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Ayuso, Vox y la democracia


September 24, 2021
De parte de Nodo50
231 puntos de vista


24/09/202123/09/2021

La presidenta de la Comunidad de Madrid, Isabel Díaz Ayuso (d, delante), interviene en el pleno de la Asamblea de Madrid, este jueves. EFE/Javier Lizón

No sé si estamos en un momento reaccionario que nace o en los estertores de un momento enloquecido. Dependerá de nosotros y nosotras.

Yo estaba el otro día sentada en la Asamblea de Madrid cuando la presidenta Ayuso decidió soltar las amarras de la razón y convertirse en una especie de demonio al que solo le faltaba echar espuma por la boca… Faltona, insultona, se dirigió a la oposición como “enemigos” y no dijo otra cosa que, en puridad, tonterías. Es una actuación. Cualquiera que la observe en un Pleno puede verlo. Mientras se le hacen preguntas políticas ella se esfuerza en demostrar, con una actuación perfectamente ensayada y que supongo que al principio tendría su dificultad, que desprecia al interviniente, lo que dice, a la persona y a la propia Cámara. Mira papeles, habla con sus compañeros de bancada, habla por teléfono…Toda su actitud está encaminada a demostrar que esto del parlamento le sobra, que no le importa nada y que ella puede permitirse no prestarnos, a los diputados y diputadas, a la oposición, ninguna atención, que le sobra todo este paripé parlamentario. Y luego toma la palabra y, si puede, no habla de política, sino que insulta, desprecia, pretende humillar. Construye a cualquiera que no sea la derecha como enemigo irreconciliable y peligroso.

Todo consiste en decir barbaridades. Hace tiempo que rompió cualquier amarra con la cortesía parlamentaria, que no existe allí donde está ella, sino también con la razón, y con lo que antes, hace relativamente poco, entendíamos por  política.  Quien primero rompió con eso y demostró que así se podía ganar fue Trump. Trump ganó diciendo las barbaridades más grandes, las tonterías, las estupideces, las machistadas… Lo que hizo que Trump ganara fue que se enfrentó a una de las candidatas menos ilusionantes de las últimas elecciones y que acertó en aprovechar (y también en instaurar) un clima social. Ayuso aprovechó el clima de la pandemia y ahora pretende alargar un clima de excepcionalidad y rabia que la haga ganar de nuevo.

No está loca y no es idiota. Ella piensa que si a Trump le funcionó por qué no a ella, que si le ha funcionado (relativamente) a Vox, por qué no a ella. El otro día decía Angels Barceló que su discurso es indistinguible del de Vox y que dice cosas que no se permitirían ni en la barra de un bar. En realidad, lo que hacen Ayuso y la extrema derecha es abrir lo más posible el marco de las barbaridades que se pueden decir en la barra de un bar. Cuantas más barbaridades digan y hagan, más barbaridades estará la gente dispuesta a apoyar; más barbaridades leeremos en los medios, y más barbaridades estaremos normalizando. Y así nuestro umbral de aceptación va ensanchándose. Y finalmente ella (ellos) querrán presentarse como los representantes de ese clima que han instaurado.

