October 19, 2021
De parte de La Haine
199 puntos de vista


Primer cap铆tulo de su libro ‘A People’s History of the United States’ (La otra historia de los EEUU, https://lahaine.org/bJ6U).

Los hombres y las mujeres arawak, desnudos, morenos y presos de la perplejidad, emergieron de sus poblados hacia las playas de la isla y se adentraron en las aguas para ver m谩s de cerca el extra帽o barco. Cuando Col贸n y sus marineros desembarcaron portando espadas y hablando de forma rara, los nativos arawak corrieron a darles la bienvenida, a llevarles alimentos, agua y obsequios. Despu茅s Col贸n escribi贸 en su diario:

“Nos trajeron loros y bolas de algod贸n y lanzas y muchas otras cosas m谩s que cambiaron por cuentas y cascabeles de halc贸n No tuvieron ning煤n inconveniente en darnos todo lo que pose铆an.

Eran de fuerte constituci贸n, con cuerpos bien hechos y hermosos rasgos. No llevan armas, ni las conocen Al ense帽arles una espada, la cogieron por la hola y se cortaron al no saber lo que era No tienen hierro Sus lanzas son de ca帽a.

Ser铆an unos criados magn铆ficos. Con cincuenta hombres los subyugar铆amos a todos y con ellos har铆amos lo que quisi茅ramos”.

Estos arawaks de las Islas Antillas se parec铆an mucho a los ind铆genas del continente, que eran extraordinarios (as铆 los calificar铆an repetidamente los observadores europeos) por su hospitalidad, su entrega a la hora de compartir. Estos rasgos no estaban precisamente en auge en la Europa renacentista, dominada como estaba por la religi贸n de los Papas, el gobierno de los reyes y la obsesi贸n por el dinero que caracterizaba la civilizaci贸n occidental y su primer emisario a las Am茅ricas, Crist贸bal Col贸n.

Escribi贸 Col贸n:

“Nada m谩s llegar a las Antillas, en las primeras Antillas, en la primera isla que encontr茅, atrap茅 a unos nativos para que aprendieran y me dieran informaci贸n sobre lo que hab铆a en esos lugares”.

La cuesti贸n que m谩s acuciaba a Col贸n era 驴d贸nde est谩 el or贸 Hab铆a convencido a los reyes de Espa帽a que financiaran su expedici贸n a esas tierras. Esperaba que al otro lado del Atl谩ntico -en las “Indias” y en Asia- habr铆a riquezas, oro y especias. Como otros ilustrados contempor谩neos suyos, sab铆a que el mundo era esf茅rico y que pod铆a navegar hacia el oeste para llegar al Extremo Oriente. Espa帽a acababa de unificarse formando uno de los nuevos Estado-naci贸n modernos, como Francia, Inglaterra y Portugal. Su poblaci贸n, mayormente compuesta por campesinos, trabajaba para la nobleza, que representaba el 2% de la poblaci贸n, siendo 茅stos los propietarios del 95% de la tierra. Espa帽a se hab铆a comprometido con la Iglesia Cat贸lica, hab铆a expulsado a todos los jud铆os y ahuyentado a los musulmanes. Como otros estados del mundo moderno, Espa帽a buscaba oro, material que se estaba convirtiendo en la nueva medida de la riqueza, con m谩s utilidad que la tierra porque todo lo pod铆a comprar.

Hab铆a oro en Asia, o as铆 se pensaba, y ciertamente hab铆a seda y especias, porque hac铆a unos siglos, Marco Polo y otros hab铆an tra铆do cosas maravillosas de sus expediciones por tierra. Al haber conquistado los turcos Constantinopla y el Mediterr谩neo oriental, y al estar las rutas terrestres a Asia en su poder, hac铆a falta una ruta mar铆tima. Los marineros portugueses cada d铆a llegaban m谩s lejos en su exploraci贸n de la punta meridional de Africa. Espa帽a decidi贸 jugar la carta de una larga expedici贸n a trav茅s de un oc茅ano desconocido.

A cambio de la aportaci贸n de oro y especias, a Col贸n le prometieron el 10% de los beneficios, el puesto de gobernador de las tierras descubiertas, adem谩s de la fama que conllevar铆a su nuevo t铆tulo Almirante del Mar Oc茅ano. Era comerciante de la ciudad italiana de G茅nova, tejedor eventual (hijo de un tejedor muy habilidoso), y navegante experto. Embarc贸 con tres carabelas, la m谩s grande de las cuales era la Santa Mar铆a, velero de unos treinta metros de largo, con una tripulaci贸n de treinta y nueve personas.

Col贸n nunca hubiera llegado a Asia, que distaba miles de kil贸metros m谩s de lo que 茅l hab铆a calculado, imagin谩ndose un mundo m谩s peque帽o. Tal extensi贸n de mar hubiera significado su fin. Pero tuvo suerte. Al cubrir la cuarta parte de esa distancia dio con una tierra desconocida que no figuraba en mapa alguno y que estaba entre Europa y Asia: las Am茅ricas. Esto ocurri贸 a principios de octubre de 1492, treinta y tres d铆as despu茅s de que 茅l y su tripulaci贸n hubieran zarpado de las Islas Canarias, en la costa atl谩ntica de Africa. De repente vieron ramas flotando en el agua, p谩jaros volando. Se帽ales de tierra. Entonces, el d铆a 12 de octubre, un marinero llamado Rodrigo vio la luna de la madrugada brillando en unas arenas blancas y dio la se帽al de alarma. Eran las islas Antillas, en el Caribe. Se supon铆a que el primer hombre que viera tierra ten铆a que obtener una pensi贸n vitalicia de 10.000 maraved铆s, pero Rodrigo nunca la recibi贸. Col贸n dijo que 茅l hab铆a visto una luz la noche anterior y fue 茅l quien recibi贸 la recompensa.

