October 19, 2020
De parte de Arrezafe
156 puntos de vista


 



El
Mostrador



04/10/2020



Más
de
40
profesionales
de
la
salud
y
de
otras
áreas
estuvieron
por
cinco
meses
en
los
alrededores
de
la
Plaza
Italia,
desafiando
el
miedo
y
el
peligro,
atendiendo
a
los
heridos
del
estallido
social.
La
Brigada
Dignidad.
El
grupo
se
dividió
entre
el
equipo
de
salud
y
el
de
rescate.
En
el
segundo,
estaban
“los
escuderos”,
que
acompañaban
y
protegían
a
los
profesionales
de
salud
que
iban
a
la
primera
línea
en
busca
de
heridos.
Trabajaban,
en
turnos
de
cuatro
de
la
tarde
a
diez
de
la
noche,
médicos
internistas,
urgenciólogos,
anestesiólogos,
enfermeras,
enfermeras
de
urgencia,
kinesiólogos,
neurólogos,
fonoaudiólogos,
psicólogos,
siquiatras,
oftalmólogos.



25
de
octubre
de
2019.
Santiago
de
Chile.
En
la
comuna
de
Providencia,
cerca
del
puente
de
los
candados,
a
siete
cuadras
de
la
Plaza
Italia,
seis
personas
que
no
se
conocen
se
buscan
en
medio
del
gentío,
a
través
de
mensajes
en
un
grupo
de
Whatsapp:

«¿Eres
tú,
Alberto?
Soy
Javier,
estoy
vestido
con
una
polera
roja
y
pantalones
verde
olivo.
¿Dónde
están?»
.

«Estamos
en
el
estacionamiento,
al
lado
del
café,
en
el
monolito»
.



Los
seis
son
profesionales
del
área
de
la
salud,
todos
ex
estudiantes
de
la
Escuela
Latinoamericana
de
Medicina
(ELAM),
fundada
por
Fidel
Castro
en
1999
para
jóvenes
de
bajos
recursos
de
todo
el
mundo.
A
través
de
las
indicaciones
por
Whatsapp,
los
seis
finalmente
se
encuentran
en
medio
del
gentío
en
las
afueras
del
Café
Literario,
espacio
municipal
para
la
lectura
y
ahora
cerrado
por
las
masivas
manifestaciones
en
la
zona.
Se
saludan
con
un
apretón
de
manos
y
una
sonrisa,
como
si
fueran
amigos.
Para
entonces,
ya
miles
de
personas
inundan
el
sector.




«Fue
el
día
de
la
marcha
del
millón»
,
dice
Javier,
haciendo
referencia
a
la
manifestación
que
congregó
a
más
de
un
millón
doscientas
mil
personas
en
Santiago
ese
día.

«A
mí
me
llamaron
por
teléfono.
Cuando
nos
juntamos,
empezamos
a
atender
a
la
gente
ahí
mismo.
En
la
calle.
Solo
teníamos
una
mesa
de
plástico
que
apareció
de
no
sé
dónde
y
los
implementos
de
primeros
auxilios
que
cada
uno
había
llevado
de
manera
personal»
.



Javier
es
uno
de
los
seis.
Uno
de
los
seis
fundadores
de
la
Brigada
Dignidad,
equipo
de
salud,
rescate
y
primeros
auxilios
que
desde
el
25
de
octubre
de
2019
y
hasta
fines
de
marzo
de
2020,
funcionó
en
el
entorno
de
la
ahora
Plaza
de
la
Dignidad,
sector
donde
por
cinco
meses
de
desarrollaron
las
principales
protestas
y
enfrentamientos
entre
manifestantes
y
la
policía,
como
parte
del
mundialmente
conocido
estallido
social
chileno.



