November 28, 2021
De parte de Amor Y Rabia
313 puntos de vista



por Jos茅 R. Loayssa y Ariel Petruccelli

28 de octubre de 2020

En muchos pa铆ses se ha establecido, con distinta intensidad, una censura a cualquier opini贸n cr铆tica ante la gesti贸n de la pandemia del COVID-19 y de las medidas tomadas por los gobiernos. L@s critic@s con estas pol铆ticas son a menudo acusados de negacionistas y pseudocient铆ficos. Esos t茅rminos han sido repetidos en los medios como f贸rmula para hurtar un debate necesario, tanto a nivel cient铆fico como pol铆tico. Se llega a acusar de negar no solo la gravedad del SARS-CoV-2 sino la propia existencia del virus. A esto se a帽ade otro calificativo: 鈥渃onspiranoic@s鈥. Tomando como prueba manifestaciones aisladas de algunas personas, se generalizan imputaciones a quienes se oponen a las restricciones autoritarias, como si uniformemente defendieran que el virus ha sido creado en laboratorio, o que la pandemia es en realidad el resultado de una conspiraci贸n dirigida por 茅lites internacionales y en la que participan, seg煤n las versiones, diferentes agentes del mundo de los medios de comunicaci贸n, los gobiernos y las 茅lites econ贸micas. Todo a trav茅s de una acci贸n coordinada y secreta.

Por razones de espacio y de los l铆mites l贸gicos de la paciencia del lector, no vamos a abordar en detalle el atractivo y la profusi贸n de las razones del negacionismo o de las teor铆as conspiracionistas. El, en ocasiones, mal llamado 鈥渘egacionismo鈥 se apoya en la abundante evidencia de la manipulaci贸n informativa en que incurren con frecuencia gobiernos y medios de comunicaci贸n. Divulgan informaciones poco exactas y ello hace que tanto gobiernos como medios gocen, en general, de poca credibilidad. Por otra parte, las teor铆as conspiracionistas tienen un evidente atractivo: presentan explicaciones sencillas, claras y contundentes a fen贸menos complejos y dif铆ciles de entender, y conectan con el modo de razonar en la vida cotidiana y en nuestro marco explicativo habitual. Tenemos una tendencia atribucionista y achacamos la responsabilidad de los eventos a la acci贸n de las personas, obviando el decisivo papel de los contextos sociales e institucionales. Por otra parte, tambi茅n existe una tendencia hacia el funcionalismo: lo que causa algo es aquello que se beneficia de su existencia (el criminal es quien se beneficia del delito).

Acusar de conspiraci贸n no implica ning煤n compromiso con la demostraci贸n de su existencia, porque el propio hecho de que exista esa conspiraci贸n supone que los 鈥渃onspirador@s鈥 tienen los medios necesarios para evitar que sus maniobras queden expuestas. Las imputaciones quedan como sospechas e insinuaciones que contaminan el debate, pero no lo favorecen. La conspiraci贸n no invita a la b煤squeda de argumentos y datos emp铆ricos que respalden las aseveraciones, ya que se apoya en pruebas circunstanciales y coincidencias fortuitas, y no se acompa帽a con an谩lisis de su verosimilitud, confrontaci贸n de pruebas, ni contraste con explicaciones alternativas.

Pero, sobre todo, no suscribimos esas posturas aplicadas al COVID-19 porque creemos que no hay razones suficientes para pensar que el virus fue artificialmente creado, que la respuesta a su difusi贸n estuviera dise帽ada y constituyera un plan previo de ninguna camarilla poderosa. Creemos que todo fen贸meno pol铆tico-social se tiene que analizar como tal, tomando en cuenta la fuerzas y factores que lo originan, condicionan su evoluci贸n y lo transforman. Por supuesto que hay personas, grupos e instituciones con intereses y objetivos propios, pero creer que pueden controlar el desarrollo de acontecimientos tan amplios como la pandemia del COVID-19 y las medidas que toman la casi totalidad de los gobiernos es insensato鈥 y solo se puede traducir en impotencia. Esto no significa que haya que olvidar la capacidad de los poderes econ贸micos y pol铆ticos para aprovechar cualquier situaci贸n, no solo para vender mascarillas, sino para establecer climas intimidatorios y autoritarios, o propiciar reconfiguraciones de gran calado en las relaciones sociales, laborales, sanitarias o escolares.

