September 11, 2021
De parte de Lobo Suelto
190 puntos de vista


1/ La tercera persona  

“No me pregunten quién soy ni me pidan
que siga siendo el mismo”
Michel Foucault 

Aunque no pueda saberse con exactitud cuando fue la primera vez que Maradona comenzó a nombrarse a sí mismo en tercera persona, podemos encontrar una pista en un reportaje que dio a los 19 años en el aeropuerto de Santiago de Chile. Era 1980 y Diego ya brillaba en el fútbol local con la 10 de Argentinos Juniors. En el aeropuerto un periodista le pregunta “Mañana usted va a hacer una presentación en Santiago. ¿Espera demostrar lo que vale?”. A lo que él responde “no, yo no. Argentinos Juniors tiene que demostrarlo, y Maradona juega en Argentinos Juniors”.

Si bien no tenemos una fecha exacta, podríamos decir que El Diego al cumplir la mayoría de edad, según las leyes que rigen en Argentina, no sólo se independizó de sus padres, sino que, además, ya había comenzado un intento inacabable por independizarse de sí mismo. Cuando Maradona habla en tercera persona, cuando se separa de lo que dice sobre él, pone en evidencia una de las experiencias más radicales y humanas: la sensación de ajenidad sobre lo propio. El Diego, cuando habla de él, no se dice Yo. El hombre con el nombre más cargado y asfixiado de sentidos del planeta se dice a sí mismo Él.

Hablando de esa manera El Diego nos enseña -porque lo entendió mejor que nadie y en cada una de las células de su existencia- que no hay nada más impropio que el nombre propio. Que nombrarnos “Yo” y decirnos por un nombre es la ficción más enorme con la que comienza la vida. De hecho, eso que llamamos “Yo”, a quien le otorgamos un carácter de unidad y en donde nos sentimos plenamente representados, no es más que una ilusión y una construcción basada en múltiples identificaciones. El Yo, en ese sentido, es un sostén en el que nos apoyamos para soportar la fragilidad de la existencia.

El nombre propio es una palabra elegida por otros, incluso antes de nuestra llegada al mundo, con la que se nos nomina y se nos invita forzosamente a nominarnos. Y eso, evidentemente, nada tiene de propio. Es por esto que el psicoanálisis hace una diferencia entre el nombre que figura en los documentos de identidad y el nombre propio que cada sujeto debe hacerse, debe construirse a lo largo de su vida. Pero, por otro lado, el psicoanálisis también nos enseña que la maravilla de los significantes, o de las palabras, reside en que no significan nada, no tienen un sentido en sí mismos, hasta que no llega una nueva palabra para otorgárselo. Así funciona el lenguaje y estamos más o menos advertidos de que no podemos entender un mensaje hasta que el emisor no termina de decir su última palabra. Sin embargo, también existen algunas palabras que cargan sobre sí mismas un peso tal que, con sólo nombrarlas, con sólo decirlas, se abren simultáneamente todos y cada uno de los sentidos asociados a ellas. Por ejemplo, cuando alguien dice “El Diego”: ahí, la palabra tiene efecto de metáfora. Anuda y condensa todos los sentidos en ella.

Y así como con sólo decir “El Diego” cada lector, cada argentino y cada habitante de este planeta podría comenzar a enumerar todos los sentidos que se asocian  a ese nombre, también cada uno de ellos sabe, en lo más profundo de su ser, que por mucho que se diga, por mucho que se intente explicarlo, “El Diego” es un significante enigmático, lleno de misterios que no cesan de intentar develarse. Es por eso que, aunque el mundo hable y hable sobre él, es imposible capturar su esencia. Porque cuando parece que la capturamos se relanza un nuevo Maradona, un nuevo sentido que pone otra vez a rodar la pelota.