Se
ven
estructuras
de
fierro
cubiertas
con
lona
azul,
iluminadas
con
luz
artificial,
al
interior
de
las
cuales
hay
mesas
con
todo
tipo
de
implementos
de
salud,
ordenados
en
cajas
plásticas
transparentes
apiladas,
botellas
de
alcohol,
paquetes
de
gasas,
cajas
de
guantes.
En
una
camilla
hay
un
hombre
acostado
y
un
médico
le
está
extrayendo
balines
del
brazo
con
una
pinza
quirúrgica.
Más
allá
un
hombre
con
una
máscara
antigas
colgando
del
cuello
está
sentado
y
apoya
su
brazo
derecho
en
una
mesa
sobre
la
que
también
hay
un
casco
blanco
con
una
cruz
roja.
Tiene
la
manga
subida
y
se
ve
una
herida
de
unos
cinco
por
cinco
centímetros
en
su
muñeca.
Una
enfermera
vestida
de
azul
se
le
acerca
y
se
cruza
ante
la
cámara.
En
el
siguiente
box,
otro
doctor
con
mascarilla
y
una
linterna
de
cabeza
cose
una
herida
en
la
mano
de
un
hombre
que
yace
acostado
en
una
camilla.
Más
allá,
un
joven
vestido
con
pantalones
cortos
está
acostado
de
lado
mientras
dos
personas
con
cascos
blancos
le
curan
una
herida
en
el
brazo
derecho.
En
el
mismo
lugar,
dos
hombres
y
una
mujer
con
el
uniforme
azul
y
beige
de
la
Brigada
comentan
que
el
punto
de
salud
está
colapsado.




«A
las
dos
semanas
ya
se
había
integrado
mucha
gente
a
la
Brigada.
Y
no
solo
retornados
de
Cuba
y
Venezuela,
sino
también
gente
que
no
había
salido
de
Chile»
,
continúa.



Después
de
un
mes,
el
grupo
ya
tenía
alrededor
de
cuarenta
personas,
que
se
turnaban
para
cubrir
el
puesto
de
salud
todos
los
días.
Hombres
y
mujeres
convocados
uno
a
una,
de
boca
en
boca,
de
manera
igualmente
selectiva.

«Los
que
llegaban
era
gente
conocida
de
los
que
ya
estábamos,
del
trabajo,
del
barrio,
familiares,
todos
compañeros.
No
hubo
una
convocatoria
abierta
a
integrarse
a
la
Brigada,
solo
se
llamó
a
gente
de
confianza»,
dice
Javier.
Y
subraya:
«Nosotros
somos
autónomos,
no
respondemos
a
ningún
partido
político
u
otra
organización»
.



****




«Te
acuerdas
de
mí?»
.
Le
escribí
a
Rodrigo
a
un
número
de
Whatsapp
que
me
conseguí
con
un
conocido,
que
también
era
conocido
suyo.
Nos
presentaron
–el
mismo
conocido–
un
día
en
la
calle,
después
de
una
jornada
de
protesta.
Ese
día
Rodrigo
andaba
de
terno,
corbata
y
maletín.
Semanas
después
lo
volví
a
ver,
casi
en
el
mismo
lugar,
pero
ahora
con
overol,
casco,
máscara
antigás
y
un
escudo.
Estaba
en
una
brigada.




«Sí,
claro
que
me
acuerdo»
,
respondió.

«Tengo
que
verlo
con
el
equipo,
porque
es
una
decisión
que
tenemos
que
tomar
como
colectivo»
,
agregó
cuando
le
dije
que
quería
entrevistarlos.
Una
semana
después
me
comunicó
que
habían
accedido
y
me
mandó
un
mail
para
que
enviara
la
solicitud
formal.
Escribí
y,
después
de
otra
semana,
Patricia
me
contactó
por
Whatsapp
y
fijamos
fecha
para
el
encuentro
por
Zoom.



