March 3, 2021
De parte de Lobo Suelto
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Hago una pausa. Tengo los codos sobre la mesa de vidrio y la mirada perdida en el ventanal. All谩 afuera, las nubes blancas, infinitas, se mantienen firmes ante m铆. Sobre la mesa hay un libro abierto que en su secreta afinidad con Fukuyama anuncia la llegada de un nuevo apocalipsis: el fin del amor. A su derecha est谩 el paquete de pa帽uelos descartables, el cuaderno y la taza vac铆a de caf茅. Despego un brazo y lo estiro hacia la cer谩mica tibia. La acerco a mi nariz y me dejo inundar por el aroma tostado que todav铆a expulsan los restos s贸lidos de la infusi贸n. Bajo la mirada hacia las p谩ginas del libro.

Leo.

Deb铆a preguntarse muchas cosas a esa edad, deb铆a estar confundida. Deb铆a pensar mucho, imaginar sola, sola en ese mundo tan raro como ella. Un mundo privado, terriblemente privado. Deb铆a preguntarse c贸mo era el universo de los otros, c贸mo sent铆an, c贸mo pensaban, c贸mo hac铆an sus cosas sin tanta regla, sin tanta ley. Deb铆a experimentar la incomodidad de un cuerpo, del suyo, tan inaccesible y extra帽o como el de los dem谩s: sus pelos, sus ropas, sus piernas, sus manos, todo parec铆a sexual desde esa visi贸n temerosa e infantil. Deb铆a preguntarse muchas cosas a esa edad.

Para ocultar el rubor, la verg眉enza que deb铆a sentir frente al semblante firme de los otros, ella se pon铆a a hablar y teorizaba: el mundo tal como lo conozco no es el mundo. Es el de ellos, legislado desde las sombras, desde un escenario dram谩tico en el que todos deben construir, frente a los dem谩s, su propia imagen. A帽os m谩s tarde, esa realidad superficial la esperar铆a con los brazos abiertos. Es lo que diferencia al cristianismo del juda铆smo: ac谩 todos son bienvenidos. Solo se exige un sacrificio, algo m铆nimo, una especie de circuncisi贸n pero del alma. Entonces s铆, habiendo entregado esa libra de carne, habiendo dado lo que hab铆a que dar, se est谩 en condiciones de acceder. La libertad del mercado, la fugacidad del orgasmo, el cuerpo sin cuerpo, el amor universal, el coraz贸n de un dios abstracto como abstracto es el dinero para quien lo atesora y no lo gasta: ac谩 todos son bienvenidos. Pero ella teorizaba. Entonces deb铆a sentir algo extra帽o, una emoci贸n profunda, incierta, como si fuera una extranjera en busca de nuevas tierras. Tierras ignotas, oscuras, aunque repletas de misterios. Deb铆a hablar para sus adentros. Deb铆a escuchar un silencio privado, fr谩gil, que se estaba a punto de quebrar.

Mitad privado, mitad p煤bico, el colegio secundario le mostr贸 las puertas de una percepci贸n. La gestualidad trabajada, el sacrificio y la disciplina, esa impronta de intelectualidad que sirve de pretexto para todo. Deb铆a sentirse maquillada cada vez que sal铆a al mundo, cada vez que cruzaba las fronteras del barrio y se perd铆a como una m谩s en el anonimato hermoso de las calles. Calles finas, calles anchas, largas y cortas, sin tanta pollera, peluca, telas, negocios y mantas: el universo de los otros. Deb铆a perderse en el sentimiento de ser nadie y deb铆a disfrutar de esa ausencia, de ese olvido absoluto. Deb铆a sentirse aliviada en los paseos, en las caminatas por las veredas libres. Sin embargo, como sucede en los ni帽os y en las parejas, con el paso del tiempo el juguete pierde inter茅s. Ese juguete libre y fascinante pasar铆a al caj贸n de los recuerdos para dar lugar a otros m谩s brillosos y prometedores. Era el fin del anonimato, el inicio de una nueva era.