Y no sabemos cómo reaccionar, porque ella, o Vox, parecen sacar rédito de todo lo que dicen y hacen, para ellos es una estrategia comunicativa perfecta. La barbaridad es de tal calibre que aparece en todas partes. Los suyos la celebran con entusiasmo (aunque no se lo crean: lo importante es humillar a la izquierda; lo importante es darles en las narices a los intelectuales, a los que se creen superiores, a los que siempre dicen cosas razonadas… lo importante es demostrar quién manda) y los que no son suyos se escandalizan, gesticulan y contribuyen a que se expanda la barbaridad en cuestión. Además, da una cierta sensación de impotencia contestar con un razonamiento a un exabrupto, no es el mismo lenguaje. No importa que la cosa en cuestión no sea creíble, lo que importa es la capacidad para decirla, para imponerla. Lo que importa es ampliar el límite de lo decible y pensable: negro de mierda, marica, comunista que te maten, feminazi, bruja…No importa lo que sea: la izquierda bolivariana quiere matar niños, la homofobia es cosa del psoe y Podemos, el volcán no existe y son fotos trucadas, las vacunas son un complot, el cambio climático es un invento… Por supuesto que Ayuso y la mayoría de los de Vox no creen en nada de esto y puede que la mayoría de los que lo votan tampoco lo crean (algunos, cada vez más, puede que sí) pero lo que importa es poder decirlo y que se escuche, poder imponer ese discurso, construir un enemigo siniestro y tener el poder para presentarlo como el mal. Dar permiso para odiarle, insultarle e incluso golpearle.  Horrorizarnos, escribir artículos sobre su falta de empatía o sobre las idioteces de Toni Cantó no sirve de nada, es lo que pretende provocar. Nos demuestra que ella puede poner a Cantó o al tonto más tonto allí donde ella quiera ¿Quién ha dicho que no puede? ¿Quién es la izquierda para decir lo que se puede o no hacer? En realidad Trump, como Ayuso, juegan a ser “el jefe infiltrado” de la política, los que mandan. Ayer se negaron a obedecer al Presidente del Congreso cuando echó a un diputado del hemiciclo. Se saltan las normas, las leyes, lo que sea, porque los auténticos jefes pueden hacerlo.

La izquierda no puede poner en práctica la estrategia de Ayuso o de la extrema derecha porque apenas tenemos espacio y porque, en fin, no somos iguales. Evidentemente tenemos un peso desigual y un umbral mucho más bajo respecto a las estupideces, canalladas o mentiras que podemos decir (afortunadamente). Si un político de izquierdas dijera una sola de las frases de Ayuso le colgaban de la picota hasta los medios “afines”, no hace falta que nos saltemos la ley para que nos lleven a los tribunales, y, por último,  no creo que a la izquierda esto le diera votos. No tenemos las mismas armas. Lo peor es que nos vamos acostumbrando a este clima que nos asedia por tierra mar y aire. Porque no es Ayuso o Vox, son los jueces, son los medios de comunicación, es la televisión… Una cosa es decir cosas de derechas, por muy de derechas que sean, y otra es que exista un juzgado que investiga a Fernando Simón por el trabajo frente a la pandemia, que se quiera juzgar a Pamela Palenciano por odiar a los hombres, que un político diga que hay que abofetear a otro en un medio y no se le corte,  que diga en sede parlamentaria que los menores inmigrantes son el principal problema de España,  que otro llame “bruja” a una diputada, o, en breve dirán, que lo de las vacunas es un invento. En realidad, se trata de demostrar que la izquierda no tiene derecho a gobernar y hacer el clima invivible. Romper cualquier consenso previo hasta que se instale una especie de clima de odio y locura colectivas que convierta en completamente ilegítimo y odioso al gobierno y se instale la idea de que hay que echarle como sea porque es el mal.

Nos vamos acostumbrando a este clima semifascista mientras pensamos de él lo mismo que pensamos del cambio climático, que ya lo detendrá algo: la tecnología, la democracia, las leyes, el sentido común; que no pasará nada, que si llegan a gobernar se comportarán con normalidad…pero de repente, algo te da un bofetón  y te devuelve a la realidad como las riadas o los incendios del cambio climático (o el asesinato de un gay o una manifestación de nazis por el centro de Madrid) para decirte que lo que lo puede parar somos únicamente nosotros y nosotras.

Aun con todo, no estoy segura de que les de resultado. Trump ganó (aunque no en voto popular) a una de las personas menos ilusionantes para la izquierda como Hillary Clinton. Y luego perdió; con todo a favor suyo, perdió. Necesitan el lawfare, Bolsonaro puede enfrentarse al fin de su carrera; es posible que en Europa se esté abriendo un ciclo progresita. Lo que ocurra con la democracia en el camino es otra cuestión, lo que pretenden es eso: degradar la democracia hasta límites insoportables. Y ahí es donde tenemos que fajarnos haciendo políticas de izquierdas de las que mejoran la vida de la gente de verdad y , no teniendo miedo de sus formas y amenazas, ante su matonismo, firmeza.  Porque asustan, claro que sí, pero no van a ganar.

  • La normalización del insulto
    por Joan Mena




  • Fuente: Blogs.publico.es
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