June 7, 2021
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
320 puntos de vista


En el mundo feliz que dej贸 plasmado el escritor brit谩nico Aldous Huxley en su novela hom贸nima de 1932, las personas viven drogadas y felices, manipuladas por un plan superior en el que la ciencia m谩s puntera s贸lo sirve a una estructura de dominaci贸n. Ahora no tomamos 鈥檚oma鈥 -la droga que consumen los personajes de Huxley-, pero tenemos un abanico infinito de aplicaciones y servicios gratis dise帽ados espec铆ficamente para convertirnos en felices adictos y en los aut茅nticos recursos que surten la acumulaci贸n de riqueza en el nuevo capitalismo que ordena el mundo. Bienvenidos al capitalismo de vigilancia, el lugar en el que nunca nos hemos sentido tan libres pese a ser observados sin descanso.

Tu smartTV te observa. Pero tambi茅n tu tel茅fono, tu coche, tu robot de limpieza, tu asistente de Google y hasta esa pulserita que monitoriza el n煤mero de pasos que das. Una pista: todos los productos que llevan la palabra smart o incluyen la coletilla de 鈥檖ersonalizado鈥 ejercen de fieles soldados al servicio del capitalismo de vigilancia. As铆 lo resume Shoshana Zuboff, profesora em茅rita de la Harvard Business School y creadora del concepto llamado a sepultar el capitalismo que hemos conocido hasta ahora.

Su origen se remonta a hace dos d茅cadas con la burbuja de las 鈥檖untocom鈥, y a煤n no somos conscientes de que la era econ贸mica ha cambiado. Establezcamos primero el nuevo mapa para saber orientarnos en esta realidad econ贸mica.

Capitalismo industrial vs. capitalismo de vigilancia

En el capitalismo industrial, los propietarios de los medios de producci贸n son los emprendedores que, a trav茅s de una inversi贸n, compran las materias primas y la estructura necesaria para la producci贸n de bienes y servicios, y contratan mano de obra con este fin. El objetivo 煤ltimo es colocar estos productos en el mercado, donde los clientes coinciden con los trabajadores. El medio sobre el que reposa todo el sistema del capitalismo de vigilancia, sin embargo, es la infraestructura digital. Las redes de internet, las tecnolog铆as inform谩ticas y las propias vidas humanas son los medios de producci贸n imprescindibles para proveer datos personales, la aut茅ntica materia prima del sistema.

La mano de obra ya no est谩 configurada por empleados que reciben un salario a cambio de su trabajo, sino por usuarios de aplicaciones y servicios gratuitos, satisfechos de adquirirlos a cambio de ceder sin consentimiento a m煤ltiples empresas un registro de sus experiencias vitales.

En el nuevo capitalismo, los datos personales se acumulan para producir el bien que se pondr谩 a la venta en el mercado: predicciones sobre nosotros mismos. Los propietarios de los medios de producci贸n, ya lo habr谩n adivinado, no son otros que los que ejercen el monopolio del negocio digital: Google, Facebook, Apple y Amazon. A su modelo, sin embargo, se han sumado todo tipo de compa帽铆as del entorno tradicional. “El capitalismo industrial, con todas sus crueldades, era un capitalismo para las personas. En el de vigilancia, por el contrario, las personas apenas somos ya clientes y empleados, somos por encima de todo fuentes de informaci贸n. No es un capitalismo para nosotros, sino por encima de nosotros”, sentencia Shoshana Zuboff en una entrevista en la BBC.

El fil贸sofo surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berl铆n y autor de una decena de libros, profundiza en esta idea: “El ser humano es un terminal de corrientes de datos, el resultado de una operaci贸n algor铆tmica. Con este saber se puede influir, controlar y dominar totalmente a las personas”.

C贸mo descubri贸 Google la bola de cristal

Volvemos a la crisis de las 鈥檖untocom鈥. A finales del siglo pasado, Google, una compa帽铆a entonces al茅rgica a la publicidad, tuvo que replantearse su modelo de negocio y c贸mo lograr rentabilidad. Sheryl Sandberg, directiva al frente de la publicidad on line de la firma, lleg贸 a la conclusi贸n de que la combinaci贸n de la informaci贸n derivada de su algoritmo y los datos computacionales recogidos de sus usuarios pod铆an ofrecer un an谩lisis muy interesante para que los anunciantes no erraran su objetivo. Con una predicci贸n de qui茅n necesitaba o deseaba qu茅, el anunciante sab铆a a qui茅n dirigirse y qu茅 venderle.

“Google hab铆a encontrado una f贸rmula para predecir comportamientos humanos”, resume Zuboff, quien establece en este punto un “giro oscuro e inesperado” en el capitalismo de vigilancia, “pues reclama experiencias humanas privadas para convertirlas en datos de comportamiento e integrarlas en el mercado”.

Entre 2001 y 2004, los ingresos del motor de b煤squeda crecieron casi un 3.600%. En marzo de 2008 Sandberg fue fichada por Mark Zuckerberg para Facebook, donde implantar铆a el mismo modelo de 茅xito.

