June 24, 2022
De parte de Materiales
240 puntos de vista

Todas las crisis hist贸ricas son crisis de reproducci贸n social. Intentaremos investigar c贸mo la crisis actual, al igual que otras del pasado y a diferencia de ellas, obliga a la sociedad a enfrentarse a las contradicciones que antes estimulaban su din谩mica pero que ahora la llevan a una coyuntura cr铆tica. [1]

Toda gran crisis obliga a los grupos sociales a enfrentarse a las profundas contradicciones de la sociedad. En el capitalismo, la confrontaci贸n de clases es el motor principal que hace avanzar a la sociedad: obliga a la burgues铆a a adaptarse a la presi贸n laboral, a 芦modernizarse禄. La crisis se produce cuando estas presiones, antes positivas, tensan el tejido social y amenazan con desgarrarlo.

Contradicci贸n no significa imposibilidad. Hasta ahora, todas las grandes crisis han terminado con el sistema logrando salir adelante y volvi茅ndose finalmente m谩s adaptable y proteico. Ninguna crisis 芦definitiva禄 est谩 autom谩ticamente contenida en las contradicciones m谩s agudas.

1: 驴Por qu茅 la 芦civilizaci贸n禄?     

El capitalismo est谩 impulsado por un dinamismo social y productivo, y por una capacidad regenerativa inaudita, pero tiene esta debilidad: por su misma fuerza, por la energ铆a humana y la potencia t茅cnica que pone en marcha, desgasta lo que explota, y su intensidad productiva s贸lo es paralela a su potencial destructivo, como demostr贸 la primera crisis de civilizaci贸n que atraves贸 en el siglo XX.

No hay aqu铆 ning煤n juicio de valor impl铆cito. No oponemos los pueblos civilizados a los salvajes (incluso a los buenos o nobles) o a los b谩rbaros. No celebramos las 芦grandes civilizaciones禄 que habr铆an sido testigos del progreso de la humanidad. Por otra parte, no utilizamos la palabra en el sentido despectivo que tiene con escritores como Charles Fourier, que llamaba 芦civilizaci贸n禄 a la sociedad moderna plagada de pobreza, comercio, competencia y sistema de f谩bricas. Tampoco nos referimos a esas enormes construcciones socio-culturales geo-hist贸ricas conocidas como civilizaciones occidentales, judeo-cristianas, chinas o isl谩micas.

La civilizaci贸n de la que hablamos no sustituye la noci贸n de modo de producci贸n. Simplemente pone de relieve el alcance y la profundidad de un sistema mundial que tiende a ser universal, y que tambi茅n es capaz de trastornar y luego remodelar todo tipo de sociedades y modos de vida. El dominio del trabajo asalariado y de la mercanc铆a sobre nuestra vida les confiere una realidad y una din谩mica desconocidas en el pasado. El capitalismo es hoy la 煤nica red global de relaciones sociales capaz de expandirse geogr谩ficamente y, teniendo en cuenta las respectivas diferencias, de impactar tanto en Yakarta como en Vilnius. La difusi贸n de un modo de vida capitalista mundial es visible en h谩bitos de consumo (McDonald鈥檚) y arquitectura (rascacielos) similares, pero tiene su causa profunda en el dominio de la producci贸n de valor, de la productividad, de la pareja capital-salario.

El concepto de modo de producci贸n es contempor谩neo del capitalismo. Independientemente de que Marx haya inventado o no la expresi贸n, se ha hecho com煤n desde el siglo XIX porque el capitalismo nos impone la imagen de factores de producci贸n combinados para dar lugar a un producto o un servicio comprado o vendido en un mercado, y de una sociedad regida por la oferta/demanda y la productividad.

Luego el concepto se aplic贸 retrospectivamente (a menudo de forma inadecuada) a otros sistemas, pasados y presentes: el modo de producci贸n asi谩tico o el dom茅stico. [2] Sea cual sea la relevancia de estas derivaciones, rinden homenaje a la presencia abrumadora del modo de producci贸n capitalista.

La civilizaci贸n capitalista difiere del imperio, que tiene un coraz贸n, un n煤cleo, y cuando el n煤cleo se marchita y muere, todo el sistema a su alrededor tambi茅n lo hace. Por el contrario, el capitalismo es un sistema mundial polic茅ntrico con varias hegemon铆as rivales, que contin煤a como una red global si una de las hegemon铆as expira. Ya no hay un interior y un exterior como en los imperios mesopot谩mico, romano, persa, de los Habsburgo o el chino.

Una crisis de civilizaci贸n se produce cuando las tensiones que antes ayudaban a la sociedad a desarrollarse amenazan ahora sus fundamentos: siguen manteni茅ndose, pero se tambalean y su legitimidad se debilita.

Como es sabido, la tensi贸n y el conflicto son un signo de salud en un sistema que se nutre de sus propias contradicciones, pero la situaci贸n cambia cuando sus principales componentes crecen en exceso como c茅lulas cancerosas.

Hace un siglo, el capitalismo experiment贸 una crisis tan larga, de la que la 芦crisis de 1929禄 no fue sino el cl铆max, y el capitalismo s贸lo sali贸 de ella despu茅s de 1945. Repasar ese per铆odo ayudar谩 a entender el nuestro.

2: Una guerra civil europea

A finales del siglo XIX, el capitalismo tal y como exist铆a ya no era viable, a ambos lados de la 芦pareja禄 capital-trabajo: las fuerzas productivas de la industria eran demasiado grandes para ser gestionadas por propietarios privados, y el movimiento obrero demasiado poderoso para que se le negara persistentemente un papel social y pol铆tico. El capitalismo afront贸 la cuesti贸n de diversas maneras. No se volvi贸 芦socialista禄, sino que se socializ贸 a s铆 mismo, lo que llev贸 d茅cadas e incluy贸 resistencias, contragolpes y reacciones directas. (El fascismo fue una de ellas, una socializaci贸n nacional forzada desde arriba, como lo fue el estalinismo de otra manera). La evoluci贸n comenz贸 con el trade-unionismo ingl茅s a finales del siglo XIX y culmin贸 en la sociedad de consumo posterior a 1945.

Para llegar a esa etapa se necesit贸 nada menos que una guerra civil europea.

Los a帽os 1914-18 y 1939-45 fueron mucho m谩s que conflictos interestatales, y su violencia parox铆stica no se debi贸 煤nicamente a la capacidad de exterminio de la industria. La arrogancia pol铆tica y militar desencadenada por la II Guerra Mundial sigue siendo un misterio si descuidamos el enfrentamiento de los a帽os 20 y 30 entre una clase obrera militante e inquieta, y una burgues铆a que vacilaba entre la represi贸n y la integraci贸n, combinando ambas sin optar por una u otra. La Alemania imperial y luego Weimar fueron ejemplos perfectos de esta situaci贸n, pero tambi茅n lo fueron Gran Breta帽a, donde los burgueses libraron una guerra de clases en los a帽os 20, especialmente contra los mineros, y EEUU, donde la sindicalizaci贸n se hizo imposible de facto para millones de trabajadores no cualificados.

En los a帽os 1914-18, la matanza mutua estuvo a punto de provocar la autodestrucci贸n de los beligerantes, al menos hasta la intervenci贸n estadounidense en 1917. La limitaci贸n militar ilustr贸 el poder explosivo de la contradicci贸n de un sistema dedicado a eliminar los restos del pasado, al tiempo que intentaba reunir en las trincheras a las clases de cada pa铆s. 1918 apenas resolvi贸 nada. El pa铆s m谩s avanzado, Estados Unidos, export贸 sus capitales a Europa al mismo tiempo que se retiraba pol铆ticamente del continente. Cuatro imperios caducos se desmoronaron y la democracia parlamentaria avanz贸, pero careci贸 de medios para actuar como mediadora social. Las dos clases estructurantes de la sociedad moderna permanecieron en un punto muerto.

El per铆odo 1917-39 rompi贸 la econom铆a internacional nacida a finales del siglo XIX (la 芦primera globalizaci贸n禄). Fue una 茅poca de dislocaci贸n, de auge nacionalista, de conflictos entre los Estados y dentro de ellos, con la creaci贸n de nuevos Estados-naci贸n sin verdadera base 芦nacional禄, por falta de un mercado interno que hubiera podido ayudar a crear una unidad popular. (Dos de ellos, Checoslovaquia y Yugoslavia, se desintegrar铆an en el momento de la 芦segunda globalizaci贸n禄). La dependencia mutua de las econom铆as nacionales del mercado mundial es esencial para el capitalismo (incluso la URSS nunca estuvo totalmente amurallada), pero este proceso se logra con una sucesi贸n y combinaci贸n de apertura (liberalismo) y cierre (nazismo y estalinismo). En medio de estas fallas, la crisis de 1929 a帽adi贸 m谩s colisiones de clase.

En Alemania, no fue la enorme tasa de desempleo lo que provoc贸 el ascenso de los nazis: fue la situaci贸n alemana en su conjunto desde 1918. El crack del 29 aceler贸 el ascenso de Hitler al agravar los factores pol铆ticos que hab铆an minado Weimar desde 1918. A partir de 1930, el crack facilit贸 el advenimiento de un Estado autoritario, que gobernaba mediante decretos gubernamentales que privaban al parlamento de poder real. Redujo a la nada la capacidad reformista del SPD y del Centrum, margin贸 a煤n m谩s al KPD y aument贸 la discrepancia entre una fachada democr谩tica y una deriva reaccionaria hacia el pasado, ilustrada por la difusi贸n de la nostalgia v枚lkisch, que transmit铆a un estado de 谩nimo y una cultura nacionalista-racista crecientes. (Desgraciadamente, idealistas como Ernst Bloch estaban mejor equipados para entender este giro temporal -cuando el pasado se superpon铆a al presente- que la mayor铆a de los materialistas cautivos de una visi贸n lineal de la historia. [3] ) El a帽o 1929 signific贸 finalmente la desuni贸n de Alemania y reclam贸 fuerzas pol铆ticas capaces de reunificar el pa铆s (las clases) mediante la violencia. Las fortunas se arruinaron y las creencias tambi茅n. Hab铆a que llenar un vac铆o pol铆tico, y no se hizo de forma pac铆fica. Hasta 1929, la 芦revoluci贸n conservadora禄 segu铆a siendo una contradicci贸n en las palabras: en los a帽os 30, el ox铆moron se hizo realidad. Al tiempo que militarizaba Alemania, el nazismo volvi贸 a forjar una comunidad popular forzada y encerrada en la raza alemana. [4]

La guerra nazi era una persecuci贸n frontal en una lucha a todo o nada, que implicaba un genocidio planificado y supon铆a la autoinmolaci贸n final del pa铆s: el r茅gimen sacrificaba la unidad alemana antes que ceder ante enemigos claramente superiores. El hecho de que los nazis se enfrentaran militarmente a tres grandes potencias al mismo tiempo era absurdo desde un punto de vista pragm谩tico, pero coherente con el ascenso al poder de los nazis y la l贸gica del r茅gimen. No se trataba de una guerra al estilo de Clausewitz que pretend铆a alcanzar una superioridad decisiva y detenerse cuando se alcanzara ese objetivo: para Hitler, aniquilar a los jud铆os y esclavizar a los polacos y a los rusos era una prioridad.

