March 3, 2021
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Original en catal谩n

La idea de que los hombres poseen un cerebro masculino y las mujeres un cerebro femenino es muy antigua, anterior incluso a la propia investigaci贸n cient铆fica sobre el cerebro (lo que hoy llamamos neurociencia). Ya en el siglo XIX y ante el creciente empuje del movimiento sufragista y la llamada primera ola del feminismo, la craneolog铆a y la frenolog铆a fueron utilizadas para demostrar que la inferioridad intelectual de las mujeres (y, por tanto, su papel subalterno en la sociedad) eran consecuencias naturales del menor peso y tama帽o de sus cerebros (Russet, 2009).

Hoy en d铆a estas ideas nos parecen rid铆culas. Actualmente sabemos que la frenolog铆a y la craneolog铆a son pseudociencias, y que el peso o el tama帽o del cerebro no poseen ninguna relaci贸n con la inteligencia, ni con ninguna otra caracter铆stica psicol贸gica. Sin embargo, y como acreditan decenas de libros de divulgaci贸n y un incontable n煤mero de art铆culos de prensa, blogs, posts y tweets, la idea de que existen cerebros masculinos y cerebros femeninos sigue estando firmemente establecida en nuestra sociedad. Evidentemente, ninguna de esas publicaciones mantiene que los cerebros de los hombres son superiores a los de las mujeres. Lo que s铆 propugnan es que los cerebros femeninos y los cerebros masculinos son claramente distintos, y que esas diferencias dotan a hombres y mujeres de habilidades cognitivas y disposiciones temperamentales distintas (como por ejemplo, que el cerebro masculino ser铆a m谩s matem谩tico y racional mientras que el cerebro femenino ser铆a m谩s ling眉铆stico y emocional).

Aunque m谩s sutil en las formas, este nuevo mensaje no es muy distinto que su predecesor. Sigue siendo esencialista, ya que mantiene la idea de que todos los hombres son por naturaleza de una determinada forma y todas las mujeres son de otra, y, aunque parece igualitario, no lo es, ya que las habilidades y predisposiciones que se atribuyen al cerebro masculino son consideradas m谩s importantes y gozan de una mayor valoraci贸n social que las atribuidas al cerebro femenino. Adem谩s, la idea de que existen cerebros masculinos y cerebros femeninos es un mito, una conclusi贸n arbitraria que emana de sesgos y estereotipos culturales y que no se corresponde con los resultados de la investigaci贸n neurocient铆fica, e incluso los contradice. Para demostrarlo, evaluaremos uno a uno los tres postulados principales de este modelo, a saber: 1) los cerebros de los hombres y de las mujeres presentan muchas diferencias entre s铆; 2) esas diferencias son muy grandes, por lo que puede afirmarse que existen dos tipos de cerebros: un cerebro masculino y un cerebro femenino, y 3) la existencia de grandes diferencias cerebrales resulta en 芦grandes diferencias cognitivas禄, temperamentales y de comportamiento.

驴Existen muchas diferencias entre los cerebros de los hombres y los cerebros de las mujeres?

Ning煤n investigador o investigadora de este 谩mbito pone en cuesti贸n la existencia de diferencias entre mujeres y hombres a distintos niveles de organizaci贸n y funcionamiento cerebral. Ahora bien, si a esas mismas investigadores e investigadoras les preguntamos cu谩ntas diferencias hay o cu谩les son esas diferencias, encontraremos mucho menos consenso.

As铆, por ejemplo, a nivel anat贸mico 鈥搎ue es en el que nos centraremos por ser el m谩s accesible y mejor caracterizado鈥 son pocas las diferencias que resultan incontrovertibles. La m谩s evidente es una que ya hemos comentado: el cerebro de los hombres es, en promedio, un 11鈥% m谩s grande que el de las mujeres. Sin embargo, esa diferencia es similar a la que se observa en nuestra altura o peso, as铆 como en el volumen de otros 贸rganos (h铆gado, coraz贸n, ri帽ones鈥), por lo que ese 11鈥% parece ser m谩s un reflejo de las diferencias de escala o talla que existen entre nuestros cuerpos que una caracter铆stica diferencial propia o espec铆fica de nuestros cerebros.

