May 12, 2021
De parte de Lobo Suelto
299 puntos de vista


I

En Colombia la expresi贸n 鈥渆n la trampa鈥 tiene, al menos, dos sentidos: uno pasivo, como caer en la treta de un extra帽o; otro activo, como la aplicaci贸n de la inteligencia y los sentidos en la detecci贸n de una amenaza. Seg煤n el segundo sentido, estar 鈥渆n la trampa鈥 es mantenerse atento, pendiente de鈥 y con los ojos bien abiertos. Colombia est谩 atrapada en una trampa que atraviesa los cuerpos, captura las ideas, entristece los afectos y anula la imaginaci贸n; una trampa con m煤ltiples dimensiones, compleja, indiscriminada y dif铆cil de desarticular, frente a la que hay que 鈥渆star en la trampa鈥. Quisiera hablar de trampas, m谩s que de agresiones directas. 

Las manifestaciones que tienen lugar en el pa铆s desde el mi茅rcoles 28 de abril son la continuaci贸n de una movilizaci贸n social que empez贸 con el paro nacional del 21 de noviembre de 2019. Durante 2020 la pandemia prest贸 aliento artificial al gobierno Duque-Uribe (no se venden por separado), ahora los colombianos volvieron a las calles para rechazar una reforma tributaria que sirvi贸 como revulsivo de un descontento social m谩s profundo.

A pesar del compromiso del gobierno de retirar la reforma tributaria, la continuidad del paro nacional se explica por el maltratado y la dura represi贸n de la que es v铆ctima el pueblo colombiano. Seg煤n las ONG Indepaz y Temblores, despu茅s de 11 d铆as de manifestaciones se registraba la p茅rdida de 47 vidas 鈥39 de ellas relacionadas con violencia policial鈥 y 548 desapariciones. 

Desde 2019 la estrategia de la Casa de Nari帽o consiste en golpear fuerte, aislarse y aguantar hasta que el desgaste haga lo suyo con los manifestantes. Se trata de una suerte de pugilato cobarde: la orden de actuar con mano dura sale de despachos en Bogot谩 鈥揷uando no de la finca de un expresidente鈥 y es ejecutada con brutalidad sobre los cuerpos maltratados por las fuerzas del orden. Balas, proyectiles, gases y tanquetas contra insultos, escudos de lata y piedras. 

Son tramposos. Mientras la polic铆a y los antidisturbios violentan a los ciudadanos, en Casa de Nari帽o convocan civilizadas 鈥渃onversaciones nacionales鈥 entre machos blancos de derecha y centro 鈥揺n cualquier caso, despreciadores de la indignaci贸n popular por su falta de buenas maneras鈥. 

Los liberales bien pensantes de centro trampean con equivalencias irreflexivas de la violencia. Su abstracci贸n cuasi m铆stica borra de un plumazo cualquier determinaci贸n, l铆mite y diferencia. Es la noche en la que todos los gatos son pardos: la perdida de un ojo, las golpizas que propinan los antidisturbios y el asesinato se estiman tan graves como la ruptura de cristales, los insultos o el lanzamiento de rocas. As铆 desplazan en otros la barbarie que consienten.

Tambi茅n hay quien van m谩s all谩 y demanda muerte sin sonrojo. S铆, a fuerza de repetici贸n, el discurso guerrerista del uribismo hizo que un sector nada minoritario de la poblaci贸n civil cultivara una moral guerrerista para la que todo vale en la defensa de la propiedad privada. Ahora salen en camionetas 4脳4 blancas a dispararle a los j贸venes e ind铆genas. 

M谩s tramposa todav铆a es la deslegitimaci贸n oficial de la protesta social. Ya cuenta como uno de los signos de identidad del uribismo la criminalizaci贸n de pobres, ind铆genas, negrxs, campesinxs y estudiantes que manifiestan su hast铆o con el estado de cosas nacional. Tradicionalmente, la bellaquer铆a de derechas colombiana no ha encontrado otra forma de narrar la articulaci贸n de todos estos sectores sociales que no sea mediante la fantas铆a del origen criminal, ilegal y mafioso. Este escepticismo denunciante convierte a los ciudadanos en ingenuos e ignorantes f谩cilmente manipulables, a la vez que obtura cualquier posibilidad de producir una idea adecuada del estercolero en el que nos encontramos. 