Cuando el 10 habla de él como si fuese otro, cuando no se apropia de su nombre, lo que está haciendo es lo mismo que hizo con su fútbol, con su magia y con su arte: una donación. El don es un talento especial, pero también un regalo divino. Mediante ese giro del habla, El Diego nos hace una donación. (Mara) dona su nombre, y de esa forma lo convierte en patrimonio de la humanidad. Patrimonio o matrimonio, da igual. El Diego está unido a la humanidad, en la salud y en la enfermedad, en la gloria y en el ocaso, hasta que la muerte los separe. O mejor aún: hasta que la muerte no los separe.

Y, por otra parte, al mismo tiempo que realiza esa donación -con la generosidad de quien sabe que una genialidad tal no puede ser propiedad de nadie- también intenta, con ese gesto y en esa mueca, sacarse de encima todo el peso que ese nombre le carga. El peso de ser el único Diego que no necesita apellido. El peso que ningún by pass gástrico pudo sacarle. El peso que recae sobre su corazón, sobre sus piernas, sobre su carne.

 

2/ Nadie es Él 

“Yo soy… yo soy… yo soy nadie”

Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota

Todos los seres humanos somos únicos e irrepetibles, sí. Pero Maradona parece ser el caso más extremo de esa premisa. Podemos afirmar que él es un poco más único e irrepetible que todos los demás. Su singularidad es tan absoluta que nos parece posible pensar que se trata de un dios encarnado en la piel de un pibe nacido en Villa Fiorito. 

Así como sucede con las religiones o con el peronismo, Diego despierta en las masas los sentimientos más extremos de amores y odios. Existe alrededor de su figura una grieta que divide al mundo en dos partes que no son iguales. Por un lado, estamos quienes lo amamos y hemos defendido al jugador más enorme que dio la humanidad, de los agravios con los que la otra mitad menos uno lo ataca, con la irrefutable certeza de que debe ser insoportable no poder ser simplemente un significante más en la metonimia del mundo. Lo defendemos porque lo amamos, porque todas sus desgracias y padecimientos, todos sus desaciertos y errores nos resultan perdonables. Y, aunque muchos hablaron sobre esto, nadie lo dijo mejor que el Bueno de Rodrigo, santificado en su devenir mártir, cerrando la discusión en un paralelismo a la altura de la evocación más unánime que hay sobre El Diego: “Si Jesús tropezó, ¿por qué él no habría de hacerlo?”.   

Cuando el mundo se ve sacudido por alguna desgracia, las sociedades -aunque más no sea en apariencia- suelen mostrarse solidarias bajo una misma bandera, con consignas que imprimen un ánimo empático. Desde el “Je Suis Charlie” al “Todos somos X”, se propone la idea de que todos podemos ponernos en el lugar del otro, o volvernos uno con ese otro, dejando de lado cualquier diferencia. Pero para solidarizarse con Maradona, para solidarizarse verdaderamente con toda su existencia, las banderas tendrían que enunciar una frase completamente diferente, incluso opuesta a las anteriores: Nadie es El Diego. Ni siquiera él mismo. Diego es El Diego, el que no puede nombrarse Yo. Y, por esta razón, nuestro D10s contemporáneo.

Él mismo lo dijo, él mismo lo advirtió, con una claridad incontrastable: “Nunca van a poder alcanzar el grado de alegría y de tristeza que puedo alcanzar yo, porque nunca van a estar en mi lugar. Es muy fácil decir «Maradona tendría que haber hecho esto» ¿Cómo? Si no llegan a tener los problemas chiquitos que tiene Maradona ni las alegrías grandes que tiene Maradona. Por eso, cuando hablan por mí, yo digo que son unos mentirosos”. Y en sintonía con esta declaración, recuerdo a un Alejandro Dolina, a razón de aquel trágico Mundial USA 1994, reflexionando sobre la existencia del 10: “La vida de Diego es una vida llena de abismos y de cumbres. De manera que quizás él está más acostumbrado que todos nosotros a que le corten las piernas, a que lo precipiten en un abismo, a alcanzar las alturas del Everest”. Algo de esto también debe haber intuido Emir Kusturica, cuando decidió comenzar su documental sobre el astro del fútbol con una frase de Charles Baudelaire en la que anuncia: “Dios es el único ser que para reinar no tuvo ni siquiera necesidad de existir.” 