Para abandonar la inexistencia, esa libertad clandestina de no estar, deb铆a parecerse al mundo que la recib铆a. No era necesario erotizarse, solo hab铆a que exaltar lo er贸tico en el universo infinito de las palabras. Hablar del cuerpo como una coartada para su desaparici贸n. Como los infieles que se muestran en lugares frecuentados para que nadie sospeche que est谩n haciendo algo prohibido, el mundo intelectual se encuentra plagado de escritores que hablan del cuerpo er贸tico como una forma de esconder su ausencia. Algo parecido deb铆a sentir ella desde su visi贸n de extranjera. Por eso, para ocultarse, era necesario repetir esa experiencia infantil, ese primer encuentro que hab铆a marcado para siempre su relaci贸n con el mundo. Hablar y teorizar. Deb铆a haber algo de ostentaci贸n en todo eso. Ostentaci贸n excesiva, abstracta y racional, id茅ntica a la de su ley, que se prolongar铆a m谩s tarde en la Facultad de Filosof铆a y Letras. Debi贸 haber conocido desde ni帽a el placer por los sentimientos puros, el elogio gradual del control, del orden, de la ausencia absoluta de penetraci贸n, de succi贸n, de sodom铆a, de sadismo. Ya adulta, deb铆a experimentar placer al controlar el deseo, al volverlo manso. Deb铆a lograrlo en cada palabra, en cada texto, en cada frase dirigida hacia alguno de sus amigos. Y deb铆a sentirlo como una victoria sobre ese mundo aterrador, incontrolable, que de pronto se mostraba manso frente a la pureza efectiva de los conceptos.

Dejo de leer.

Sin levantar la cabeza, alejo la mirada del libro y, por un momento, le escapo al ahogo de sus palabras. Con la mirada en blanco, subsumido ahora en un nuevo estado, recuerdo. Las im谩genes fluyen sin que me aferre a su sentido, pasan de largo y vienen otras. Llegan momentos, frases, personas. A los pocos segundos enderezo el cuello, hasta que, sin darme cuenta, vuelvo a mirar a trav茅s del vidrio limpio del ventanal. En el momento en que lo hago, llega un recuerdo, una situaci贸n concreta, una imagen que entonces parece una revelaci贸n. La actividad de la memoria me produce una especie de arrebato, una vitalidad repentina que se manifiesta de diferentes maneras: mi pie derecho empieza a dar golpes nerviosos contra el piso; los m煤sculos de mi pierna, efecto de los golpes nerviosos del pie derecho, comienzan a temblar de manera floja; los p贸mulos se tensan como si estuviera por sonre铆r; los labios se alargan en l铆nea recta sin despegarse; la cabeza gira de un lado al otro como si me indignara, como si negara algo, o, en realidad, como si no pudiera creer que estoy leyendo el libro de una mujer que alguna vez conoc铆. Sorprendido por la coincidencia y por la peque帽ez indiscutible de la peque帽a burgues铆a, me esmero en dejar la imagen y vuelvo a las p谩ginas del libro. 

Leo.

Con devoci贸n religiosa, deb铆a sentarse en los pupitres de la Facultad a incorporar la ley de los conceptos del mismo modo en que, a帽os m谩s tarde, lo har铆a con la ley del amor. Deb铆a ingresar al aula con esa ostentaci贸n de intelectualidad id茅ntica a la de sus compa帽eros, con ese modo de hacerle saber al mundo que todo, absolutamente todo, pod铆a adaptarse a la materia inerte de la filosof铆a. A juzgar por la disciplina invariable de sus estudios, se hubiera dicho que la aspiraci贸n a ese goce abstracto no dejaba de ser un simple medio, como luego lo ser铆an otros, para el reconocimiento social, esa pasi贸n vedada para los habitantes de su barrio. Sea como fuere, el amor debi贸 haber estado siempre como problema, como pregunta, como palabra. A帽os m谩s tarde, ya cerca de terminar sus estudios, se frustrar铆a al reconocer la distancia que la alejaba de las parejas contempor谩neas.

