October 1, 2022
De parte de Nodo50
168 puntos de vista

Hace dos meses también escribí tras ver una película que tenía pendiente. Aquella era de los ochenta, esta es más reciente. Estrenada antes de la pandemia, tenía interés por ver “Comportarse como adultos”, en la mayoría de países titulada “Adults in the room”. Basada en unas memorias políticas de Yanis Varoufakis, narra su odisea, políticamente épica, como ministro de economía, los primeros meses de 2015, a través de reuniones por distintos países europeos, intentando una alternativa viable que finalmente los burócratas, la Troika y la inflexibilidad de las bancas europeas tirarían por tierra, incluso tras el histórico referendum de julio en que ganó el Oxi (el no, en griego) al dictado de políticas de austeridad en refrito de un previo memorandum de entendimiento que ya atenazaba años atrás la economía griega.

Aunque para el mundo del cine europeo este mes será ante todo el de la muerte por suicidio asistido de Jean-Luc Godard, vengo a escribir sobre la obra de otro autor francés, superviviente aun, casi nonagenario: Costa-Gavras. Bueno, greco-francés, y de hecho ese es uno de los aspectos resaltables. A su edad tiene doble valor la lucidez que muestra en la realización, máxime teniendo en cuenta que muy pocas veces en su carrera Grecia protagoniza el asunto.

La película fue despreciada por algunos críticos, como Boyero, por exceso de didactismo. Como si estuviéramos sobrados de ello, vaya, en época de posverdades y alienación masiva y de banalización de las informaciones. Precisamente esa es la virtud, lo que explica y la claridad con que lo explica, que posiblemente yace en el libro de Varoufakis, pero que como co-guionista el director consigue traspasar a la pantalla de manera tan admirable como imitable. Ojalá más directores cuenten como hace él las verdades del barquero de lo que acontece en este mundo en permacrisis sometido a la avaricia de las ecocidas y sociópatas oligarquías económicas.

Costa Gavras dice, sin embargo, que el rol del cine no es cambiar el mundo, pues ante todo un film es un espectáculo y no un curso universitario. “El film provoca emociones y con ellas haces algo después (o no)”. La receta es reunir los elementos y los detalles para conocer los personajes. Tratándose básicamente de un reguero de reuniones y conversaciones, “la verdadera acción es la palabra y los intercambios entre los adversarios”, los contrastes de pareceres como se solía decir. Ese es el reto que consigue superar: algo que podría resultar muy tedioso se transforma en un relato un ritmo totalmente cinematográfico. Retrata de manera panorámica y casi naturalista algo que fue totalmente, descarnadamente, real, y que Varoufakis registró con detalle, incluyendo amenazas, chantajes y la hipocresía de quienes declaran unas cosas a la prensa y acto seguido en las salas a puertas cerradas (dicho sea de paso, ese es el título con que se estrenó en Argentina) plantean todo lo contrario. El título hace referencia a una frase (“hacen falta adultos en esta sala”) que soltó la ínclita Christine Lagarde en una de esas reuniones. También curiosa es la referencia a una cita de los Beatles que hizo el propio Yanis, Money can’t buy me love. Buen subtítulo para el cartel. 

cartel

También entra en el asunto de las esperanzas, las disensiones, el pragmatismo, dentro de la formación de izquierdas, Syriza. Y plasma con eficacia las diferencias que hay entre los Tsipras y los Varoufakis. Simbióticos mientras es posible la simbiosis, puestos a usar otra palabra bien griega. Muchas cuestiones son universales y hasta trasladables. Como la tragedia, también originalmente algo muy griego.

Costa Gavras hace todo esto con didáctica y con pulcritud técnica, como lo viene haciendo desde que a caballo de dos décadas rodó Z, L’Aveu y Etat de Siége. Con contundencia como en Missing en 1982 o en Amen en 2002. Con una pizca de ironía como en El Capital, en 2012. A la vez con ingredientes de espectáculo, insiriendo, al menos tres veces, la simbología, la metáfora visual: una, cuando los números de las bases de datos salen de las pantallas de los ordenadores y generan una galaxia de inasibles variables sobre las cabezas de los reunidos; una segunda con una masa de indignados dando la espalda a Yanis en silencio; y la tercera con la pesadillesca coreografía final en que el presidente Tsipras es “pescado” por la Merkel y sus compinches.

Sé que no es un cine para Boyero ni para quienes prefieren “que no les enseñen nada”. En cambio es recomendable (está en Filmin, por cierto) para quienes pensamos que el cine puede plasmar verdades como puños, precisamente para los que creemos en el cine social, el de Vittorio De Sica, el de Bertrand Tavernier, el de Ken Loach, siendo al mismo tiempo incrédulos ante las patrañas de la política y los medios que protejen el sistema en que los privilegiados pueden pasarse la democracia, sean referendums, sean programas o sean confluencias de izquierdas, por el arco del triunfo.

El cine de marcado color político puede ser tan digno y tan necesario como el que solamente busca entretener sin cuestionar ni criticar el estado de las cosas y las cosas de los estados.

A dos días de la primera ronda de votaciones en Brasil, y con el tinglado belicista por el otro lado, recuerdo también lo mucho que he disfrutado, por un lado la reciente Bacurau, de Kleber Mendonça Filho, y por otro la hermosa y pacifista trilogía de la guerra, de 1956 a 1961, de Grigori Chujrái. Cinematugrafías con u, en mi upinión. Con u de únicas y de útiles, al menos tal como las veo.




Fuente: Javierortiz.net