UN AUTORITARISMO M脕S CONTAGIOSO QUE EL VIRUS

Nuestra impresi贸n es que, inicialmente, los gobiernos entraron en la l贸gica del autoritarismo, la represi贸n y la desinformaci贸n alarmista debido a su propio p谩nico. Los pol铆ticos no quisieron aparecer como responsables por omisi贸n, e interpretaron que los excesos para 鈥渟alvar vidas鈥 ser铆an juzgados con benevolencia. Luego fueron devorados por el propio discurso que hab铆an articulado: no hubo forma de modularlo o modificarlo, bajo la presi贸n de unos medios de comunicaci贸n de masas dispuestos a hacer negocio con el lado truculento de la pandemia. 驴Qu茅 responsable pol铆tico o sanitario se atreve a decir 鈥渆xageramos un poco la dimensi贸n de la pandemia鈥, cuando las medidas tomadas ya han tenido consecuencias terribles? Como ha dicho Ioannidis: la reacci贸n de los gobiernos se puede describir con la imagen de un elefante que, asustado porque confunde un gato dom茅stico con una pantera, salta a un precipicio. Es verdad que no estamos ante un gato dom茅stico, pero tampoco ante una pantera.

Cuatro factores parecen haberse conjugado para que la inmensa mayor铆a de los pa铆ses adoptaran medidas de confinamiento, de una intensidad y magnitud sin antecedentes hist贸ricos, ante un problema sanitario importante pero en modo alguno catastr贸fico. El primero es que las medidas adoptadas inicialmente por China sentaron un precedente. Pero se obvi贸 que China ya ha recurrido a cuarentenas en epidemias pasadas, y se omiti贸 que el confinamiento no fue en todo el pa铆s, sino en una 煤nica provincia (no implica el mismo esfuerzo ni se requieren los mismos recursos para confinar una parte que una totalidad). El segundo es el tremendismo sin par谩metros ni parang贸n con que los medios masivos de comunicaci贸n manejaron la informaci贸n, y que fue replicado y amplificado por las redes sociales. El tercero es que una serie de textos (sobre todo los de Neil Fergusson y Tomas Pueyo), presentaron previsiones modeladas que entra帽aban un escenario de cat谩strofe con millones de muertos, y convocaron impl铆citamente a una estrategia de supresi贸n del virus que carec铆a de precedentes. El cuarto es que, desbordadas por la situaci贸n dram谩tica en Lombard铆a, las autoridades italianas, que no sab铆an muy bien qu茅 hacer, decidieron confinar a todo el mundo, desencadenando de all铆 en m谩s un efecto cascada: los gobiernos asumieron que pagar铆an pol铆ticamente caro dar muestras de indecisi贸n o tibieza, y que cualquier exceso en nombre de la salud p煤blica les ser铆a perdonado. Y era una buena manera de ocultar, en nombre de lo inmediato, la decadencia de los sistemas sanitarios p煤blicos, v铆ctimas de recortes presupuestarios implementados, en mayor o menor medida, por autoridades de todos los signos pol铆ticos en los 煤ltimos lustros.

Pero ha habido una enorme desproporci贸n entre la amenaza y la reacci贸n. Y una confianza infundada en la eficacia de las cuarentenas indiscriminadas, as铆 como una ceguera ante las consecuencias de las mismas. Pero, sobre todo, ha faltado un debate p煤blico sereno e informado. Un manto de irracionalidad cubri贸 la discusi贸n de la pandemia, tanto entre los pronosticadores de cat谩strofes apocal铆pticas partidarios de confinamientos de un alcance y magnitud sin antecedentes como entre los 鈥渃onspiranoicos鈥 negacionistas de la existencia del virus. Las autoridades se cubrieron las espaldas con comit茅s de expertos, a la vez que actuaban dominadas por un p谩nico irracional. En uno de los documentos que ha tenido mayor impacto pol铆tico, Ferguson previ贸 hasta cuarenta millones de muertos en el mundo y abog贸 por una estrategia de supresi贸n del virus asentada en estrictos confinamientos. En ese mismo texto, estimaba que el confinamiento deber铆a producirse por unos 18 meses, tiempo m铆nimo en el que estimaba podr铆a estar disponible una vacuna, aunque alertando que posiblemente al principio no fuera del todo efectiva. Los gobiernos asumieron el escenario de cat谩strofe y se plegaron a la medida (cuarentena), pero omitieron 鈥攅n un reflejo de perversa inteligencia鈥 decir que el encierro deber铆a durar quiz谩 un a帽o y medio. La poblaci贸n pod铆a aceptar un encierro por dos o tres semanas, 驴pero hubiera aceptado esa medida sabiendo que deber铆a durar acaso 18 meses? Y aun queriendo: 驴era viable sostener un encierro por un tiempo tan prolongado y en el mundo entero? En medio del p谩nico, estas inc贸modas preguntas fueron dejadas a un lado, y quienes criticaron la viabilidad de las medidas draconianas y alertaron de las consecuencias nocivas de las mismas fueron ignorados o despachados con descalificaciones ad hominem: 鈥渆so es lo que dicen Trump y Bolsonaro鈥.