Al calor del paro surgen discursos delirantes replicados por patra帽eros. Aunque graciosas, sus elucubraciones son peligrosas por sus efectos: refuerzan la idea en los ya convencidos de que la movilizaci贸n social es una revoluci贸n enmascarada que amenaza la estabilidad del orden civil; todo manifestante es un potencial insurgente, la respuesta tiene que ser militar. 

Tal vez la expresi贸n m谩s grosera del modo en que opera este entrampamiento sensible-intelectual se revele en el discurso racista y clasista anti-ind铆gena de las 茅lites nacionales. La negaci贸n de las consecuencias concretas del despojo hist贸rico se respalda esquizofrenicamente con una fuerte conciencia hist贸rica que condena el derribamiento de las estatuas de los conquistadores. Los se帽oritos reconocen los pueblos ind铆genas a raz贸n de su pauperizaci贸n y segregaci贸n en resguardos apartados de los centros urbanos. El ind铆gena que pisa la ciudad en calidad de no-desplazado y reclama sus derechos siempre se trae algo oscuro entre manos. De la imagen del buen salvaje del multiculturalismo liberal ni hablar. 

Ahora bien, nosotros mismos nos hacemos trampa al infantilizar a Duque y su gobierno. Iv谩n Duque prueba que ser incompetente y ser un hijo de puta no son excluyentes. Claro, Duque es un inepto, pero su ineptitud solo se compara con su cinismo. Su malicia pasa de agache por las pat茅ticas entrevistas de campa帽a en las que ofrec铆a sus vergonzosos dotes art铆sticos y deportivos. Duque es cruel, y es m谩s cruel lo que hace como presidente que como bailar铆n, futbolista o guitarrista de fogata. Hiere m谩s o铆r el desinter茅s con el que se refiere al pueblo que escucharlo cantar De m煤sica ligera

Igualmente se hace trampa el que piensa que la necropol铆tica de Duque-Uribe est谩 arrinconada sin respaldo. La burbuja de mismidad y seguridad endog谩mica que constituy贸 el progresismo revent贸 con el referendo por la paz de 2016 y las elecciones de 2018. 

No hay un desgobierno absoluto. Lo que ocurre es que la falta de inclusi贸n del gobierno Duque-Uribe implica el gobernar contra la mayor铆a y a favor de unos cuantos. No est谩n desconectados de la realidad, es que desprecian a la gente. Duque no tiene miedo a hablar con el pueblo, no quiere hacerlo y punto. Tampoco es prisionero de nadie, es parte activa de la ejecuci贸n. Todas sus evasivas hacen parte de una estrategia consciente de desgaste y desmoralizaci贸n. La maldad no es carencia de鈥, la maldad es

II

No todas las trampas matan inmediatamente; las hay que agarran y no sueltan hasta que la presa deja de resistirse. La trampa desgasta hasta que la muerte que provoca ocurre casi naturalmente. La v铆ctima se deja ir. De esto, la articulaci贸n entre autoritarismo, conservadurismo y liberalismo sabe bastante: la t谩ctica neoliberal por excelencia consiste en dejar morir por falta de recursos. La muerte es inducida por desfinanciamiento hasta que la amenaza de colapso es venturosamente atajada por el salvavidas de la privatizaci贸n. Por eso el neoliberalismo depende de sus crisis, pues las provoca y estas garantizan su estabilidad (dis)funcional. 

Dec铆a anteriormente que la trampa que tiende el gobierno Duque-Uribe (insisto, no se venden por separado) puede entenderse como un ejercicio de desgaste corporal pensado por cobardes en la medida en que las fuerzas en pugna no se exponen de la misma manera. Tambi茅n recordaba que las trampas no solo capturan y matan al instante, sino que algunas capturan y retienen hasta que el otro se entrega. La trampa objetiva la intenci贸n de un sujeto inteligente: economiza esfuerzos, reduce riesgos y optimiza resultados. 