Por suerte para todos nosotros, D10s existe, aunque se desprenda de su existencia y sea el primero en saber y en decirnos, mediante esa tercera persona que usa cuando habla, que no hay nadie que sea él.


3/ Armando a Maradona

“Tengo, gano, busco, voy

rompo todo lo que soy”
Wos

“Yo es Otro”

Arthur Rimbaud


Ahora bien, sigamos el hilo de la letra, que es siempre la pista a seguir para quien se proponga descifrar cualquier enigma. Al escuchar “Armando” y “Maradona” toda persona con el oído un poco afinado podrá notar el sonido casi idéntico que producen esas palabras al ser pronunciadas. Es que Armando tiene todas las letras de Maradona. Una es el anagrama de la otra, solamente le falta una a, carencia que se resuelve ubicándola en el medio de las dos palabras: Armando a Maradona. 

Así, no resulta difícil advertir que en su nombre ya se anticipaba la tarea que El Diego tendría que realizar: su nombre era una consigna. Diego iba a tener que armar a Maradona durante toda su vida. Y en ese intento que resulta imposible de concluir, para él y también para todos nosotros, se han hecho a lo largo del tiempo y a lo ancho del mundo una infinidad de entrevistas, libros y documentales con el objetivo de comprender quién es ese hombre aparentemente tan conocido, tan completo y tan absoluto, pero que, ante cada nueva pieza que emerge, se vuelve cada vez más indescifrable. 

La máxima expresión de ese intento, donde se llevó hasta el límite el ejercicio de la tercera persona, ocurrió justamente con El Diego como protagonista en “La noche del 10”, programa que condujo en la televisión argentina durante el año 2005, cuando anunció que se entrevistaría a sí mismo: Maradona entrevista a Maradona. Probablemente no haya ninguna otra entrevista mejor, ninguna con el tono más justo y más amoroso. El Maradona-conductor anuncia al invitado, y el Maradona-invitado entra caminando al estudio de televisión como si estuviera saliendo del túnel de una cancha de fútbol. La cámara realiza una toma aérea del abrazo entre ambos. Parece que fuera Dios el que observa. Y aunque la escena es delirante, porque todos los espectadores sabemos que se trata de un truco de imágenes, al mismo tiempo no resulta para nada improbable que haya dos Maradona, sentados y conversando, uno enfrente del otro.

En el intercambio entre ellos no habrá sólo palabras, porque los D10ses conversan entre sí también con sus gestos. El anfitrión mira a los ojos de su invitado, lo escudriña, muestra el esfuerzo que realiza por también él comprenderlo. Ese otro Diego le despierta una intriga inmensa al conductor, que no sin inocencia le pregunta si hay algo de lo que se arrepienta en su vida. “Nos arrepentimos de no haber disfrutado del crecimiento de las nenas y de no haber podido dar el 100% en el fútbol. Nos drogábamos, no dormíamos, nos consumíamos y después teníamos que salir a la cancha”, responde, frontal, el otro 10.

Maradona pregunta en singular. Maradona responde en plural. Un plural con el que nos cuenta que El Diego son todos los Diegos, todas las partes, todas las piezas del rompecabezas. En esa mesa están sentados miles de Maradonas, sus rostros más diversos, todas sus versiones; como en esos espejos que, enfrentados, se multiplican hasta el infinito y parecen viajar desde el futuro hasta el pasado. Todos los Diegos que caben en un mismo cuerpo y que, por esa misma razón, resulta imposible atraparlos. Incluso para el que en un estudio de televisión toma la voz cantante y vuelve sobre su otro Yo-invitado para saber cuándo se dio cuenta de que era el mejor del mundo: “No me podés preguntar eso, Diego, si vos sabés que siempre pensamos lo mismo. Siempre pensamos que fuimos los mejores”. 