Mucho m谩s complejo resulta concluir algo acerca de las posibles diferencias entre hombres y mujeres respecto al volumen de regiones cerebrales concretas, ya que no todos los estudios cient铆ficos encuentran los mismos resultados. Ante esta situaci贸n, lo 煤nico que puede hacerse es recurrir a un metaan谩lisis o intentar identificar una tendencia com煤n en los estudios m谩s fiables y, sobre todo, ser muy prudentes en nuestras conclusiones. Desgraciadamente, esto no es siempre lo que ocurre. Con demasiada frecuencia los resultados de un solo estudio son tomados como verdades absolutas, y sus conclusiones son comunicadas de forma precipitada e inexacta a la sociedad. Adem谩s, por lo general, los estudios que alcanzan esta popularidad no son los m谩s fiables o representativos, sino aquellos que muestran diferencias m谩s extremas.

Un ejemplo muy claro de este fen贸meno es el caso del llamado cuerpo calloso (un conjunto de fibras que conecta los dos hemisferios cerebrales). El cuerpo calloso salt贸 a la fama en los a帽os ochenta tras la publicaci贸n de un estudio en la revista Science que afirmaba que esta estructura es mayor en mujeres que en hombres (DeLacoste-Utamsing y Holloway, 1982). Aunque este estudio se basaba en una muestra peque帽a y presentaba varias deficiencias metodol贸gicas (v茅ase Bishop y Wahlsten, 1997), un gran n煤mero de medios de comunicaci贸n se hizo eco de sus conclusiones, lo que instaur贸 鈥搕anto en la comunidad cient铆fica como en la sociedad鈥 la idea de que esta era una diferencia fundamental entre hombres y mujeres. Sin embargo, algunos a帽os despu茅s se public贸 un metaan谩lisis (Bishop y Wahlsten, 1997) que llegaba a una conclusi贸n totalmente opuesta: cuando se analizaban conjuntamente los resultados de todos los estudios publicados hasta esa fecha no parec铆a existir ninguna diferencia entre hombres y mujeres en cuanto al tama帽o del cuerpo calloso. Es m谩s, el art铆culo de DeLacoste-Utamsing y Holloway aparec铆a como una anomal铆a dentro del conjunto de estudios realizados, ya que mostraba resultados mucho m谩s extremos que todos los dem谩s.

No obstante, este metaan谩lisis pas贸 desapercibido. Ning煤n medio de comunicaci贸n repar贸 en 茅l o, si lo hicieron, no creyeron que fuera noticioso, por lo que sus conclusiones solo llegaron a una peque帽a parte de la comunidad cient铆fica. As铆, a d铆a de hoy el art铆culo de DeLacoste-Utamsing y Holloway (1982) sigue siendo mucho m谩s citado que el de Bishop y Wahlsten (1997), y numerosas publicaciones no especializadas siguen afirmando taxativamente que el cuerpo calloso es mayor en mujeres que en hombres, e incluso presentando esta supuesta diferencia como responsable de un sinf铆n de supuestas diferencias cognitivas que tampoco han sido cient铆ficamente demostradas.