La trampa es un reflejo del comportamiento de la presa. Si las trampas del gobierno Duque-Uribe funcionan como aparatos que desgastan la manifestaci贸n popular es porque capturan efectivamente algunas de sus habitualidades. El artificio consiste en reprimir, encerrarse, no ceder y esperar que la actividad del otro termine por cansarlo tal y como la experiencia ha demostrado que ocurre anteriormente. Luego vendr铆a la impotencia y la depresi贸n. El objetivo es reinstalar la tristeza. 

Para quien observa desde afuera como los cuerpos marchan, golpean, corren y pasan noches en vela, resulta evidente que no hay c贸mo sostener semejante ritmo de carrera por mucho tiempo. Los se帽ores de la guerra apuestan por una carrera de fondo. Como en 2019, tambi茅n ahora el paso de los d铆as deber铆a evidenciar una progresiva falta de concurrencia en las marchas. No van a ceder o a entregar nada, esperan que, como tantas veces antes, las concentraciones de ciudadanos que paralizan las ciudades y carreteras se conviertan en grup煤sculos cada vez m谩s aislados. 驴C贸mo juzgar sin ligereza este fen贸meno de extenuaci贸n y disipaci贸n popular? 驴Acaso no hemos renunciado todos alguna vez a algo en lo que cre铆amos por puro agotamiento? 

La estrategia va de hacerse el desentendido, enviar golpeadores a machacar a la gente y aguardar que el tiempo y el ultraje act煤en sobre las limitadas fuerzas de cuerpos mal alimentados y fatigados. La 煤nica pol铆tica social que conoce el gobierno nacional es la pol铆tica del agotamiento corporal; su m谩xima pr谩ctica reza as铆: 鈥渕antente firme, ya se cansar谩n鈥. 驴Y si no se cansan? Entonces la precipitaci贸n del proceso: m谩s hostigamiento, persecuciones, rechazos, detenciones, amenazas, y sobre todo, m谩s disparos y m谩s muertes. 

La pol铆tica de agotamiento caporal, aplicada a la movilizaci贸n social, no es aprehendida completamente sin su 铆ntima relaci贸n con cierta econom铆a de los cuerpos. Los cuerpos son explotados, s铆, pero tambi茅n gozan autoexplot谩ndose. El ethos del esfuerzo que caracteriza a la sociedad capitalista siembra en el sentido com煤n la idea de que hay nada digno si esto no est谩 atravesado por el signo del sacrificio. El sacrificio tiene m煤ltiples caras, pero estas coinciden en ese extra帽o encuentro entre formaci贸n, trabajo y deportismo que a m谩s de un siglo de la muerte de Herbert Spencer contin煤a animando el darwinismo social. 

No hay diagn贸stico completo sobre la interiorizaci贸n de la competitividad y la explotaci贸n de s铆 sin reflexi贸n sobre la intolerancia hacia la delicadeza, es decir, frente a lo que no est谩 debidamente formado y preparado para lo m谩s rudo. Por supuesto, el discursillo del trabajo y la preparaci贸n deportiva encontr贸 primero tierra f茅rtil entre los m谩s ociosos. Fue entre individuos con tiempo de sobra y vidas resueltas donde la inconfesada culpa de la inactividad hizo germinar un extra帽o deseo de exigencia. El se帽orito fue el primero en jugar a que hac铆a la guerra en los campos de paintball; el primero en quejarse porque en su gimnasio no ofrec铆an clases de full contact. Solo recientemente la popularizaci贸n de esta 茅tica elitista de rivales penetr贸 los cuerpos de los trabajadores con jornadas a tiempo completo, haci茅ndoles conscientes de su holgazaner铆a. Hoy jugamos tanto al superhombre que estamos convencidos de que la vida no admite grasa, queja, flojera, descanso ni molicie. Es a partir de este horizonte de sentido desde donde los acomodados barones del gobierno y los fatigosos manifestantes piensan c贸mo hacer colapsar y c贸mo resistir al otro, respectivamente. 