Su reacci贸n desmesurada 鈥攜 no asumir ninguna autocr铆tica鈥 vino de la mano de la negaci贸n de cualquier debate y de cualquier contraste sobre la interpretaci贸n y las consecuencias pr谩cticas que los datos de la evoluci贸n de la pandemia iban aportando (as铆 como los conocimientos sobre el fenotipo y el genotipo del virus y su din谩mica de transmisi贸n). La deslegitimaci贸n de las cr铆ticas por 鈥渃onspiranoicas y negacionistas鈥 ha servido, y sirve, para evitar la discusi贸n cient铆fica. As铆 se han arrinconado las discusiones sobre la morbilidad y letalidad del virus, o la importancia epidemiol贸gica del contagio por asintom谩ticos.

La efectividad de los confinamientos y cuarentenas, cuesti贸n relacionada con la morbimortalidad del virus, debiera tambi茅n estar sujeta a debate. No existen pruebas de que las medidas tomadas en la primavera boreal hayan sido efectivas, y hay trabajos que mantienen lo contrario. Podr铆amos a帽adir otros aspectos en los que existe debate cient铆fico, pero nos limitaremos a a帽adir uno m谩s, de gran importancia por su repercusi贸n: el uso de la mascarilla al aire libre. En realidad, las pruebas en este caso se inclinan claramente en contra de su efectividad. Su potencial de evitar contagios es irrisorio, teniendo en cuenta adem谩s que toda la informaci贸n disponible reafirma que los contagios se producen b谩sicamente en espacios cerrados.

En cualquier caso, a estas alturas ya est谩 claro que la estrategia de supresi贸n ha fracasado: el virus contin煤a circulando tras siete meses de restricciones. La mism铆sima OMS ya considera que el SARS-CoV-2 podr铆a volverse end茅mico. Solo en un sitio donde el virus circul贸 comunitariamente pudo ser suprimido: Wuhan. Pero, incluso en China, comienzan a aparecer nuevos contagios. Hay pa铆ses que han logrado aislarse del virus, o que no circule profusamente, pero en tales casos la clave ha residido en la detecci贸n temprana y el aislamiento selectivo de enfermos, no en el encierro generalizado (que en algunos casos no se aplic贸, y que en otros ya se suspendi贸 en gran medida, como en Uruguay).

No olvidemos que se ha evitado la entrada del virus gracias al cierre de fronteras. 驴Qu茅 suceder谩 en esos pa铆ses cuando se abran? Para que la supresi贸n realmente funcione como estrategia es necesario que todos los pa铆ses (y no solo algunos) sean capaces de eliminar la cadena de contagios. Un objetivo imposible ante un virus de alta contagiosidad, porque es imposible mantener a la totalidad de la poblaci贸n casi sin contactos entre s铆 (incluso por per铆odos breves). Incapaz de suprimir el virus, el gran encierro devino, de hecho y sobre la marcha, en estrategia de mitigaci贸n. Pero como tal se revel贸 funesta: entra帽a todas las consecuencias negativas de las acciones draconianas en t茅rminos psicol贸gicos, pol铆ticos, laborales y educativos sin alterar significativamente (a largo plazo) la cantidad de contagios y decesos producidos por el COVID-19. Demora el proceso sin modificarlo radicalmente. M谩s a煤n: puede empeorar la situaci贸n sanitaria, por tres razones. La primera es la desatenci贸n de otras enfermedades. La segunda es que la prolongaci贸n excesiva del proceso disminuye las defensas de la poblaci贸n: ni la falta de sol ni el estado generalizado de estr茅s ayudan al sistema inmunol贸gico, y cuanto m谩s dure la pandemia menos probable es proteger eficientemente a la poblaci贸n vulnerable, que s铆 deber铆a mantener cierto aislamiento importante (pero voluntario). La tercera es que un encierro demasiado estricto facilita ulteriores rebrotes, al quedar demasiada poblaci贸n susceptible de ser contagiada. Esto es algo que muestra muy bien la comparaci贸n actual de Espa帽a con Suecia, por ejemplo. Pero, curiosamente, en su estudio comparativo de las medidas adoptadas por diferentes ciudades estadounidenses durante la pandemia de 1918, el propio Ferguson hab铆a mostrado que los mejores resultados los obtuvieron aquellas ciudades que adoptaron medidas moderadas, y no aquellas que tomaron medidas m谩s radicales solo para verse expuestas a segundas olas.