A
las
ocho
de
la
tarde
de
un
día
viernes
los
vi
aparecer,
uno
a
uno,
puntuales,
en
la
pantalla
de
mi
computador.
Javier,
50
años,
médico,
fundador
de
la
brigada.
Sentado
en
una
silla,
serio,
con
audífonos
grandes
y
la
capucha
de
un
polerón
tapándole
la
cabeza.
Patricia,
dueña
de
casa,
34
años,
integrante
del
equipo
de
rescate,
sonriendo
enmarcada
por
unos
enormes
aros
de
cobre
y
una
chasquilla
azul.
Ximena,
siquiatra,
41
años,
miembro
del
área
médica
de
la
brigada,
que
va
manejando
su
camioneta,
camino
a
casa,
durante
toda
la
entrevista.
Y
Rodrigo,
ingeniero
–mi
contacto–,
36
años,
también
del
equipo
de
rescate,
vestido
más
formalmente
y
sentado
en
el
sofá
de
un
living
con
paredes
blancas.



Pienso
en
la
paradoja
de
tener
que
entrevistarlos
por
Zoom,
de
conocerlos
a
distancia
y
verlos
encerrados,
como
todos,
hace
meses
en
sus
casas.
De
tener
que
escribir
sobre
ellos
en
frío.



Me
presento,
con
cuidado,
para
no
alejarlos,
para
darles
confianza.
Se
trata
de
una
crónica
sobre
el
estallido
social
–les
digo–
más
allá
de
la
calle,
las
cifras,
los
heridos
y
muertos.
Que
hable
de
los
protagonistas
de
esta
historia.
De
algunos
protagonistas
de
parte
de
esta
enorme
historia.
De
ellos.



Me
escuchan.
Y
luego
ponen
las
condiciones:
sin
nombres
reales,
sin
fotos
y
sin
detalles
de
los
implementos
con
que
contaban
en
el
punto
de
salud.
Por
seguridad.
Pienso
que
también
es
paradójico
que,
viviendo
en
democracia
y
a
pesar
de
no
haber
hecho
nada
ilegal,
tienen
temor
a
represalias.
Accedo
a
sus
condiciones.



***



En
la
foto
aparecen
trece.
Dos
con
el
puño
en
alto.
Todos
con
el
uniforme
de
camisas
azules
y
pantalones
beige
con
huinchas
antirreflectantes.
Todos
con
sus
cascos
blancos,
máscaras
antigas
y
antiparras.
Cuatro
sostienen
escudos
rojos
con
una
cruz
negra
de
huincha
autoadhesiva.
Dos
tienen
cámaras
GoPro
pegadas
al
pecho.
Otros
dos
llevan
chalecos
tácticos.
La
foto
es
de
inicios
marzo,
del
primer
turno
del
día,
en
el
punto
de
salud
que
funcionaba
en
la
feria
artesanal
del
Barrio
Bellavista,
calle
Pío
Nono,
frente
a
la
Facultad
de
Derecho
de
la
Universidad
de
Chile.



Si
bien
al
comienzo
el
grupo
estuvo
integrado
casi
exclusivamente
por
médicos,
pronto
se
unieron
otro
tipo
de
profesionales
y
de
no
profesionales.

«Por
el
número
de
personas
y
la
magnitud
de
las
heridas
con
que
llegaban,
necesitábamos
más
voluntarios
y
otras
capacidades,
no
solo
conocimientos
de
salud»
,
explican.
En
concreto,
requerían
gente
preparada
para
rescatar
a
las
personas
heridas,
sacarlas
del
lugar
donde
estaban
y
llevarlas
al
punto
de
salud
para
asistirlas.

«Necesitábamos
gente
que
pudiera
estar
en
la
primera
línea,
con
experiencia
en
la
calle»
.



El
grupo
se
dividió
entre
el
equipo
de
salud
y
el
de
rescate.
En
el
segundo,
estaban
“los
escuderos”,
los
que
acompañaban
y
protegían
a
los
profesionales
de
salud
que
iban
a
la
primera
línea
en
busca
de
heridos.



Rodrigo
y
Patricia
se
unieron
a
los
escuderos.




«Una
compañera,
amiga
de
una
doctora,
me
dijo
que
en
la
Brigada
se
necesitaban
escuderos»
,
dice
Patricia,
como
si
hablara
de
postular
a
un
trabajo
cualquiera.