Las pr谩cticas de crueldad con el cuerpo propio y ajeno no son patrimonio exclusivo de la diada trabajo-deportismo en tiempos de capitalismo. Sin embargo, no es impreciso afirmar que es la sociedad y el sujeto capitalista, sobre todo en su deriva neoliberal, los que m谩s provecho han sacado de ese complejo vitam铆nico compuesto de hero铆smo m铆tico, atletismo greco-romano y martirolog铆a cristiana.

El problema es que una vez interiorizada la cultura del sacrificio y el esfuerzo corporal no podemos salir de ella aunque nos manifestamos en contra de su pesadez. La pol铆tica de agotamiento corporal y an铆mico estatal no ser铆a efectiva si no se ensamblara con nuestra creencia en que solo lo que pasa por la exigencia del cuerpo posee la sustancialidad suficiente para ser reconocida por el otro. Un ejemplo de ello es la voluntad de sacrificio de las marchas. Es como si el ignorado y excluido pretendiera ganar el reconocimiento del otro, del gobierno y la sociedad en general, mediante actos de bravura. El compromiso pol铆tico tiene que encarnase y padecerse. Adem谩s, la impotencia alimenta la sospecha, cada vez m谩s acuciante, de algo hace falta. Se puede hacer a煤n m谩s: hay que ponerse como carne de ca帽贸n en la primera l铆nea, caminar de la ma帽ana al atardecer, pasar la noche en vela, hasta que nadie quede indiferente.

Pero no es nuestra culpa. Hay algo muy pervertido y enfermo en una sociedad en la que el pueblo ha interiorizado la creencia de que la 煤nica manera de aparecer como algo significativo ante los ojos de sus gobernantes es mediante el holocausto p煤blico. Lo peligroso es que las fantas铆as del morboso no tienen techo y siempre admiten m谩s desgarros. 

III

Algunas de las corrientes filos贸ficas de izquierda del momento han se帽alado c贸mo el desequilibrio entre sentiencia y sapiencia 鈥搃nclinado hacia la afectividad y emotividad, por supuesto鈥 condena a la izquierda tradicional a una indefectible repetici贸n de rituales in煤tiles. La cr铆tica puede resumirse de la siguiente manera: en su exceso de sensibilidad, la izquierda arcaica tiende a comprometerse m谩s con los afectos del activismo que con las estrategias racionales que le permitir铆an desplegar sus proyectos. En otras palabras, el militante tiene m谩s compromiso consigo mismo que con las ideas del programa social y colectivo; la causa del fracaso de la izquierda kitsch es inmanente: la acci贸n pol铆tica est谩 llamada a la ruina porque cuando los militantes se preguntan qu茅 hacer y c贸mo hacerlo termina decant谩ndose por aquello que los hace sentir mejor consigo mismos, sin considerar si esto es lo m谩s conveniente en t茅rminos estrat茅gicos. Aqu铆 鈥渟entirse bien con uno mismo鈥 no implica que sea placentero. Se trata, sobretodo, de sentirse contento de s铆 por haber hecho lo que se supone es correcto, como ofrecer el cuerpo para ser castigado con la esperanza de exponer la crueldad del otro ante el mundo.

Con todo, no hace falta remitirse a filosof铆as hipster del primer mundo para encontrar una impugnaci贸n similar de esta trampa en la que voluntariamente se ingresa. El senador y l铆der de la oposici贸n en Colombia, Gustavo Petro, ha expuesto y articulado claramente los riesgos que enfrenta la movilizaci贸n social. En un audio filtrado por los grandes medios de comunicaci贸n del pa铆s 鈥搚 que estos esperan emplear para se帽alar la escisi贸n entre el senador y el Comit茅 Nacional del Paro鈥 se escucha a Petro decir: 鈥渃reo que en el momento en el que el gobierno decidi贸 retirarla [la reforma tributaria] debi贸 declararse el triunfo popular y frenar ah铆. Si lo quieren, en otros t茅rminos, acumular fuerzas para lo que segu铆a鈥. Empero, contra de lo que piensan sus adversarios, lo all铆 expresado no es la traici贸n a la movilizaci贸n social sino el llamado a racionalizar las fuerzas y meditar las t谩cticas de cara a una confrontaci贸n que, de darse directamente y sin tregua, favorece a quienes no colocan el cuerpo en riesgo porque esperan la descomposici贸n de la multitud por agotamiento desde una oficina. En oposici贸n al pugilato masculino de fuerzas inequ铆vocamente desiguales, la apelaci贸n de quienes cuidan de los suyos porque les preocupa su suerte. No es una rendici贸n; el 茅nfasis debe ser puesto en 鈥渁cumular fuerzas para lo que sigu[e]鈥, y no en el mero poner freno y retirarse. 