Cuando se acercaron a tierra, los indios arawak les dieron la bienvenida nadando hacia los buques para recibirles. Los arawak viv铆an en peque帽os pueblos comunales, y ten铆an una agricultura basada en el ma铆z, las batatas y la yuca. Sab铆an tejer e hilar, pero no ten铆an ni caballos ni animales de labranza. No ten铆an hierro, pero llevaban diminutos ornamentos de oro en las orejas.

Este hecho iba a traer dram谩ticas consecuencias: Col贸n apres贸 a varios de ellos y les hizo embarcar, insistiendo en que le guiaran hasta el origen del oro. Luego naveg贸 a la que hoy conocemos como isla de Cuba, y luego a Hispaniola (la isla que hoy se compone de Hait铆 y la Rep煤blica Dominicana). All铆, los destellos de oro visibles en los r铆os y la m谩scara de oro que un jefe ind铆gena local ofreci贸 a Col贸n provocaron visiones delirantes de oro sin fin.

En Hispaniola, Col贸n construy贸 un fuerte con la madera de la Santa Mar铆a, que hab铆a embarrancado. Fue la primera base militar europea en el hemisferio occidental. Lo llam贸 Navidad, y all铆 dej贸 a treinta y nueve miembros de su tripulaci贸n con instrucciones de encontrar y almacenar oro Apres贸 a m谩s ind铆genas y los embarc贸 en las dos naves que le quedaban. En un lugar de la isla se enzarz贸 en una lucha con unos ind铆genas que se negaron a suministrarles la cantidad de arcos y flechas que 茅l y sus hombres deseaban. Dos fueron atravesados con las espadas y murieron desangrados. Entonces la Ni帽a y la Pinta embarcaron rumbo a las Azores y a Espa帽a Cuando el tiempo enfri贸, algunos de los prisioneros ind铆genas murieron.

El informe de Col贸n a la Corte de Madrid era extravagante. Insisti贸 en el hecho de que hab铆a llegado a Asia (se refer铆a a Cuba) y a una isla de la costa china (Hispaniola). Sus descripciones eran parte verdad, parte ficci贸n.

“Hispaniola es un milagro. Monta帽as y colinas, llanuras y pasturas, son tan f茅rtiles como hermosas… los puertos naturales son incre铆blemente buenos y hay muchos r铆os anchos, la mayor铆a de los cuales contienen oro… Hay muchas especias, y nueve grandes minas de oro y otros metales”.

Los ind铆genas, seg煤n el informe de Col贸n “Son tan ingenuos y generosos con sus posesiones que nadie que no les hubiera visto se lo creer铆a. Cuando se pide algo que tienen, nunca se niegan a darlo. Al contrario, se ofrecen a compartirlo con cualquiera…” Concluy贸 su informe con una petici贸n de ayuda a Sus Majestades, y ofreci贸 que, a cambio, en su siguiente viaje, les traer铆a “cuanto oro necesitasen… y cuantos esclavos pidiesen”. Se prodig贸 en expresiones de tipo religioso “Es as铆 que el Dios eterno, Nuestro Se帽or, da victoria a los que siguen Su camino frente a lo que aparenta ser imposible”

A causa del exagerado informe y las promesas de Col贸n, le fueron concedidos diecisiete naves y m谩s de mil doscientos hombres para su segunda expedici贸n. El objetivo era claro: obtener esclavos y oro. Fueron por el Caribe, de isla en isla, apresando ind铆genas. Pero a medida que se iba corriendo la voz acerca de las intenciones europeas, iban encontrando cada vez m谩s poblados vac铆os. En Hait铆 vieron que los marineros que hab铆an dejado en Fuerte Navidad hab铆an muerto en una batalla con los ind铆genas despu茅s de merodear por la isla en cuadrillas en busca de oro, atrapando a mujeres y ni帽os para convertirlos en esclavos para el sexo y los trabajos forzados.

Ahora, desde su base en Hait铆, Col贸n envi贸 m煤ltiples expediciones hacia el interior. No encontraron oro, pero ten铆an que llenar las naves que volv铆an a Espa帽a con alg煤n tipo de dividendo. En el a帽o 1495 realizaron una gran incursi贸n en busca de esclavos, capturaron a mil quinientos hombres, mujeres y ni帽os arawaks, les retuvieron en corrales vigilados por espa帽oles y perros, para luego escoger los mejores quinientos espec铆menes y cargarlos en naves. De esos quinientos, doscientos murieron durante el viaje. El resto lleg贸 con vida a Espa帽a para ser puesto a la venta por el arcediano de la ciudad, que anunci贸 que, aunque los esclavos estuviesen “desnudos como el d铆a que nacieron” mostraban “la misma inocencia que los animales”. Col贸n escribi贸 m谩s adelante. “En el nombre de la Santa Trinidad, continuemos enviando todos los esclavos que se puedan vender”.