MEDIDAS GUBERNAMENTALES, INVOCAR A LA CIENCIA TRAICIONANDO SU M脡TODO Y SUS APORTACIONES

Desde el principio de la pandemia, los responsables pol铆ticos han afirmado una y otra vez que las medidas se tomaban en funci贸n de las recomendaciones cient铆ficas y de lo que propon铆an los 鈥渃ient铆ficos鈥. Lo hicieron con un tono y de una manera que eran una apuesta impl铆cita por la tecnocracia, por el Gobierno de los 鈥渆xpertos鈥. Apelaci贸n peligrosa, porque implica negar la esencia de la propia pol铆tica, que supone conflictos de perspectivas e intereses. Estas peticiones de 鈥済obernanza鈥 de los t茅cnicos sintonizan con el desprestigio de los partidos del sistema y de los pol铆ticos, y favorecen salidas autoritarias cuando no fascistas. Los pol铆ticos estimulan esa reacci贸n cuando se cubren bajo el paraguas de l@s t茅cnic@s para decisiones que, como luego veremos, son m谩s explicables desde sus propios intereses. Que personas cr铆ticas con el capitalismo hayan asumido acr铆ticamente la sumisi贸n ante l@s 鈥渆xpert@s鈥 (pieza basal del neoliberalismo), es todo un signo de los tiempos.

Pero es que, adem谩s, se invoca la opini贸n de l@s cient铆fic@s cuando hay notorias faltas de consenso. Desde el primer momento, hubo variedad de an谩lisis y propuestas 鈥攄e instituciones o de cient铆fic@s individuales鈥, a la que la mayor铆a de la ciudadan铆a no accedi贸 debido al bloqueo informativo. En consecuencia, la mayor铆a de la poblaci贸n ha aceptado la versi贸n gubernamental de la pandemia, asumiendo los sacrificios y consecuencias de unas medidas draconianas que han destruido la econom铆a y la vida social en buena parte de los pa铆ses del globo, y que han producido da帽os ingentes en la salud f铆sica y mental que supuestamente trataban de proteger.

Porque si algo necesita la ciencia, es debate y di谩logo. La informaci贸n cient铆fica no son dogmas religiosos ni verdades indiscutibles. Sus conclusiones se basan en datos que pueden tener diferentes grados de veracidad. Su interpretaci贸n no es un铆voca: requiere an谩lisis, cr铆ticas y discusi贸n. A pesar de que tenga todav铆a credibilidad ante la mayor铆a de la poblaci贸n, las contradicciones afloran, y cada vez es m谩s dif铆cil ocultar que hay cient铆ficos discrepantes a los que dif铆cilmente cabe acusar de negacionistas. Es verdad que todav铆a se silencian las voces cr铆ticas, como ha ocurrido con 300 profesionales y cient铆ficos franceses cuyo llamamiento ha sido censurado en un peri贸dico de gran tirada y que solamente Mediapart ha difundido. Sin embargo, empiezan a trascender opiniones cr铆ticas. Estos d铆as hemos conocido un nuevo manifiesto encabezado por tres autoridades de Salud P煤blica y Epidemiolog铆a. Revistas prestigiosas han hecho llamamientos a la necesidad de un debate cient铆fico sobre las medidas a tomar. Y la apuesta por una estrategia dirigida a la protecci贸n de la poblaci贸n vulnerable tiene cada d铆a m谩s seguidores, una estrategia que ya en mayo fue propuesta en el BMJ [antes llamada British Medical Journal, revista y web de la British Medical Association] por epidemi贸logos como David Spiegelhalter.

