November 16, 2021
De parte de Portal Libertario OACA
166 puntos de vista


Parece ser el territorio un elemento importante en el crecimiento de la econom铆a, que es como decir en la acumulaci贸n de capitales. Con la perspectiva del cambio clim谩tico y de la 鈥渢ransici贸n energ茅tica鈥 del capitalismo, el territorio en tanto que paisaje es un factor estrat茅gico de primer orden en boca de sus administradores. No hace falta calentarse la mollera con esto, pues cada a帽o en Catalu帽a son clasificadas como suelo urbanizable m谩s de cien mil hect谩reas, al tiempo que toda clase de infraestructuras devoran la tierra f茅rtil. La sobreurbanizaci贸n implica la hipermovilidad. En el territorio catal谩n se producen alrededor de veinte millones de desplazamientos diarios, la mayor铆a en veh铆culo privado (el n煤mero de coches crece a mayor velocidad que el de habitantes). Encima, un alud de proyectos 鈥渄isneylandistas鈥 camuflados o no tras la candidatura Barcelona-Pirineos a los Juegos de Invierno lo quieren transformar; planes, leyes y decretos a montones concurren para regular dicha transformaci贸n sin molestarla demasiado. Como de costumbre, el discurso dominante alude al desarrollo y a los mercados, y apunta a 鈥渘uevas expectativas de actividad鈥 y 鈥渙portunidades鈥 para los h谩bitats rurales, pero a帽ade ingredientes ecodesarrollistas como lo de la cohesi贸n territorial, el ocio responsable, la conservaci贸n del patrimonio y la protecci贸n del medio ambiente. En la pr谩ctica, la fragmentaci贸n y la fagocitaci贸n del territorio contin煤an su camino ascendente. Como sea que el inter茅s particular es la ley y que, desde hace m谩s de dos siglos, las ganancias determinan la tonadilla de los dirigentes, el cambio de letra denota un cambio de direcci贸n en la obtenci贸n de plusval铆as. 驴Qu茅 es lo que pasa? 驴D贸nde estamos? A fin de encontrar respuestas adecuadas pasaremos revista desapasionadamente a la actual realidad catalana.

Catalu帽a es una sociedad plenamente urbana, una 鈥渃iudad de ciudades鈥, como dir铆an los tecn贸cratas de la socialdemocracia catalana. El 95% de la poblaci贸n vive en n煤cleos de m谩s de dos mil habitantes y hay censados menos de 25.000 campesinos. El derecho a la ciudad tan caro a los urbanistas de la 鈥渋zquierda鈥 institucional ahora es un deber; casi todo el mundo ha de vivir aunque no lo quiera en un entorno urbanizado. El modo de vida caracter铆stico de la urbe se ha generalizado, o dicho de otra manera: el vivir se ha industrializado. Al menos desde de los fastos ol铆mpicos del 92, Catalu帽a es una especie de archipi茅lago metropolitano, o m谩s claro, un 鈥渟istema鈥 urbano fuertemente centralizado. El pa铆s orbita alrededor de una enorme conurbaci贸n de casi cinco millones y medio de habitantes -una de las m谩s grandes y contaminadas de Europa- conectada con otras m谩s peque帽as, que en conjunto abarca el 16% del territorio. De un modo u otro, todos los catalanes son barceloneses. Catalu帽a entera obedece a las necesidades de la metr贸polis, dictadas por la din谩mica desarrollista a ultranza correspondiente a la fase globalizadora. Es la 鈥淐atalu帽a ciudad鈥 so帽ada por los idealistas burgueses de los ochenta, macrocef谩lica y depredadora, elitista y fenicia, crisol de trepas y especuladores, que no obstante se describ铆a con rostro humano, cosmopolita y progresista, cuna de un capitalismo popular, democr谩tico y participativo, llena de oportunidades para todos. Si la Gran Barcelona industrial de los sesenta y setenta era el motor de la econom铆a espa帽ola, ahora, en plena terciarizaci贸n, se afana por ser un nodo -un 鈥渉ub鈥- de la econom铆a mundial. Si prestamos atenci贸n a quienes mueven los hilos de la planificaci贸n in煤til y deciden el infeliz destino de los catalanes, el paso siguiente es formar parte de una 鈥渆urorregi贸n鈥 mediterr谩nea con el turismo por 煤nico soberano, donde los beneficios se multipliquen por diez y el pastel nunca se acabe.