Pero en el cautiverio mor铆an demasiados esclavos. As铆 que Col贸n, desesperado por la necesidad de devolver dividendos a los que hab铆an invertido dinero en su viaje, ten铆a que mantener su promesa de llenar sus naves de oro. En la provincia de Cicao, en Hait铆, donde 茅l y sus hombres imaginaban la existencia de enormes yacimientos de oro, ordenaron que todos los mayores de catorce a帽os recogieran cierta cantidad de oro cada tres meses. Cuando se la tra铆an, les daban un colgante de cobre para que lo llevaran al cuello. A los ind铆genas que encontraban sin colgante de cobre, les cortaban las manos y se desangraban hasta la muerte.

Los ind铆genas ten铆an una tarea imposible. El 煤nico oro que hab铆a en la zona era el polvo acumulado en los riachuelos. As铆 que huyeron, siendo cazados por perros y asesinados. Los arawaks intentaron reunir un ej茅rcito de resistencia, pero se enfrentaban a espa帽oles que ten铆an armadura, mosquetes, espadas y caballos. Cuando los espa帽oles hac铆an prisioneros, los ahorcaban o los quemaban en la hoguera. Entre los arawaks empezaron los suicidios en masa con veneno de yuca. Mataban a los ni帽os para que no cayeran en manos de los espa帽oles. En dos a帽os la mitad de los 250.000 ind铆genas de Hait铆 hab铆an muerto por asesinato, mutilaci贸n o suicidio.

Cuando se hizo patente que no quedaba oro, a los ind铆genas se los llevaban como esclavos a las grandes haciendas que despu茅s se conocer铆an como “encomiendas”. Se les hac铆a trabajar a un ritmo infernal, y mor铆an a millares. En el a帽o 1515, quiz谩 quedaban cincuenta mil ind铆genas. En el a帽o 1550, hab铆an quinientos. Un informe del a帽o 1650 revela que en la isla no quedaba ni uno solo de los arawaks aut贸ctonos, ni de sus descendientes.

La principal fuente de informaci贸n sobre lo que pas贸 en las islas despu茅s de la llegada de Col贸n -y para muchos temas, la 煤nica- es Bartolom茅 de las Casas. Como joven sacerdote hab铆a participado en la conquista de Cuba. Durante un tiempo fue el propietario de una hacienda donde trabajaban esclavos ind铆genas, pero la abandon贸 y se convirti贸 en un vehemente cr铆tico de la crueldad espa帽ola. Las Casas transcribi贸 el diario de Col贸n y, a los cincuenta a帽os, empez贸 a escribir una Historia de las Indias en varios vol煤menes.

En la sociedad india se trataba tan bien a las mujeres que los espa帽oles quedaron at贸nitos. Las Casas describe las relaciones sexuales:

“No existen las leyes matrimoniales; tanto los hombres como las mujeres escogen sus parejas y las dejan a su placer, sin ofensa, celos ni enfado. Se reproducen a gran ritmo, las mujeres embarazadas trabjban hasta el 煤ltimo minuto y dan a luz casi sin dolor, al d铆a siguiente se levantan, se ba帽an en el r铆o y quedan tan limpias y sanas como antes de parir. Si se cansan de sus parejas masculinas, abortan con hierbas que causan la muerte del feto. Se cubren las partes vergonzantes con hojas o trapos de algod贸n, aunque por lo general, los ind铆genas -hombres y mujeres- ven la desnudez total con la misma naturalidad con la que nosotros miramos la cabeza o las manos de un hombre”.

“Los ind铆genas,” dice Las Casas, “no dan ninguna importancia al oro y a otras cosas de valor. Les falta todo sentido del comercio, ni compran ni venden, y dependen enteramente de su entorno natural para sobrevivir. Son muy generosos con sus posesiones y por la misma raz贸n, si deseaban las posesiones de sus amigos, esperan ser atendidos con el mismo grado de generosidad…”

Las Casas habla del tratamiento de los ind铆genas a manos de los espa帽oles:

“Testimonios interminables… dan fe del temperamento benigno y pac铆fico de los nativos… Pero fue nuestra labor la de exasperar, asolar, matar, mutilar y destrozar, 驴a qui茅n puede extra帽ar, pues, si de vez en cuando intentaban matar a alguno de los nuestros? El almirante, es verdad, fue tan ciego como los que le vinieron detr谩s, y ten铆a tantas ansias de complacer al Rey que cometi贸 cr铆menes irreparables contra los ind铆genas”.

El control total conllev贸 una crueldad igualmente total. Los espa帽oles “no se lo pensaban dos veces antes de apu帽alarlos a docenas y cortarles para probar el afilado de sus espadas.” Las Casas explica c贸mo “dos de estos supuestos cristianos se encontraron un d铆a con dos chicos ind铆genas, cada uno con un loro, les quitaron los loros y para su mayor disfrute, cortaron las cabezas a los chicos”.