Pero nuestros gobiernos no aceptan la necesidad de ese debate cient铆fico. Ni quieren cambiar de guion, ni aportan argumentos s贸lidos. As铆, los responsables gubernamentales se han convertido en 鈥渘egacionistas鈥. Tras las proclamas de que se han salvado miles de vida, no hay evidencias contrastables. Niegan una y otra vez un balance costo-beneficio de las medidas tomadas y no justifican su proporcionalidad. Se reconocen las consecuencias econ贸micas del confinamiento y de la paralizaci贸n econ贸mica y social pero no se quiere discutir si realmente eran inevitables. Se soslayan las consecuencias del clima social que se ha creado, los enfrentamientos entre la poblaci贸n y los progromos contra j贸venes que en muchos casos han perdido un a帽o de sus estudios y han tenido la vida educativa, social y cultural clausurada durante meses y ahora se mueven en la penumbra vital.

LAS VERDADERAS RAZONES DE UNA GESTI脫N AUTORITARIA

En un repaso a las medidas tomadas por los diferentes gobiernos y su grado de impacto, se ha sugerido que existe una asociaci贸n entre el alcance de las restricciones impuestas y el grado de deslegitimaci贸n de la 鈥渃lase pol铆tica鈥 y las te贸ricas instituciones representativas de la ciudadan铆a. Se ha pretendido restaurar la aceptaci贸n de los representantes pol铆ticos subrayando su papel como 鈥渟alvadores de vidas鈥. Se ha promovido que la poblaci贸n acosada por el miedo buscara resguardo bajo el paraguas de la autoridad.

El autoritarismo se ha apoyado tambi茅n en los argumentos de que no se puede confiar en la responsabilidad individual o colectiva: la ciudadan铆a necesita ser guiada con el palo y la zanahoria, y acepta el castigo si se 鈥減orta mal鈥. Precisamente, la negativa al debate p煤blico se justifica en que la poblaci贸n no est谩 preparada y necesita instrucciones. Esta visi贸n infantilizada de la ciudadan铆a exige que el Gobierno no muestre debilidad, que no muestre dudas o incertidumbres. En el caso de Espa帽a, enlaza con esa cultura franquista basada en que el pueblo necesita mano dura. No faltan comentarios racistas sobre el sentido de la responsabilidad en la Europa meridional, supuestamente menor que en de otras latitudes.

En suma, se ha mantenido el discurso del miedo a pesar de su enorme costo y de que genera un estr茅s psicol贸gico masivo que mata directa e indirectamente. La desinformaci贸n es constante, se ocultan los datos y opiniones contrarios a mantener el 鈥渆stado de excepci贸n鈥. Se difunden informaciones sobre la probable transmisi贸n del virus por aerosoles (solo segura en circunstancias muy concretas, como los ambientes cerrados y hacinados) con el 谩nimo de crear sensaci贸n de vulnerabilidad. Se juega constantemente con las palabras y sus significados. Se habla de contagios refiri茅ndose a los PCR, cuando sabemos que existe un porcentaje no despreciable de falsos positivos. En los primeros momentos de la pandemia se hablaba tambi茅n de contagios cuando se trataba de casos, es decir de personas con s铆ntomas y adem谩s significativos, lo suficientemente graves como para acudir al hospital (煤nico lugar de Espa帽a donde se realizaron pruebas de PCR durante los meses de marzo y abril). En consecuencia, los contagios de ahora (personas asintom谩ticas o con s铆ntomas leves) no son los mismos que entonces, cuando representaban la punta del iceberg.

La realizaci贸n indiscriminada de PCR sirve para justificar la idea de que estamos en la misma espiral, y de que nos acercamos al precipicio de la saturaci贸n de servicios. Hay que recordar que en Espa帽a ni siquiera en primavera existi贸 un desbordamiento inusual (la temporada gripal llena las UCIs [unidades de cuidados intensivos] y los pasillos de camas en muchas ocasiones), salvo en momentos puntuales y en lugares concretos. Lo mismo puede decirse de Argentina, aunque la cronolog铆a es un poco posterior. Hasta no hace mucho, Argentina era ejemplar para los defensores del 鈥渢alibanismo sanitario鈥: confinamiento severo y muy temprano. Aunque la pobreza se disparara, el desempleo aumentara y los ni帽os se quedaron sin clases, por un tiempo Argentina ofreci贸 cifras de contagio y de mortalidad absolutamente menores que por ejemplo Espa帽a o Brasil. Pero ya no. O no tanto. Los muertos por mill贸n se aproximan a Espa帽a y a Brasil, el 鈥渧ecino irresponsable鈥 con el que se la comparaba cuando la comparaci贸n era favorable. Hace tres meses Argentina ten铆a 15 veces menos de muertos por mill贸n que Brasil; hoy alcanza las dos terceras partes de los guarismos brasile帽os, y acerc谩ndose. El Gobierno argentino responsabiliza a la poblaci贸n, que ya no respeta el aislamiento. 驴Pero a qui茅n se le puede ocurrir que la poblaci贸n entera de un pa铆s puede permanecer encerrada en sus casas durante siete meses? A los estrategas del confinamiento se les olvid贸 pensar que un encierro total solo puede ser breve. Afrontaron, contra toda l贸gica y probabilidad, una epidemia de virus respiratorio como si fuera una tormenta de arena.

