September 14, 2021
De parte de Lobo Suelto
237 puntos de vista


Este t铆tulo es un juego de palabras a partir del C贸mo vivir juntos de Roland Barthes, e inspirado en una escena de la que fui testigo, a comienzos de los a帽os ochenta, en una clase de Deleuze en Par铆s. En una de tantas, uno de los asistentes, tal vez un paciente de Guattari de la cl铆nica La Borde, interrumpi贸 la disertaci贸n para preguntar por qu茅 hoy en d铆a se dejaba a las personas tan solas, por qu茅 era tan dif铆cil comunicarse. Deleuze respondi贸 gentilmente: el problema no es que nos dejan solos, es que no nos dejan lo suficientemente solos. No puedo imaginarme qu茅 provoc贸 esta respuesta zen al afligido interlocutor. Venida, por otro lado, de alguien que defini贸 el trabajo del profesor como el de reconciliar al alumno con su soledad. De cualquier modo, Deleuze no se cans贸 de escribir que sufrimos un exceso de comunicaci贸n, que estamos 鈥渁travesados de palabras in煤tiles, de una cantidad demente de palabras e im谩genes鈥, y que ser铆a mejor crear 鈥渧acuolas de soledad y de silencio鈥 para que por fin se tenga algo que decir.(1) El hecho es que Deleuze nunca dej贸 de reivindicar la soledad absoluta. Incluso en los personajes que privilegia a lo largo de su obra, vemos con cu谩nta insistencia vuelve este tema. Tomemos el caso de Bartleby, el escribiente descrito por Melville, que ante cada orden de su patr贸n, responde: I Would prefer not to, 鈥淧referir铆a no hacerlo鈥. Con esta frase lac贸nica alborota su entorno. El abogado oscila entre la piedad y el rechazo frente a este empleado plantado detr谩s del biombo, p谩lido y flaco, hecho un alma en pena, que por poco no habla, ni come, que nunca sale, al que es imposible sacar de ah铆, y que s贸lo repite: preferir铆a no hacerlo. Con su pasividad desmonta los resortes del sentido que garantizan la dial茅ctica del mundo y hace que todo se ponga a correr, en una desterritorializaci贸n del lenguaje, de los lugares, de las funciones, de los h谩bitos. Desde el fondo de su soledad, dice Deleuze, tales individuos no revelan s贸lo el rechazo de una sociabilidad envenenada, sino que son un llamado a una solidaridad nueva, invocaci贸n de una comunidad por venir.

Cu谩ntos lo intentaron, y por las v铆as m谩s tortuosas. Dado que Roland Barthes, en su texto C贸mo vivir juntos, se permiti贸 revelar su fantas铆a personal de comunidad, a saber, el monasterio en el monte Athos, yo tambi茅n me permito tomar un ejemplo demod茅, venido del campo psiqui谩trico. Reclusi贸n por reclusi贸n, cada uno con su fantas铆a.

Pues bien, Jean Oury, que dirigi贸 junto con F茅lix Guattari la cl铆nica La Borde, pr谩cticamente se intern贸 con sus pacientes en ese castillo antiguo y decadente. La cuesti贸n que lo asedi贸 por el resto de su vida no es indiferente a los Bartlebys que cruzamos en cada esquina, este gran manicomio posmoderno que es el nuestro: 驴C贸mo sostener un colectivo que preserve la dimensi贸n de la singularidad? (2) 驴C贸mo crear espacios heterog茅neos, con tonalidades propias, atm贸sferas distintas, en los que cada uno se enganche a su modo? 驴C贸mo mantener una disponibilidad que propicie los encuentros, pero que no los imponga, una atenci贸n que permita el contacto y preserve la alteridad? 驴C贸mo dar lugar al azar, sin programarlo? 驴C贸mo sostener una 鈥済entileza鈥 que permita la emergencia de un hablar all铆 donde crece el desierto afectivo?

Cuando describi贸 La Borde, Marie Depuse se refiri贸 a una comunidad hecha de suavidad, no obstante macerada en el roce con el dolor.