Mientras que los hombres eran enviados muy lejos, a las minas, las mujeres se quedaban para trabajar la tierra. Les obligaban a cavar y a levantar miles de elevaciones para el cultivo de la yuca, un trabajo insoportable:

“De esta forma las parejas s贸lo se un铆an una vez cada ocho o diez meses y cuando se juntaban, ten铆an tal cansancio y tal depresi贸n… que dejaban de procrear. Respecto a los beb茅s, mor铆an al poco rato de nacer porque a sus madres se les hac铆a trabajar tanto, y estaban tan hambrientas, que no ten铆an leche para amamantarlos, y por esta raz贸n, mientras estuve en Cuba, murieron 7.000 ni帽os en tres meses. Algunas madres incluso llegaron a ahogar a sus beb茅s de pura desesperaci贸n… De esta forma, los hombres mor铆an en las minas, las mujeres en el trabajo, y los ni帽os de falta de leche… y en un breve espacio de tiempo, esta tierra, que era tan magn铆fica, poderosa y f茅rtil .. qued贸 despoblada. Mis ojos han visto estos actos tan extra帽os a la naturaleza humana, y ahora tiemblo mientras escribo”.

Cuando lleg贸 a Hispaniola en 1508, Las Casas dice “Viv铆an 60.000 personas en las islas, incluyendo a los ind铆genas, as铆 que entre 1494 y 1508, hab铆an perecido m谩s de tres millones de personas entre la guerra, la esclavitud y las minas. 驴Qui茅n se va a creer esto en futuras generaciones?”

Asi comenz贸 la historia de la invasi贸n europea, hace quinientos a帽os, de los asentamientos ind铆genas en las Am茅ricas. Ese comienzo, cuando se lee a Las Casas, incluso si sus cifras son exageradas (驴hab铆a tres millones de indios, menos de un mill贸n, como han calculado algunos historiadores, u ocho millones, como creen otros historiadores), es de conquista, esclavitud, muerte. Todo comienza con una heroica aventura, sin derramamiento de sangre, incluso se celebra el D铆a de Col贸n.

Samuel Eliot Morison, el historiador de Harvard, fue el biografo m谩s ilustre de Col贸n. Autor de una biografia en varios vol煤menes, y 茅l mismo se hizo a la mar para reconstruir la ruta de Col贸n a trav茅s del Atl谩ntico. En su popular libro Crist贸bal Col贸n, marinero, escrito en 1954, nos cuenta el tema de la esclavitud y las matanzas “La cruel pol铆tica iniciada por Col贸n y continuada por sus sucesores desemboc贸 en un genocidio completo”.

Esta cita aparece en una de las p谩ginas del libro, sepultada en un entorno de gran romanticismo. En el 煤ltimo p谩rrafo del libro, Morison hace un resumen de sus impresiones sobre Col贸n:

“Ten铆a defectos, pero en gran medida eran defectos que nac铆an de las cualidades que le hicieron grande -su voluntad indomable, su impresionante fe en Dios y en su propia misi贸n como portador de Cristo a las tierras allende los mares, su tozuda persistencia a pesar de la marginaci贸n, la pobreza y el des谩nimo que le acechaban. Pero no ten铆a m谩cula ni hab铆a fallo alguno en la m谩s esencial y sobresaliente de sus cualidades -su habilidad como marinero”.

Se puede mentir como un bellaco sobre el pasado. O se pueden omitir datos que pudieran llevar a conclusiones inaceptables. Morison no hace ni una cosa ni la otra. Se niega a mentir respecto a Col贸n. No se salta el tema de los asesinatos en masa; efectivamente, lo describe con la palabra m谩s desgarradora que se pueda usar genocidio.

Pero hace otra cosa. No se entretiene en la verdad, y pasa a considerar las cosas que le resultan m谩s importantes. El hecho de mentir demasiado descaradamente o de hacer disimuladas omisiones comporta el riesgo de ser descubierto, lo cual, si ocurre, puede llevar al lector a rebelarse contra el autor. Sin embargo, el hecho de apuntar los datos para seguidamente enterrarlos en una masa de informaci贸n paralela equivale a decirle al lector con cierta calma afectada: s铆, hubo asesinatos en masa, pero eso no es lo verdaderamente importante. Debiera pesar muy poco en nuestros juicios finales, no deber铆a afectar tanto lo que hagamos en el mundo. La verdad es que el historiador no puede evitar enfatizar unos hechos y olvidar otros. Esto le resulta tan natural como al cart贸grafo que, con el fin de producir un dibujo eficaz a efectos pr谩cticos, primero debe allanar y distorsionar la forma de la tierra para entonces escoger entre la desconcertante masa de informaci贸n geogr谩fica las cosas que necesita para los prop贸sitos de tal o cual mapa.

Mis cr铆ticas no pueden cebarse en los procesos de selecci贸n, simplificaci贸n o 茅nfasis, los cuales resultan inevitables tanto para los cart贸grafos como para los historiadores. Pero la distorsi贸n del cart贸grafo es una necesidad t茅cnica para una finalidad com煤n que comparten todos los que necesitan de los mapas. La distorsi贸n del cart贸grafo, m谩s que t茅cnica, es ideol贸gica; se debate en un mundo de intereses contrapuestos, en el que cualquier 茅nfasis presta apoyo (lo quiera o no el historiador) a alg煤n tipo de inter茅s, sea econ贸mico, pol铆tico, racial, nacional o sexual.