En ambas conflagraciones mundiales, Alemania se situ贸 en el epicentro, con una industria pesada en el centro, constre帽ida por un marco geopol铆tico que le imped铆a exportar todo lo que su poder productivo requer铆a.

Varios autores han sugerido la idea de una 芦guerra civil europea禄 de 1917 a 1945, pero los archiconservadores, como Ernst Nolte, son los que mejor han destacado el trasfondo de clase de ese periodo por su 芦reacci贸n de clase禄 y su sesgo pol铆tico. [5] Independientemente de lo que pensemos de la revoluci贸n rusa y de su desaparici贸n, la toma del poder por parte de los bolcheviques fue una amenaza de muerte para la burgues铆a en todo el mundo. Es imposible entender a Mussolini y a Hitler si olvidamos el miedo (que combina hechos y fantas铆a) de la clase obrera entre los burgueses, un miedo compartido por una gran parte de los peque帽os burgueses.

Aunque la clase obrera nunca intent贸 seriamente derrocar el dominio burgu茅s en Europa Occidental despu茅s de 1918, lo que importaba era que los sindicatos y los partidos socialistas fueran percibidos como un desaf铆o al que hab铆a que hacer frente. El fascismo se diferenciaba de las variantes anteriores de la reacci贸n a lo largo del siglo XIX: ten铆a ra铆ces en el mundo industrial, atra铆a a las multitudes, alababa la t茅cnica tanto como elogiaba la tradici贸n, en ese sentido participaba de la modernidad. Contra el fascismo, Roosevelt y los Frentes Populares reunieron al movimiento obrero y a los burgueses dispuestos a dejar que el trabajo desempe帽ara su papel pol铆tico junto al capital. En esa contienda, el movimiento obrero burocratizado dirigido por el estalinismo era a la vez aliado y rival de las burgues铆as occidentales. Por tanto, era l贸gico que la resistencia nacional contra la ocupaci贸n alemana adoptara a menudo un aspecto y un discurso antiburgu茅s contra las 茅lites tradicionales asociadas al fascismo, en Yugoslavia, en Grecia y en Italia, donde la guerra patri贸tica, la guerra civil y la guerra de clases se mezclaron contra el enemigo nazifascista.

En 1939-45, en lugar de una lucha entre proletariado y burgues铆a, pero como subproducto de esa lucha antes inconclusa, se enfrentaron tres formas de capitalismo: la versi贸n estatista burocr谩tica rusa aliada temporalmente a la variante liberal anglosajona, contra el intento alem谩n (y en menor medida japon茅s) de crear imperios autosuficientes.

Despu茅s de 1945, en Europa occidental y en Jap贸n, el parlamentarismo y el Estado constitucional cumplieron por fin su funci贸n: reunir a un 芦pueblo禄 como naci贸n que integrara a la clase trabajadora. En 1943, un pol铆tico tory, Quintin Hogg, dijo sobre los trabajadores ingleses: 芦Debemos darles reformas o ellos nos dar谩n la revoluci贸n禄. La frase era excesiva, pero significativa.

1945 iba a ser diferente de 1918. Al final de la Primera Guerra Mundial, el pa铆s capitalista m谩s poderoso se apart贸 de la pol铆tica europea: Estados Unidos se neg贸 a formar parte de la Sociedad de Naciones y mostr贸 poco inter茅s por el ascenso de la Alemania nazi. Mientras Roosevelt estaba ocupado con el New Deal, apenas se preocup贸 por la guerra en Espa帽a. En 1945, las dos grandes potencias, EE.UU. y la URSS, no se limitaban a gobernar sus propios pa铆ses: cada una ten铆a la capacidad y el proyecto de extender su dominio sobre otras partes del mundo. Del mismo modo, los burgueses no se contentaban con tener la sart茅n por el mango sobre los trabajadores: la clase dominante organizaba la relaci贸n capital-trabajo de manera que se consolidara y perpetuara.

3: C贸mo el capitalismo globaliz贸 su crisis de los a帽os 60 y 70

La 芦paz social禄 posterior a los a帽os 45 se limit贸 a unos pocos pa铆ses dominantes, e incluso all铆 芦el trabajador acomodado禄 era un mito. [6] Aun as铆, Europa Occidental desarroll贸 varias formas de Estado de Bienestar para pacificar a las masas trabajadoras que preocupaban a Q. Hogg, y los gobiernos fuertemente endeudados (respaldados por el cr茅dito estadounidense y canadiense) consiguieron producir la financiaci贸n. Se lleg贸 a un acuerdo t谩cito.

En las 煤ltimas d茅cadas del siglo XX, la presi贸n de los trabajadores desestabiliz贸 esta consolidaci贸n.     Se sabe mucho sobre una crisis que comenz贸 hace cuarenta a帽os. S贸lo se帽alaremos dos puntos. Los burgueses lograron sofocar el malestar obrero en los a帽os 60 y 70, pero (a) no abordaron el verdadero problema, y (b) la forma en que se obtuvo esta 芦victoria禄 y sus consecuencias han llevado a un mayor desequilibrio social. Este 搂 3 analiza el punto a. Los siguientes p谩rrafos tratar谩n el punto b.

A principios de los a帽os 70, la producci贸n capitalista se encontraba con su inevitable apuro peri贸dico: la sobreacumulaci贸n crea una masa de valor tan grande que el capital es incapaz de valorizarla al mismo ritmo que antes. Las formas demasiado visibles de sobrecapacidad y sobreproducci贸n, por no hablar de la 芦crisis fiscal禄 del Estado, revelaban la desaceleraci贸n de las ganancias. [7]

Se supon铆a que la reingenier铆a empresarial y la globalizaci贸n lo hab铆an remediado.

Como sugiere la palabra, la globalizaci贸n se percibe como la creaci贸n de un mercado planetario abierto en el que las inversiones, los bienes y las personas podr铆an (o deber铆an) moverse libremente a su antojo.

Esto es enga帽oso.

En primer lugar, los monopolios y oligopolios no han acabado con el dominio del Estado, que de hecho se est谩 fortaleciendo en t茅rminos de ley y orden, y el proteccionismo no ha terminado.

En segundo lugar, 驴cu谩l es el fondo de la globalizaci贸n?

Reducci贸n de personal, precarizaci贸n, sustituci贸n del contrato individual por la negociaci贸n colectiva, externalizaci贸n de la fabricaci贸n de un continente a otro, promoci贸n del sector servicios en detrimento de la industria鈥 toda la 芦reestructuraci贸n禄 de los a帽os 80 y 90 se bas贸 en un factor privilegiado: la reducci贸n sistem谩tica de los costes laborales.

La reducci贸n de los salarios es una constante burguesa. 芦El alma secreta m谩s 铆ntima del capitalismo ingl茅s [es] el forzamiento de los salarios ingleses al nivel de los franceses y holandeses. [鈥 Hoy, gracias a la competencia en el mercado mundial [鈥 hemos avanzado mucho m谩s禄. Marx cita a un diputado ingl茅s diciendo que 芦Si China se convirtiera en un gran pa铆s manufacturero, no veo c贸mo la poblaci贸n manufacturera de Europa podr铆a sostener la contienda sin descender al nivel de sus competidores.禄 Marx concluye: 芦El objetivo deseado por el capital ingl茅s ya no son los salarios continentales sino los chinos禄. (El Capital, vol. I, cap. 24, 搂 4)

Los salarios, sin embargo, aunque son la variable m谩s importante del capitalismo, no son la 煤nica.

Un remedio puede resultar peor que la cura.

Los aumentos de productividad volvieron a ser elevados en la d茅cada de 1990, especialmente en Estados Unidos, gracias a la informatizaci贸n, la eliminaci贸n de las industrias de chimeneas y la inversi贸n en la fabricaci贸n de bajo coste laboral en Asia. Pero, por mucho que los ordenadores y los contenedores ayuden a comprimir y transferir la mano de obra, s贸lo parchean las causas del descenso de los beneficios. Todas las caracter铆sticas cr铆ticas de los a帽os 70 siguen presentes cuarenta a帽os despu茅s, enmascaradas por los beneficios obtenidos por una minor铆a de empresas y por los beneficios inesperados del sector financiero.

Los enormes cambios t茅cnicos actuales, en particular la informatizaci贸n de la producci贸n y de la vida cotidiana, se malinterpretan como una tercera 芦revoluci贸n tecnol贸gica禄 de magnitud comparable a las provocadas por la m谩quina de vapor a principios del siglo XIX, y por la electricidad y el motor de combusti贸n interna a finales del XIX y principios del XX.  Se olvida as铆 que las fuerzas productivas no son meros instrumentos t茅cnicos. Por s铆 solas, la gasolina y la qu铆mica no habr铆an bastado para generar una expansi贸n industrial entre 1870 y 1914, y el taylorismo-fordismo fue mucho m谩s que la cinta transportadora.

El dilema social del periodo de entreguerras (acumulaci贸n intensiva sin consumo de masas) se hab铆a resuelto en el boom posterior al 45: acumulaci贸n intensiva con consumo de masas al transformar parte de las ganancias de productividad en salarios m谩s altos. Despu茅s de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos exportar铆a bienes diferentes a los entonces conocidos en Europa, fabricados por otro tipo de gesti贸n, y precursores de un estilo de vida innovador. Por el contrario, a finales del siglo XX, los tigres y dragones asi谩ticos, los 芦pa铆ses de la nueva industria禄, como se les llam贸, y ahora China, etiquetada con demasiada rapidez como 芦el taller del mundo禄, aprovechan las t茅cnicas existentes y fabrican los mismos objetos que se fabrican en Occidente, aunque a menor coste. Como la oferta supera a la demanda, los precios se ven presionados a la baja鈥 y tambi茅n los beneficios. La 芦larga decadencia禄 iniciada a mediados de los a帽os 70 se ha compensado, pero no se ha resuelto. Una nueva fase de acumulaci贸n implicar铆a algo m谩s que la tecnolog铆a, y requerir铆a nada menos que la puesta en marcha de nuevas formas de producci贸n y de trabajo, es decir, otro r茅gimen de acumulaci贸n y otro modo de regulaci贸n. Por el contrario, las econom铆as emergentes se apoyan en un neotaylorismo sin fordismo. [8]

La burgues铆a ha intentado una vez m谩s cortocircuitar a su socio-oponente mediante un arreglo tecnol贸gico indirecto, esta vez mediante un salto hacia adelante en MTC (Medios de Transporte y Comunicaci贸n): esto es tan exitoso como el crecimiento dosificado puede durar.