Estos sujetos necesitan hasta del polvillo para protegerse de la violencia del d铆a. Por eso, cuando se barre, es preciso hacerlo despacito. 鈥淓s mientras se gira en torno a sus camas, que se recogen las migas, que se tocan sus s谩banas, su cuerpo, que tienen lugar los di谩logos m谩s suaves, la conversaci贸n infinita entre aquellos que temen la luz y aquellos otros que toman sobre s铆 la miseria de la noche.鈥 Ninguna utop铆a as茅ptica, tal vez porque el psic贸tico est谩 ah铆, feliz o infelizmente, para recordarnos que hay algo en el mundo emp铆rico que gira en falso (Oury). (3) Es verdad que todo esto parece pertenecer a un pasado casi proustiano. Pero el propio Guattari nunca dej贸 de reconocer su deuda para con esa experiencia colectiva y su esfuerzo por conferir la 鈥渕arca de singularidad a los m铆nimos gestos y encuentros鈥.(4) Hasta confiesa que, a partir de ese momento, pudo 鈥渟o帽ar con aquello en lo que podr铆a convertirse la vida en los conglomerados urbanos, en las escuelas, en los hospitales鈥,(5) si los agenciamientos colectivos fuesen sometidos a un 鈥渢ratamiento barroco鈥 semejante. Pero nuestro presente est谩 lejos de seguir tal direcci贸n, incluso y sobre todo en este capitalismo en red que enaltece al m谩ximo las conexiones y las monitorea y modula con finalidades vampirescas. A煤n as铆, deber铆amos poder distinguir estas toneladas de 鈥渟oledad negativa鈥 producidas en gran escala, de aquello que Katz llam贸 鈥渟oledad positiva鈥, que consiste en resistir a un socialitarismo desp贸tico, y desafiar la tiran铆a de los intercambios productivos y de la circulaci贸n social. En estos desenganches se esbozan, a veces, subjetividades precarias, m谩quinas c茅libes, gestos adversos a cualquier reinscripci贸n social.

Me permito mencionar una an茅cdota de la Compa帽铆a Teatral Ueinzz, integrada por pacientes de salud mental y en ese momento de gira en el Festival de Teatro de Curitiba. Uno de los actores, instalado en el sof谩 del sal贸n del lujoso hotel, posa su taza de caf茅 en la mesa y abre el diario. Yo lo observo de lejos, en ese contexto poco habitual de un Festival Internacional, y me digo: podr铆a ser Artaud, o alg煤n actor polaco leyendo en el diario la cr铆tica sobre su obra. En eso, miro para abajo y veo en el dedo gordo de uno de sus pies un bloque de u帽a amarilla retorcida saltando fuera de la chancleta. Como quien dice: 鈥渘o se acerquen鈥. Quiz谩s quepa aqu铆 la bella definici贸n de Deleuze-Guattari: el territorio es primeramente la distancia cr铆tica entre dos seres de la misma especie; marcar sus distancias.(6) El bloque animal y monstruoso, la u帽a indomable, signo de lo inhumano, es su distancia, su soledad, pero tambi茅n su firma. Dejo para otro momento, claro, las u帽as de Deleuze.

El dramaturgo argentino Eduardo Pavlovsky cre贸 un personaje que ilustra con humor esta misma reivindicaci贸n. La preocupaci贸n constante de Poroto es saber c贸mo va a escapar de las situaciones que se presentan: d贸nde se va a sentar en una fiesta para poder escabullirse sin ser visto, qu茅 coartada va a inventar para deshacerse de un conocido. (7) Y llega a exclamar esta frase implacable, verdadero pu帽etazo al est贸mago de muchos psicoanalistas:鈥溾asta de v铆nculos, s贸lo contig眉idad de velocidades鈥. 驴No tendremos ah铆 el esbozo de algo propio de nuestro universo, tan lejos de aquel otro en que todos interrump铆an sus cosas para 鈥渄iscutir la relaci贸n鈥? Una subjetividad m谩s esquizo, fluida, de vecindad y resonancia, de distancias y encuentros, m谩s que de vinculaci贸n y pertenencia. M谩s propia, tal vez, de una sociedad de control y sus mecanismos flexibles de monitoreo, que de una sociedad disciplinaria y su l贸gica r铆gida de pertenencia y filiaci贸n.