La metr贸polis ha sido siempre el problema, nunca la soluci贸n. En cualquier momento, su poder desintegrador del territorio ha sido inmenso. Las elites urbanas lo reconfiguraron brutalmente -lo 鈥渞eordenaron鈥- imponi茅ndole unas servidumbres tras otras. De hecho, la contradicci贸n entre campo y ciudad se desvaneci贸 hace treinta o cuarenta a帽os. Los l铆mites municipales se fueron desbordando hasta que las diferencias entre dentro y fuera quedaron borradas. Todo termin贸 en urbano o periurbano. Se puede afirmar que hoy en d铆a en Catalu帽a el mundo rural propiamente dicho no existe o es muy residual. Bueno, a煤n se cultiva el 25% del territorio, pero la agricultura se desenvuelve bajo par谩metros industriales y acata las reglas impuestas por las multinacionales de la alimentaci贸n. Es una agricultura no soberana, sin verdaderos agricultores. Los viejos saberes campesinos se perdieron irremisiblemente, igual que las costumbres o el derecho consuetudinario. De las pr谩cticas antiguas de los pueblos tales como los consejos abiertos, los repartos vecinales, la enfiteusis, los campos abiertos y los bienes comunales o propios nadie se acuerda. En fin, el modo de producci贸n agrario tradicional, y junto a 茅l, la sociedad aut茅nticamente campesina, desapareci贸 hace casi un siglo. Era precapitalista, luego incompatible con el capitalismo y con el tipo de Estado centralizador y fiscalizador correspondiente: ten铆a que ser liquidado. A pesar de todo, el proceso de exterminio fue lento: en 1890 la producci贸n agraria, basada en la trinidad cereales-vid-olivo, todav铆a superaba a la industrial. Hasta entonces, Catalu帽a era un pa铆s mayorit谩riamente agr铆cola. Hoy apenas tiene industrias propiamente dichas. La gente del campo perdi贸 el control de los lugares donde viv铆a y sigui贸 por fuerza las directrices del mundo urbano. Los campesinos se convirtieron en ocupantes del patio trasero de la metr贸polis, los 煤ltimos en enterarse de lo que les concierne. El campo perdi贸 poblaci贸n a espuertas. Cerca de la cuarta parte de los municipios catalanes hoy est谩n en peligro de extinci贸n. Toda una civilizaci贸n se hundi贸 sin remedio y ni siquiera el museo etnol贸gico es capaz de ofrecer un cad谩ver folkl贸rico convincente. Habr谩 que echar mano al azar de algunas antiguallas para poder confeccionar una identidad local susceptible de convertirse en capital simb贸lico y atraer visitantes. El territorio esta siendo reinventado para adquirir el mayor valor posible en los mercados vacacionales. Eso no es nuevo en absoluto; la novedad consiste en que si la reinvenci贸n antes era consecuencia del capitalismo posmoderno, ahora es su premisa. La tierra es m谩s que nunca de quien no la trabaja: el territorio es para explotar m谩s que para vivir. La casa del labrador se llen贸 de urbanitas. 驴C贸mo hemos llegado a esto? Veamos las etapas de este maldito recorrido.