Adem谩s, la econom铆a china no se centra en s铆 misma y, por el momento, ning煤n indicador muestra que vaya a dejar de ser excesivamente dependiente de las exportaciones.

Adem谩s, a medida que se traslada de las antiguas metr贸polis industriales a Asia, la mano de obra se organiza, presiona las reivindicaciones y las subidas salariales en China empiezan a obligar a las empresas a invertir en pa铆ses con una mano de obra supuestamente m谩s d贸cil.

Globalizar un problema no es suficiente para resolverlo. Los costes internos de producci贸n, as铆 como los costes externos y sociales (para remediar los da帽os medioambientales) no pueden ser compensados por los aumentos de productividad en la empresa, especialmente en los pa铆ses que han optado por una econom铆a de servicios. La revoluci贸n de la rentabilidad experimentada en la agricultura y la industria nunca tendr谩 la misma escala en el sector de los servicios: algunos son id贸neos para la normalizaci贸n (telecomunicaciones), otros no (sanidad).

No es necesario insistir en el hecho de que, desde 2008, las clases dirigentes han tratado la crisis con medios que la perpet煤an. Disminuir las rentas del trabajo en aras de reducir el d茅ficit de las empresas y de los gobiernos, e inyectar m谩s dinero en efectivo en los bancos, no abordar谩 la cuesti贸n de fondo: la insuficiencia de la creaci贸n de valor y de la inversi贸n, que ninguna expansi贸n comercial puede compensar, en particular una expansi贸n soplada por el cr茅dito. La burgues铆a va por el camino opuesto al que ayud贸 a salir de la Depresi贸n de los a帽os 30: apoyo a la demanda, regulaci贸n p煤blica, inversi贸n a largo plazo.

As铆 que, si el capitalismo empez贸 de nuevo en la ca铆da del siglo XX, su victoria no fue lo que parec铆a. La crisis actual revela que el auge de los 80 y los 90 no super贸 el predicamento de los 70: exceso de capacidad, sobreproducci贸n, sobreacumulaci贸n, rentabilidad decreciente. El crecimiento mundial de los 煤ltimos treinta a帽os es innegable y poco s贸lido. Su 茅xito se basa en causas que contradicen la l贸gica del sistema: el capitalismo no puede tratar de forma duradera el trabajo s贸lo como un coste que hay que reducir a toda costa, priorizar el sector financiero, vivir de la deuda, ni extender el american way of life en todos los continentes. Cada terr铆cola, o incluso un par de miles de millones, no poseer谩 su propio coche, piscina y c茅sped regado.

 4: Falacia del neoliberalismo

Mientras que a cada uno de nosotros se le anima a vivir a cr茅dito, se supone que los Estados se rigen cada vez m谩s por el principio del 芦hombre prudente禄 de la gesti贸n responsable: 芦No gastemos m谩s dinero p煤blico del que tenemos禄.

De hecho, el neoliberalismo de finales del siglo XX tiene poco que ver con el liberalismo del siglo XIX, cuando los burgueses sol铆an recortar el gasto p煤blico, argumentando que esas sumas mermar铆an su propio dinero ganado con esfuerzo y disminuir铆an la inversi贸n. El papel del Estado y su presupuesto deb铆an reducirse al m铆nimo.

Esto no es en absoluto lo que iniciaron Thatcher y Reagan. Cuando aumentaron el gasto p煤blico mediante la financiaci贸n de la deuda, no ayud贸 a resolver la crisis fiscal del Estado, ni era el objetivo de esa pol铆tica: su doble prop贸sito era reducir la carga fiscal de las empresas y la capacidad de los trabajadores de presionar sobre los beneficios. La privatizaci贸n y la desregulaci贸n de la industria y de la banca (proceso inaugurado en Estados Unidos por J. Carter y continuado por B. Clinton despu茅s de 1993) ten铆an como objetivo romper el marco institucional que proporcionaba a los trabajadores medios para defenderse (el famoso 芦compromiso fordista禄). El neoliberalismo acababa con las mediaciones que daban un poco de protecci贸n individual y colectiva frente a las fuerzas del mercado.

Esto ten铆a que ocurrir en el n煤cleo del sistema: la industria manufacturera, el transporte, la energ铆a, es decir, los sectores que eran (y siguen siendo) vitales y en los que la organizaci贸n y el malestar de los trabajadores eran mayores. As铆 que el ataque se dirigi贸 naturalmente a los trabajadores de las grandes f谩bricas y de la siderurgia, a los mineros, a los estibadores, a los controladores a茅reos鈥 Como esos sectores clave fueron derrotados, las finanzas aprovecharon la oportunidad para impulsar su propio inter茅s a expensas de la industria: esto fue un efecto secundario de la evoluci贸n, no su causa.

El ascenso de Asia fue otra consecuencia de la derrota laboral. Los burgueses estadounidenses, europeos y japoneses empezaron a tener productos fabricados en Asia o Am茅rica Latina, y luego abrieron sus mercados a las importaciones chinas, s贸lo despu茅s de haber aplastado la militancia obrera en sus propios pa铆ses.

 5: Salarios, precios y beneficios

Se est谩n escribiendo una serie de art铆culos para explicar c贸mo los burgueses (normalmente llamados ricos) han estado robando a los pobres durante las 煤ltimas d茅cadas. Muy cierto, pero la cuesti贸n relevante es si despu茅s de 1980, el contraataque burgu茅s al trabajo tuvo 茅xito鈥 o demasiado. La negaci贸n sistem谩tica del papel del trabajo (es decir, la reducci贸n sistem谩tica de la mano de obra y el recorte de los costes laborales) aporta beneficios a corto plazo, pero resulta perjudicial a largo plazo. Las cifras de crecimiento global del comercio y la producci贸n mundiales de los 煤ltimos treinta a帽os ocultan lo esencial: todav铆a no hay suficientes beneficios para todos. Una circulaci贸n de capitales m谩s r谩pida no coincide necesariamente con una mejora de los beneficios. En 2004, varias empresas francesas aumentaron sus beneficios anuales en un 55%, principalmente porque se liberaron de sus sectores menos rentables. La cuesti贸n es hasta qu茅 punto una rentabilidad insuficiente puede ser compensada por una estrategia que beneficia a una minor铆a atrincherada en nichos estrat茅gicos (el negocio de alta tecnolog铆a en expansi贸n, las empresas con fuertes v铆nculos con el gasto p煤blico y, por 煤ltimo, las finanzas). Aqu铆 no hay nada nuevo. Lo que se denomin贸 econom铆a mixta o capitalismo monopolista de Estado en el per铆odo 1950-80 tambi茅n se basaba en una transferencia constante de dinero desde el conjunto de las empresas hacia unas pocas empresas felices. [9] Pero el funcionamiento de un sistema as铆 implicaba un m铆nimo de dinamismo: las empresas m谩s poderosas no habr铆an podido llevarse m谩s que su parte de beneficios si la rentabilidad global hubiera sido escasa.

El capitalismo no es simplemente una acumulaci贸n de dinero en un polo (el capital) y un abaratamiento de los costes en el otro (el trabajo). Y menos a煤n una acumulaci贸n de beneficios especulativos obtenidos a costa de la econom铆a 芦real禄, es decir, de las empresas que fabrican y venden art铆culos (ya sean tel茅fonos m贸viles o pel铆culas compradas en l铆nea). El capitalismo no puede ser s贸lo dinero vendido por dinero.

Desde mediados del siglo XIX, el capital siempre ha tenido que tener en cuenta el trabajo, incluso bajo Stalin y Hitler. [10] Si hay una lecci贸n que aprender de Keynes, es que el trabajo es tanto un coste como una inversi贸n.

Hay un l铆mite a lo que el capitalismo puede excluir sin llegar a un estadio altamente cr铆tico: en un mundo en el que reinan la econom铆a y el trabajo, la continuidad y la estabilidad del orden social existente dependen de su capacidad para poner al menos una cantidad justa de proletarios a trabajar productivamente.

Productivo en m谩s de un sentido: productivo de valor para que las empresas lo acumulen e inviertan; productivo de riqueza para las clases dominantes y de dinero para los impuestos; productivo de lo necesario para el mantenimiento y la reproducci贸n de los despose铆dos como grupo diferenciado y como reserva de mano de obra potencial; productivo del mantenimiento necesario de lo que queda de otras clases; y productivo de 芦sentido禄, de ideas colectivas, im谩genes y mitos capaces de unir a las clases y llevarlas hacia alg煤n objetivo com煤n: una sociedad, y esto se aplica tambi茅n a la sociedad capitalista, no es una suma de trabajadores pasivos y consumidores atomizados.

El nexo de uni贸n aqu铆 es lo mucho que afecta el tratamiento del trabajo por parte del capital a la reproducci贸n de la sociedad. La renovaci贸n de la fuerza de trabajo tiene que ser global, tanto social como pol铆tica.

Por el contrario, la reingenier铆a funciona desde los a帽os 80 como si la mano de obra estuviera abierta a la explotaci贸n despiadada. La mano de obra parece inagotable (los empresarios siempre pueden esperar sustituir a los proletarios insumisos o envejecidos por otros nuevos), pero no lo es.

En las f谩bricas europeas del siglo XIX (al igual que en muchas f谩bricas de los pa铆ses emergentes de hoy), los burgueses explotaban al trabajador hasta agotarlo. Esto dio muchos beneficios durante a帽os, pero cuando el ej茅rcito llam贸 a filas a millones de hombres adultos en 1914, los militares se dieron cuenta de que las clases bajas estaban plagadas de desnutrici贸n, morbilidad, raquitismo y discapacidad. Est谩 bien que el jefe individual se preocupe s贸lo del valor producido en su empresa. Los jefes como clase tienen que tener en cuenta la reproducci贸n de la clase trabajadora. La miseria y el beneficio no siempre se llevan bien: la mano de obra suele ser m谩s productiva cuando est谩 mejor pagada, alojada, alimentada, con buena salud e incluso tratada con un m铆nimo de respeto.