En un peque帽o libro titulado La comunidad que viene, (8) Agamben recoge un efecto de esta mutaci贸n. Evoca una resistencia proveniente, no como antes, de una clase, de un partido, de un sindicato, de un grupo, de una minor铆a, sino de una subjetividad cualquiera, de cualquiera, como aquel que desaf铆a un tanque en la Plaza Tiananmen, que ya no se define por su pertenencia a una identidad espec铆fica, sea de un grupo pol铆tico o de un movimiento social. Es lo que el estado no puede tolerar, dice, es la singularidad cualquiera, que no hace valer un lazo social, que declina toda pertenencia, pero que justamente por eso manifiesta su ser com煤n. Es la condici贸n, seg煤n Agamben, de toda pol铆tica futura. Tambi茅nChatelet reivindicaba el hero铆smo del individuo cualquiera, el gesto excepcional del hombre com煤n que impulsa en el colectivo individuaciones nuevas, en contraposici贸n a la mediocridad del hombre medio, que Zizek llama Homo Otarius.

驴O habr铆a que acompa帽ar a Lazzarato en la definici贸n que hace de nuestro presente no tanto por la hegemon铆a del trabajo inmaterial, como por la difusi贸n, por la contaminaci贸n de los comportamientos minoritarios, de las pr谩cticas de contra-conducta?(9) Lo cual engendra procesos de bifurcaci贸n en relaci贸n con la subjetividad dominante: singularizaciones inauditas, agenciamientos ins贸litos, tanto dentro como fuera de la red. Visto as铆, la naturaleza de la resistencia ser铆a indisociable de la cooperaci贸n productiva contempor谩nea y de su proceso colectivo. En este sentido, puede tener raz贸n Sloterdijk cuando sugiere que ya no giramos en torno a los t茅rminos de soledad y alistamiento, como hace unas d茅cadas, sino a los de cooperaci贸n y comunicaci贸n. Es una l谩stima que cuando cuestiona nuestro solipsismo antropol贸gico con su teorizaci贸n de las esferas, para contestar al primado del individualismo ontol贸gico, recurra a una metaf铆sica del doble, del ser-dos. (10) Barthes, en el texto al que hice referencia antes, al menos deja su reflexi贸n en suspenso, aunque siga siendo dicot贸mico. Puesto que cuando evoca lo colectivo, incluso depurado de colectivismo, recurre a la soledad que nos salvar铆a de la opresi贸n comunitarista. Y cuando se apresta al escape solitario, evoca lo colectivo como una protecci贸n compensatoria: 鈥淪er extranjero es inevitable, necesario, deseable, salvo cuando cae la noche鈥.(11) Como si el vivir-juntos sirviese s贸lo 鈥減ara afrontar juntos la tristeza de la noche鈥. 驴Ser谩 as铆?

Es hora de volver a Deleuze. 驴Qu茅 soledad absoluta es esa que reivindica, por ejemplo, cuando se refiere a Nietzsche, a Kafka, a Godard? Es la soledad m谩s poblada del mundo.(12) Lo que importa es que desde el fondo de ella se puedan multiplicar los encuentros. No necesariamente con personas, sino con movimientos, ideas, acontecimientos, entidades. 鈥淪omos desiertos, pero poblados de tribus鈥 Pasamos nuestro tiempo acomodando esas tribus, disponi茅ndolas de otro modo, eliminando algunas de ellas, haciendo prosperar otras. Y todas estas poblaciones, todas estas multitudes no impiden el desierto, que es nuestra propia ascesis; al contrario, ellas lo habitan, pasan por 茅l, sobre 茅l [鈥 El desierto, la experimentaci贸n sobre s铆 mismo, es nuestra 煤nica identidad, nuestra 煤nica alternativa para todas las combinaciones que nos habitan.鈥(13)