A partir de aqu铆, esta estructura de negocio se extendi贸 a todos los 谩mbitos econ贸micos, donde los datos suponen ahora la verdadera fuente de riqueza. “Los servicios que ofrece el capitalismo de vigilancia consisten en predicciones basadas en datos sobre nuestros comportamientos, y estas predicciones se venden a otras empresas como anunciantes, aseguradoras, grandes almacenes o proveedores sanitarios”, desgrana la economista norteamericana.

La mentira del consentimiento y la adicci贸n

Para la creaci贸n de estos datos en cantidades masivas para extraer predicciones como de una bola de cristal, los humanos resultan agentes imprescindibles. La singularidad es que, en este nuevo capitalismo, nadie les cuenta que suponen la mano de obra gratis. Tampoco lo importantes que son sus comportamientos, sus h谩bitos, sus deseos, sus miedos, sus sue帽os, sus proyectos, sus dudas. Todos estos detalles, esta intimidad, es extra铆da desde la infraestructura digital para ser vendida. Y ni siquiera hay una remuneraci贸n por ello. 驴C贸mo hemos llegado a consentir esto?

Para Paloma Llaneza, abogada, experta en ciberseguridad y autora de Datanomics, la respuesta se reduce, primero, a que el consentimiento en realidad no existe cuando escribimos nuestros datos personales r谩pidamente para bajarnos a煤n m谩s r谩pido una aplicaci贸n gratis o recibir una newsletter semanal. “El consentimiento es una de las grandes mentiras de internet”, afirma en una conversaci贸n con elEconomista. La experta asegura que el problema empieza cuando nuestros datos son usados para otras finalidades y cedidos a terceras empresas que buscan conocernos mejor y sacar un perfil de c贸mo somos. Esto es legal, pero el usuario normalmente accede a los t茅rminos sin haberlos le铆do en profundidad. E incluso cuando lo hace, resulta dif铆cil no perderse en la terminolog铆a legislativa, t茅cnica y los conceptos. “Sin saberlo, el usuario puede estar dando consentimiento a ser escaneado en redes sociales y, de ah铆, se saca el perfil de la persona. Solo con las fotos de Instagram ya se pueden deducir cosas del comportamiento”, explica.

Si cada vez m谩s empresas nos est谩n utilizando, la siguiente pregunta es 驴por qu茅 lo aceptamos como algo irremediable? 驴Por qu茅 no decir 鈥檅asta鈥? Llaneza -quien, por cierto, no utiliza WhatsApp ni est谩 en Facebook- nos invita a enfocar la atenci贸n en otro punto, a adentrarnos en aspectos de la psicolog铆a humana. S贸lo entonces resulta obvio que tampoco un alcoh贸lico dice 鈥檅asta鈥 frente a otro botell铆n de cerveza. “Las aplicaciones est谩n basadas en un inteligent铆simo sistema de adicci贸n y gamificaci贸n. Dise帽an esto para hacernos adictos, todo es como un juego y tienes que participar para formar parte de la sociedad”, resuelve.

Una vez que somos adictos, parece pr谩cticamente imposible decir 鈥檔o鈥 a ceder nuestra vida una vez m谩s a cambio de la 鈥檃pp鈥 del momento. La abogada considera que las personas no son inconscientes, sino adictas, y que viven en un estado de infantilizaci贸n ante la tecnolog铆a. “A m铆 me preguntan: 鈥櫬縞贸mo puedes vivir sin WhatsApp?鈥, y yo les contesto: 鈥櫬縴 t煤 c贸mo puedes vivir tan enganchado?”, relata.

El fervor adolescente de querer formar parte de lo 煤ltimo, recibir atenci贸n y no perder comba de lo que hace el grupo afecta ahora a todos los grupos de edad. Como los personajes de Huxley, las personas son felices con aplicaciones que les ahorran tareas tan sencillas como apagar la luz. En otros casos, ni siquiera eso. 驴Recuerda esta app que cotejaba una foto de la cara con pinturas cl谩sicas para ver a qu茅 rostro inmortal se parec铆a m谩s? La finalidad de este juego era crear modelos para el reconocimiento facial y servirlos en bandeja a la inteligencia artificial para que, en el futuro, quiz谩 nos puedan denegar el acceso en un local determinado. De haberlo sabido, probablemente nadie hubiera ca铆do en la trampa. De ah铆 que la gamificaci贸n, la t茅cnica por la que cualquier cosa adquiere formato de juego, sea capital en el nuevo sistema.

“Se nos est谩 enga帽ando por partida doble” -expone en uno de sus art铆culos Evgeny Morozov, escritor e investigador experto en la implicaci贸n social de la tecnolog铆a, “en primer lugar, cuando hacemos entrega de nuestros datos a cambio de unos servicios relativamente triviales, y, en segundo, cuando esos datos son despu茅s utilizados para personalizar y estructurar nuestro mundo de una manera que no es ni transparente ni deseable”.