La 鈥渞evoluci贸n鈥 industrial provoc贸 el retroceso econ贸mico de la producci贸n agraria y alumbr贸 una nueva clase de asentamiento sin contornos fijos, donde se concentraban bancos, f谩bricas y mano de obra, en gran parte proveniente del campo: la ciudad industrial. Barcelona, que en la Guerra de Sucesi贸n ten铆a solo 35.000 habitantes, creci贸 hasta los 184.000 en 1857, en v铆speras de la demolici贸n de sus murallas, lo cual origin贸 la expansi贸n fabril por el llano circundante. Primero el ferrocarril y luego el tranv铆a crearon los suburbios. Si en el a帽o 1900, Barcelona contaba con m谩s de medio mill贸n de habitantes, principalmente burgueses y proletarios, durante la Guerra Civil sobrepasaba el mill贸n, el 37 % de la poblaci贸n catalana. A partir de entonces, el peso de la ciudad, rodeada por un cintur贸n industrial, no cesar谩 de aumentar, y la lucha de clases, a pesar de la derrota republicana, seguir谩 caracterizando su historia hasta el advenimiento de la sociedad de consumo masivo. La agricultura tradicional, ya descomunalizada, caer谩 en picado con la llegada de la mecanizaci贸n, los abonos qu铆micos, los cultivos especializados y la ganader铆a intensiva. All谩 por los a帽os cincuenta del siglo pasado, la mas铆a entr贸 en crisis para nunca jam谩s remontar. La demanda del mercado nacional seguir铆a empujando hacia arriba la industria y, en consecuencia, extendiendo la conurbaci贸n. Las autoridades franquistas fueron muy conscientes del fen贸meno y aplicaron las normas de zonificaci贸n recomendadas por el CIAM, decretando la separaci贸n entre f谩bricas y viviendas y el traslado de la industria barcelonesa al extrarradio. El Plan de Ordenaci贸n de Barcelona de 1953 fue el primer intento de racionalizaci贸n instrumental de la Barcelona metropolitana. A lo largo de los a帽os sesenta y gracias al autom贸vil se consolidar谩 una primera corona de 36 municipios, reconocida legalmente en 1974 como Corporaci贸n Metropolitana, y luego rebautizada como AMB, 脕rea Metropolitana de Barcelona. La continuidad del urbanismo franquista m谩s all谩 de la muerte del dictador dio un salto cualitativo en 1987, cuando la Generalitat pujolista disolvi贸 la corporaci贸n por temor a ceder poder a una instituci贸n en manos de competidores pol铆ticos.

La numerosa llegada de inmigrantes entre 1965 y 1975 hab铆a propiciado la construcci贸n de horrorosos bloques abiertos de pisos de calidad 铆nfima que enriquecieron a sus promotores, afearon el paisaje urbano y segregaron a los trabajadores en barriadas obreras cada vez m谩s alejadas de un centro cada vez m谩s degradado e insalubre. De los equipos municipales nacidos en las primeras elecciones de 鈥渓a democracia鈥 salieron reformas tecnopopulistas que contaron con un cierto soporte empresarial, profesional y vecinal. El modelo Barcelona, elaborado por arquitectos 鈥渞ecosedores鈥, defensores de la institucionalizaci贸n de las coronas, fue el paradigma urban铆stico del desarrollismo posfranquista. Cuando hubo reactivaci贸n econ贸mica, el id铆lico 鈥渄erecho a la ciudad鈥 del urbanismo de fachada social-tecnocr谩tico desemboc贸 en una apuesta por el transporte privado y una prosaica subida del precio del metro cuadrado, suprimi茅ndose en la pr谩ctica el derecho a la vivienda y d谩ndose v铆a libre a la especulaci贸n, a la destrucci贸n del patrimonio y a la gentrificaci贸n. En 1977, bastante antes de la entrada de Espa帽a en la Comunidad Europea, la ocupaci贸n en el sector servicios sobrepas贸 a la ocupaci贸n industrial. La circulaci贸n -o los 鈥渇lujos鈥- y el tratamiento industrial de actividades terciarias aventajaban en capacidad de empleo a la decadente producci贸n fabril. Eso significaba cada vez m谩s un uso no manufacturero de los viejos pol铆gonos y un uso no agr铆cola del espacio rural. Barcelona tuvo que 鈥減onerse guapa鈥, que es como decir que hubo de adaptarse a las condiciones de la naciente 鈥渃ultura del ocio鈥, o mejor, industria del entretenimiento. De derechos del ciudadano no qued贸 ni un pellizco. Ante el impulso del consumo privado -ante la colonizaci贸n de la vida cotidiana- la alianza pol铆tica entre las clases medias, la aristocracia obrera y los empresarios progresistas hizo aguas. Con el posfranquismo econ贸mico se agotaron las metas universales y todo el mundo se sumergi贸 en la vida privada. A mediados a帽os ochenta, mucho m谩s de la mitad de los catalanes se consideraba clase media y so帽aba en coches de alta gama, adosados y vacaciones en contacto con la naturaleza domesticada. Entonces, tal como ya hab铆a pasado con la costa, la frecuentaci贸n sistem谩tica y masiva del interior, especialmente de la monta帽a pirenaica, -y la construcci贸n de segundas residencias que derivaba de ello- se revel贸 como la mayor fuente de ingresos y la mejor alternativa a la industrializaci贸n. La comercializaci贸n del tiempo 鈥渓ibre鈥 ofrec铆a sin lugar a dudas mejores expectativas que la producci贸n de alimentos, tejidos, electrodom茅sticos o motocicletas: el deseo de los asalariados de evadirse del traj铆n cotidiano era mucho m谩s rentable que la demanda de v铆veres y bienes de consumo. Pasado un tiempo, el derecho de escapar un rato de la aglomeraci贸n urbana ahogar铆a el derecho a habitar en un entorno campestre y a cultivarlo. Prioridad pues al cemento, al asfalto y al esparcimiento mercantilizado. La urbanizaci贸n se hizo difusa, consumidora abusiva de terreno y muy agresiva. El territorio tuvo que incrementar su conectividad, mejorar sus accesos y multuplicar los espacios recreativos. Las urbanizaciones, los hoteles y los campings, la red viaria y finalmente internet nos introdujeron en una especie de pesadilla extractivista. Las infraestructuras tomaron m谩s importancia que el espacio p煤blico y los h谩bitos cooperativos anta帽o arraigados: los t茅cnicos al servicio de los inversores dijeron que 鈥渧ertebraban鈥 el territorio mucho m谩s que las tradiciones y la solidaridad, y nosotros decimos que definen la dominaci贸n -el Poder- mejor que las instituciones.