Cu谩nta fascinaci贸n ejerc铆an sobre 茅l estos tipos solitarios, y al mismo tiempo hombres de grupo, de banda鈥 A煤n cuando lleven un nombre propio, este nombre designa primero un agenciamiento colectivo. El punto m谩s singular abri茅ndose a la mayor multiplicidad: rizoma. Por eso cabe salir del 鈥渁gujero negro de nuestro Yo鈥 donde nos alojamos con nuestros sentimientos y pasiones, deshacer el rostro, tornarse imperceptible, y pintarse con los colores del mundo (14) (Lawrence)鈥 La soledad m谩s absoluta, a favor de la despersonalizaci贸n m谩s radical, para establecer otra conexi贸n con los flujos del mundo鈥 鈥淓l m谩ximo de soledad deseante y el m谩ximo de socius鈥. (15) O como en Godard: estar solo pero ser parte de una asociaci贸n de malhechores; en cualquier caso, la deserci贸n, la traici贸n (a la familia, a la clase, a la patria, a la condici贸n de autor), se sirve de la soledad como de un medio de encuentro, en una l铆nea de fuga creadora.(16) As铆, tal soledad es cualquier cosa menos un solipsismo: es la forma por la cual se deserta a la forma del yo y sus compromisos infames, a favor de otra conexi贸n con el socius y el cosmos. De modo que el desaf铆o del solitario, contrariamente a cualquier reclusi贸n autista, a煤n cuando se llame Poroto o Bartleby, incluso cuando termine en un hospicio, es siempre encontrar o reencontrar un m谩ximo de conexiones, extender lo m谩s lejos posible el hilo de sus 鈥渟impat铆as鈥 vivas (Lawrence).(17)

Tal vez todo esto dependa, en el fondo, de una rara teor铆a del encuentro. Incluso en el extremo de la soledad, encontrarse no es chocar extr铆nsecamente con otro, sino experimentar la distancia que nos separa de 茅l, y sobrevolar esta distancia en un ir-y-venir loco: 鈥淵o soy Apis, Yo soy un egipcio, un indio piel-roja, un negro, un chino, un japon茅s, un extranjero, un desconocido, yo soy un p谩jaro del mar y el que sobrevuela tierra firme, yo soy el 谩rbol de Tolstoi con sus ra铆ces鈥,(18) dice Nijinski. Encontrar puede ser, tambi茅n, envolver aquello o a aqu茅l que uno se encuentra, de donde la pregunta de Deleuze: 鈥溌緾贸mo puede un ser apoderarse de otro en su mundo, conservando o respetando, sin embargo, las relaciones y mundos que le son propios?鈥.(19) A partir de esta distancia, que Deleuze llam贸 鈥渃ortes铆a鈥, Oury 鈥済entileza鈥, Barthes 鈥渄elicadeza鈥, Guattari 鈥渟uavidad鈥, hay al mismo tiempo separaci贸n, ir-y-venir, sobrevuelo, contaminaci贸n, envolvimiento mutuo, devenir rec铆proco.(20) Tambi茅n podr铆a llam谩rsela simpat铆a: una acci贸n a distancia de una fuerza sobre otra.(21) Ni fusi贸n, ni dial茅ctica intersubjetiva, ni metaf铆sica de la alteridad, sino distancias, resonancias, s铆ntesis disyuntivas. Con esto Deleuze relanza el vivir-solo en una direcci贸n inusitada. Una ecolog铆a subjetiva precisar铆a sostener tal disparidad de mundos, de puntos de vista, de modo tal que cada singularidad preservase, no s贸lo su inoperancia, sino tambi茅n su potencia de afectar y de envolver en el inmenso juego del mundo. Sin lo cual cada ser zozobra en el agujero negro de su soledad, privado de sus conexiones y de la simpat铆a que lo hace vivir.