Adem谩s este inter茅s ideol贸gico no se expresa tan abiertamente ni resulta tan obvio como el inter茅s t茅cnico del cart贸grafo (“Esta es una proyecci贸n Mercator para navegaci贸n de larga distancia, para las distancias cortas deben usar una proyecci贸n diferente”). No. Se presenta como si todos los lectores de temas hist贸ricos tuvieran un inter茅s com煤n que los historiadores satisfacen con su gran habilidad.

El hecho de enfatizar el hero铆smo de Col贸n y sus sucesores como navegantes y descubridores y de quitar 茅nfasis al genocidio que provocaron no es una necesidad t茅cnica sino una elecci贸n ideol贸gica. Sirve -se quiera o no- para justificar lo que pas贸.

Lo que quiero resaltar aqu铆 no es el hecho de que debamos acusar, juzgar y condenar a Col贸n in absentia, al contar la historia. Ya pas贸 el tiempo de hacerlo, ser铆a un in煤til ejercicio acad茅mico de moral铆stica. Quiero hacer hincapi茅 en que todav铆a nos acompa帽a la costumbre de aceptar las atrocidades como el precio deplorable pero necesario que hay que pagar por el progreso (Hiroshima y Vietnam por la salvaci贸n de la civilizaci贸n occidental; Kronstadt y Hungr铆a por la del socialismo, la proliferaci贸n nuclear para salvarnos a todos). Una de las razones que explican por qu茅 nos merodean todav铆a estas atrocidades es que hemos aprendido a enterrarlas en una masa de datos paralelos, de la misma manera que se entierran los residuos nucleares en contenedores de tierra.

El tratamiento de los h茅roes (Col贸n) y sus v铆ctimas (los arawaks) -la sumisa aceptaci贸n de la conquista y el asesinato en el nombre del progreso- es s贸lo un aspecto de una postura ante la historia que explica el pasado desde el punto de vista de los gobernadores, los conquistadores, los diplom谩ticos y los l铆deres. Es como si ellos -por ejemplo, Col贸n- merecieran la aceptaci贸n universal; como si ellos – los Padres Fundadores, Jackson, Lincoln, Wilson, Roosevelt, Kennedy, los principales miembros del Congreso, los famosos jueces del Tribunal Supremo- representaran a toda la naci贸n. La pretensi贸n es que realmente existe una cosa que se llama “EEUU”, que es presa a veces de conflictos y discusiones, pero que fundamentalmente es una comunidad de gente de intereses compartidos. Es como si realmente hubiera un “inter茅s nacional” representado por la Constituci贸n, por la expansi贸n territorial, por las leyes aprobadas por el Congreso, las decisiones de los tribunales, el desarrollo del capitalismo, la cultura de la educaci贸n y los medios de comunicaci贸n.

“La historia es la memoria de los estados”, escribi贸 Henry Kissinger en su primer libro, A World Restored, en el que se dedic贸 a contar la historia de la Europa del siglo XIX desde el punto de vista de los dirigentes de Austria e Inglaterra, ignorando a los millones que sufrieron las pol铆ticas de sus estadistas. Desde su punto de vista, la “paz” que ten铆a Europa antes de la Revoluci贸n Francesa qued贸 “restaurada” por la diplomacia de unos pocos l铆deres nacionales. Pero para los obreros industriales de Inglaterra, para los campesinos de Francia, para la gente de color en Asia y Africa, para las mujeres y los ni帽os de todo el mundo -salvo los de clase acomodada- era un mundo de conquistas, violencia, hambre, explotaci贸n -un mundo no restaurado, sino desintegrado.

Mi punto de vista, al contar la historia de los EEUU, es diferente: no debemos aceptar la memoria de los estados como cosa propia. Las naciones no son comunidades y nunca lo fueron. La historia de cualquier pa铆s, si se presenta como si fuera la de una familia, disimula terribles conflictos de intereses (algo explosivo, casi siempre reprimido) entre conquistadores y conquistados, amos y esclavos, capitalistas y trabajadores, dominadores y dominados por razones de raza y sexo. Y en un mundo de conflictos, en un mundo de v铆ctimas y verdugos, la tarea de la gente pensante debe ser – como sugiri贸 Albert Camus- no situarse en el bando de los verdugos.

As铆, en esa inevitable toma de partido que nace de la selecci贸n y el subrayado de la historia, prefiero explicar la historia del descubrimiento de Am茅rica desde el punto de vista de los arawaks, la de la Constituci贸n, desde la posici贸n de los esclavos, la de Andrew Jackson, tal como lo ver铆an los cherokees, la de la Guerra Civil, tal como la vieron los irlandeses de Nueva York, la de la Guerra de M茅xico, desde el punto de vista de los desertores del ej茅rcito de Scott, la de la eclosi贸n del industrialismo, tal como lo vieron las j贸venes obreras de las f谩bricas textiles de Lowell, la de la Guerra Hispano-Estadounidense vista por los cubanos, la de la conquista de las Filipinas tal como la ver铆an los soldados negros de Luz贸n, la de la Edad de Oro, tal como la vieron los agricultores sure帽os, la de la Primera Guerra Mundial, desde el punto de vista de los socialistas, y la de la Segunda vista por los pacifistas, la del New Deal de Roosevelt, tal como la vieron los negros de Harlem, la del Imperio norteamericano de posguerra, desde el punto de vista de los peones de Latinoam茅rica. Y as铆 sucesivamente, dentro de los l铆mites que se le imponen a una sola persona, por mucho que 茅l o ella se esfuercen en “ver” la historia desde otros puntos de vista.