Socialmente, los pa铆ses 芦ricos禄 han abandonado a su suerte a su 20% m谩s pobre (la quinta parte inferior). La parte relativa del trabajo asalariado en la renta nacional ha bajado (a veces un 10%) en Estados Unidos y en la mayor铆a de los viejos pa铆ses industriales. Millones de j贸venes adultos viven en la pobreza, cada vez hay m谩s trabajadores pobres y nuevos pobres, los trabajadores de cuello azul y de peque帽as oficinas (el 60% de la poblaci贸n activa en Francia) se est谩n nivelando hacia abajo, etc., pero la victoria de la clase alta tiene su precio. La tendencia a la ultraproductividad provoca estr茅s laboral, p茅rdida de horas de trabajo y otros gastos, cuya carga acaba pesando sobre el capital colectivo.  Asimismo, la reducci贸n del salario 芦social禄 es una pol铆tica miope: el dinero gastado en educaci贸n, sanidad y pensiones es una inversi贸n que beneficia al ciclo del capital. Un recorte excesivo de los costes ha permitido obtener beneficios r谩pidos, pero habr谩 que pagar los gastos accesorios de la globalizaci贸n.

El reparto cada vez m谩s desigual de los beneficios entre el capital y el trabajo es un aspecto de la falta de rentabilidad, causada no por la avaricia de los financieros (los burgueses no son ni m谩s ni menos avaros hoy que ayer), sino por la escasez de beneficios obtenidos en la industria y el comercio. Si se deja de lado a Estados Unidos, 芦la econom铆a mundial se muestra incapaz de sostener una demanda que mantenga ocupadas sus capacidades productivas (y particularmente) industriales禄. As铆 lo se帽alaba en 2005 un economista franc茅s sin inclinaciones marxistas ni izquierdistas, Jean-Luc Gr茅au. [11] Sostuvo que la reducci贸n sistem谩tica de los costes laborales en todo el mundo es parte del problema, no la soluci贸n: 芦驴C贸mo consiguen los economistas ignorar p煤blicamente los efectos de la deflaci贸n salarial en la situaci贸n mundial? [鈥 La deflaci贸n salarial significa la deflaci贸n de la creaci贸n de valor禄.

Dado que el consumo de masas es ahora una piedra angular del capitalismo, la reducci贸n sistem谩tica y la subcontrataci贸n acaban por reducir el poder adquisitivo de los asalariados y los desempleados. Lejos de ser una mera ficci贸n, el dinero es trabajo sustanciado, y la relevancia del dinero se deriva del trabajo vivo que representa. Cuando el trabajo se degrada, ni los ricos ni los pobres pueden comprar indefinidamente a plazos, y tarde o temprano la econom铆a de la deuda encuentra sus l铆mites. El subconsumo es un efecto, no una causa, pero intensifica la crisis.

Pol铆ticamente, la burgues铆a necesita trabajadores que trabajen y que se callen cuando no tienen trabajo. Mientras exista el trabajo asalariado, nunca habr谩 suficiente trabajo para todos. Pero tiene que haber suficiente para que la sociedad siga siendo estable, o al menos manejable.

La l贸gica del capitalismo nunca ha sido incluir a todo el mundo como capitalista o asalariado, ni convertir todo el planeta en un suburbio de clase media. Sin embargo, las relaciones entre el capital y el trabajo requieren un cierto equilibrio entre el desarrollo y el subdesarrollo, la riqueza y la pobreza, el trabajo oficial y el no oficial, la seguridad laboral y el trabajo ocasional, la estabilidad y la flexibilidad. De lo contrario, los residentes privilegiados de los suburbios tendr谩n miedo de ir a comprar al centro de la ciudad ante el riesgo de encontrarse con bandas de la clase baja, atracadores o saqueadores. Demasiadas comunidades cerradas que coexisten con demasiados barrios marginales constituyen un c贸ctel socialmente explosivo. Una sociedad no puede ser pacificada s贸lo por la polic铆a.

Para reproducirse, el capitalismo no s贸lo debe alimentar y alojar al trabajador asalariado, sino reproducir lo que constituye su vida, su familia, su educaci贸n, su salud, etc., por tanto, el conjunto de la vida cotidiana. El curso supuestamente normal del capitalismo dista mucho de ser pac铆fico, y las tensiones sociales son diferentes en Tur铆n, 2000, que en Manchester, 1850: ahora raramente se ven disturbios por alimentos en los pa铆ses 芦ricos禄, aunque millones de ciudadanos estadounidenses tienen que comer con cupones de alimentos. La pobreza y la necesidad cambian con los tiempos. Si la vida cotidiana contempor谩nea se ha convertido con 茅xito en una sucesi贸n de compras (millones de personas comercian en eBay y sitios similares), eso no impide que se repitan los disturbios en los viejos centros capitalistas como en los nuevos. El saqueo no es una revoluci贸n, pero cuando los pobres salen a la calle a saquear, como en Londres, en 2011, demuestra que el mercado desata fuerzas que no puede controlar.

Cuando los burgueses se preguntan c贸mo devolver la solvencia no s贸lo a las grandes masas, sino a pa铆ses enteros, es porque la relaci贸n salarial corre el riesgo de no proporcionar m谩s las condiciones adecuadas para la reproducci贸n social.

 6: La imposibilidad de reducir todo al tiempo

Cuando se lleva al extremo, la b煤squeda permanente del ahorro de tiempo se vuelve contraproducente. Acortar el tiempo tiene como consecuencia que todo sea tratado a corto plazo. En 1960, el 茅xito del modo de vida estadounidense qued贸 demostrado por su capacidad para convencer al automovilista de que comprara un nuevo modelo de coche cada dos a帽os: cincuenta a帽os despu茅s, nuestro ordenador dom茅stico nos recomienda actualizar el software cada dos semanas. La obsolescencia incorporada entra en conflicto con el crecimiento sostenible y la energ铆a renovable: la esencia del tiempo es que no puede almacenarse ni renovarse.

Llega un momento en que las presiones sociales ya no impulsan el sistema, sino que lo tensan. Lo que antes lo hac铆a fuerte 鈥 separar, cuantificar y hacer circular todo a la m谩xima velocidad posible 鈥 se vuelve en su contra.

El tiempo es una obsesi贸n contempor谩nea, en el trabajo, en casa, en la calle, en todas partes. Cuando las empresas intentan producir y hacer circular todo en tiempo real, lo que realmente pretenden es el tiempo cero. El hombre moderno no soporta estar haciendo una sola cosa a la vez. Un visitante marciano podr铆a pensar que no fabricamos y consumimos tanto objetos como velocidad. La competencia obliga a cada empresa a minimizar los costes de mano de obra, y la contribuci贸n de cada trabajador debe contabilizarse en tiempo, por muy discutible que sea la cifra resultante. Los ordenadores y los expertos est谩n ah铆 para economizar el tiempo, para absorberlo, eventualmente para anularlo: 芦El tiempo y el espacio ya no existen禄, dice el CD de su impresora HP Photosmart. Sin embargo, esto nunca va lo suficientemente r谩pido como para que el tiempo sea lo suficientemente rentable.

El capitalismo siempre da lo mejor de s铆 en el corto plazo, pero hoy en d铆a le falta algo de visi贸n de futuro y alguna regulaci贸n p煤blica que s贸lo funciona en plazos largos.

 7: Una clase fuera de juego        

Cuando se le deja a su aire, el burgu茅s busca su propio beneficio m谩ximo, y sigue su inclinaci贸n natural a combinar la destreza t茅cnica con el acaparamiento de dinero.

Una de sus formas favoritas en los 煤ltimos tiempos ha sido promover el dominio del capital a inter茅s sobre el capital industrial y comercial.

Desde la Revoluci贸n Industrial, la hipertrofia de las finanzas suele ser un signo de exceso de capital. El bajo punto de equilibrio en la manufactura y el comercio engendra una tendencia a buscar una mayor eficiencia del capital en la circulaci贸n del dinero, lo que inevitablemente resulta en una burda y sofisticada especulaci贸n. Esto funciona bien -mientras dura- para los pocos felices de Wall Street y la City, pero da lugar a un desequilibrio entre los distintos estratos burgueses.

Hay una conexi贸n entre la derrota del trabajo a finales de los a帽os 70 y las sacudidas que se han producido en las finanzas desde entonces. El desenfreno financiero es uno de los m茅todos preferidos del capital para negar lo que lo crea: el trabajo. El cr茅dito significa gastar el dinero que no se tiene pero que se espera obtener, por ejemplo, convirtiendo la subida (esperada) de la vivienda en el mercado inmobiliario en una mayor capacidad de pr茅stamo. Sin embargo, el dinero no est谩 dotado de un poder infinito de autocreaci贸n: s贸lo hace girar el mundo en la medida en que es trabajo cristalizado. El crack financiero es una prueba de realidad: entre el trabajo y el capital, la relaci贸n causa-efecto no es la que los burgueses quisieran pensar. El trabajo pone en movimiento al capital (y al dinero), no al rev茅s.

La especulaci贸n es una caracter铆stica natural, e incluso indispensable, del capitalismo: el exceso de especulaci贸n anuncia tormentas financieras.

Cuando la lucha de clases se inclin贸 a favor de los burgueses despu茅s de 1980, 茅stos sacaron el m谩ximo provecho de la situaci贸n, por supuesto a expensas de los proletarios, pero tambi茅n con un cambio de poder dentro de la clase dominante, y el ascenso de los capitalistas financieros que exigen beneficios de dos cifras cuando el beneficio industrial rara vez supera el 3-4% anual a largo plazo.  La renta, antes ganancias excedentes obtenidas por el monopolio del acceso a los recursos o a las tecnolog铆as, ha tendido a convertirse en la forma dominante de los ingresos burgueses: titulizaci贸n (transformaci贸n de la deuda en mercanc铆as), mercados de derivados (literalmente, venta y compra del futuro: seguros, opciones, riesgos, derivados de los activos existentes), especulaci贸n sobre las mercanc铆as, burbujas especulativas (en particular en el mercado inmobiliario), opciones sobre acciones, etc. La alta tecnolog铆a y la cibereconom铆a reviven una clase rentista que Keynes deseaba ver eutanasiada en inter茅s del sistema en su conjunto. La escalada financiera y la creaci贸n de dinero sin precedentes por parte de los bancos son demasiado conocidas como para entrar en detalles aqu铆.

Hay que encontrar alguna sinergia entre el financiero y el ingeniero, el accionista y el gestor. El precio de las acciones no es el 煤nico criterio para decidir la relaci贸n 贸ptima entre costes y beneficios. Los productos financieros son tan 芦reales禄 como la ferreter铆a, pero s贸lo en la medida en que se desarrollan paralelamente a los objetos y servicios fabricados y vendidos que son algo m谩s que meros flujos de dinero.

Todos los burgueses comparten una posici贸n com煤n como clase. Son los aspirantes a reformistas (a menudo intelectuales arrepentidos y familiarizados con los pasillos del poder, como J. Stiglitz, responsable pol铆tico del Banco Mundial y de la administraci贸n Clinton) los que teorizan sobre la econom铆a 芦real禄 y esperan enrolar a los verdaderos empresarios en oposici贸n a los fabricantes de dinero. Los burgueses est谩n divididos, pero se mantienen unidos contra el trabajo para defender sus intereses entrelazados. La clase dominante alemana no estaba cohesionada en los a帽os 20, hasta que se uni贸 detr谩s de Hitler. Mucho depender谩 de si los sectores financiero, industrial y comercial siguen desunidos o convergen en una pol铆tica de reformas, lo que no ha ocurrido hasta ahora.

