December 9, 2022
De parte de Acrata Libertario
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Texto escrito en el 2013, en el marco de un trabajo de clase. Correcciones de forma en el año 2022.

“Un fantasma recorre Europa: el fantasma del comunismo”, con esta frase empieza Karl Marx y Friedrich Engels uno de los libros más transcendentales en la historia contemporánea de la humanidad: El manifiesto del Partido Comunista. La presente reseña pretende resumir las ideas centrales del texto (que a la larga terminarían siendo también los ejes sobre los cuales gira el marxismo) y una reflexión en torno al mismo.

Para los autores, así como para la gran mayoría de socialistas del siglo XIX (sabiendo distinguir dos tendencias especialmente: quienes seguían a Marx y los partidarios de las ideas de Bakunin), un enfrentamiento entre diversos sectores sociales ha venido ocurriendo desde hace tiempo en las comunidades humanas, llámese entre patricios y plebeyos, señores y siervos o burgueses y proletarios, sintetizando: entre personas opresoras y oprimidas[1], ello inevitablemente ha llevado a las transformaciones revolucionarias de la sociedad.

Producto de esta serie de confrontaciones la sociedad de mediados del siglo XIX (y no muy diferente a la actual) se encuentra en una fase histórica que el manifiesto llama la “moderna sociedad burguesa”, que nace de las ruinas de la sociedad feudal. En ambos modelos socioeconómicos existían las llamadas “contradicciones de clase”, es decir, la explotación de una clase por la otra y la resistencia de esta última, sin embargo el polo dominante viene a ser reemplazado por nuevas maneras de oprimir. Empero, la burguesía se diferencia (en términos de clase) a la nobleza por “simplificar” estas contradicciones: no divide las tareas propias de la explotación sino que las agrupa en sí misma, a entender: para el feudalismo era necesario diferenciar a los caballeros –semidueños de pequeñas extensiones de terreno- de los mercaderes –cuyo único objetivo era el intercambio de mercancía proveniente de las colonias europeas-, esto a largo plazo terminaría convirtiéndose en rebeliones de señores feudales contra sus superiores o, con mayor contundencia, en el derrocamiento de la nobleza por parte de los comerciantes que se convertirían en la hoy burguesía; en ese sentido, los nuevos explotadores no podían permitirse repetir estas condiciones que propiciarían su caída[2], por tanto recoge en su seno todos aquellos elementos (patronal, instituciones políticas, ejércitos, etc.) que cumplen un rol en la explotación de las personas desposeídas, simplificando la contradicción de clase en solo dos polos: ella misma por un lado y por el otro el proletariado.

Sin embargo, el anterior postulado parece no estar acorde con la realidad después de escrito el texto, especialmente en el llamado “tercer mundo”, aunque también en Europa. El proceso de consolidación de la burguesía como una sola clase hegemónica y unitaria ha sido lento y torpe, por el contrario ha tenido que sofocar rebeliones no solo provenientes del proletariado sino también de capas medias de la sociedad o de potencias extranjeras, véase como ejemplo el de nuestro país a lo largo de los anteriores siglos, donde se enfrentaron “dos burguesías”: por una lado los terratenientes y por el otro la oligarquía industrial (asociados políticamente al partido conservador y liberal respectivamente), esta confrontación llevaría a guerras civiles, escaramuzas militares y la perpetuación de un conflicto armado de baja intensidad hasta nuestros días (impulsando nuevos actores, muchos de ellos revolucionarios de raíz proletaria); dicho ejemplo también se puede ilustrar mejor con las burguesías regionales del país, algunas agrupadas como terratenientes, otras como industriales, bancarias, agroindustriales, etc., que tienden a desarrollar confrontaciones políticas que incluso han trascendido a disputas armadas en escenarios locales

La burguesía es entonces el fruto de un largo proceso de consolidación, acelerado por la revoluciones en el modo de producción e intercambio, a través de la división del trabajo dentro del mismo taller, contrastando con la anterior separación de talleres artesanales, cada uno con su especificidad; ahora en el mismo lugar de trabajo se encontraría la mayor parte de la línea de producción. La industria pasaría de ser una casta media de la sociedad a convertirse en la punta de lanza de la economía emergente, y sus dueños obviamente pasarían a ser parte de la burguesía.

Pero para garantizar su supervivencia como clase es importante no solo tener el monopolio del poder económico, sino conquistar también la hegemonía en el plano político: El Estado moderno, entendido como el conjunto de instituciones que lleva a cabo los intereses de la clase que lo dirige. Anteriormente los reinados, las ciudades-nación y el clero se encargaban del control político sobre la población, para la burguesía es importante el proceso de transformación del gobierno: el nacimiento de la “democracia representativa”, el “voto popular” y los “derechos del hombre” no serían más que herramientas que garantizan el poder absoluto de la burguesía sobre el Estado, haciéndolo pues más grande, burocrático y efectivo en su poderío, en otras palabras, su transformación completa a leviatán.