Le
pregunto
qué
se
requiere
para
ser
escudero:
¿Buen
estado
físico?,
¿conocimientos
de
autodefensa?,
¿coraje?:

«Un
poco
de
todo…
pero
principalmente
conocimiento
de
calle.
Yo
me
movilizo
desde
muy
chica
en
la
calle,
así
es
que
la
conozco.
También
hago
harto
deporte:
entreno
crossfit
todos
los
días.
Y
tengo
conocimiento
en
primeros
auxilios»
.



Patricia
trabajó
mucho
tiempo
grabando
marchas
en
las
protestas
del
2011.
Ahí
aprendió,
dice.

«Es
un
trabajo
con
respeto
a
la
primera
línea,
hay
que
saber
seguir
su
ritmo,
ser
respetuoso
de
la
calle,
porque
son
ellos
los
que
corren
el
mayor
riesgo.
El
objetivo
es
ser
un
aporte
a
la
primera
línea,
a
la
lucha
del
pueblo,
a
la
lucha
callejera»
.




«Yo
me
pasaba
de
la
pega
para
allá»
,
dice
Rodrigo.

«Como
soy
ingeniero,
llegaba
de
la
oficina,
de
terno
y
corbata,
colgaba
mis
cosas
en
un
árbol
cerca
del
toldo
y
me
ponía
el
uniforme.
Y
ahí
estábamos
hasta
las
diez
de
la
noche»
.



La
Brigada
Dignidad
tenía
dos
equipos
de
rescate,
de
4
y
5
integrantes
cada
uno.
Cada
grupo
tenía
un
médico
o
una
enfermera
y
alguien
con
conocimientos
de
primeros
auxilios.
Personas
que
sabían
clasificar
los
tipos
de
herida,
qué
hacer
con
un
trauma
ocular,
cuándo
llevar
a
la
persona
al
punto
de
atención
y
cuándo
derivarla
a
urgencia.
Gente
que
sabía
resistir,
que
aguantaba
estar
en
medio
de
esta
especie
de
guerra
campal,
unos
atendiendo
y
otros
tapando
con
sus
escudos
los
balines,
el
chorro
del
guanaco,
las
lacrimógenas.
Gente
con
resistencia
física.
Con
resistencia
al
miedo.
Con
capacidad
de
control.

«Ese
es
el
concepto
de
calle”
,
me
explican.



A
medida
que
los
grupos
salían,
se
iban
conociendo
y
generaban
confianza
entre
ellos.
Confianza
que
era
fundamental
para
el
trabajo
de
rescate.




«Cuando
el
equipo
médico
y
los
escuderos
acudimos
en
ayuda
de
alguien,
que
generalmente
se
encuentra
en
un
sector
expuesto,
los
de
salud
tenemos
que
concentrarnos
en
el
paciente
y
olvidarnos
de
lo
que
ocurre
a
nuestro
alrededor.
Ahí
quedas
a
cargo
de
tu
par,
del
escudero
que
está
contigo»
,
cuenta
Ximena.

«Debes
poder
confiar
en
esa
persona,
en
que
sabe
lo
que
está
haciendo,
que
tiene
los
ojos
donde
tienen
que
estar,
que
tiene
la
fortaleza
y
la
serenidad,
porque
de
eso
depende
que
el
paciente
y
tú
estén
bien
resguardados,
que
no
vaya
a
venir
una
turba
de
carabineros
o
de
manifestantes
corriendo
y
te
pasen
por
encima,
que
no
te
llegue
una
lacrimógena
en
la
cabeza»
.



Recuerda
una
vez
que
estuvieron
atrapados
en
un
tumulto
y
Patricia
la
protegió
a
ella
y
al
herido
con
su
escudo.
La
presión
fue
tan
grande
que
se
lo
doblaron.
Ximena
no
pudo
entender
cómo
Patricia,
con
su
metro
sesenta,
pudo
contener
esa
presión.
Patricia
tampoco.