Con este ejemplo no se pretende decir que no existan diferencias anat贸micas entre los cerebros de los hombres y los cerebros de las mujeres. Como hemos dicho desde el inicio de esta secci贸n, las hay en varias regiones cerebrales y as铆 lo corroboran diversos metaan谩lisis y macroestudios realizados con centenares o miles de participantes (Marwha, Halari y Eliot, 2017; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019; Sanchis-Segura, Ib谩帽ez-Gual, Aguirre, Cruz-G贸mez y Forn, 2020). Ahora bien, estas diferencias no son muchas sino muchas menos禄 de las que parecen y de las que se publican, ya que algunas de ellas son en realidad falsos positivos (David et al., 2018; Fine, 2013). Adem谩s, y como demuestran esos mismos metaan谩lisis y macroestudios, el n煤mero de diferencias es tambi茅n mucho menor que el n煤mero de no-diferencias (Marwha et al., 2017; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019, 2020). Pese a todo ello, las similitudes entre hombres y mujeres siguen recibiendo mucha menos atenci贸n cient铆fica y medi谩tica que sus diferencias. El problema es que, a fuerza de solo publicar y publicitar las diferencias entre mujeres y hombres, acaba pareciendo que solo existen diferencias y que, por tanto, somos diferentes en todo o que somos esencialmente distintos.

驴Son muy grandes las diferencias encontradas entre los cerebros de los hombres y los cerebros de las mujeres?

Para responder a esta segunda cuesti贸n es necesario recordar que en la investigaci贸n cient铆fica solo se consideran diferencias aquellas que resultan estad铆sticamente significativas, pero es igualmente necesario aclarar que la significaci贸n estad铆stica solo nos dice s铆 (existe una diferencia) o no (esa diferencia no existe), nada m谩s. As铆, por sorprendente que pueda parecer, el hecho de que una diferencia sea estad铆sticamente significativa no nos dice nada acerca de su tama帽o (Cohen, 1994). Lo podemos ver m谩s claramente con un ejemplo. La media de la altura en hombres es mayor que la de las mujeres. Si utilizamos una muestra representativa y suficientemente grande podremos comprobar que esa diferencia es estad铆sticamente significativa, pero seguiremos sin saber nada sobre el tama帽o de la diferencia. Es decir, no sabremos cu谩ntos cent铆metros de diferencia hay entre esas medias. Desgraciadamente, esto es algo que se olvida demasiado a menudo. Y lo que es peor, cuando una diferencia es estad铆sticamente significativa, generalmente asumimos que esa diferencia, debe ser grande y que, consecuentemente, tambi茅n debe ser importante. Es decir, frecuentemente se confunden las diferencias estad铆sticamente significativas con las diferencias significativas, cuando en realidad son conceptos muy distintos.

Existen estad铆sticos que permiten determinar el tama帽o de una diferencia, como la llamada d de Cohen (v茅ase Ellis, 2010). Mediante este estad铆stico (Maher, Markey y Ebert-May, 2013), las diferencias pueden ser calificadas como peque帽as (cuando d鈥>鈥0,2 pero menor que 0,5), medianas (d鈥鈮モ0,5 pero menor que 0,8), grandes (d鈥>鈥0,8 pero menor que 1,3) o muy grandes (d鈥>鈥1,3). [1] Sin embargo, los estudios acerca de las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres no siempre incluyen este tipo de estad铆sticos, lo cual propicia una interpretaci贸n libre y exagerada de esas diferencias. As铆, sin medirlas, algunos art铆culos cient铆ficos y la mayor铆a de publicaciones no especializadas califican esas diferencias como muy grandes o fundamentales, y se llega en algunos casos al extremo de equipararlas al dimorfismo sexual que se observa en los 贸rganos reproductores o de decirnos que los hombres (y sus cerebros) son de Marte y las mujeres (y sus cerebros) son de Venus.

En contraposici贸n a toda esta desmesura, los metaan谩lisis y macroestudios 鈥搎ue s铆 miden el tama帽o de las diferencias cerebrales observadas entre mujeres y hombres鈥 nos ofrecen unas conclusiones muy distintas (v茅ase Marwha et al., 2017; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019, 2020). Para intentar describir esas conclusiones sin tecnicismos estad铆sticos, recurriremos a una serie de ejemplos ilustrados en la Figura 1.