8: El dios del dinero que fracasa

Cuando las luchas obreras de los a帽os 60-70 fueron contenidas, el capitalismo sin control actu贸 como si fuera libre de capitalizar todo, el aire que respiramos, el genoma humano o el puente de Rialto. Cualquier cosa es susceptible de convertirse en un complemento de la producci贸n de valor o en un objeto de comercio.

Aunque esta tendencia a la mercantilizaci贸n universal es una prueba m谩s de la omnipresencia del capital, el capitalismo no puede conformarse con una sociedad enteramente capitalizada: necesita instituciones y normas que se le subordinen, pero tambi茅n necesita que no cumplan directamente con el imperativo del beneficio. Las escuelas no deben a帽adir valor a un capital. Los funcionarios no son empresarios. La 芦Investigaci贸n y Desarrollo禄 requiere investigaci贸n b谩sica. La contabilidad requiere cifras fiables. La misma empresa que manipula su propio libro espera que se le proporcionen estad铆sticas gubernamentales honestas. Los servicios p煤blicos tienen que someterse a las normas capitalistas y, sin embargo, conservar un cierto grado de autonom铆a.

Si ahora se debaten los l铆mites del homo economicus, si se pone de moda Karl Polanyi y su cr铆tica (La gran transformaci贸n, publicada en 1944) a la ilusi贸n de un mercado autorregulado, se demuestra que incluso los liberales tienen que admitir la necesidad de frenar el dominio del lucro sobre la sociedad. Polanyi sosten铆a que la propensi贸n humana hacia el mercado era hist贸rica, no natural: el capitalismo hab铆a desvinculado la producci贸n de los medios de existencia tanto de la vida social como de la naturaleza. Sin ser marxista y ciertamente no comunista, Polanyi no se opon铆a a la existencia de un mercado: su remedio a la autonomizaci贸n de la econom铆a era volver a integrar la actividad productiva dentro de los v铆nculos mutuos.    Escrita tras la Gran Depresi贸n, esta cr铆tica coincidi贸 con un esfuerzo capitalista por regular las fuerzas del mercado. En las 煤ltimas d茅cadas, se ha renovado el inter茅s por el 茅nfasis de Polanyi en el 芦arraigo禄: los reformistas querr铆an que la econom铆a quedara bajo control social, para crear una relaci贸n sostenible con la naturaleza鈥

Polanyi ten铆a raz贸n: el intercambio de dinero individualista erosiona el tejido social. S贸lo le falt贸 ver que no podemos esperar que el capitalismo se limite a s铆 mismo: el mercado siempre tiende a desarrollarse en exceso. Como se帽alan con raz贸n los liberales, las ventajas del capitalismo vienen acompa帽adas de sus defectos. En las universidades donde se ense帽a La Gran Transformaci贸n, los directivos sue帽an con vincular la remuneraci贸n de los profesores a los resultados de los alumnos en los ex谩menes estandarizados. Polanyi era un ingenuo creyente en la autocr铆tica del capitalismo.

9: Cuantificar lo cualitativo (Cuando la enfermedad se convierte en medicina)

驴C贸mo reacciona un sistema basado en la medici贸n universal ante el exceso de cuantitativismo? Cuantificando la calidad. Ya se puede hacer un doctorado en Estudios de la Felicidad: El Producto Interior Bruto (PIB) est谩 bien cuando se complementa con la Felicidad Nacional Bruta (FNB).

En un momento en el que Occidente duda de sus propios valores y mira a Oriente en busca de alimento para el alma, no es casualidad que la FNB se haya originado en But谩n, el primer pa铆s donde se utiliz贸 oficialmente por primera vez. El concepto no naci贸 de la pura tradici贸n: lo inventaron los gobernantes locales cuando But谩n atravesaba un proceso de modernizaci贸n, una frase en clave para entrar en la era capitalista. La FNB deb铆a servir de puente entre las presiones mercantiles y la mentalidad budista imperante, y proporcionar a la sociedad butanesa una ideolog铆a que presentara el trabajo asalariado y la econom铆a monetaria como adecuados para el bienestar de las personas. En los pa铆ses 芦modernos禄 siguieron encuestas similares, y en la actualidad los sondeos de opini贸n recogen datos sobre el bienestar. [12]

Es una 芦ley禄 sociol贸gica bien conocida que en una encuesta las preguntas determinan las respuestas: los sofisticados indicadores utilizados en las entrevistas para medir el bienestar de la poblaci贸n sirvieron para meter en la cabeza de los butaneses la idea de que la evoluci贸n de But谩n era buena para ellos.

La FNB es tan manipuladora como el PIB, pero tambi茅n igual de enga帽osa para sus usuarios, ya sean expertos o los gobernantes que pagan a los expertos. Aunque pretende ser una gu铆a para planificar adecuadamente el futuro, y tener en cuenta factores no estrictamente econ贸micos, la FNB funciona con la misma l贸gica que el valor: lo pone todo junto, desde la tabla de agua hasta la asistencia de las ni帽as a la escuela, y lo sintetiza (o pretende hacerlo) para llegar a cifras y gr谩ficos que reducen la realidad a rasgos comunes. La aplicaci贸n de la econometr铆a a la vida cotidiana no puede compensar la falta de una visi贸n general que el actual mundo competitivo de los Estados y las empresas es, por su naturaleza, incapaz de alcanzar, como todo el mundo sabe. Es un secreto a voces que las compilaciones de la FNB apenas ayudan a mejorar el desarrollo sostenible, la integridad cultural, la conservaci贸n de los ecosistemas y la buena gobernanza. Pero no importa. Como la FNB no logra cuantificar el bienestar y la felicidad, ven la luz nuevas construcciones, como el Indicador de Progreso Genuino. Como la salud mental no es suficiente, ahora se considera que la salud emocional se puede medir m茅tricamente. Cuando los datos f谩cticos resultan insuficientes, los especialistas elaboran memorias. Cuando la salud no alcanza las normas requeridas, se confecciona una larga lista de diversos tipos de bienestar y se redactan nuevos documentos.

La sociedad de las cifras es tambi茅n una sociedad de informes. En 2005, las Naciones Unidas patrocinaron un proyecto de Evaluaci贸n del Medio Ambiente del Milenio (MEA), para evaluar la naturaleza en funci贸n de lo que nos da, y conocer el coste si la perdemos: su contribuci贸n para 1982-2002 se estim贸 en 180.000 millones de d贸lares. La cifra ha sido impugnada, lo que requiere m谩s estudios de la MEA. El productivismo puede estar desacreditado en la fabricaci贸n, pero no en la investigaci贸n.

Los maestros de la felicidad son los predicadores laicos contempor谩neos que remiendan las insuficiencias y monstruosidades de los tiempos actuales. Es muy natural que la investigaci贸n sobre la felicidad obedezca a la l贸gica reduccionista obsesionada por las cifras que prevalece en la vida intelectual y pol铆tica, o en la educaci贸n, donde se eval煤a a los ni帽os en la escuela marcando casillas: ahora todos estamos evaluados. Pero los cr铆ticos no se oponen a esto. Denuncian el hecho de que los gobiernos definan la FNB seg煤n les convenga: 驴no es as铆 con todas las estad铆sticas? Deploran los criterios no cient铆ficos: 驴c贸mo podr铆a encajar el bienestar con cualquier est谩ndar objetivo? S贸lo una mente cientificista puede considerar la felicidad como un objeto de la ciencia, o la emoci贸n como un an谩logo del progreso econ贸mico. Se lamentan del sesgo nacional, pero era inevitable que But谩n encontrara consuelo en su propia versi贸n de la FNB. Un FNB estadounidense del siglo XXI validar铆a el modo de vida estadounidense tal y como le gusta imaginarse a s铆 mismo ahora, una sociedad multicultural, consciente de la ecolog铆a y respetuosa con las minor铆as, ciertamente no como era en 1950.

La FNB es un producto de una 茅poca en la que un mundo dirigido por el PIB est谩 en crisis, y trata ideol贸gicamente su crisis. La sabidur铆a zen va bien con la FNB.

10 : 驴Planeta prohibido?

Un sistema empe帽ado en tratar el trabajo como un bien infinitamente explotable act煤a igual con la naturaleza. Ya en los a帽os 50 y 60, observadores clarividentes advirtieron de los riesgos ecol贸gicos. [13] Sin embargo, en su conjunto, el crecimiento posterior a 1980 ha supuesto m谩s producci贸n, m谩s consumo de energ铆a (incluida la nuclear) y m谩s obsolescencia planificada.

Una contradicci贸n capitalista se ha hecho m谩s visible y m谩s aguda que hace un siglo: si este modo de producci贸n est谩 destinado a mercantilizarlo todo, este proceso incluye su entorno (芦la naturaleza禄), que nunca puede convertirse completamente en mercanc铆a. Resulta econ贸micamente razonable que un frigor铆fico o un v铆deo a la carta sean indefinidamente intercambiables y renovables. La misma l贸gica no se aplica a los 谩rboles, los peces, el agua o los combustibles f贸siles. Va a ser m谩s dif铆cil hacer algo con el CO-2 de lo que fue en los a帽os 30s remediar los da帽os causados por el taz贸n de polvo. Aunque Estados Unidos se beneficie del petr贸leo y el gas de esquisto (lo que est谩 por ver), para la mayor铆a de los pa铆ses el coste de la energ铆a f贸sil seguir谩 aumentando y ser谩 cada vez m谩s antiecon贸mico, lo que no significa que esto bloquee el sistema: siempre hay una salida a un grave dilema de rentabilidad, una salida calamitosa.

El capitalismo debe encontrar un cierto equilibrio entre s铆 mismo y aquello de lo que se alimenta, con su entorno tanto social como natural: La 芦naturaleza禄 es uno de esos elementos indispensables que no hay que capitalizar del todo.

De lo que se trata aqu铆 es, en primer lugar, de la cuesti贸n del salario frente al beneficio, pero tambi茅n de todo lo que implica. La empresa, el trabajo asalariado y la mercanc铆a son, en efecto, el coraz贸n del sistema, pero ese coraz贸n s贸lo late bombeando lo que lo alimenta, la humanidad y en primer lugar la fuerza de trabajo, y tambi茅n la naturaleza.