Que el llamado estrat茅gico-racional del senador haya sido desatendido por quienes a煤n se mantienen firmes en las calles, carreteras y barrios del pa铆s hace patente tres cosas: primero, que el paro no le pertenece a las figuras del Comit茅 Nacional del Paro; segundo, que el pueblo no necesita ni busca un padre o una madre a qui茅n seguir. Por el contrario, las juventudes barriales que exponen sus existencias pretenden la muerte simb贸lica de toda figura paterna que encarne dependencia: desean la libertad material, no meramente formal; anhelan salir de casa, abandonar todo 谩mbito de subordinaci贸n 鈥揻amiliar o laboral鈥 en el que se calle o se agache la mirada por falta de recursos. tercero, es evidente que el discurso intelectual de la estrategia racional supone un distanciamiento objetivante con el evento 鈥搖n salir de la inmediatez del mundo para verlo desde fuera鈥 que no pueden permitirse los cuerpos inmersos en el magma hirviente de la cuesti贸n. Solamente bajo principios meramente formales tiene sentido pedirle a quienes han visto y sufrido el horror calmar la rabia. 

La ira es la fuente de una violencia que erosiona, pero tambi茅n marca el camino de la dignidad y el amor propio. El pueblo enojado no quiere sobras sino el plato lleno, y va a pelear por ello as铆 acabe en la bancarrota an铆mica; de cualquier manera, ya se encuentra en la miseria econ贸mica.

Hacer una pol铆tica a partir de los afectos requiere de cierta habilidad para articular los flujos an铆micos que circulan entre los cuerpos. Si esto es as铆, podemos esperar una pol铆tica de afectos regularmente desplazados por negativos, como la tristeza, el agotamiento y la ira. Dec铆a Sloterdijk que 鈥渕ientras la ira permanezca en el nivel de la explosi贸n, s贸lo se descargar谩 en el modo de la inflamaci贸n鈥, desperdiciando as铆 su potencial configurador de consecuencias hist贸ricas. De igual manera, mientras la tristeza, la depresi贸n y el agotamiento sigan siendo privatizados y limitados como estados neuroqu铆micos, jam谩s tendremos noticias de su potencia revolucionaria. 

La cuesti贸n no es nueva, desde siempre lo pol铆tico ha estado ligado a un arreglo inteligentemente de lo afectivo capaz de orientarlo hacia prop贸sitos m谩s all谩 de cualquier ego. Esta racionalizaci贸n no tiene nada que ver con la dicotom铆a sitienciasapienza aunque ciertamente opere como una ingenier铆a afectiva cuyo objetivo es economizar, optimizar y conducir astutamente las energ铆as psicof铆sicas para que el cuerpo no sea despedazado por un proyectil, caiga exhausto de rodillas o se a铆sle tras un ataque de ansiedad provocado por la impotencia. Un primer ensayo de inteligencia afectiva ser铆a salir de la prueba de resistencia corporal planteada por el gobierno y sus fuerzas militares y de polic铆a. Siempre es inteligente y valiente reconocerse fatigado y detenerse lo suficiente para salir del juego enfermo de la explotaci贸n y autoexplotaci贸n. Parar, no necesariamente para avanzar de frente, sino tambi茅n para desviarse, recomponerse y recobrar la lucidez que el agotamiento y el insomnio arrebatan. Parar para acumular energ铆a y lanzar con toda la fuerza los enviones que sean necesarios. Parar porque, aunque es sensato reclamar del otro un trato justo, la experiencia ense帽a que si no cuidamos de nosotros ellos no lo van a hacer. All铆 no hay a qui茅n entienda que debe detener la aniquilaci贸n y comportarse con la nobleza de su cargo. No se conmueven con nada, est谩n enceguecidos y no dan el brazo a torcer. 