Después
de
eso
tú
dices:
«Yo
voy
contigo
a
donde
sea».
Y
eso
es
vital.
Yo
tenía
que
salir
con
quien
yo
me
sintiera
segura.
Porque
tengo
tres
hijos
en
mi
casa.
Y
tenía
que
volver
a
mi
casa.




¿Cómo
se
maneja
el
miedo?



Para
Patricia,
el
estallido
fue
una
reafirmación
de
que
el
trabajo
de
años
en
“el
territorio”,
como
lo
llama,
tenía
sentido.
Se
sintió
feliz,
pero
a
la
vez
preocupada.

«Uno
sabe
los
costos
que
tienen
los
estallidos
sociales,
son
vidas,
son
ojos,
cabros
que
pierden
parte
de
su
existencia,
lesiones
gravísimas,
cárcel,
muertos,
desparecidos.
El
costo
es
altísimo
y
uno
tiene
la
angustia:
sentir
que
uno
esperó
tanto
por
esto
y
por
qué
mierda
cuesta
tan
caro.
Y
la
verdad
es
que
sí
daba
miedo.
Todo
el
rato.
Pero
hay
que
saber
hacia
dónde
lo
canalizamos.
Si
el
miedo
te
paraliza,
no
sirve.
Para
los
escuderos
es
bueno
sentir
miedo,
porque
te
hace
estar
atento
y
proteger
a
los
otros»
.



Para
Rodrigo,
el
mayor
miedo
era
a
la
reacción
del
resto
del
equipo.
Principalmente
cuando
quedaban
“encerrados”,
con
Carabineros
a
un
lado,
la
primera
línea
al
otro
y
ellos
al
medio.

«El
sonido
de
las
lacrimógenas
cuando
salen
de
sus
cañones
es
tremendo;
uno
trataba
de
contenerse,
apretar
bien
los
dientes
y
mantener
la
calma.
Cuando
me
tocaba
liderar
el
grupo,
sabía
que,
si
se
desesperaba,
se
podían
desesperar
los
demás.
Tenía
miedo
de
las
reacciones
de
los
otros
compañeros,
porque
uno
no
se
conoce
en
ese
ámbito
de
estrés,
de
adrenalina
máxima,
de
exposición
de
tu
cuerpo.
Algunas
veces
hubo
ciertos
grados
de
desesperación,
y
después
lo
conversamos.
Pero
hay
que
entender
que
esto
no
era
solo
estar:
era
estar,
resistir
y
asistir.
Fuimos
aprendiendo
a
protegernos».



Cuentan
que
llegó
un
momento
en
que
hubo
que
hacerse
cargo
del
miedo
y
el
estrés.
Y
buscaron
a
especialistas
que
pudieran
dar
contención
a
la
gente
herida
y
también
al
equipo
mismo.
Se
sumaron
sicólogos
y
siquiatras.




«No
hay
cabeza
ni
corazón
que
aguante
tanta
violencia»
,
dice
Ximena,

«y
esa
violencia
nos
afectaba,
te
la
llevabas
a
tu
casa,
a
tus
relaciones
personales
y
a
las
relaciones
entre
la
Brigada.
Eso
va
generando
daño
síquico.
Es
una
situación
límite.
Fue
impactante
ver
a
los
pacos
disparándole
a
gente
que
llevaba
personas
lesionadas»
.




«Muchas
veces
no
había
tiempo
para
demostrar
lo
afectados
que
estaban»
,
dice.
Ver
la
cantidad
de
heridos,
el
dolor,
los
ataques
de
la
policía
a
la
Brigada.
A
menudo,
cuando
terminaban
la
jornada,
se
iban
a
tomar
una
cerveza
a
un
bar
de
Bellavista.
Pero
Ximena
les
dijo
que
eso
no
bastaba.
Que
tenían
que
hacer
terapia
o
iban
a
colapsar.

«Lo
hicimos:
hablamos,
hablamos
de
corazón
y
nos
dimos
cuenta
de
que
estábamos
estresadísmos.
Era
entendible.
Era
una
guerra»
.