No hace falta ser un catastrofista ecol贸gico para darse cuenta del contraste entre el comienzo del siglo XXI y la situaci贸n de 1850 o 1920. Una enorme diferencia con la crisis de 1914-45 es que la acumulaci贸n se encuentra ahora con l铆mites ecol贸gicos adem谩s de sociales: la sobreexplotaci贸n de los combustibles f贸siles, la sobreurbanizaci贸n, la sobreutilizaci贸n del agua, los riesgos clim谩ticos鈥 se combinan para que el modo de producci贸n agote su capital natural, mientras que el declive del keynesianismo priva al Estado de sus antiguas capacidades de regulaci贸n.

Cuando las fuerzas privadas del mercado ya no son controladas por el contrapoder p煤blico, se da rienda suelta a la limitaci贸n inherente al capital. La desregulaci贸n, la privatizaci贸n y la comercializaci贸n han contribuido a agotar las condiciones naturales que no pueden renovarse infinitamente. En 50 a帽os, la qu铆mica y la agroindustria han multiplicado por 4 贸 5 el rendimiento de las tierras de cultivo de trigo鈥 proporcionando al agricultor 10 calor铆as para obtener un rendimiento de 1. El d铆a en que el capital tenga que tener en cuenta todos los elementos necesarios para la producci贸n, la sobreexplotaci贸n empezar谩 a no ser econ贸micamente rentable.

Hasta ahora, las empresas pod铆an considerar los insumos energ茅ticos, las materias primas y el medio ambiente como fuentes de riqueza prescindibles que se daban por supuestas. Mientras el coste de la contaminaci贸n del agua por parte de la f谩brica de aluminio para el resto de la sociedad no fuera pagado ni por los productores ni por los compradores, las empresas pod铆an ignorarlo. Esta 芦externalidad negativa禄 debe integrarse ahora en los costes de producci贸n: esto, el capital lo encuentra dif铆cil de hacer, y hasta ahora ha habido menos acci贸n que palabras, con el 芦pensamiento sist茅mico禄 y el 芦enfoque sist茅mico禄 convirti茅ndose en palabras de moda. El 芦decrecimiento禄, el 芦no crecimiento禄 o el 芦crecimiento cero禄 son incompatibles con un sistema que todav铆a se basa en la fabricaci贸n y compra masiva de art铆culos grandes (coches) o peque帽os (lectores electr贸nicos), en la obsolescencia planificada y en las enormes centrales el茅ctricas de carb贸n o nucleares. El smartphone es tan productivista como el coche Cadillac.

La ecolog铆a es ahora parte de la ideolog铆a de la clase dominante. Incluso ha dado lugar a un nuevo g茅nero popular: el catastrofismo, que al estilo religioso se nutre del miedo y la culpa: la culpa es de la codicia humana, de nuestro arraigado hedonismo materialista y est煤pido.

Sin embargo, el mundo no est谩 determinado por la oposici贸n entre el hombre y la naturaleza, entre la t茅cnica y la naturaleza, entre una megam谩quina destructiva y la continuaci贸n de la vida. La biosfera es, en efecto, uno de los l铆mites contra los que choca el capitalismo, pero la conexi贸n entre la especie humana y la biosfera est谩 mediada por las relaciones sociales. La 芦naturaleza禄 de la que hablamos no es exterior al actual modo de producci贸n: las materias primas y la energ铆a forman parte del marco en el que el trabajo produce el capital.

La electricidad, por ejemplo (una forma y no una fuente de energ铆a), se adapta perfectamente al capitalismo: existe como un mero flujo que no es f谩cil de almacenar y, por tanto, debe seguir circulando. Si sus costes de producci贸n superan su beneficio, 驴qu茅 pueden hacer las empresas sino pasar la pelota al Estado, pero de d贸nde sale el dinero p煤blico? Nos encontramos ante la paradoja de un sistema asombrosamente m贸vil y adaptable que se ha ido construyendo sobre una base material cada vez m谩s irreproducible.

La capacidad de adaptaci贸n humana, social y natural, para bien o para mal, es sin duda mayor de lo que pensamos. Pronto tendremos que acostumbrarnos a vivir en un entorno altamente peligroso. Los japoneses empiezan a preguntarse qu茅 es peor para un ni帽o: 驴tener que jugar en un entorno irradiado o que se le proh铆ba jugar al aire libre? La energ铆a nuclear crea una situaci贸n en la que la inversi贸n capitalista podr铆a dejar de ser rentable. Para su propia reproducci贸n, un sistema social se alimenta de energ铆a (humana y natural) y de materias primas. Si un sistema gasta m谩s recursos ( = dinero) en preservar sus condiciones ambientales que lo que obtiene de ellas, si la entrada social supera la salida social, la sociedad se rompe.

Como la sociedad actual es incapaz de abordar la cuesti贸n a una escala parecida a la necesaria, se combinan dos opciones: una leve acomodaci贸n y hacer de aprendiz de brujo. La ciencia, las empresas y los gobiernos est谩n preparando soluciones de geoingenier铆a imaginativas y (supuestamente) rentables: retirar el di贸xido de carbono de la atm贸sfera y depositarlo en otro lugar (como los pa铆ses 芦avanzados禄 que env铆an sus residuos t贸xicos industriales a 脕frica), gestionar la radiaci贸n solar para enfriar el planeta reflejando la radiaci贸n en el espacio, fertilizar los oc茅anos con hierro, aclarar las nubes, etc. Si el clima va mal, hagamos un control meteorol贸gico, y si la industria pone en peligro el medio ambiente, cambiemos la naturaleza. [14]

Esquivar el obst谩culo con los mismos medios que lo crean: uno se pregunta qu茅 es peor, el fracaso o el 茅xito de tales proyectos de ciencia-ficci贸n.

11: No hay autorreforma capitalista

No faltan mentes l煤cidas y perspicaces en el capitalismo. De hecho, algunos de sus primeros te贸ricos sugirieron moderaci贸n (A. Smith) o reformas (Sismondi). [15] Sin embargo, esa influencia moderadora cay贸 en saco roto, a no ser que estuviera respaldada por la acci贸n de las masas, la huelga, los disturbios, el cartismo, la Comuna de Par铆s, el miedo a la revoluci贸n o, en Estados Unidos, la violencia narrada por Dynamite (1931) de Louis Adamic. Siempre hace falta algo m谩s que libros y discursos para que una clase se d茅 cuenta de d贸nde est谩n sus intereses a largo plazo.

S贸lo el trabajo organizado impuso dosis de regulaci贸n a los burgueses reacios: no hay New Deal sin las huelgas de brazos ca铆dos.

Por el contrario, en el reflujo de las luchas, el capitalismo libre act煤a como si pudiera sacar el m谩ximo provecho de cualquier cosa.

Hoy en d铆a, cuanto m谩s datos se recogen, cuanto m谩s sofisticados se vuelven los programas inform谩ticos y las matem谩ticas aplicadas (comercio de alta frecuencia), menos autocontrol parece haber. Un ejemplo es la reticencia a separar la inversi贸n de la banca comercial, en comparaci贸n con el alcance de la Ley Glass-Steagall de 1933. En su lugar, los gobernantes buscan un mayor control sobre el trabajo y sobre el pueblo. Al neoliberalismo no le importa el gobierno cuando 茅ste se ocupa de la ley y el orden, y es bastante compatible con la burocracia. Las leyes, los reglamentos, las directrices, los protocolos y los c贸digos 茅ticos han proliferado con la estandarizaci贸n inform谩tica de todos los 谩mbitos, desde la atenci贸n m茅dica hasta la educaci贸n o la bolsa. El principio de precauci贸n es exagerado por la misma sociedad que sigue jugando con fuego (el riesgo nuclear es s贸lo un ejemplo). Los alimentos industrializados potencialmente insalubres son servidos por dependientes con guantes. El consenso es que cuanta m谩s informaci贸n leamos en los paquetes o en la web, m谩s seguros estaremos. La falacia 芦Saber es hacer禄 es t铆pica de un mundo en desorden.

El autocontrol nunca ha sido el punto fuerte del capitalismo. El burgu茅s sobresale en el aprovechamiento de los recursos humanos y naturales para producir y acumular, pero, a pesar de los miles de laboratorios de ideas, es incapaz de pensar en el capitalismo como una totalidad porque no es su negocio, literario. Cuando una empresa invierte en una f谩brica o en una mina, los gestores aprovechan al m谩ximo la mano de obra, las materias primas y la tecnolog铆a, y s贸lo se ocupan del resto (accidentes laborales, residuos t贸xicos, contaminaci贸n del agua, etc.) cuando reciben la presi贸n de la mano de obra, de la ley, de las autoridades locales o de los denunciantes. La prioridad burguesa es aumentar la productividad del trabajo y del capital: para eso son burgueses y demuestran ser buenos en ello. El largo plazo y el pensamiento 芦hol铆stico禄 pasan a un segundo plano.

Parad贸jicamente, la abundancia de 芦hojas de ruta禄 de la reforma es un signo de dilaci贸n. La mayor铆a de los planes se ajustan a la tendencia actual de mayor individualizaci贸n. Siempre que se plantea la posibilidad de un salario directo o social m谩s elevado, se suele condicionar a que el asalariado se someta personalmente a las horas extraordinarias, a la recualificaci贸n obligatoria, a un seguro privado, etc. Se olvida as铆 el hecho de que un pacto social s贸lo es viable si se suscribe y se respeta colectivamente: es decir, la negociaci贸n colectiva. Sin embargo, la burgues铆a persiste en tratar a la sociedad como una suma de 谩tomos individuales libres de asociarse o de permanecer separados. Las respuestas hist贸ricas a las cuestiones sociales no pueden ser individuales.

El reto del capitalismo hoy en d铆a es hacer m谩s rentable el trabajo, y tambi茅n restablecer un equilibrio funcional entre la acumulaci贸n y las condiciones naturales. Las clases dominantes eluden ambas cuestiones.

La pol铆tica europea es un claro ejemplo de ello. La carrera hacia la unidad sigui贸 casi inmediatamente a la derrota proletaria de los a帽os 70. Al mismo tiempo que China se ocupaba de acumular d贸lares gracias al d茅ficit comercial estadounidense, naci贸 el euro. Esta moneda 煤nica carec铆a de fundamento: no surgi贸 de ninguna coherencia socioecon贸mica, y mucho menos pol铆tica. Lo que a veces se llama el mayor mercado 煤nico mundial no es m谩s que eso: la Uni贸n Europea es un mercado de 500 millones de personas carente de prop贸sito com煤n y de liderazgo pol铆tico. La construcci贸n de la naci贸n llev贸 siglos en Europa. El Estado se declara ahora superado, mientras que el comercio se considera un pacificador, un ecualizador y unificador. Se ha impuesto una moneda 煤nica a econom铆as desiguales, rivales y todav铆a nacionales, como si Grecia pudiera coexistir tranquilamente con Alemania (2/3 del super谩vit comercial alem谩n procede de la zona euro), mientras que el presupuesto europeo es una cantidad insignificante en comparaci贸n con el presupuesto federal de Estados Unidos. Esto equivale a diluir la cuesti贸n social extendi茅ndola a una zona geogr谩fica cada vez m谩s amplia.