Mi l铆nea no ser谩 la de llorar por las v铆ctimas y denunciar a sus verdugos. Esas l谩grimas, esa c贸lera, proyectadas hacia el pasado, hacen mella en nuestra energ铆a moral actual. Y las l铆neas no siempre son claras. A largo plazo, el opresor tambi茅n es v铆ctima. A corto plazo (y hasta ahora, la historia humana s贸lo ha consistido en plazos cortos), las v铆ctimas, desesperadas y marcadas por la cultura que les oprime, se ceban en otras v铆ctimas.

No obstante, teniendo en cuenta estas complejidades, este libro contemplar谩 con escepticismo a los gobiernos y sus intentos, a trav茅s de la pol铆tica y la cultura, de engatusar a la gente ordinaria en la inmensa telara帽a nacional, con el camelo del “inter茅s com煤n”. Intentar茅 no obviar las crueldades que las v铆ctimas se hacen unas a otras mientras las meten apretujadas en los furgones del Sistema. No quiero mitificarlas. Pero s铆 recuerdo (echando mano de una par谩frasis aproximada) una declaraci贸n que una vez le铆: “El grito de los pobres no siempre es justo, pero si no lo escuchas, nunca sabr谩s lo que es la justicia”

No quiero inventar victorias para los movimientos populares. Pero el hecho de pensar que los escritos sobre historia tan s贸lo tienen como finalidad recapitular los fallos que dominaron el pasado es convertir a los historiadores en colaboradores de un ciclo interminable de derrotas. Si la historia tiene que ser creativa -para as铆 anticipar un posible futuro sin negar el pasado- deber铆a, creo yo, centrarse en las nuevas posibilidades bas谩ndose en el descubrimiento de esos episodios olvidados del pasado en los que, aunque s贸lo sea en breves pinceladas, la gente mostr贸 una capacidad para la resistencia, para la unidad y, ocasionalmente, para la victoria. Estoy suponiendo -o quiz谩s tan s贸lo anhelando- que nuestro futuro se pueda encontrar en los furtivos momentos de compasi贸n que hubo en el pasado antes que en los densos siglos de guerra.

Lo que hizo Col贸n con los arawaks de las Islas Antillas, Cort茅s lo hizo con los aztecas de M茅xico, Pizarro con los incas del Per煤 y los colonos ingleses de Virginia y Massachusetts con los indios powhatanos y pequotes.

Parece ser que en los primitivos estados capitalistas de Europa hubo verdadera locura por encontrar oro, esclavos y productos de la tierra para pagar a los accionistas y obligacionistas de las expediciones, para financiar las emergentes burocracias mon谩rquicas de Europa Occidental, para promocionar el crecimiento de las nuevas econom铆as monetaristas que surg铆an del feudalismo y para participar en lo que Carlos Marx despu茅s llamar铆a “la acumulaci贸n primitiva de capital”. Estos fueron los violentos inicios de un sistema complejo de tecnolog铆a, negocios, pol铆tica y cultura que dominar铆a el mundo durante cinco siglos.

Jamestown, Virginia, la primera colonia permanente de los ingleses en las Am茅ricas, se estableci贸 dentro del territorio de una confederaci贸n india liderada por el jefe Powhatan. Powhatan observ贸 la colonizaci贸n inglesa de sus tierras, pero no atac贸, manteniendo una posici贸n de calma. Cuando los ingleses sufrieron la hambruna del invierno de 1610, algunos se acercaron a los indios para poder comer y no morirse. Cuando llego el verano, el gobernador de la colonia envi贸 un mensaje para pedirle a Powhatan que devolviera a los fugitivos. Powhatan, seg煤n la versi贸n inglesa, respondi贸 con “respuestas nacidas del orgullo y del desd茅n”. As铆 que enviaron soldados para “vengarse”. Atacaron un poblado indio, mataron a quince o diecis茅is indios, quemaron sus casas, cortaron el trigo que cultivaban en las inmediaciones del poblado, se llevaron en barcos a la reina de la tribu y a sus hijos, y acabaron por tirar los hijos por la borda, “haci茅ndoles saltar la tapa de los sesos en el agua”. A la reina se la llevaron para asesinarla a navajazos.

Parece ser que doce a帽os despu茅s, los indios, alarmados por el crecimiento de los poblados ingleses, intentaron eliminarlos de una vez por todas. Hicieron una incursi贸n en la que masacraron a 347 hombres, mujeres y ni帽os. Desde entonces se declar贸 una guerra sin cuartel.

Al no poder esclavizar a los indios, y no pudiendo convivir con ellos, los ingleses decidieron exterminarlos. Seg煤n el historiador Edmund Morgan, “en el plazo de dos o tres a帽os desde la masacre, los ingleses hab铆an vengado varias veces todas las muertes de ese d铆a”.

