October 19, 2021
De parte de Asociacion Germinal
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placeholder Foto: Colin Powell, en el funeral del expresidente George H.W. Bush en 2018. (Getty)
Colin Powell, en el funeral del expresidente George H.W. Bush en 2018. (Getty)

Hijo de inmigrantes jamaicanos establecidos en South Bronx y educado en escuelas públicas, Powell participó en la Guerra de Vietnam, donde fue herido dos veces, una de ellas durante el derribo del helicóptero en el que viajaba y del que logró rescatar de las llamas a tres soldados. Licenciado del National War College, fue el primer afroamericano en ascender a los más altos cargos del Gobierno: primer consejero negro de Seguridad Nacional, con Ronald Reagan; primer presidente negro de la Junta de Jefes del Estado Mayor (y el más joven), con George Bush padre, y primer secretario de Estado, con el hijo de este. El más alto cargo desempeñado por un afroamericano hasta la elección presidencial de Barack Obama en 2008.

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Sus premios y honores se cuentan por decenas. Entre ellos, dos melladas presidenciales de la Libertad, una medalla de oro del Congreso, estrellas de bronce, corazones púrpuras, y los más altos reconocimientos brindados por los gobiernos de Reino Unido, Francia, Canadá, Bulgaria o Vietnam. Además de numerosas escuelas, edificios públicos y cátedras universitarias bautizadas con su nombre en EEUU.

Las condecoraciones no parecían pesarle. Colin Powell siempre cultivó la fama de paciente y modesto. Su doctrina, la ‘doctrina Powell’, era particularmente reservada: Estados Unidos solo debe ir a la guerra si se alinean los planetas. Concretamente, los intereses de seguridad nacional, el generoso apoyo de la opinión pública y la garantía de tener una fuerza mucho mayor que la del enemigo.

Aún con estas condiciones, que se dieron en la Primera Guerra del Golfo, en 1991, Powell no estaba del todo a favor de la intervención militar. Luego se decidió y el éxito de la misión le granjeó una popularidad estelar del 71% y desató los rumores presidenciales, que el general se aprestó a desmentir. “Dicha vida requiere una vocación que de momento no siento”, dijo en 1995, de cara a las elecciones del año siguiente. “Y para mí, pretender que esto no es así, sería no ser honesto conmigo mismo, no ser honesto con el pueblo americano”.

Cuando llegó otro presidente republicano, el prestigioso Powell fue llamado a filas. Esta vez de civil, como jefe de la diplomacia de Estados Unidos. Las aguas internacionales en las que desembarcó pronto se complicaron. Los atentados del 11 de septiembre de 2001 hicieron resonar los tambores de guerra. Cuando los halcones de la administración posaron su vista en Irak, Powell, nuevamente, fue de los reacios a invadir.

Foto: Colin Powell. (Maku López)
Luján Artola

El diplomático forjó una estrecha relación con su contraparte británico de entonces, Jack Straw, en el esfuerzo de evitar la guerra. Aquellos meses de 2002 los dos hablaban por teléfono casi a diario y se reunían en la casa de un millonario de Long Island, amigo de Powell. “Se lo dije [al presidente Bush], ‘Quitar a Sadam es lo fácil’”, Powell le habría confesado a Straw, según su testimonio a ‘The New York Times‘. “Serás el orgulloso responsable de 25 millones de iraquíes en 18 provincias facciosas”. O, más sucintamente, al propio Bush: “Si lo rompes, es tu responsabilidad”.

Powell no se fiaba del vicepresidente, Dick Cheney, ni del secretario de Defensa, Donald Rumsfeld, fallecido también este año. Ambos eran el partido de la guerra y acabaron guiando las decisiones del emperador. Powell, con su departamento de Estado, en el que también anidaban palomas, estaba solo.

Yaquí está uno de esos meandros históricos que podrían haberlo cambiado todo. La Administración Bush, consciente de la impecable imagen de Powell ante Estados Unidos y el mundo, le otorgó la responsabilidad de vender la invasión aquel 5 de febrero de 2003, ante el Consejo de Seguridad de la ONU.

¿Qué hubiera pasado si Colin Powell, siguiendo su propia opinión, se hubiese negado? Probablemente, como especula Robert Draper, autor de ‘To Start a War: How the Bush Administration Took America Into Iraq’ (‘Empezar una guerra: cómo la Administración Bush metió a América en Irak’), Powell hubiera tenido que dimitir, lo cual hubiera arrastrado a medio cuerpo diplomático, debilitado al presidente y abierto la veda para los demócratas, por no hablar de la frágil situación política en la que también se encontraba el principal aliado de Bush, el primer ministro Tony Blair.

Así que el militar Powell decidió obedecer la cadena de mando y allí se plantó, ante Naciones Unidas, lleno de informaciones de inteligencia que resultaron ser falsas. “Sabía que no tenía elección”, dijo Powell a Robert Draper. “¿Qué elección podía tener? Él es el presidente”. Las palabras anteriores de Powell, sus sospechas de que derrocar a Sadam sería una paseo por el parque, pero luego vendrían el infierno y la guerra civil, se cumplieron. En noviembre de 2004, poco después de la reelección de Bush, Powell fue invitado a dimitir.

Desde entonces, ya en la jubilación, el estadista fue gravitando hacia posiciones centristas. En 2005 fue crítico con el nombramiento de John Bolton, otro halcón, como representante de EEUU ante la ONU. En octubre de 2008, después de haber donado dinero a la campaña de John McCain y de haber sido barajado como su vicepresidente, Powell dio su respaldo al primer candidato afroamericano de la historia, Barack Obama. Y se lo volvió a dar en 2012. Para 2016, la decepción de Powell con las posiciones cada vez más extremas del Partido Republicano, encarnadas en Donald Trump, le hizo apoyar a Hillary Clinton. En 2020, a Biden.

Esta última década y media, Powell se dedicó a dar discursos y recibir más honores y galardones; algo de su prestigio había sobrevivido. Pero, si alguien ha querido rebatirle o atacarle, como el caso de Donald Trump, solo ha tenido que recordar aquella vez que Powell, armado de carpetas y fotografías misteriosas, fue a defender una invasión que, además de ilegal, resultó ser catastrófica.




Fuente: Asociaciongerminal.org