****



Después
de
evaluarlo,
deciden
compartirme
un
vídeo
del
punto
de
salud.
La
imagen
en
movimiento,
grabada
con
un
celular,
muestra,
en
veinte
segundos
y
sin
querer
mostrar
demasiado,
el
ambiente
al
interior
de
las
carpas
ubicadas
en
la
calle
Pío
Nono.



Se
ven
estructuras
de
fierro
cubiertas
con
lona
azul,
iluminadas
con
luz
artificial,
al
interior
de
las
cuales
hay
mesas
con
todo
tipo
de
implementos
de
salud,
ordenados
en
cajas
plásticas
transparentes
apiladas,
botellas
de
alcohol,
paquetes
de
gasas,
cajas
de
guantes.
En
una
camilla
hay
un
hombre
acostado
y
un
médico
le
está
extrayendo
balines
del
brazo
con
una
pinza
quirúrgica.
Más
allá
un
hombre
con
una
máscara
antigas
colgando
del
cuello
está
sentado
y
apoya
su
brazo
derecho
en
una
mesa
sobre
la
que
también
hay
un
casco
blanco
con
una
cruz
roja.
Tiene
la
manga
subida
y
se
ve
una
herida
de
unos
cinco
por
cinco
centímetros
en
su
muñeca.
Una
enfermera
vestida
de
azul
se
le
acerca
y
se
cruza
ante
la
cámara.
En
el
siguiente
box,
otro
doctor
con
mascarilla
y
una
linterna
de
cabeza
cose
una
herida
en
la
mano
de
un
hombre
que
yace
acostado
en
una
camilla.
Más
allá,
un
joven
vestido
con
pantalones
cortos
está
acostado
de
lado
mientras
dos
personas
con
cascos
blancos
le
curan
una
herida
en
el
brazo
derecho.
En
el
mismo
lugar,
dos
hombres
y
una
mujer
con
el
uniforme
la
azul
y
beige
de
la
Brigada
comentan
que
el
punto
de
salud
está
colapsado.



Dicen
que
así
trabajaban,
en
turnos
de
cuatro
de
la
tarde
a
diez
de
la
noche,
médicos
internistas,
urgenciólogos,
anestesiólogos,
enfermeras,
enfermeras
de
urgencia,
kinesiólogos,
neurólogos,
fonoaudiólogos,
psicólogos,
siquiatras,
oftalmólogos.
Había
profesionales
de
más
de
quince
especialidades.
«Los
mismos
médicos
empezaron
a
traer
colegas
de
los
lugares
donde
ellos
trabajaban,
de
servicios
de
salud
o
de
clínicas
privadas.
A
todos
ellos,
si
los
pillaban,
los
despedían
de
inmediato».



En
el
punto,
siempre
había
dos
médicos
que
hacían
cirugía
y
dos
enfermeras.
Fuera
de
eso,
todos
hacían
de
todo.
A
veces
faltaban
las
camillas
y
tenían
que
atender
a
la
gente
en
el
suelo.
A
veces
había
hasta
diez
pacientes.
Traumas
oculares,
lesiones
graves
de
heridas,
perdigones
en
todo
el
cuerpo,
fracturas
expuestas.
El
niño
que
llegó
con
una
fractura
de
fémur.



El
equipo
médico
se
quedaba
en
el
punto
acompañado
solo
por
algunos
jóvenes
encargados
de
apagar
las
lacrimógenas
que
les
disparaban.
Dicen
que
a
veces
el
chorro
del
guanaco
les
rompía
todo.

«Quedarse
en
el
punto
era
angustiante.
Esperar
que
llegaran
los
heridos.
Y
era
angustiante
cuando
llegaban,
verlos
cómo
llegaban,
y
saber
que
estabas
trabajando
contra
el
tiempo
y
que
en
cualquier
momento
te
podían
atacar».




«Lo
más
terrible
eran
los
traumas
oculares»
,
dice
Javier.

«Nos
hacía
llorar.
Uno
se
daba
cuenta
inmediatamente
de
que
habían
perdido
el
ojo»
.
Jóvenes
de
20
años,
30
años.
Ciegos.
Hombres,
mujeres,
muchos
jóvenes.