Incluso antes del horizonte del 92 se impusieron los partidarios de la desregulaci贸n del mercado del suelo y la supresi贸n de trabas ordenancistas. Un urbanismo perverso -al que podr铆a llamarse ol铆mpico- tom贸 el relevo al urbanismo t谩ctico de las plazas duras y los 鈥渆sponjamientos鈥, escudado en una calamitosa arquitectura de 鈥渕arca鈥 y un gran acontecimiento deportivo. Entr谩bamos en la sociedad de los edificios-espect谩culo. El sector inmobiliario se perfilaba ya como motor principal de la econom铆a. La superficie construida se duplic贸 en seguida; el proceso de suburbanizaci贸n fue m谩s intenso que nunca y se dio preferencia descarada a las autopistas. La corrupci贸n y la deuda de los consistorios ayudaron lo suyo. A cuenta de las clases medias motorizadas, los conjuntos residenciales camparon a sus anchas. Surgieron como setas grandes superficies, naves log铆sticas y zonas de aparcamiento. Se proyectaron nuevas 鈥渞ondas鈥, 鈥減atas鈥 y variantes. La expansi贸n del 谩rea metropolitana y la expulsi贸n de los pobres de la capital y la AMB fueron el resultado inmediato. En la d茅cada de los ochenta se levantaba acta de una segunda corona sin status oficial de m谩s de cuatro millones de habitantes. Agrupaba a 164 municipios. En los noventa, la primera corona se hab铆a colmatado e incluso perd铆a habitantes, mientras que la segunda, denominada Regi贸n Metropolitana de Barcelona, RMB. dispon铆a de suelo y se extend铆a a discreci贸n. La destrucci贸n del territorio estaba servida. Hacia el 2000, se fusionaba lo urbano con lo periurbano. Est谩bamos a un paso de la 鈥淐atalu帽a-ciudad鈥, o m谩s exactamente, en la Catalu帽a globalizada. La 鈥渧ocaci贸n metropolitana鈥 del capitalismo pol铆tico catal谩n se hab铆a realizado, pero 隆de qu茅 manera! El ritmo acelerado de vida en la conurbaci贸n, los nuevos h谩bitos consumistas promovidos por el endeudamiento alegre y una panor谩mica de gr煤as, mostraban sus horribles resultados. Barcelona-municipio permanec铆a en el centro del caos, luciendo escaparates, celebrando ferias, ofreciendo plazas hoteleras y empleos basura, y disparando el precio de la vivienda. As铆, los problemas se traspasaron al territorio, objeto de los fren茅ticos fines de semana de centenares de miles de personas. Aparte de los da帽os ambientales, el alto grado de dispersi贸n edificatoria elev贸 en gran medida el coste de los servicios y de las infraestructuras imprescindibles, obligando a una t铆mida regulaci贸n del hecho metropolitano mediante un Plan Territorial aprobado en 1998, pero no concretado del todo hasta 2010. El inter茅s privado se sobrepon铆a claramente al p煤blico (supuestamente el de la administraci贸n) o, mejor dicho, ambos se hab铆an vuelto id茅nticos.