No obstante, aunque en cifras de muertos por mill贸n atribuidos al COVID-19 Argentina posea cifras parecidas a las de Espa帽a, en exceso de mortalidad no es as铆. De hecho, hasta el momento, la suma de decesos por COVID-19 y por otros virus respiratorios no supera a la del a帽o pasado, cuando no hab铆a pandemia. En buena medida, los decesos por COVID-19 de este a帽o han reemplazado a los de Enfermedad Tipo Influenza y neumon铆a. La poblaci贸n argentina vive aterrorizada por una epidemia que dista de haber incidido severamente en su mortalidad, y que se halla lejos del impacto que tuvo en Espa帽a, en parte porque la poblaci贸n mayor de 65 a帽os es mucho menos numerosa. Uruguay, con restricciones ya muy leves y casi sin casos ni fallecimientos por COVID-19, permanece sin embargo todav铆a presa del miedo. Recientemente, un grupo de padres y madres de una organizaci贸n en defensa de la escuela p煤blica, conocida por apoyar las reivindicaciones y huelgas docentes, se ha movilizado en favor de la plena presencialidad en las escuelas (en Espa帽a tambi茅n se ha percibido un estado de 谩nimo similar entre muchos padres y madres). Pero muchos trabajadores y trabajadoras de la educaci贸n son reticentes, a pesar de que todos los estudios indican que los ni帽os se contagian poco, casi no contagian a otras personas y, en general, carecen de s铆ntomas o los tienen muy leves: el p谩nico no sabe de razones ni proporciones.

CONSECUENCIAS POL脥TICAS Y ECON脫MICAS A LARGO PLAZO, Y LA CEGUERA DE LA IZQUIERDA

La gesti贸n pol铆tica de la pandemia ha mostrado que los poderes econ贸micos no pueden definir de forma precisa e inmediata la acci贸n de las instituciones p煤blicas, aunque s铆 condicionarla decisivamente a medio y largo plazo.

Entre tanto, las 茅lites empresariales han jugado su papel. Tanto en Espa帽a como en Argentina han bloqueado iniciativas progresistas y han puesto l铆mites para garantizar sus intereses frente a los gobiernos. Y, en paralelo, las fuerzas del 鈥渃apitalismo digital鈥 y del 鈥渃apitalismo de la vigilancia鈥 han dado pasos firmes. Mientras la poblaci贸n del planeta contin煤a aterrorizada por una pandemia cuya amenaza ha sido exagerada hasta lo indecible, las corporaciones digitales colonizan a paso redoblado la educaci贸n, el ocio, el comercio y las relaciones sociales. Raquel Varela no exagera cuando afirma que el teletrabajo es contrarrevolucionario.

En Espa帽a, las nacionalizaciones est谩n fuera de la agenda, y el plan de reconstrucci贸n encaja en una 贸ptica neoliberal. El PSOE es el gran beneficiado, de momento, en t茅rminos de apoyo de la opini贸n p煤blica; Unidas Podemos ha sufrido un eclipsamiento notable.

En Argentina, luego de un breve momento de gloria, el Gobierno de Alberto Fern谩ndez se muestra cada vez m谩s d茅bil, con una econom铆a en severa recesi贸n, millones de puestos de trabajo perdidos seg煤n las propias cifras oficiales, colapso educativo y sin poder mostrar buenos 铆ndices en el manejo de la pandemia. A su vez, el macrismo ha impuesto el aislamiento social all铆 donde gobierna, aunque hace rato que sectores de la derecha se movilizan contra de las restricciones. Las fuerzas de izquierda, por su parte, aunque cr铆ticas de los excesos autoritarios del confinamiento y de los abusos patronales, no han sido capaces de oponer otro abordaje a la crisis sanitaria.