En ese primer a帽o de presencia del hombre blanco en Virginia (1607), Powhatan hab铆a dirigido una petici贸n a John Smith. Result贸 ser prof茅tica. Se puede dudar de su autenticidad, pero se asemeja tanto a tantas declaraciones indias que si no se puede considerar el borrador de esa primera petici贸n, por lo menos s铆 lleva su mismo esp铆ritu:

“He visto morir a dos generaciones de mi gente. Conozco la diferencia entre la paz y la guerra mejor que ning煤n otro hombre de mi pa铆s. 驴Por qu茅 toman Uds por la fuerza lo que pudieran obtener por v铆a pac铆fic谩 驴Por qu茅 quieren destruir a los que les abastecen de alimentos? 驴Que pueden ganar con la guerr谩 驴Por qu茅 nos tienen envidi谩 Estamos desarmados y dispuestos a darles lo que piden si vienen en son de amistad. No somos tan inocentes como para ignorar que es mucho mejor comer buena carne, dormir tranquilamente, vivir en paz con nuestras esposas y nuestros hijos, re铆rnos y ser amables con los ingleses, y comerciar para obtener su cobre y sus hachas, que huir de ellos y malvivir en los fr铆os bosques, comer bellotas, ra铆ces y otras porquer铆as, y no poder comer ni dormir por la persecuci贸n que sufrimos”.

Cuando llegaron los primeros colonos a Nueva Inglaterra -los Pilgrim Fathers- tambi茅n se instalaron en territorio habitado por tribus indias, y no en tierra deshabitada. Los indios pequote habitaban en lo que hoy es Connecticut del Sur y Rhode Island. Los puritanos los quer铆an echar, codiciaban sus tierras.

As铆 empez贸 la guerra con los pequotes. Hubo masacres en ambos bandos. Los ingleses desarrollaron una t谩ctica guerrera que antes hab铆a usado Cort茅s y que despu茅s reaparecer铆a en el siglo veinte, incluso de forma m谩s sistem谩tica: los ataques deliberados a los no- combatientes para aterrorizar al enemigo.

As铆 que los ingleses incendiaron los wigwams de los poblados. William Bradford, en su libro contempor谩neo, History of The Plymouth Plantation, describe la incursi贸n de John Mason en el poblado Pequote:

“Los que escaparon al fuego fueron muertos a espada, algunos murieron a hachazos, y otros fueron atravesados con el espad铆n, y as铆 se dio buena cuenta de ellos en poco tiempo, y pocos lograron huir. Se piensa que murieron unos 400 esa vez. Verles fre铆r en la sart茅n result贸 un terrible espect谩culo”.

Un pie de p谩gina en el libro de Virgil Vogel, This land was ours (1972), dice lo siguiente “La cantidad oficial de Pequotes que ahora quedan en Connecticut es de veintiuna personas”.

Durante un tiempo, los ingleses lo intentaron con t谩cticas m谩s suaves. Pero despu茅s se decantaron por el exterminio. La poblaci贸n de 10 millones de indios que viv铆a en el norte de M茅xico al llegar Col贸n se reducir铆a finalmente a menos de un mill贸n. Enormes cantidades de indios morir铆an de las enfermedades que introdujo el hombre blanco.

Detr谩s de la invasi贸n inglesa de Norteam茅rica, detr谩s de las masacres de indios que realizaron, detr谩s de sus enga帽os y su brutalidad, yac铆a ese poderoso y especial impulso que nace en las civilizaciones y que se basa en la propiedad privada. Era un impulso moralmente ambiguo, la necesidad de espacio, de tierras, era una aut茅ntica necesidad humana. Pero en condiciones de escasez, en una 茅poca b谩rbara de la historia, marcada por la competencia, esta necesidad humana se ve铆a traducida en la masacre de pueblos enteros.

De Col贸n a Cort茅s, de Pizarro a los puritanos, 驴era toda esta sangr铆a y todo este enga帽o una necesidad para el progreso -desde el estado salvaje hasta la civilizaci贸n- de la raza human谩 Si efectivamente hay que hacer sacrificios para el progreso de la humanidad, 驴no resulta esencial atenerse al principio de que los mismos sacrificados deben tomar la decisi贸帽 Todos podemos decidir sacrificar algo propio, pero 驴tenemos el derecho a echar en la pira mortuoria a los hijos de los dem谩s, o incluso a nuestros propios hijos, en aras de un progreso que no resulta ni la mitad de claro o tangible que la enfermedad o la salud, la vida o la muert茅 M谩s all谩 de todo ello, 驴c贸mo podemos estar seguros de que lo que se destruy贸 fuese inferior? 驴Qui茅nes eran esas personas que aparecieron en la playa y que llevaron a nado presentes para Col贸n y su tripulaci贸n, que observaban mientras Cort茅s y Pizarro cabalgaban por su campi帽a y que asomaban sus cabezas por los bosques para ver los primeros colonos blancos de Virginia y Massachusetts?

Col贸n les llam贸 “indios” porque calcul贸 mal el tama帽o de la tierra. En este libro les llamamos “indios” con algo de precauci贸n porque demasiadas veces ocurre que a los pueblos les toca apechugar con las etiquetas que les han colgado sus conquistadores.