El cebo no es un regalo

Adem谩s de la gamificaci贸n, la otra clave que explica que se ponga en funcionamiento el ciclo de la adicci贸n reside en la gratuidad de estos servicios. Las apps gratuitas son el cebo, no un regalo que le hace una empresa magn谩nima. A trav茅s de ellas, comienza la extracci贸n de datos, la acumulaci贸n de comportamientos que ser谩n horneados para poner en bandeja un fest铆n de predicciones listas para ser transformadas en dinero. “Detr谩s de todo esto est谩 el problema de la gratuidad”, incide Paloma Llaneza, para quien el cebo de los servicios gratis emergi贸 como f贸rmula alternativa de la monetizaci贸n.

La gratuidad no s贸lo hace m谩s sencillo que las compa帽铆as sigan recolectando datos personales, sino que quede abierto el grifo de la precarizaci贸n laboral. O m谩s bien, de una “autoprecarizaci贸n” que acabar谩 afectando al mismo ciudadano que ha descargado un servicio gratis. As铆 lo explica la experta en ciberseguridad: “Si no est谩s acostumbrado a pagar por contenidos, por servicios, por informaci贸n especializada, al final alguien en el otro lado de la cadena de valor se resentir谩. Alguien perder谩 su trabajo y, antes o despu茅s, a ti te va a tocar”.

Las personas, felices con la innovaci贸n tecnol贸gica -como en cualquier religi贸n, la cr铆tica no es tolerada-, han abierto las puertas de su casa a que la vigilancia contin煤e en su refugio m谩s 铆ntimo. El llamado Internet de las Cosas, que ya cuenta con sus primeros esc谩ndalos tras convertir a ingenuos juguetes en esp铆as de ni帽os, ha llegado para maravillarnos con sus efectos hipn贸ticos. “Le digo a Alexa que me apague las luces y las apaga. 隆Es magia!”, ejemplifica con sorna Llaneza, aludiendo al 鈥檃sistente鈥 de Google.

Los aparatos conectados a internet nos ofrecen un panorama oscuro donde la vigilancia queda sellada. En concreto, la autora de Datanomics alerta sobre la evoluci贸n de la televisi贸n inteligente -smart TV-. Los 煤ltimos modelos est谩n concebidos para que la conexi贸n a la red sea 24 horas los siete d铆as de la semana. “Es como tener un micr贸fono en tu casa”, se queja Llaneza, quien advierte de otra perversi贸n m谩s: las apps que permiten encender la televisi贸n desde el propio m贸vil. As铆, los h谩bitos que se tienen ante la televisi贸n, el tiempo que pasas vi茅ndola, “si paras en una escena determinada de sexo, de amor o violencia”, quedan guardados y se mezclan con los datos extra铆dos del m贸vil.

Los robots de limpieza conocen el per铆metro de tu casa, tu coche sabe si metes bien o mal las marchas, tu libro electr贸nico registra qu茅 prefieres leer, y Alexa… Alexa lo sabe todo. “El hombre y sus datos se ponen al servicio de internet. Pienso que estoy leyendo un ebook, pero en realidad es el ebook el que me lee a m铆”, critica el fil贸sofo surcoreano Byung-Chul Han.

Vigilados pero 鈥檒ibres鈥 y felices

“No vivimos en un mundo conectado, vivimos en un mundo vigilado”, sentencia la experta en seguridad. El doctor en Filosof铆a instalado en Alemania se suma a esta idea y compara la nueva observaci贸n de los ciudadanos con el sistema del pan贸ptico de la arquitectura carcelaria. “En la c谩rcel, hay una torre de vigilancia. Los presos no pueden ver nada pero todos son vistos. En la actualidad se establece una vigilancia donde los individuos son vistos pero no tienen sensaci贸n de vigilancia, sino de libertad”, explica en su obra La expulsi贸n de lo distinto (Herder), que analiza el impacto de la hipercomunicaci贸n y la hiperconexi贸n en la sociedad. Para Han, la sensaci贸n de libertad que brota en los individuos es enga帽osa: “Las personas se sienten libres y se desnudan voluntariamenate. La libertad no es restringida, sino explotada”. El profesor asi谩tico expone que “la gran diferencia entre internet y la sociedad disciplinaria es que en esta 煤ltima, la represi贸n se experimenta. Hoy, en cambio, sin que seamos conscientes somos dirigidos y controlados”.

驴Han pasado por delante de un gimnasio e inmediatamente han recibido una notificaci贸n con una irresistible oferta para apuntarse? 驴Han chateado con un amigo por WhatsApp sobre un viaje a Estocolmo y han empezado a recibir anuncios de alojamiento en Suecia? 驴Han comentado en voz alta que les apetece comer una pizza y su pantalla les bombardea con ofertas de alguna conocida pizzer铆a? Si alguna vez les ha pasado algo de esto, no se maravillen y p谩rense a pensar. No es magia, es el capitalismo de vigilancia aliment谩ndose de sus vidas.

El Economista




Fuente: Grupotortuga.com