Desde el momento en que las fuerzas de izquierda no supieron oponerse frontalmente a la estrategia sanitaria dominante, y asumieron el discurso de que estamos ante una epidemia cataclism谩tica frente a la que hay que adoptar medidas extraordinarias, la defensa de las libertades ciudadanas fundamentales se vio debilitada. No faltaron voces que, como el Secretariado Unificado de la IV internacional, apoyaron sin reservas una imposible estrategia de supresi贸n del virus y llamaron genocidas y 鈥渟ocialdarwinistas鈥 a quienes planteaban que hab铆a que aceptar que no 鈥渢odas鈥 las vidas son salvables sin condenar a otras muchas a sufrir y a morir por otras causas. Bolsonaro y Trump fueron tomados como coartada para alinearse con la mayor铆a respetable de los representantes pol铆ticos del capital internacional, del que ambos son bufones 煤tiles. Se practic贸 una suerte de campismo: el enemigo principal son esas figuras odiosas, no el establishment pol铆tico en conjunto. De manera sorprendente, no faltaron quienes acusaron a los que denunci谩bamos las consecuencias sociales y econ贸micas que entra帽ar铆a el confinamiento de anteponer la econom铆a a la vida. Pero no se puede confundir las consecuencias econ贸micas con la defensa de los beneficios del capital. Se trata, m谩s bien, de poner en consideraci贸n la tragedia que representa poner en riesgo el sustento material de las clases populares. Porque al final, es probable que el confinamiento salve unas pocas vidas de la clase media, pero hundir谩 a煤n m谩s a los sectores desfavorecidos: muchas otras vidas se perder谩n, aunque sea sin el certificado de defunci贸n del COVID.

La amenaza real del virus no justific贸 nunca tama帽o tremendismo. Con tanto horror difundido d铆a y noche parece dif铆cil de creer, pero lo cierto es que el 99,8 % de los infectados por el SARS-CoV-2 sobreviven, como revela un reciente estudio de John Ioannidis. La propia OMS, aunque contin煤e insuflando temor a diestra y siniestra, reconoce que sus mejores estimaciones indican que ya pudo haberse contagiado el 10% de la poblaci贸n del planeta. En tal caso, la tasa de letalidad del COVID-19 ser铆a del orden del 0,14%, a a帽os luz del 3,5% que postul贸 la misma organizaci贸n all谩 por marzo.

Que salvo contadas excepciones (Suecia sobre todo) la inmensa mayor铆a de los estados hayan implementado severas restricciones puede dar alg煤n consuelo a quienes analizan los sucesos en clave nacionalista (鈥渘os equivocamos, pero todos hicieron lo mismo鈥)鈥 y no ven m谩s all谩 del capitalismo. Pero para quienes quieran mirar m谩s all谩 del actual sistema, y hagan un an谩lisis de clase, la gran uniformidad de la respuesta de las autoridades de los estados capitalistas dice otras cosas y no proporciona ning煤n consuelo. Puede entenderse que la burgues铆a y las clases acomodadas se sintieran especialmente vulnerables ante un virus que las afectaba de manera directa y dif铆cilmente controlable. Hace a帽os que los amos del mundo sue帽an con vencer a la muerte. Sus m茅dicos-ide贸logos se empe帽an en considerar a la muerte como un 鈥減roblema t茅cnico鈥 que la ciencia podr谩 arreglar en breve, y sus fil贸sofos de cabecera especulan con que en un futuro inmediato la inmortalidad ser谩 una posibilidad para los ricos. Quienes lean estas l铆neas podr谩n pensar que la b煤squeda de la inmortalidad es una tonter铆a. Y sin duda tendr谩n raz贸n. Pero es una b煤squeda en la que est谩 empe帽ada mucha gente de la clase dominante. Son los nuevos alquimistas. Quiz谩 todo esto parezca extravagante. Y sin dudas lo es: lo cual no obsta para que estas creencias sean influyentes en c铆rculos econ贸mica y pol铆ticamente poderosos.

En una conversaci贸n p煤blica de 2015 entre Yuval Harari y Daniel Kahneman, que no son precisamente dos ignotos 鈥渃onspiranoicos鈥 sino un escritor de best sellers y un Premio Nobel de Econom铆a, el primero dice, con pesaroso fatalismo, que para la gran mayor铆a la mejor opci贸n ante una vida sin valor y sin sentido ser谩 una combinaci贸n de drogas y videojuegos; para las 茅lites, en cambio, el futuro es la inmortalidad.