18 107 esp

Figura 1. No todas las diferencias son iguales. Esta figura muestra las distribuciones de hombres y mujeres en cuatro rasgos, cuantificando para cada uno de ellos la magnitud de la diferencia entre sus medias (mediante el estad铆stico d) y el grado de semejanza de sus distribuciones (porcentaje de solapamiento). El panel A muestra la diferencia de longitud del cl铆toris y el pene (datos de Wallen y Lloyd, 2008), ilustrando en qu茅 casos est谩 justificado el uso del t茅rmino dimorfismo sexual. El panel B ejemplifica c贸mo son muchas de las diferencias corporales entre hombres y mujeres, en este caso tomando datos sobre su altura (Jelenkovic et al., 2016). Los paneles C y D ilustran qu茅 tipo de diferencias se observan a nivel cerebral tomando como ejemplo el volumen del hipocampo (datos de Sanchis-Segura et al., 2019). Como puede observarse, algunas diferencias cerebrales pueden parecer 芦grandes禄 cuando se calculan 芦en bruto禄 pero, cuando se introducen las correcciones necesarias para eliminar la variaci贸n asociada al tama帽o corporal de cada individuo, esas diferencias se revelan como 芦peque帽as禄 o inexistentes. Aun as铆, tanto en las medidas 芦en bruto禄 como en las debidamente corregidas, las mujeres y hombres son m谩s parecidos que distintos entre s铆 (el grado de solapamiento supera el 50鈥%) en este y en otros muchos rasgos cerebrales.

El panel A de dicha figura muestra un caso de dimorfismo (literalmente dos formas) sexual. En concreto, este panel ilustra el dimorfismo sexual que se observa en cuanto a la longitud de la parte externa del cl铆toris y del pene. Esta es una diferencia suficientemente grande como para considerar que, en este rasgo, mujeres y hombres forman dos categor铆as distintas. Esto es as铆 porque, como puede observarse, no existe solapamiento entre las distribuciones de ambos grupos y, por tanto, la diferencia entre dos hombres o dos mujeres cualesquiera es siempre mucho menor que la diferencia entre cualquier mujer y cualquier hombre. Sin embargo, no hay ninguna diferencia tan grande entre los cerebros de los hombres y de las mujeres. De hecho, este tipo de diferencias solo se observan en algunas caracter铆sticas de sus 贸rganos reproductores.

El panel B muestra la diferencia de altura entre hombres y mujeres. Esta es una diferencia promedio (una diferencia entre la media de las mujeres y la media de los hombres) que puede ser considerada estad铆sticamente muy grande, pero no un caso de dimorfismo sexual. Es decir, las mujeres y hombres no forman dos categor铆as distintas en cuanto a la altura, ya que, si bien la altura promedio de los hombres es mayor que la de las mujeres, no todos los hombres son m谩s altos que todas las mujeres. Diferencias de este tama帽o se observan en varios rasgos corporales, pero en muy pocas caracter铆sticas cerebrales. En concreto, las 煤nicas diferencias de esta magnitud descritas en el cerebro humano son las que se observan en el volumen global del cerebro (a la que ya nos hemos referido anteriormente), y en el tama帽o de algunos n煤cleos microsc贸picos del hipot谩lamo relacionados con la conducta reproductora.

En el panel C se muestra otra diferencia promedio, en este caso la que existe entre mujeres y hombres en el volumen del hipocampo cerebral. Como puede observarse, esta diferencia es sustancialmente menor que la observada en par谩metros corporales como la altura (figura 1B). Sin embargo, dado que mujeres y hombres difieren en su tama帽o corporal, el tama帽o de las diferencias en 谩reas cerebrales concretas debe siempre recalcularse atendiendo a este factor (Leonard et al., 2008; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019, 2020). Como muestra el panel D, cuando se aplica esta correcci贸n la magnitud de las diferencias cerebrales se reduce considerablemente (en un -85鈥% aproximadamente), por lo que muchas de estas diferencias (incluida la referida al volumen del hipocampo) desaparecen, mientras que el resto pasan a ser peque帽as (con valores de d inferiores a 0,4; Leonard et al., 2008; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019, 2020).

