles/2020/la-politica-si-es-cosa-de-mujeres.html.

[2] Al respecto, es muy lúcida y clarificadora la crítica del Individuo que ha hecho Agustín García Calvo, por lo cual se recomienda su lectura.

[3] Disponible en http://bauldetrompetillas.es/wp-content/uploads/pdf/eticaviadesumision.pdf.

[4] Nótese al respecto que en otras luchas sociales sucede algo semejante. Como ejemplo, cito lo que escribía T.Kaczynski en su manifiesto contra la sociedad industrial: “Muchos promueven acciones afirmativas, para mover a la gente negra dentro de los trabajos prestigiosos, para mejorar la educación en los colegios negros e invertir más dinero en tales colegios; la forma de vida de la «clase baja» negra la conservan como una desgracia social. Quieren integrar al hombre negro dentro del sistema, hacer de él un ejecutivo de negocios, un juez, un científico, simplemente como la gente blanca de clase medio alta. Responderán que la última cosa que quieren es hacer del hombre negro una copia del hombre blanco; en vez, quieren preservar la cultura afroamericana. ¿Pero en qué consiste esta preservación? Puede consistir simplemente en comer el estilo de comida negra, escuchar música negra, vestir ropa al estilo negro e ir a una iglesia o mezquita negras. En otras palabras, sólo pueden expresarse en los problemas superficiales. En todos los aspectos ESENCIALES más izquierdistas del tipo sobresocializado quieren armonizar al hombre negro respecto a los ideales de clase media del hombre blanco” (punto 29 de La sociedad industrial y su futuro).




Fuente: Ovejanegrarevista.wordpress.com