Los afectos no son un ornamento que entorpece la eficacia del compromiso y la acci贸n pol铆tica cuando lo que se juega es la contingencia de lo com煤n. La sensibilidad es su condici贸n de posibilidad. S铆, es cierto que cuando se encuentran con otros los hombres se ofrecen calor, consuelo, refugio y apoyo suficiente para desmentir la pena, el abandono y el fr铆o que los castiga. Pero m谩s all谩 de este uso paliativo, reconfortante y autoafirmativo de los c铆rculos de intimidad 鈥搉o est谩s solo, estamos contigo; queremos, sentido y pensamos lo mismo鈥, encontramos un uso estrictamente pragm谩tico y estrat茅gico de la afectividad. Y es que no hay proyecto pol铆tico individual. La estrategia de agotamiento corporal espera capturar la posibilidad que tiene un cuerpo de agenciarse con otros cuerpos; quieren dinamitar desde adentro lo que une para provocar una descomposici贸n v铆a desafecci贸n y apat铆a. 

Siguiendo a Spinoza, 鈥渓a fuerza con la que el hombre persevera en la existencia es limitada e infinitamente superada por la potencia de las causas exteriores鈥; el narcisista, el amputado social, el esc茅ptico del 鈥渘osotros鈥, no puede nada por s铆 mismo.  Cuando el individuo hace frente a los abusos del mundo en soledad termina por reconocerse cansado e impotente. De ah铆 que lo m谩s 煤til 鈥搇o m谩s pr谩ctico en t茅rminos pol铆tico-estrat茅gicos鈥 sea unirse a otros hombres. A mayor cantidad de cuerpos, mayor intensidad afectiva y mayor potencia de actuar. Cansancio e impotencia est谩n correlacionados con el retraimiento en s铆 del ego, con el infierno de la depresi贸n entendida como la falta de mundo por falta de v铆nculos con otros. Sin ese poder para afectar y para ser afectados que es la afectividad entre los cuerpos no es siquiera imaginable comprometerse racionalmente en la constituci贸n de un proyecto prometeico. 

La estrategia medi谩tica, pol铆tica y militar que pretende hacer colapsar el cuerpo individual y colectivo del(os) otro(s) se pregunta 驴qu茅 puede un cuerpo? inquietandose por los l铆mites de su resistencia. Pero a pesar del dolor infligido se estrella con lo que pueden cuerpos llenos de vida: pueden m谩s, no solo porque est茅n dispuestos a soportar m谩s abusos y sacrificios, sino porque est谩n contentos de hacerlo por los suyos; porque no hacerlo significa dejarlos solos. Y est谩n felices de hacerlo porque despu茅s del rechazo y el ultraje recibidos encuentran el reconocimiento reclamado al maltratador entre sus iguales. A fuerza de desprecio las juventudes precarizadas y barriales, lxs ind铆genas, negrxs y estudiantes encuentran entre ellos la dignidad negada por los se帽oritos. En fraternidad se reconocen altaneros, atrevidos, 鈥渁lzados鈥, bravos, comanches y valientes. Quieren reventarlos an铆micamente, hacerlos sentir poca cosa, y lo que consiguen es que se reconciliaran con ellos mismos; como en esa novela de sanaci贸n vallecaucana de Juan C谩rdenas 鈥Los estratos, creo recordar鈥, en la que despu茅s de rozar la ruina existencial el personaje principal mira a un ni帽o de la comunidad ind铆gena en la que se ha refugiado a los ojos y lleno de seguridad le dice algo de este estilo: 鈥溌縌ue vienen por nosotros? A nosotros no nos mata nadie, de aqu铆 no nos saca ni el putas. Ni el putas, 驴me oy贸?鈥. 




Fuente: Lobosuelto.com