As铆, queda claro que no todas las diferencias entre hombres y mujeres son iguales. De hecho, cuando hablamos de diferencias, el tama帽o importa (y mucho). Adem谩s, y al contrario de lo que frecuentemente afirman los proponentes y pregoneros de la existencia de cerebros femeninos y cerebros masculinos, los resultados de la investigaci贸n cient铆fica no demuestran que las diferencias cerebrales entre hombres y mujeres sean muy grandes o equiparables a las que se observan en sus 贸rganos reproductores. Lo que la investigaci贸n cient铆fica nos demuestra es que en el cerebro humano no existe ning煤n caso de dimorfismo sexual, y que las diferencias que existen son, por lo general, peque帽as (McCarthy y Konkle, 2005; Joel, 2012; Ritchie et al., 2018; Sanchis-Segura et al., 2019, 2020).

Algunas personas argumentar谩n que estas conclusiones est谩n sesgadas, que se refieren 煤nicamente a diferencias anat贸micas y que no tienen en cuenta que muchas diferencias peque帽as pueden sumarse y dar lugar a una gran diferencia, sobre todo a nivel funcional. Sin embargo, lo que se ha comentado respecto a las diferencias anat贸micas parece ser tambi茅n aplicable a lo que se observa a otros niveles de organizaci贸n y funcionamiento cerebral.

Por otra parte, no se ha demostrado que las diferencias se sumen y, en todo caso, existen indicios (aunque controvertidos) de que posiblemente no lo hagan (Joel et al., 2015). Lo que s铆 sabemos es que, precisamente porque las diferencias cerebrales son peque帽as y no categoriales, las mujeres y los hombres forman dos grupos muy solapados en cualquier rasgo cerebral (Figura 1), por lo que las diferencias que se observan entre las medias de dichos grupos no necesariamente se reproducen entre todos los hombres y todas las mujeres (Figura 2). Esto no significa que las diferencias no puedan sumarse, pero s铆 que los sumandos de esta operaci贸n son distintos en cada individuo. En consecuencia, los cerebros no pueden ser agrupados en dos categor铆as homog茅neas y mutuamente excluyentes de caracter铆sticas t铆picamente masculinas o t铆picamente femeninas, sino que cada uno de ellos es un mosaico singular e idiosincr谩tico que puede combinar ambas (Figura 2). Adem谩s, la mayor parte de las diferencias cerebrales no son est谩ticas, sino que su magnitud cambia a lo largo del ciclo vital o en respuesta a diversos est铆mulos, experiencias y circunstancias tanto fisiol贸gicas como ambientales (McCarthy y Konkle, 2005; Arnold, 2014, 2017), lo que se traduce en un mayor grado de individualidad o mosaicismo cerebral.

Cervells figura 2 esp

Figura 2. 驴Cerebros masculinos y femeninos o 芦mosaicos禄 cerebrales? Esta figura ilustra c贸mo la existencia de dos tipos de cerebros ser铆a una consecuencia esperable si (y solo si) las diferencias cerebrales entre mujeres y hombres fueran categoriales (dimorfismo sexual; panel A). En esa situaci贸n te贸rica, las grandes diferencias observadas en los promedios de dichos grupos ser铆an tambi茅n observables en cualquier par de individuos. Sin embargo, en el cerebro humano no se observan diferencias categoriales (v茅ase Figura 1), por lo que las diferencias observadas entre los promedios grupales pueden o no reproducirse en distintos pares de individuos. En consecuencia, las diferencias cerebrales entre dos hombres o dos mujeres cualesquiera pueden ser iguales o incluso mayores que las observadas entre dos personas de distinto sexo y, por tanto, los cerebros no pueden agruparse en dos categor铆as homog茅neas y mutuamente exclusivas (panel B). M谩s bien, podr铆a decirse que en cada cerebro se forma un 芦mosaico禄 individualizado que combina caracter铆sticas cerebrales 芦masculinas禄 y 芦femeninas禄 (entendiendo estos t茅rminos como m谩s o menos similares a los promedios de dichos grupos). El nivel de este 芦mosaicismo cerebral禄 se incrementa conforme las diferencias son m谩s 芦peque帽as禄 (y, consecuentemente, existe un mayor grado de solapamiento entre mujeres y hombres) y tambi茅n conforme se considera un n煤mero mayor de rasgos o caracter铆sticas cerebrales.