Como se ve, a pesar de lo extravagante del t铆tulo de este texto, no pretend铆 presentar un manual de autoayuda sobre c贸mo vivir solos en tiempos sombr铆os. Quer铆a partir de las vidas precarias, de los desertores an贸nimos, de los suicidados de la sociedad para problematizar sus soledades y tambi茅n, desde el fondo de 茅stas, los gestos evanescentes que inventan una simpat铆a y hasta una solidaridad, en el contexto biopol铆tico contempor谩neo. Entre un Bartleby, un Poroto o uno de nuestros locos, veo a veces esbozos de lo que podr铆a llamarse una comunidad incierta, no sin conexi贸n con eso que obsesion贸 a la segunda mitad del siglo XX, de Bataille a Agamben, a saber: la comunidad de los que no tienen comunidad, la comunidad de los solteros, la comunidad inoperante, la comunidad imposible, la comunidad del juego, la comunidad que viene. Lo que Barthes llam贸 鈥渟ocialismo de las distancias鈥, o un socialismo (palabra ca铆da en desuso) tal como Chat锚let redefini贸: 鈥溾 cada cual seg煤n su singularidad鈥. Una cosa es segura: frente a la comunidad terrible que se propag贸 por el planeta, hecha de vigilancia rec铆proca y frivolidad, estos seres necesitan de su soledad para ensayar su bifurcaci贸n loca, y conquistar el lugar de sus simpat铆as.

Notas:

(1). Gilles Deleuze, Conversaciones, Valencia, Pre-Textos, 1995, p. 275.
(2). Jean Oury, Seminaire de Sainte Anne, Par铆s, Du Scarab茅e, 1986, p. 9.
(3). J. Oury, Seminaire, op. cit., p. 41.
(4). F茅lix Guattari, Caosmosis, Buenos Aires, Manantial, 1996: 鈥淓st谩 claro, ac谩, que no propongo la Cl铆nica La Borde como un modelo ideal. Pero creo que esa experiencia, a pesar de sus defectos y sus insuficiencias, tuvo y todav铆a tiene el m茅rito de colocar problemas y de indicar direcciones axiol贸gicas por las cuales la psiquiatr铆a puede redefinir su especificidad鈥.
(5). F. Guattari, Ib铆d.
(6). G. Deleuze y F. Guattari, Mil Mesetas, Valencia, Pre-Textos, 2002.
(7). Eduardo Pavlovsky, Poroto, Buenos Aires, B煤squeda de Ayllu, 1996.
(8). Giorgio Agamben, La comunidad que viene, Valencia, Pre-Textos, 2006.
(9). Maurizio Lazzarato, Pol铆ticas del acontecimiento, Buenos Aires, Tinta Lim贸n, 2006.
(10). Peter Sloterdijk, Esferas I, Madrid, Siruela, 2009.
(11). Roland Barthes, C贸mo vivir juntos, Buenos Aires, Siglo XXI, 2003.
(12). G. Deleuze, Di谩logos, Valencia, Pre-Textos, 1980, p. 10.
(13). G. Deleuze, Ib铆d., pp. 15-16.
(14). G. Deleuze, Ib铆d., pp. 55-56.
(15). F. Guatari, 脡crits pour l鈥橝nti-Oedipe, Par铆s, Lignes & Manifestes, 2004, p. 446.
(16). G. Deleuze, Di谩logos, op. cit., p. 14.
(17). G. Deleuze, Cr铆tica y cl铆nica, Barcelona, Anagrama, 1996, p. 67. [Traducci贸n ligeramente modificada].
(18). Vaslav Nijinsky, Diario, citado en El Anti-Edipo, Barcelona, Paid贸s, 1995, p. 83.
(19). G. Deleuze, Spinoza: filosof铆a pr谩ctica, Buenos Aires, Tusquets, 2004.
(20). Fran莽ois Zourabichvili, Deleuze, una filosof铆a del acontecimiento, Buenos Aires, Amorrortu, 2004, p. 138. 鈥淒evenir鈥: 鈥淟a gran idea es, por lo tanto, que los puntos de vista no divergen sin implicarse mutuamente, sin que cada uno 鈥榙evenga鈥 el otro en un intercambio desigual que no equivale a una permutaci贸n鈥.
(21). M. Lazzaratto, Puissances de l鈥檌nvention, Par铆s, Seuil, 2002, p. 98.




Fuente: Lobosuelto.com