La entrevista avanza con un Maradona conductor pidiéndole algunas definiciones a su entrevistado. “¿Nuestros viejos?” y ahora la respuesta llega en singular “Le pido a Dios que me los conserve por muchísimo tiempo más. Porque quiero recuperar los besos que no les di durante mucho tiempo”. El ping pong continúa: “¿Claudia?”, “el amor de mi vida”, responde el 10, para dar lugar a la última pregunta: “¿mis hijas?”, hasta ese momento referencia exclusiva a Dalma y Gianinna, a las que el Diego-invitado define como “Lo mejor. Todos los amores de toda mi vida resumidos en dos joyas que me dio la vida. Lo más grande.” Para esta altura de la entrevista, el lenguaje tal como lo conocemos, las categorías, Yo-Vos-Nosotros, la ilusoria unidad del Yo, cualquier lógica sobre la existencia humana, todo vuela por los aires. Ya no se sabe quién pregunta ni quién responde, la confusión es total, pero, nuevamente, todo eso parece posible viniendo de quien viene y yendo hacia quien va.

Finalmente, la entrevista termina con las palabras más dulces que un Diego le puede decir a otro. “Quiero agradecerte por haber venido, haberte prestado a todas las inquietudes de la gente. Yo sabía que ibas a decir la verdad, porque te conozco perfectamente, sé quién sos. Yo sé quién sos”. A lo que el invitado responde “para mí, Diego, ha sido un placer estar con vos, de verdad, hablamos de todo.

Gracias, te quiero mucho y cuando me necesites, acá estoy. Un beso grande. Nos vemos, y si no nos vemos, nos sentimos”.

4/ El nombre propio

“Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy)”

Jorge Luis Borges

Retomando la idea de que cada quién tiene el trabajo de hacerse un nombre propio, uno que verdaderamente lo represente y sea distinto al que le fue dado, es posible pensar que Maradona se hizo un nombre, lo construyó, con su cuerpo y con su juego. Por esta razón el nombre que mejor lo representa es un número. El único número que llevó en todas las camisetas a lo largo de su carrera como jugador de fútbol. Número sagrado para las matemáticas. Máxima calificación que una persona puede obtener por su desempeño. Número perfecto, como su juego. El número que Maradona convirtió en firma, una firma que nos cuenta que ese es el nombre que él se estuvo armando durante toda su vida: Diego (10)

En el 10 entran todos. Desde el pibe de Fiorito haciendo jueguito en el potrero hasta el último director técnico de Gimnasia y Esgrima de La Plata. Entran el marido de La Claudia, el papá de La Dalma y La Giannina, el amigo de Fidel. Entra el 10 al que le cortaron las piernas, pero también el que siguió caminando, al que no se le escapa ninguna tortuga. Entran, también, todos los Diego que aún nos faltan conocer y hasta el Diego menos pensado, el insólito, el que percibe cada uno de nosotros y es nuestro, bien propio. Y, sobre todas las cosas, entra El Diego en tercera persona, el de la donación más absoluta y generosa.

Ahí va entonces el más grande de la humanidad jugando su partido. El partido en miles de partes, en miles de piezas, que se vive Armando. Y ahí va detrás de él la mitad más uno del mundo, amando a Maradona, alentándolo con ese amor, ese amor que él despierta, para que El Diego pueda alguna vez terminar de armarse y, por qué no, de amarse también.

TODO DIEGO ES POLÍTICO no es un libro sobre fútbol ni tiene ansias biográficas, está lejos de querer responder o resolver lecturas ajenas sobre Diego Armando Maradona. Más bien, es una invitación a relamerse en el signo abierto, a entregarse a las contradicciones, a morder el fruto.




Fuente: Lobosuelto.com