12: Punto muerto           

Los proletarios no son s贸lo v铆ctimas de las contradicciones capitalistas: su resistencia profundiza estas contradicciones. Los trabajadores chinos plantean reivindicaciones salariales. A miles de kil贸metros de distancia, las limpiadoras de los hoteles Accor luchan por mejores condiciones de trabajo. Incluso cuando son derrotados, y a menudo lo son, los disturbios laborales agravan la crisis y contribuyen a un estancamiento social en el que hasta ahora participan todas las clases, como entre las dos guerras mundiales.

Sin embargo, a diferencia de los a帽os 30, no hay ning煤n New Deal a la vista. Una reforma de gran alcance es imposible sin un gran movimiento social profundo: privados de la presi贸n de las masas en el suelo y en la calle, los reformistas siguen siendo impotentes.

A mediados del siglo XX, a pesar de las derrotas proletarias y a causa de ellas, el enfrentamiento trabajo/capital supuso finalmente un ajuste de la explotaci贸n del trabajo y comenz贸 a regularse, con la asociaci贸n 芦capital + trabajo + Estado禄.

Hoy, las clases opuestas se contraponen sin ninguna perspectiva reformista ni (todav铆a) revolucionaria. Hasta ahora, el capital desbarata y rompe el trabajo mucho m谩s que el trabajo desaf铆a pr谩cticamente su propia realidad. Como veremos en el pr贸ximo cap铆tulo, pocos actos podr铆an calificarse de antiobreros o antiproletarios.

Aunque el pasado nunca se reedita, el periodo de entreguerras ofreci贸 un panorama no muy distinto, en el que la burgues铆a se mostr贸 incapaz de reformar el capitalismo y la clase obrera de derrocarlo, hasta que la violencia pol铆tica y militar desbloque贸 la evoluci贸n hist贸rica.

Como se ha recordado en el 搂 2, en los a帽os 30 y 40 coexistieron y lucharon tres formas de capitalismo: un tipo 芦de mercado禄 dirigido por EEUU y Gran Breta帽a; un tipo 芦burocr谩tico de Estado禄 en la URSS; y un tipo alem谩n muy diferente pero tambi茅n dirigido por el Estado, en el que bajo el dominio nazi los burgueses mantuvieron su propiedad y riqueza pero perdieron el liderazgo pol铆tico.

Ahora sabemos lo que pas贸 en 1945 y despu茅s en 1989, pero en 1930 o 1950 muy pocos (burgueses o revolucionarios) eran capaces de decir c贸mo se desarrollar铆a todo. Hoy es f谩cil explicar por qu茅 la variante m谩s adecuada a la naturaleza interna del capitalismo saldr铆a vencedora, pero las otras variantes demostraron ser bastante resistentes, por no decir otra cosa. Los caprichos de la lucha de clases del siglo XX trajeron lo inesperado: aunque eran efectivamente capitalistas (y era esencial para la cr铆tica radical tener clara esa cuesti贸n, como lo sigue siendo ahora), el estalinismo y el nazismo no encajaban bien con el capitalismo tal y como la teor铆a comunista era capaz de entenderlo en ese momento.

Dado que el Estado absorbe y concentra la violencia potencial de la sociedad, las contradicciones intra e interestatales, lejos de neutralizarse, generan m煤ltiples tensiones y conflictos, incluidos los ahora llamados 茅tnicos. La globalizaci贸n contempor谩nea viene inevitablemente acompa帽ada de perspectivas de guerra. La 茅poca de 1914-45 nos recuerda que, en ausencia de revoluci贸n, el desorden y el cataclismo pueden sumir a un sistema social en la confusi贸n sin acabar con 茅l.

13: No hay 芦destrucci贸n creativa禄鈥 todav铆a  

Todos los componentes de la crisis que hemos resumido se refieren al grado de explotaci贸n, a la relaci贸n entre las dos clases que estructuran el mundo moderno.

Cuando la presi贸n del trabajo es incapaz de moderar al capital privado e influir en las pol铆ticas p煤blicas, los salarios tienden a bajar, el consumo a depender de la compra a plazos, las finanzas a dominar la industria, la privatizaci贸n a desarrollarse en detrimento de los servicios p煤blicos, el dinero a colonizar la sociedad, el mercado a eludir la regulaci贸n y el cortoplacismo a prevalecer sobre la inversi贸n y la planificaci贸n a largo plazo. En la 茅poca victoriana, m谩s tarde a finales del siglo XIX, y despu茅s de la guerra civil europea de 1917-45, cada vez la agitaci贸n obrera, a pesar de su car谩cter no revolucionario, amenaz贸 los beneficios, hasta que oblig贸 a los burgueses a adoptar formas de explotaci贸n mejor adaptadas.  La acci贸n compensatoria del trabajo impulsa peri贸dicamente al capital y suaviza y empeora su dominaci贸n: La 芦domesticaci贸n禄 del capital lo refuerza.

La transici贸n del compromiso nacional keynesiano-fordista a la dominaci贸n burguesa desenfrenada globalizada fue el resultado de un cambio en la relaci贸n social de fuerzas. Despu茅s de 1945, el acuerdo empresa-sindicato-Estado depend铆a de la capacidad de los trabajadores para imponer alguna forma de acuerdo. Las luchas de los a帽os sesenta y setenta pusieron fin al toma y daca. La clase dominante gan贸.

La lucha de clases actual en Occidente combina la resistencia de los trabajadores y la negativa de la burgues铆a a ceder incluso una parte de sus intereses creados. El entrelazamiento de ambas fuerzas da lugar a un estancamiento que no puede durar eternamente.

El capital ha actuado como si pudiera desintegrar el trabajo, o incluso borrarlo, como dijo sin rodeos el profesor M. Hammer en 1990, mientras que el trabajo es la materia de la que est谩 hecho el capital. Es una buena estrategia capitalista reducir el coste del trabajo en Denver haciendo que los trabajadores locales compren productos importados m谩s baratos. Esto es lo que hizo Gran Breta帽a en 1846 con la derogaci贸n de las Leyes del Ma铆z que limitaban las importaciones de alimentos: el pan m谩s barato redujo el coste de la vida de la mano de obra, y por tanto los salarios. Pero cuando el capital de Estados Unidos da a la mano de obra de Denver el salario m铆nimo m谩s estricto para comprar principalmente productos fabricados en China, hay un fallo: 驴qu茅 se fabricar谩 en Denver, y qu茅 hacer con los proles locales? No todo el mundo tiene la oportunidad de convertirse en inform谩tico, ni la posibilidad de vivir con unas prestaciones sociales cada vez m谩s reducidas: 驴el trabajo en el futuro ser谩 (en el mejor de los casos) ocasional, o (m谩s probablemente) una sucesi贸n de trabajos ocasionales y periodos en el paro? La respuesta burguesa es que s铆: seguir谩 habiendo muchos parados y trabajadores pobres en Denver durante bastante tiempo, pero no importa porque pueden seguir comiendo comida basura y permitirse tel茅fonos m贸viles fabricados en Asia. Es l贸gico, pero la l贸gica est谩 deformada.

Priorizar lo global sobre lo local, desvincular los ingresos del asalariado de la sociedad y el mercado donde vive, ser铆a factible si el trabajo fuera tan flexible, fluido, separable y expandible como las cifras, es m谩s鈥 como el dinero, es decir, una sustancia transferible, intercambiable y prescindible a voluntad. Y este es precisamente el sue帽o capitalista. La condici贸n actual del mundo y la crisis actual demuestran lo fuerte que es esta utop铆a, y lo equivocada que est谩: la virtualidad es una falacia. La econom铆a 芦real禄 puede no ser tan tangible como parece, pero tiene un grado de realidad del que carece el universo financiero. Puede jugar con el dinero, 芦licuar禄 los bancos y lanzar l铆neas de cr茅dito a voluntad durante a帽os. Por el contrario, el trabajo no es virtual ni virtualizable.

El capitalismo nunca supera sus contradicciones: las desplaza, las adapta a su l贸gica mientras se adapta a ellas.

芦La producci贸n capitalista busca continuamente superar estas barreras inmanentes, pero las supera s贸lo con medios que vuelven a poner estas barreras en su camino y en una escala m谩s formidable禄. (El Capital, vol. III, cap. 15)

El capitalismo se basa en su capacidad de proporcionar al trabajo asalariado medios de existencia. Puede seguir adelante con miles de millones de personas hambrientas, siempre que el n煤cleo -la producci贸n de valor- se perpet煤e a una escala constantemente ampliada (como exige la din谩mica competitiva: hoy Shangai forma parte del centro del sistema tanto como Berl铆n). Manchester era pr贸spera mientras 芦los huesos de los tejedores de algod贸n [blanqueaban] las llanuras de la India禄, como escribi贸 el Gobernador General de la India en 1834. La miseria extrema no es una gran noticia.

El problema burgu茅s es doble:

 (a) El propio n煤cleo est谩 en graves problemas. Un sistema social puede arregl谩rselas con masas hambrientas, siempre y cuando su coraz贸n proporcione suficiente acci贸n de bombeo: el 芦coraz贸n禄 capitalista es una bomba de valor, y durante cuarenta a帽os la bomba no ha proporcionado suficiente, por mucho beneficio que obtenga una minor铆a de empresas, y por mucho dinero que se cree y circule.

 (b)El coraz贸n no es todo el asunto. El capitalismo estadounidense, europeo, chino, etc., no puede continuar en un mundo explosivo y eruptivo. Aunque erupci贸n no significa revoluci贸n (por poner s贸lo un ejemplo, la violencia social en Bangladesh est谩 tan relacionada con la religi贸n como con la clase social), pero el negocio necesita un m铆nimo de ley y orden, as铆 como estabilidad pol铆tica.

No estamos hablando de pa铆ses o partes del mundo (Norte/Sur, Occidente/Asia), sino de 芦desarrollo desigual禄 dentro de casi todos los pa铆ses. A las clases dominantes no les preocupa especialmente lo que ocurre en una provincia boliviana atrasada, en una urbanizaci贸n londinense miserable o en un barrio deprimido de Islamabad, y se limitan a solucionarlo con dosis adecuadas de palizas policiales y desagravio p煤blico. Una situaci贸n muy diferente se produce cuando los aldeanos bolivianos, los j贸venes ingleses rebeldes o los pakistan铆es urbanos amotinados crean una confusi贸n pol铆tica inmanejable, perturban el flujo de capital nacional, perturban el comercio mundial e indirectamente provocan la guerra y el caos geopol铆tico. La lucha de clases en sentido estricto (es decir, la que s贸lo implica a burgueses contra proletarios) no es el 煤nico factor que desv铆a al capitalismo.