El
Instituto
Nacional
de
Derechos
Humanos
informó
que,
hasta
el
18
de
febrero
de
2020,
a
cuatro
meses
del
estallido,
se
registraron
445
personas
con
daños
oculares
o
lesiones
oculares
producto
de
la
acción
policial.



También
cifraron
en
3.765
las
personas
heridas.
Según
cálculos
de
la
Brigada,
ellos
atendieron
a
unas
quinientas.




«Todos
eran
nuestros
pacientes.
Los
cuidábamos.
Les
sacábamos
la
ropa
y
los
lavábamos
cuando
estaban
quemados
con
los
químicos.
Llegaban
muchos
jóvenes
sin
almorzar,
sin
comer
nada
y
les
dábamos
yogurts,
pan.
Había
los
que
llegaban
con
los
hombros
dislocados
de
tanto
tirar
piedras.
Y
nosotros
se
los
arreglábamos
y
los
mandábamos
para
la
casa.
Pero
ellos
volvían
a
la
primera
línea»
.



El
punto
se
transformó
en
una
especie
de
consultorio
de
guerra.
Comenzaron
a
hacer
seguimiento
a
los
pacientes.
Se
abrió
un
archivo
con
fichas
de
salud,
con
citaciones
a
control
médico.
Les
enseñaban
a
cuidarse,
la
importancia
de
usar
cascos,
antiparras
para
los
ojos.
«Les
dábamos
hora
y
volvían
una
semana
después
a
verse,
volvían
porque
si
iban
al
hospital,
arriesgaban
que
los
detuvieran.
Te
agradecían.
Les
ponías
una
venda
y
era
un
agradecimiento
enorme.
Y
eso
te
confortaba
tanto.
Con
eso
ya
se
justificaba
todo.
El
cansancio,
haber
estado
toda
la
tarde».



****



Desde
fines
de
marzo,
cuando
se
fueron
a
tomar
una
cerveza
en
una
fuente
de
soda
de
Pío
Nono,
después
de
desarmar
por
última
vez
el
puesto
de
salud,
están
en
compás
de
espera.
Igual
que
el
país,
dicen.
Muchos
de
los
integrantes
de
la
Brigada
están
alejados,
porque
forman
parte
de
los
equipos
clínicos
que
combaten
la
pandemia:
“Ahora
ellos
son
la
primera
línea”.



Dicen
que
echan
de
menos
estar
juntos.
Trabajar
juntos.




«Cuando
uno
vive
algo
extremo
con
otra
persona,
alguien
por
quien
tú
te
arriesgaste
o
que
se
arriesgó
por
ti,
se
genera
un
lazo
ético
y
moral
muy
fuerte
y
difícil
de
describir»
,
dice
Rodrigo.

«No
necesitas
haberlo
conocido
por
treinta
años
para
sentir
ese
lazo;
fue
un
instante,
un
momento,
un
situación,
que
es
para
siempre.
Son
tus
compañeras,
tus
amigos,
tu
gente»
.



Se
ven
tranquilos.
Con
esa
sensación
de
tranquilidad
que
tiene
alguien
que
cumplió
su
tarea.




«Lo
mejor
es
que
uno
puede
decir:
‘Estuve
ahí’»
,
agrega
Javier.

«Recuperamos
una
cantidad
enorme
de
combatientes
heridos.
Con
ese
afecto
y
esa
solidaridad
de
compañeros
que
se
da
solo
en
el
combate.
Por
una
cuestión
del
corazón.
Eso
somos
nosotros.
Y
esperamos
retomar
todo
esto
con
la
misma
fuerza»
.



La
hija
menor
de
Patricia
aparece
en
la
pantalla
de
mi
computador
y
le
pide
que
la
vaya
a
acostar.
La
entrevista
termina.
Pero
no
esta
historia,
pienso.





Gracias
‘.Chiloé’



Fuente: Arrezafe.blogspot.com