Deb铆a sentirse d茅bil al imaginar el poder de esos hombres, tan distintos a lo que ella hubiera querido: sujetos poderosos que saben lo que hacen y hacen lo que quieren; due帽os de ese mundo sin garant铆as que ella intenta combatir. Deb铆a sentir la injusticia marcada a fuego en sus entra帽as cuando el tel茅fono no vibraba, cuando no respond铆an lo esperado, cuando el universo no se reg铆a seg煤n su ideal de responsabilidad. Deb铆a sentirse buena, casta y pura, como sus conceptos, cada vez que el mundo no rodaba seg煤n su parecer, cada vez que las ganas de los otros no se ajustaban a las suyas y 隆pobre! volv铆a a caer en esa trampa. As铆 como Rembrandt pudo pintar a la Virgen Mar铆a como una simple campesina holandesa 鈥揺sto lo dec铆a Marx鈥 no resulta extra帽o que una mujer religiosa se represente al mundo del amor de una manera que le es familiar. La ley fue abandonada, aunque no su abstracci贸n, raz贸n vac铆a sin cuerpo, con la que el nuevo mundo fue creado.

Deb铆a sentir el dolor de esa deuda, la de los hombres, esa deuda imposible de pagar 鈥揳hora llega el turno de Simone Weil: 鈥淟os hombres nos deben lo que hab铆amos imaginado que nos dar铆an. Perdonarles esa deuda. Yo tambi茅n soy distinta de lo que imagino ser. Saberlo, es el perd贸n鈥. Pero ella no. Ella no es distinta de lo que imagina. Ella es exactamente lo que imagina. Por eso no hay lugar para el perd贸n, para el malentendido, para el desencuentro. Solo hay cielos e infiernos, malos y buenos. Entonces, me pregunto antes de levantar la cabeza y mirar por el ventanal, 驴habr谩 salido alguna vez de ese barrio? 

Dejo de leer.

Durante algunos segundos detengo el flujo de mis ideas e imagino las calles del Once. Al hacerlo, recuerdo a una compa帽era de la Facultad, ahora devenida en profesora, que de un tiempo a esta parte realiza de manera p煤blica un elogio compulsivo a ese barrio al que nombra como 鈥渆l m谩s plebeyo鈥 y que, recuerdo mientras giro la cabeza hacia la pared, ella siempre padeci贸. 驴Cu谩l es el precio? 驴Qu茅 costo tiene esa distancia entre lo que se dice y lo que se siente, entre la ret贸rica p煤blica y la vivencia real? Esa monoton铆a ajena, distante, tambi茅n vac铆a y abstracta, me recuerda a la mujer del libro que leo, aunque hoy no haga otra cosa que imaginar una vida y una pose de la que sospecho.

Leo.

Deb铆a buscar garant铆as, deb铆a creer que el mundo sin ellas no es m谩s que una incertidumbre espantosa, un vac铆o imposible de pensar. Deb铆a evitar miradas, rechazar caramelos, desconfiar de extra帽os. Deb铆a tratar de regular, casi legislar, los modos del placer. Era evidente que la religi贸n ya no alcanzaba. As铆 como ciertas medidas securitistas y represivas solo pueden ser llevadas a cabo por gobiernos de izquierda, era necesario acudir a una ret贸rica liberadora para ponerle un poco de orden al infinito inabarcable del deseo. En la escritura, al igual que en el amor, hay m谩s verdad en el amateur que en el profesional. Hay m谩s riesgo, m谩s placer: otra presencia. Solo una profesional del amor que mira todo desde afuera, impoluta, una profesional del mundo, digamos, puede pensar, como dice, que la noche, para los hombres, es un parque de diversiones.

Dejo de leer.

Doy vuelta el libro y dejo las p谩ginas tapadas contra la mesa. Levanto la mirada. Producto del azar, de mi falta de gracia o de mi torpeza, de esa que todo el tiempo me somete a la incomodidad de no saber qu茅 hacer con las manos, recuesto la palma derecha sobre la tapa roja del libro. 驴Por qu茅 me enoja tanto? 驴O eleg铆 ese libro justamente para eso, para enojarme? Detengo la mirada en un punto invisible y permanezco inm贸vil en la absorci贸n hipn贸tica que me genera ese espacio. Poco a poco, los resabios de lectura se disuelven y solo permanece la pregunta: 驴estoy leyendo para enojarme? La conciencia de estar con los ojos abiertos en mi casa, en esta mesa frente al ventanal, me permite recuperar la sensaci贸n de estar sobre esta silla desde hace m谩s de cuarenta minutos. No. No leo para enojarme. Leo para ver, para descubrir algo, aunque solo sea una emoci贸n.