Finalmente, es importante mencionar que cuando pasamos de considerar las diferencias cerebrales de una en una a integrarlas en circuitos funcionales, algunas de esas diferencias no se suman, sino que se restan (De Vries, 2004; Arnold, 2014). Es decir, hay diferencias que funcionalmente anulan o compensan otras diferencias, haciendo que mujeres y hombres sean m谩s similares y no m谩s diferentes entre s铆. Este tipo de compensaciones se han descrito no solo en el cerebro, sino tambi茅n en otros 贸rganos y tejidos y afectan incluso a las diferencias sexuales m谩s elementales (De Vries y Forger, 2015). As铆, por ejemplo, en las mujeres 鈥損ero no en los hombres鈥 se produce un proceso epigen茅tico mediante el cual uno de sus dos cromosomas X queda inactivado, eliminando as铆 buena parte de las diferencias gen茅ticas esperables desde su distinto complemento cromos贸mico (XX o XY). Es decir, lo que aparentemente son dos diferencias sexuales (una gen茅tica y otra epigen茅tica), en realidad son una fuente de convergencia y similitud entre los sexos. La existencia de este tipo de compensaciones no debiera sorprendernos demasiado, pues si bien existe una evidente presi贸n evolutiva para que machos y hembras mantengan dos funciones reproductoras distintas, tambi茅n existe una fuerte presi贸n evolutiva para que machos y hembras no sean demasiado distintos en aquellos aspectos que no conciernen a la reproducci贸n. As铆, conviene recordar que “los procesos compensatorios que previenen efectos colaterales de la diferenciaci贸n sexual pueden ocurrir una y otra vez, tanto en los organismos en desarrollo como en los adultos, tanto a nivel molecular como macrosc贸pico. El cerebro puede ser el lugar id贸neo para detectar esas compensaciones [鈥 Las diferencias cerebrales ligadas al sexo pueden causar, pero tambi茅n prevenir, diferencias funcionales y conductuales entre los sexos” (De Vries y S枚dersten, 2009, pp. 593-594).

Y si los cerebros de las mujeres y los hombres no son tan distintos, 驴por qu茅 su comportamiento s铆 lo es?

Esta pregunta es muy recurrente, pero parte de una premisa falsa, ya que la mayor铆a de las diferencias cognitivas, temperamentales y comportamentales entre mujeres y hombres no son muy grandes sino que son tan o m谩s 芦peque帽as禄 que las que se observan en sus cerebros. De hecho, al igual que ocurre a nivel cerebral, puede afirmarse que hombres y mujeres son psicol贸gicamente mucho m谩s similares que distintos entre s铆.

Esta conclusi贸n (conocida como the gender similarities hypothesis o la hip贸tesis de las similaridades de g茅nero) la propuso inicialmente la investigadora Janet Shibley Hyde, quien, tras haber realizado ella misma decenas de metaan谩lisis sobre las diferencias entre hombres y mujeres en diversos rasgos psicol贸gicos, decidi贸 realizar un an谩lisis conjunto de los resultados de 46 metaan谩lisis publicados sobre diferencias conductuales entre mujeres y hombres (Hyde, 2005). Los resultados de este meta-meta-an谩lisis fueron muy claros. En 96 de los 124 rasgos evaluados (77,4鈥%) las diferencias eran peque帽as (d鈥<鈥0,35) o virtualmente inexistentes. En cambio, solo en dos rasgos (1,61鈥% del total) las diferencias eran 芦muy grandes禄 (d鈥>鈥1,3) y estas se observaban en dos capacidades motoras, no cognitivas: la velocidad y distancia a la que mujeres y hombres son capaces de lanzar objetos.