No era necesario que encima se apostara ostentosa y gratuitamente por las finanzas internacionales y el turismo, como hizo el desastroso F贸rum maragalliano de las Culturas de 2004, puesto que la parquetematizaci贸n de Barcelona era un hecho afianzado y la globalizaci贸n, algo imposible de evitar aunque se quisiera. La crisis inmobiliaria posterior convenci贸 a la plutocracia catalana de la urgencia de finalizar el periodo de edificaci贸n desordenada y vertederos incontrolados. Se impon铆a girar -aunque fuese de boquilla- hacia lo verde de acuerdo con las instrucciones europeas. En 2008 la poblaci贸n concentrada en la RMB se acercaba a los cinco millones y la llegada de turistas bat铆a todos los r茅cords. El turismo surg铆a como el 煤nico motor econ贸mico de la Catalu帽a de los 鈥渇lujos鈥 apaciguados. La explotaci贸n intensiva del territorio en todas direcciones y el despilfarro de recursos asociado que comportaba -en idioma tecn贸crata, la 鈥渄iversificaci贸n de la oferta鈥 ante la 鈥渄emanda externa鈥- clamaba por un maquillaje completo. El paisaje, sucio, maltratado y desmembrado, era m谩s que nunca un elemento b谩sico del 鈥渞elanzamiento econ贸mico鈥, especialmente en las zonas entre mar y monta帽a, donde se estaban ubicando las v铆as del tren de los ejecutivos (el TAV) y las pistas de aterrizaje en compa帽铆a de los aerogeneradores, las placas fotovoltaicas, las incineradoras, las l铆neas de alta tensi贸n y las plantas de reciclado. La entrada de Catalu帽a鈥漞n el siglo XXI鈥, es decir, el progreso de la clase dirigente catalana en el panorama internacional exig铆a cosas ecol贸gicamente incorrectas como la ampliaci贸n del aeropuerto de El Prat. De cualquier forma, el ruido en torno al calentamiento global y la energ铆a 鈥渓impia鈥 obligaba a una normativa conservacionista de improbable aplicaci贸n.

En realidad, apenas se trata de la conservaci贸n del medio o de modificaciones significativas del modelo energ茅tico 鈥渇贸sil鈥, y en absoluto del final del sistema alimentario globalizado o de la especulaci贸n a todos los niveles: era caso de la explotaci贸n 鈥渟ostenible鈥 del territorio (sic), o sea, de planificaciones 鈥渇lexibles鈥 y 鈥渁justadas a la diversidad鈥 que no disminuyan la rentabilidad de las operaciones, ni la credibilidad de las autoridades. Se trata pues de la incorporaci贸n suave de los costes de la destrucci贸n del territorio al precio del producto tur铆stico-residencial, a trav茅s de una suerte de fusi贸n de ambientalismo, pol铆tica y negocios. En resumen, el desarrollismo te帽ido de verde. Una nueva ley, todav铆a en fase de anteproyecto, cargar谩 con la tarea de establecer un uso del territorio que los expertos al servicio de los promotores quieren 鈥渆ficiente鈥, 鈥渃ompetitivo鈥 y a su manera 鈥渟ostenible鈥, de forma que las condiciones reales que nos han llevado a la situaci贸n en la que nos encontramos no se alteren sustancialmente, las fuentes del beneficio privado no se agoten, y la locomotora del progreso contin煤e su marcha por los ra铆les del estatismo hacia el precipicio sin que ning煤n freno intervenga.

Miquel Amor贸s

Jornades per l’agitaci贸 鈥淩ehabitem les ruralitats鈥, a Les Llosses (Ripoll猫s) el 18 de setembre de 2021




Fuente: Portaloaca.com