July 23, 2021
De parte de Arrezafe
306 puntos de vista


“Hemos saqueado el
mundo, desnudando la tierra con nuestra voracidad… Hemos estado
impulsados por la codicia, si su enemigo es rico; por la ambición,
si es pobre… Destrozamos, masacramos, nos apoderamos de todo con
falsos pretextos y, lo presentamos como la construcción de un gran
imperio. Y cuando a nuestro paso no queda nada, más que un desierto,
a eso lo llamamos paz romana” 
.

Tácito,
historiador romano.

El terrible estado del
imperio estadounidense

Chris Hedges

  Transcripción: Arrezafe

El imperio estadounidense
está llegando a su fin. Agobiada por crecientes déficits, los
devastadores efectos de la desindustrialización y los acuerdos
comerciales mundiales, la economía estadounidense está siendo
consumida por las guerras en el Medio Oriente y la vasta expansión
militar en todo el mundo.

Nuestra democracia ha
sido secuestrada y destruida por corporaciones que constantemente
exigen más recortes de impuestos, más desregulación e impunidad
frente a los masivos fraudes financieros y el continuo saqueo de
billones del tesoro estadounidense en forma de rescates.

El país ha perdido el
poder y el respeto necesarios para inducir a los aliados en Europa,
América Latina, Asia y África a cumplir sus órdenes. Agrega a
esto la creciente destrucción causada por el cambio climático y
tendrás la receta para una distopía emergente.

La gestión de este
descenso en los niveles más altos de las instituciones está en
manos de una caterva heterogénea de imbéciles, estafadores,
ladrones, oportunistas y generales guerreros. Y sí, el partido
democrático incluido.

El imperio seguirá su curso renqueando, perdiendo influencia, hasta que el dólar caiga como
moneda de reserva mundial, hundiendo a Estados Unidos en una
depresión paralizante y forzando instantáneamente una reducción masiva de nuestra maquinaria militar. A menos que se produzca una
revuelta popular repentina y generalizada, cosa que no parece
probable, la espiral de la muerte parece imparable, lo que significa
que Estados Unidos, tal como lo conocemos, ya no existirá en una
década o dos como máximo.

El vacío global que
dejaremos atrás lo llenará China, ya consolidada como
un gigante económico y militar. O quizás sea un mundo multipolar
conformado por Rusia, China, India, Brasil, Turquía, Sudáfrica y
algunos otros estados. O tal vez dicho vacío se colme, como escribe
el historiador Alfred Mccoy, por una serie de corporaciones
transnacionales, fuerzas militares multilaterales, como la OTAN, y un
liderazgo financiero internacional, auto-proclamado en Davos y
Bilderberg, que forjará un nexo supranacional para reemplazar a
cualquier nación o imperio.

En todos los campos,
desde financiero y la inversión en infraestructura, hasta la
tecnología avanzada, incluidas las supercomputadoras, el armamento
espacial y la guerra cibernética, China nos están superando
rápidamente. En abril de 2015, el Departamento de Agricultura de
EEUU predijo que la economía estadounidense crecería en torno a un
50 por ciento durante los próximos 15 años, mientras se prevé que
la economía de China se triplique y supere a la de EEUU hacia
el 2030.

China se convirtió en la
segunda economía más grande del mundo en 2010, el mismo año en que
devino la principal nación manufacturera del mundo, dejando al
margen a Estados Unidos que había dominado la manufactura mundial
durante un siglo. El Departamento de Defensa emitió un sobrio
informe evaluando los riesgos en un mundo posterior a la primacía
estadounidense. En dicho informe se constata que el ejército
estadounidense, y cito, “ya no disfruta de una posición
inexpugnable frente a otros estados competidores, ya no puede
generar una superioridad militar local, constante y sostenida en ultramar”. Mccoy predice que el colapso se producirá en 2030.

Los imperios en
decadencia abrazan un suicidio casi voluntario. Cegados por su
arrogancia e incapaces de afrontar la realidad de su poder
menguante, se retiran a un mundo de fantasía donde la dura realidad
ya no es tenida en cuenta. Sustituyen la diplomacia, el
multilateralismo y la política con amenazas grandilocuentes
unilaterales y el instrumento contundente de la guerra. Este
autoengaño colectivo hizo que Estados Unidos cometiera el mayor
error estratégico de su historia, el que dictó la muerte al
imperio: la invasión de Afganistán e Irak. Los arquitectos de la
guerra en la Casa Blanca de George W Bush y la variedad de idiotas
útiles de la prensa y del mundo académico que la animaron sabían
muy poco sobre los países invadidos, eran asombrosamente ingenuos
sobre los efectos de una guerra a gran escala y fueron sorprendidos
por un feroz retroceso.

Sostuvieron que Saddam
Hussein tenía armas de destrucción masiva, aunque no existían
evidencias válidas que apoyaran dicha afirmación. Insistieron en
que la democracia se implantaría en Bagdad y se extendería por
Oriente Medio. Aseguraron a la población que las tropas
estadounidenses serían recibidas como libertadoras por iraquíes y
afganos agradecidos. Prometieron que los ingresos petroleros
cubrirían el costo de la reconstrucción. Insistieron en que los
ataques militares, audaces y rápidos, restablecerían la hegemonía
estadounidense en la región y el dominio en el mundo, pero hicieron
lo contrario, tanto que, como Brzezinski apuntó, la decisión de
emprender esta guerra unilateral contra Irak precipitó una
deslegitimación generalizada de la política exterior
estadounidense.