Cervells figura 3 esp

Figura 3. Las diferencias cognitivas y temperamentales entre mujeres y hombres son 芦peque帽as禄. Esta figura es una representaci贸n visual de dos distribuciones cuyas medias muestran una diferencia de d鈥= 0,21. Este valor es el tama帽o medio de las diferencias cognitivas y temperamentales observado en el 芦meta-meta-an谩lisis禄 realizado por Zell et al. (2015) y que evaluaba 386 rasgos psicol贸gicos. Como puede observarse, este tipo de diferencias son 芦peque帽as禄 y el solapamiento entre las distribuciones es pr谩cticamente total, por lo que conocer el sexo/g茅nero de una persona nos dice poco o nada respecto a c贸mo es esa persona respecto a cualquiera de esos rasgos cognitivos y temperamentales.

Esos resultados eran similares a los que ya hab铆a obtenido la misma investigadora en un meta-meta-an谩lisis anterior (Hyde y Plant, 1995) y tambi茅n a los encontrados en otro posterior (Zell, Krizan y Teeter, 2015). En este 煤ltimo estudio 鈥搑ealizado de manera independiente por otro equipo investigador鈥 se incluyeron los resultados de 106 metaan谩lisis que evaluaban las diferencias entre hombres y mujeres en 386 rasgos psicol贸gicos, observ谩ndose que en 330 de ellos (85,49鈥% del total) las diferencias eran peque帽as (d鈥<鈥0,35) o virtualmente inexistentes, y solo en tres (0,8鈥%) el tama帽o de las diferencias era muy grande. As铆, la diferencia media en todos estos rasgos era peque帽a, con un valor de de 0,21 (Figura 3).

En resumen, las diferencias cognitivas, temperamentales y conductuales entre hombres y mujeres son peque帽as, como tambi茅n lo son las que encontramos a nivel cerebral. Estos datos desmienten rotundamente el mito de los cerebros masculinos y cerebros femeninos difundido a trav茅s de innumerables medios y publicaciones. Por ello, es posible que estos datos y las conclusiones de este art铆culo resulten sorprendentes e incluso dif铆ciles de creer para algunas personas. Pero lo que eso nos indica es que, aunque no hay grandes diferencias entre los cerebros de las mujeres y los cerebros de los hombres, s铆 las hay dentro de nuestras cabezas, en forma de estereotipos acerca de c贸mo son y c贸mo deben ser los hombres y las mujeres. Estos estereotipos de g茅nero nos hacen ignorar las semejanzas y exagerar las diferencias, cre谩ndolas incluso cuando y donde no las hay (ej. Sanchis-Segura, Aguirre, Cruz-G贸mez, Solozano y Forn, 2018; Spencer et al., 1999). Por todo ello, resulta imprescindible combatir estas falsas creencias y, como aqu铆 se ha intentado evidenciar, la mejor forma de hacerlo es mediante la investigaci贸n cient铆fica.

14/12/2020

Cervells masculins i femenins. Mite o realitat?

Notas

[1] La llamada d de Cohen expresa las diferencias de forma 芦estandardizada禄, es decir, nos informa de cu谩ntas desviaciones t铆picas separan las medias de los grupos comparados. Como se detalla en Ellis (2010), en ocasiones se usan clasificaciones de las diferencias ligeramente distintas. Por este y otros motivos, en art铆culos cient铆ficos, este tipo de clasificaciones cualitativas no deben nunca sustituir a la cuantificaci贸n num茅rica del valor de d. Sin embargo, para los objetivos de este texto, esta clasificaci贸n es m谩s que suficiente.

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Carla Sanchiz-Segura

14/12/2020

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Fuente: Vientosur.info