Como si despertara, sacudo la cabeza hacia un lado, hacia el otro, y reconozco de a poco los objetos del lugar. Miro los tablones del parquet, opacos y diferentes, el sill贸n, el televisor, los parlantes, el celular. Todo me parece propio, incluso la gente que escucho caminar por el pasillo, del otro lado de la puerta. Comprendo entonces que, durante el tiempo en que detuve los ojos en el ventanal, me permit铆 un breve descanso. Pero ya es hora de volver. Doy vuelta la tapa roja y descubro el inicio del tercer cap铆tulo.

Leo.

Ni el m谩s entusiasta escritor de autoayuda se hubiera animado a tanto. El mismo Stamateas, sentado frente al escritorio de su country en San Fernando, hubiera considerado excesivo tal ejercicio de la persuasi贸n. Como sea, ella, sin llamarse psic贸loga, sin confundirse con esa casta desprestigiada de la autoayuda, se dedica a brindar herramientas para la superaci贸n personal.

Dejo de leer.

Estoy molesto. Sin mover el brazo izquierdo que desde hace varios minutos me sostiene el ment贸n, agarro una pila de p谩ginas y, luego de apretarla con el costado del dedo 铆ndice y la yema del pulgar, la desplazo hacia el centro del libro abierto. De a poco inclino la mano, giro la palma y veo c贸mo la pila se dobla convirti茅ndose en un arco tenso de papel. Con un movimiento sutil, casi imperceptible de mi dedo, suelto de a una las p谩ginas que, con su sonido caracter铆stico 鈥損, p, p, p鈥, caen tendidas del otro lado del libro. Atrapado por esa actividad en la que reconozco un placer misterioso, seguro de mi decisi贸n de ganar tiempo y no perderlo en ideas que, comprendo ahora, no me interesan, avanzo unas cincuenta p谩ginas y llego al cap铆tulo final.

Leo.

Pero no puedo. Intento pero no puedo. Perd铆 el estado, la frecuencia, el empecinamiento absurdo que, hasta hace unos minutos, me hizo leer. Y ahora, despu茅s de un largo rato de lectura, despu茅s de enojarme, de imaginar, de reflexionar, de suponer, me ahoga un vac铆o oscuro, como si de pronto me faltara algo. Perd铆 esa fuerza, o lo que sea, que cada tanto aparece. Una energ铆a, como un rel谩mpago, que me traslada a emociones, a lugares, a pensamientos, y a la que me aferro cuando viene porque s茅 que en cualquier momento se puede ir. Una intuici贸n que es como un faro, un silbido hermoso en la oscuridad. Con los ojos firmes, perdidos en las manchas negras del papel, imagino esa fuerza, o lo que sea. La miro de cerca, la acaricio y comprendo que ese ir y venir, esa incertidumbre inexplicable, encantadora, se parece al amor m谩s que cualquiera de las ideas del libro. Pero ahora esa fuerza no est谩. Se fue. Esta vez la interrupci贸n no vino del mundo externo (gritos del vecino, perros que ladran o la vibraci贸n molesta del celular) sino de adentro. Perd铆 la continuidad, eso que necesito para hacer cualquier cosa.

Mientras lucho contra la fragmentaci贸n, el cambio de actividad y la interrupci贸n del proceso en marcha, pienso en la distancia que muchas veces cre铆 que me alejaba de la realidad, en la vivencia difusa que tengo de estos d铆as. Miro todo como un nene que, ante una pel铆cula de terror, se pone las manos en la cara, no para dejar de ver, sino para sentir la proximidad de los dedos que, de un segundo al otro, podr铆an taparle la vista.




Fuente: Lobosuelto.com