Cuando lleg贸 Col贸n hab铆a unos 75 millones de personas ampliamente repartidas por la enorme masa terrestre de las Am茅ricas, 25 de los cuales estaban en Am茅rica del Norte. En consonancia con los diferentes entornos de tierras y clima, desarrollaron cientos de diferentes culturas tribales y unas dos mil lenguas distintas. Perfeccionaron el arte de la agricultura, y se las apa帽aron para cultivar el ma铆z, que, al no crecer por s铆 s贸lo, tiene que ser plantado, cultivado, abonado, cosechado, descascarado y pelado Su ingenio les permiti贸 desarrollar una serie de verduras y frutas diferentes, as铆 como los cacahuetes, el chocolate, el tabaco y el caucho.

Los ind铆genas de Am茅rica estaban inmersos en la gran revoluci贸n agr铆cola que estaban experimentando otros pueblos de Asia, Europa y Africa en ese mismo per铆odo aproximado. Mientras que muchas de las tribus retuvieron las costumbres de los cazadores n贸madas y de los recolectores de alimentos en comunas errantes e igualitarias, otras empezaron a vivir en comunidades m谩s estables en sitios m谩s provistos de alimentos, con poblaciones mayores, m谩s divisi贸n del trabajo entre hombres y mujeres, m谩s excedentes para alimentar a los jefes y a los brujos, m谩s tiempo de ocio para las labores art铆sticas y sociales, y para construir casas. Entre los Adirondacas y los Grandes Lagos, en lo que hoy en d铆a es Pennsylvania y la parte superior de Nueva York, viv铆a la m谩s poderosa de las tribus del noreste, la Liga de los Iroqueses. En los poblados iroqueses la tierra era de propiedad compartida y se trabajaba en com煤n. Se cazaba en equipo, y se divid铆an las presas entre los miembros del poblado.

En la sociedad de los iroqueses, las mujeres eran respetadas. Cuidaban los cultivos y se encargaban de las cuestiones del poblado mientras los hombres cazaban y pescaban. Como apunta Gary B. Nash en su fascinante estudio de la Am茅rica primitiva, Red, White and Black, “as铆 se compart铆a el poder entre sexos, y brillaba por su ausencia en la sociedad iroquesa la idea europea del predominio masculino y de la sumisi贸n femenina”.

Mientras que a los hijos de la sociedad iroquesa se les ense帽aba el patrimonio cultural de su pueblo y la solidaridad para con su tribu, tambi茅n se les ense帽aba a ser independientes y a no someterse a los abusos de la autoridad.

Todo esto contrastaba vivamente con los valores europeos que importaron los primeros colonos, una sociedad de ricos y pobres, controlada por los sacerdotes, por los gobernadores, por las cabezas -masculinas- de familia.

Gary Nash describe as铆 la cultura iroquesa:

“Antes de la llegada de los europeos, en los bosques del noreste no hab铆a leyes ni ordenanzas, comisarios ni polic铆as, jueces ni jurados, juzgados ni prisiones -nada de la parafernalia autoritaria de las sociedades europeas. Sin embargo, estaban firmemente establecidos los l铆mites del comportamiento aceptable. A pesar de enorgullecerse del individuo aut贸nomo, los iroqueses manten铆an un sentido estricto del bien y del mal. Se deshonraba y se trataba con ostracismo al que robaba alimentos ajenos o se comportaba de forma cobarde en la guerra, hasta que hubiera expiado sus malas acciones y demostrado su purificaci贸n moral a satisfacci贸n de los dem谩s”.

Y no s贸lo se comportaban as铆 los iroqueses, sino tambi茅n otras tribus ind铆genas.

Col贸n y sus sucesores no aterrizaban en un desierto bald铆o, sino que lo hac铆an en un mundo que en algunas zonas estaba tan densamente poblado como la misma Europa, donde la cultura era compleja, donde eran m谩s igualitarias las relaciones humanas que en Europa, y donde las relaciones entre hombres, mujeres, ni帽os y la naturaleza estaban quiz谩s m谩s noblemente concebidas que en ning煤n otro punto del globo.

Eran gentes sin lenguaje escrito, pero que ten铆an sus propias leyes, su poes铆a, su historia retenida en la memoria y transmitida de generaci贸n en generaci贸n, con un vocabulario oral m谩s complejo que el europeo y acompa帽ado con cantos, bailes y ceremonias dram谩ticas. Prestaban mucha atenci贸n al desarrollo de la personalidad, la fuerza de la voluntad, la independencia y la flexibilidad, la pasi贸n y la potencia, a sus relaciones interpersonales y con la naturaleza.

John Collier, un estudioso norteamericano que convivi贸 con los indios en los a帽os veinte y treinta en el suroeste norteamericano, coment贸 de su esp铆ritu: “Si pudi茅ramos adoptarlo nosotros, habr铆a una tierra eternamente inagotable y una paz que durar铆a por los siglos de los siglos”.

Quiz谩s haya un resquicio de romanticismo mitol贸gico en esa aseveraci贸n. Pero a煤n a expensas de la imperfecci贸n que conllevan los mitos, baste para que nos haga cuestionar -en ese per铆odo y en el nuestro- la excusa del progreso que respalda el exterminio de las razas, y la costumbre de contarse la historia desde la 贸ptica de los conquistadores y los l铆deres de la civilizaci贸n occidental.




Fuente: Lahaine.org