El manifiesto plantea que “la burguesía ha desempeñado en la historia un papel altamente revolucionario”, tesis con la cual entraría a debatir entendiendo el momento que viven los autores[3], ya que consolidada la hegemonía en más o menos gran parte del mundo se convierte automáticamente en un elemento conservador y reaccionario[4], en ese sentido ha reproducido valores del feudalismo tales como el patriarcado, el autoritarismo, el militarismo y el algunos casos el fanatismo religioso como herramienta de dominio social.

A pesar de ello se puede identificar otro aspecto importante a la hora de entender el nacimiento de la burguesía capitalista: la creciente ola de liberales norteamericanos y europeos que teorizarían el liberalismo económico, incluso adoptado por los elementos más conservadores dentro de la burguesía moderna y relacionados con la anterior nobleza, en palabras del texto “[La burguesía] ha sustituido las numerosas libertades escrituradas y adquiridas por la única y desalmada libertad de comercio”. En ese orden de ideas, los limitados logros conquistados en el marco de las rebeliones del siglo XVIII se reducirían al poder del libre comercio, famoso desde entonces pero cuyo margen se amplía casi que hasta el infinito en el marco del neoliberalismo. Volviendo al tema, la explotación en este nuevo contexto se diferencia por centrarse en el factor económico, diferenciándose del feudalismo, donde el componente religioso tendría mayor peso: el trabajo humano se ve, al igual que cualquier otro servicio o producto, como una mercancía que se compra y se vende en el mercado, no necesita (por lo menos teóricamente) una justificación sobrenatural. El capitalismo posee entonces un modelo de explotación “abierta, descarada, directa y brutal” como bien lo señala Marx y Engels.

Esta nueva clase necesita no solo consolidar su poder económico y político, sino como se mencionaba antes, garantizar su supervivencia, razón por la cual se está reescribiendo a sí misma constantemente, entre otras cosas con adelantos tecnológicos que a la larga reacomodan los mecanismos de producción y como consecuencia la transformación (a veces sutil y otras veces radical) de las relaciones sociales. Del mismo modo, en ese proceso permanente de constitución unitaria como clase, la burguesía necesita estar presente en todos los países y crear vínculos que le permita blindar sus intereses, a ello hoy en día se le pone el título de “globalización”, donde la mejor herramienta para penetrar las viejas fortalezas ha sido los bajos precios de su mercancía, que le permiten llegar a todos los mercados y acceder a lugares que antaño eran inexpugnables.

Para la burguesía trasnacional no existen las fronteras ni “industrias nacionales”, por el contrario, el mismo momento en que se escribe el manifiesto presenciaría también el nacimiento de diferentes compañías que estallan en ganancias producto de la revolución tecnológica y el surgimiento de los grandes imperialismos tecno-industriales, la lucha de clases es para Marx y Engels en un primer momento una “lucha nacional”, no entendida como el surgimiento de un nacionalismo proletario sino como una necesidad táctica en la transformación de la sociedad.

Sobresale también, en retrospectiva una vez leído el texto, que la mayor parte del manifiesto comunista no trata de explicar, paradójicamente, el comunismo más allá de un par de páginas, sino que se enfoca en definirse a través de su opuesto: relata de manera detallada la génesis, auge y entrañas del capitalismo. Es decir, este texto, de cierta manera contraintuitiva, es una buena entrada para entender al capitalismo, aunque su forma de escritura pretende trazar un puente lógico para generar una narrativa sobre este de forma tal que sus principales contradicciones se resuelvan en mirada hacia el comunismo, como teoría marxista, es decir, el comunismo surge como un síntesis que pretenda superar al capitalismo una vez expuestos sus principales problemas intestinos.

A modo de conclusión de este capítulo, la burguesía no solo se recrea a sí misma, sino producto de las contradicciones que son la esencia de su existir también genera las condiciones de su destrucción: el no poder garantizar en el largo ni el corto plazo un estado de bienestar para el proletariado producirá insatisfacción en este y grados de autoorganización cada vez mayores. Para Marx y Engels “La burguesía produce, por tanto, sus propios sepultureros”.

Steven Crux
Septiembre 2013


[1] Sin embargo es importante tener presente que las llamadas revoluciones (motores de la historia) no solo surgen por esta confrontación, sino que se dan también por contiendas políticas y económicas entre sectores de una misma clase dominante, donde cierta tendencia pretende establecer su hegemonía frente a otra; véase el caso de la burguesía en revolución francesa contra la casta noble. Los mismos Marx o Engels hablarán de esto en el manifiesto.

[2] Aunque como lo expone el manifiesto, las contradicciones de clase del capitalismo llevará inevitablemente a su derrumbe.

[3] El capitalismo no se ha consolidado completamente por lo menos en toda Europa occidental, razón por la cual diferentes burguesías nacionales impulsan rebeliones como las de 1848.

[4] Su implantación como sistema político y socio-económico sucedería para finales del Siglo XIX y principio del XX, pero para ilustrar mejor esta tesis se podría tener en mente la aparición en el escenario de la URSS y la expansión de su modelo (que se puede identificar como “Capitalismo de Estado”), de nuevo la burguesía tradicional empezaría a perder influencia y volvería a ser un agente “revolucionario” en coyunturas como la Primavera de Praga o la caída de la cortina de hierro en 1989, sin que por ello abandone su condición conservadora.




Fuente: Acratalibertario.wordpress.com