A esas 茅lites que se cre铆an a las puertas de solucionar el 鈥減roblema t茅cnico鈥 de la muerte, la aparici贸n de un virus como el SARS-CoV-2 las enloqueci贸. Literalmente. Pero que su perspectiva haya sido asumida por las clases trabajadoras (expuestas regularmente a problemas sanitarios m谩s graves que el COVID-19) muestra la hegemon铆a de los valores y creencias burgueses y la escasa autonom铆a de las clases populares. En los 煤ltimos meses se denunciaron negacionismos y negacionistas de todos los colores. Pero hubo un negacionismo del que casi nadie ha hablado: el negacionismo de la muerte, el horror a morir.

Que la izquierda radical haya sido en general presa del p谩nico al igual que la derecha, el centro y la izquierda reformista, asumiendo adem谩s la hip贸tesis de la eficacia y viabilidad del encierro, es un indicio de falta de autonom铆a ideol贸gica. Que se haya descartado la posibilidad de proteger a la poblaci贸n vulnerable como cosa imposible, creyendo al mismo tiempo que ser铆a posible proteger a toda la poblaci贸n, habla bastante a las claras de la pobreza intelectual franciscana y de la carencia de toda l贸gica en el debate p煤blico contempor谩neo. Que la creencia en que la vacuna ser谩 la soluci贸n a la pandemia se haya impuesto con tan pocas cr铆ticas muestra la eficacia de la propaganda de los laboratorios, la expropiaci贸n de la salud por el capital y la escasa independencia de la izquierda en t茅rminos de pol铆tica sanitaria (indispensable el reciente escrito de Juan G茅rvas). Que algunas fuerzas de izquierda defiendan abiertamente la pol铆tica de confinamiento resulta especialmente incomprensible: los segmentos m谩s pobres de la poblaci贸n carecen de viviendas adecuadas para confinarse, los 鈥渢rabajadores esenciales鈥 deben continuar con sus labores (a diferencia del grueso de las clases alta y media). La p茅rdida de clases [educaci贸n] afecta m谩s a los pobres que a los ricos, y el encierro aumenta el desempleo, la miseria y las desigualdades.

Aunque ser铆a exagerado decir que las organizaciones de izquierda apoyaron sin reservas la estrategia de 鈥渟upresi贸n del virus鈥 y las cuarentenas masivas, lo cierto es que, en general, no se opusieron de manera frontal. Criticaron sus excesos o algunas facetas, no su naturaleza. El h谩bito tacticista de tratar de acompa帽ar las demandas de las masas dej贸 al grueso de las organizaciones de izquierda desarmadas cuando lo imperioso era cuestionar el 鈥渟entido com煤n鈥. Y el retroceso generalizado de la cultura de izquierda dificult贸 la elaboraci贸n de una comprensi贸n propia e independiente de los problemas sanitarios: en el fondo, son problemas en los que nunca hab铆an pensado demasiado. Por ello, se opt贸 por lo que parec铆a la 鈥渧铆a m谩s segura鈥. Pero en las grandes crisis, las v铆as 鈥渕谩s seguras鈥 suelen ser contraintuitivas. Nos jugamos mucho. Porque contrariamente a lo que pudiera parecer, la ideolog铆a no se sustenta en el adoctrinamiento de los medios de comunicaci贸n sino en las pr谩cticas sociales que reflejan la forma de ver el mundo (eso es el fetichismo de la mercanc铆a de Marx). En esta pandemia la poblaci贸n puede 鈥渁prender鈥 que necesitamos gobiernos y estados fuertes, que el ej茅rcito est谩 para proteger la salud de la poblaci贸n, que cualquier semejante puede ser un peligro y un largo etc茅tera. La desconfianza y las tendencias individualistas y anticomunitarias se pueden reforzar. Las 茅lites dominantes no van a dejar de tomar notas de las potencialidades del uso de la biopol铆tica (la pulsi贸n a aferrarse a la vida como mero p谩lpito biol贸gico), el estado de excepci贸n y la manipulaci贸n del miedo colectivo.

Y si la izquierda consecuente no saca lecciones de su incapacidad para postular un modelo alternativo en la gesti贸n de esta grave crisis, el futuro ser谩 desolador.

Este texto es parte de un dossier sobre la izquierda y la dictadura sanitaria publicado en el n煤mero 47 de la revista Desde el Confinamiento, que puede descargarse gratuitamente aqu铆. Una introducci贸n puede leerse aqu铆.



Fuente: Noticiasayr.blogspot.com