El capitalismo se basa en condiciones que deben reproducirse en su conjunto: el trabajo en primer lugar, tambi茅n todo lo que mantiene unida a la sociedad, sin olvidar sus bases naturales. La 芦crisis de civilizaci贸n禄 se produce cuando el sistema social s贸lo lo consigue a trav茅s de violentos temblores y sacudidas, que acaban por conducirlo a un nuevo umbral de gesti贸n de las contradicciones.

En nuestro tiempo, si el capitalismo encuentra la forma de salir de la crisis, la recuperaci贸n no ser谩 suave e irrenunciable. Los terremotos sociales, los reajustes pol铆ticos, la guerra, el empobrecimiento se unir谩n al individualismo consumista a la sombra de un Estado dominante, en una mezcla de modernidad y arca铆smo, permisividad y fundamentalismo religioso, autonom铆a y vigilancia, desorden y orden moral, democracia y dictadura. El Estado ni帽era y la polic铆a militarizada van de la mano. En el emblem谩tico pa铆s capitalista, Nueva Orleans, tras el hurac谩n Katrina de 2005, nos proporcion贸 atisbos de un futuro posible: colapso de las infraestructuras, servicios p煤blicos sobrecargados, autoayuda popular eficaz pero insuficiente, ley y orden restaurados por veh铆culos blindados.

Definir una crisis no es decir c贸mo se resolver谩. Ning煤n pa铆s europeo o norteamericano se acerca ahora al punto en el que la desuni贸n de clases, la confrontaci贸n pol铆tica, la ruina del Estado y la p茅rdida de control por parte de la clase dominante impidan el funcionamiento de la relaci贸n social fundamental -capital/trabajo-, pero se est谩n dando las condiciones para crear una situaci贸n as铆.

Una cosa es cierta. El contexto hist贸rico exige una respuesta a煤n m谩s profunda que en los a帽os 30s, y no hay ninguna soluci贸n en camino, ninguna 芦destrucci贸n creativa禄, para usar una frase acu帽ada por Schumpeter en medio de una guerra mundial.

14: La reproducci贸n social, hasta ahora鈥         

A diferencia de una bicicleta que puede guardarse en su cobertizo durante un tiempo, el capitalismo nunca est谩 en reposo: s贸lo existe si se expande.

La reproducci贸n social depende de la relaci贸n entre los componentes fundamentales de la sociedad capitalista. No hay un l铆mite objetivo. El trabajo puede seguir aceptando su suerte con un 10% de parados como con un 1%, y el burgu茅s puede seguir siendo burgu茅s aunque la tasa de beneficio 芦media禄 baje al 1%, porque las cifras globales o medias tienen sentido para el estad铆stico, no para los grupos sociales. La guerra trae fortunas a algunos, enormes p茅rdidas a otros. Hay momentos en los que el burgu茅s aceptar谩 un beneficio del 1% o del 0% si con ello espera seguir siendo un burgu茅s, y momentos en los que el 10% no es suficiente, y arriesgar谩 su dinero y su posici贸n para conseguir un insostenible 15%: entonces el punto de equilibrio se convierte en un punto de ruptura. El capitalismo se rige por la ley del beneficio, y sus crisis por los 芦rendimientos decrecientes禄, pero este decrecimiento apenas se puede cuantificar. Por eso son muy pocas las cifras de un estudio que quiera evaluar la ruptura del equilibrio social, es decir, las contradicciones capaces de conformar y sacudir toda una 茅poca.

(a) 驴De qu茅 irreproducibilidad hablamos? El capitalismo no anula sus propias relaciones de producci贸n. Ninguna contradicci贸n estructural interna ser谩 suficiente para acabar con el capitalismo. Para hablar como Marx, sus 芦barreras inmanentes禄 no detienen su curso, lo obligan a ajustarse: lo rejuvenecen. La reproducci贸n social del sistema sigue siendo posible si burgueses y proletarios la dejan seguir.

(b) S贸lo la revoluci贸n comunista puede lograr la irreproducibilidad del capitalismo, siempre y cuando los proletarios (los que tienen trabajo y los que no) se supriman como trabajadores.

 (c) Hasta ahora nada muestra que las m煤ltiples acciones proletarias actuales (defensivas y ofensivas) apunten o conduzcan a un cuestionamiento y derrocamiento de la relaci贸n capital/trabajo.

 (d) Por lo tanto, el capitalismo tiene hoy en d铆a los medios para reproducirse. Pero como su d茅ficit de rentabilidad a largo plazo se combina con la creciente desestabilizaci贸n geopol铆tica agravada por la globalizaci贸n, su reproducci贸n s贸lo puede ocurrir a trav茅s de la perturbaci贸n, la violencia y m谩s pobreza. El estancamiento crea una situaci贸n cada vez m谩s explosiva, y la austeridad actual impuesta a pa铆ses como Grecia es un leve indicador de los tiempos dif铆ciles que se avecinan.

***

芦El movimiento obrero no debe esperar una cat谩strofe final, sino muchas cat谩strofes, pol铆ticas -como las guerras-, y econ贸micas, como las crisis que estallan repetidamente, a veces con regularidad, a veces con irregularidad, pero que en general, con el crecimiento del capitalismo, se vuelven cada vez m谩s devastadoras. Y si la crisis actual disminuye, surgir谩n nuevas crisis y nuevas luchas禄, escribi贸 Anton Pannekoek en 1934, antes de llegar a su conclusi贸n: 芦La autoemancipaci贸n del proletariado es el colapso del capitalismo禄. Hoy en d铆a, a menos que la revoluci贸n acabe con un sistema que se reactiva por automutilaci贸n peri贸dica, nos esperan soluciones m谩s extremas y devastadoras. [16]

Gilles Dauv茅

https://www.troploin.fr

Traducci贸n semi autom谩tica 鈥 Materiales

NOTAS

[1]  Este es el cuarto cap铆tulo de un libro que ser谩 publicado por PM Press, From Crisis to Communisation. Otros cap铆tulos tratan del 芦Legado禄 (los a帽os 60-70), el 芦Nacimiento de una noci贸n禄, 芦El trabajo deshecho禄, 芦Problemas en la clase禄, 芦Insurrecci贸n creativa禄 y 芦Una verdadera escisi贸n禄 (una cr铆tica a algunos exponentes de la comunizaci贸n).

[2] Marshall Sahlins sugiri贸 la existencia de un modo de producci贸n dom茅stico, basado en una econom铆a campesina centrada en el hogar, con poco intercambio y apenas dinero.

Desde un 谩ngulo muy diferente, la feminista materialista Christine Delphy retoma el concepto de Marx y lo duplica. El trabajo dom茅stico (realizado en el seno de la familia por mujeres no remuneradas en beneficio de los hombres) se teoriza como lo suficientemente espec铆fico como para ser la base de un modo de producci贸n dom茅stico o patriarcal, que seg煤n Ch. Delphy coexiste con el modo capitalista en las sociedades capitalistas.

[3] Sobre el progreso/retroceso hist贸rico: Detlev J.K. Peukert, La Rep煤blica de Weimar: La crisis de la modernidad cl谩sica, 1992 (edici贸n alemana, 1987).

[4] Conan Fisher, The Rise of the Nazis, 2002. Para un buen libro sobre la Alemania de Hitler: Adam Tooze, Wages of Destruction. The Making & Breaking of the Nazi Economy, 2006. Sobre el periodo 1917-37, G. Dauv茅, When Insurrections Die (1999), en el sitio de Troploin.

[5] La guerra civil europea 1917-45 de E. Nolte (publicada en Alemania en 1987) no ha sido traducida al ingl茅s. Es m谩s ideolog铆a que historia.

[6] E. Hopkins, The Rise & Decline of the English Working Class 1918-90: A Social History, 1991.

[7] J. O鈥機onnor, La crisis fiscal del Estado, 1973.

[8] Parece que hay dos tendencias entre los cr铆ticos del capitalismo en su fase neoliberal. Una escuela de pensamiento, la m谩s conocida con diferencia, insiste en el papel depredador de las finanzas sobre la econom铆a 芦real禄. Otra escuela, sin negar el impacto del capital financiero, duda de la realidad actual de esta econom铆a real. Aunque no pretendamos zanjar una cuesti贸n dif铆cil en unas pocas l铆neas, esa segunda tendencia tiene el m茅rito de cuestionar no tanto la parte de los beneficios que se apropia una 铆nfima minor铆a, sino la materialidad de esos beneficios. Seg煤n autores como G. Balakrishnan (Especulaciones sobre el Estado estacionario, en New Left Review, n潞 59, 2009), el desarrollo tecnol贸gico y social ha sido considerable -sobre todo, en el control del trabajo-, pero 芦no ha conseguido liberar una revoluci贸n de la productividad que reduzca los costes y libere ingresos para una expansi贸n general禄 (Balakrishnan). V茅ase tambi茅n W. Streeck, How Will Capitalism End ?, en New Left Review, # 87, 2014.

[9]  Paul Mattick, Marx & Keynes. The Limits of the Mixed Economy, 1969.

[10] Tim Mason, Nazism, Fascism & the Working Class, 1995.

[11] Jean-Luc Gr茅au, L鈥橝venir du capitalisme, 2005. Fue experto econ贸mico de la principal confederaci贸n empresarial francesa.

[12] Tanto en But谩n como en el extranjero, los cr铆ticos han se帽alado que la sociedad butanesa dista mucho de ser el ex贸tico para铆so de paz y armon铆a que su 茅lite pretende gobernar. La explotaci贸n laboral es feroz, las tradiciones opresivas y las minor铆as discriminadas. S贸lo los cr茅dulos creen que Shangri-La es real. Pero incluso si But谩n fuera un lugar tolerante, no sexista y respetuoso con los trabajadores, o si la Felicidad Nacional Bruta se hubiera inventado, por ejemplo, en Dinamarca o Islandia, la FNB seguir铆a siendo tan enga帽osa como el PIB.

[13] Por ejemplo, ya en 1956, G眉nther Anders escrib铆a sobre La obsolescencia de la especie humana.

[14] Clive Hamilton, Earth Masters. The Dawn of the Age of Climate Engineering, 2013.

[15] Sismondi (1773-1842) fue uno de los primeros te贸ricos del subconsumo. Al observar las crisis econ贸micas de principios del siglo XIX en Inglaterra, pens贸 que la competencia conduc铆a a una excesiva reducci贸n de costes, lo que bajaba los salarios e imped铆a a los trabajadores comprar lo que produc铆an. El remedio de Sismondi era pagarles m谩s para que tuvieran suficiente poder adquisitivo.

[16] Anton Pannekoek, La teor铆a del colapso del capitalismo, 1934.




Fuente: Materialesxlaemancipacion.espivblogs.net