Los historiadores del
imperio señalan a estos fiascos militares, característicos de todos
los imperios tardíos, como micromilitarismo. Los atenienses estaban
inmersos en este micromilitarismo cuando, durante la guerra del
Peloponeso, invadieron Sicilia sufriendo la pérdida de 200 barcos y
miles de soldados, desencadenando revueltas en todo el imperio. Gran
Bretaña hizo lo propio en 1956 cuando atacó a Egipto por una
disputa sobre la nacionalización del Canal de Suez y tuvo que
retirarse, humillada y precipitadamente, dando lugar a una serie de
líderes nacionalistas árabes, como Gamal Abdel Nasser de Egipto, y
socavando el poder británico sobre sus pocas colonias restantes.
Ninguno de dichos imperios se recuperó.

Mientras en su ascenso
los imperios suelen ser juiciosos e incluso racionales en su
aplicación de la fuerza armada para conquistar y controlar los
dominios de ultramar, los imperios en decadencia se inclinan hacia
desproporcionadas demostraciones de fuerza, soñando con audaces
golpes militares mediante los cuales recuperar, de alguna manera, el
prestigio y el poder perdidos, escribe Mccoy. Generalmente
irracionales, incluso desde un punto de vista imperial, estas
microoperaciones militares pueden producir hemorragicos gastos o
humillantes derrotas que solo aceleran el decadente proceso en
marcha.

Pero los imperios
necesitan más que fuerza para dominar a otras naciones, necesitan de
una mística. Esta mística, siempre una máscara para el saqueo
imperial, la represión y la explotación, seduce a algunas élites
nativas que se muestran dispuestas a cumplir las órdenes del poder
imperial, o al menos a permanecer pasivas, proporciona una pátina de
civilización e incluso de nobleza para así justificar en casa el
coste en sangre y dinero necesarios para mantener el imperio.

El sistema de gobierno
parlamentario que, en apariencia, Gran Bretaña implantó en sus
colonias, la introducción de deportes británicos, como el polo, el
cricket y las carreras de caballos, junto con los vistosos uniformes
de los virreyes y el boato de la realeza, estaban cimentados sobre lo
que los colonos consideraban la invencibilidad de su armada y su
ejército. Inglaterra pudo mantener unido este imperio desde 1815
hasta 1914 antes de verse obligada a una retirada constante.

La inflamada retórica de
Estados Unidos sobre la democracia, la libertad y la igualdad, junto
con el baloncesto, el béisbol y Hollywood, así como nuestra propia
deificación del ejército, cautivaron y atemorizaron a gran parte
del mundo a raíz de la Segunda Guerra Mundial. Por supuesto, tras el
telón la CIA utilizaba su arsenal de trucos sucios orquestando
golpes de Estado, amañando elecciones, perpetrando asesinatos,
practicando oscuras campañas de propaganda, sobornos, chantajes,
intimidación y, por supuesto, tortura.

Pero, ya nada de esto
funciona. Las fotografías de abusos físicos y humillaciones
sexuales perpetradas contra los prisioneros árabes en Abu Ghraib
inflamaron al mundo musulmán, alimentaron a Al Qaeda y luego a Isis
nutriendo sus filas. El asesinato de Osama Bin Laden –estaba
desarmado, se llama asesinato–, y de una serie de líderes
yihadistas, incluido el ciudadano estadounidense Aanwar al-Awlaki,
fue una clara burla del estado de derecho.

Los cientos de miles de
muertos y millones de refugiados que huyen de nuestras debacles en el
Oriente Medio, junto con la amenaza casi constante de drones aéreos
militarizados, nos muestran como terroristas de estado. Hemos
repetido en Oriente Medio la propensión del ejército estadounidense
a las atrocidades generalizadas, la violencia indiscriminada, las
mentiras y los errores de cálculo fatales que llevaron a nuestra
derrota en Vietnam.

La brutalidad ejercida en
el extranjero va acompañada de una creciente brutalidad en el país.
La policía militarizada mata a tiros a personas pobres de color, en
su mayoría desarmadas, y colma las cárceles de un sistema
penitenciario que alberga a un asombroso 25 por ciento de la
población reclusa del mundo, aunque los estadounidenses representan
tan solo el cinco por ciento de la población mundial.

Muchas de nuestras
ciudades, así como el transporte público, están en ruinas. Nuestro
sistema educativo, en severo declive, está siendo privatizado. La
adicción a los opioides, el suicidio, los tiroteos masivos, la
depresión y la obesidad mórbida plagan a una población que ha
caído en una profunda desesperación. La extrema desilusión y la
ira que condujeron a la elección de Donald Trump, una reacción al
golpe de estado corporativo y la pobreza que aflige al menos a la
mitad del país, han destruido el mito de una democracia efectiva.




Fuente: Arrezafe.blogspot.com