November 19, 2022
De parte de Trochando Sin Fronteras
127 puntos de vista

Sin embargo, el 鈥rostro鈥 que aqu铆 se considera es el de la crisis de la democracia, manifiesto por ejemplo, en el discurso de la llamada polarizaci贸n de las sociedades, que tambi茅n viene marcando las actuaciones y programas pol铆ticos en nuestro pa铆s. Este lo abordamos en dos art铆culos cortos, el primero orientado a la situaci贸n general, mientras en el segundo se abordan los cambios recientes en Colombia.

Partamos del lado del discurso y su funci贸n ideol贸gica, considerando la publicitada frase que acu帽贸 la ultraderecha mundial para se帽alar que los enemigos de la democracia son: la post-verdad, el populismo y la polarizaci贸n. Con ella anudan y reducen, hasta el grado de caricatura, a tres de las tendencias que han sido cr铆ticas del funcionamiento de la sociedad capitalista. Estas posturas a su interior son variadas, muy ricas, prol铆ficas y desde las cuales se han intentado dise帽ar v铆as diferentes a las impuestas por los liberales radicales, defensores entre otras cosas del fracasado neoliberalismo. En la versi贸n de caricatura, esas posturas se podr铆an resumir as铆:

La postverdad vendr铆a de las corrientes postmodernas al asumir que las realidades sociales son producto de construcciones discursivas, de modo que conceptos y pr谩cticas como el g茅nero, la clase social, o la democracia son un constructo social, por tanto, generados en distintos campos de lucha social, de forma que la 鈥渧erdad鈥 solamente es algo en discusi贸n permanente. De otro lado, los populismos son reducidos a un tipo de pol铆tica desmedida hasta la irracionalidad, porque program谩ticamente prometen demasiado, y a fin de repetir sus victorias en las elecciones deben gastar mucho, pr谩ctica que los lleva a elevar los impuestos hasta un nivel en d贸nde se espanta al capital y se mata a la gallina de los huevos de oro, siendo el resultado la desinversi贸n y los d茅ficits p煤blicos, que arruinan la econom铆a y elevan la pobreza. Por 煤ltimo, la polarizaci贸n de la sociedad provendr铆a de los radicales marxistas que sostienen la divisi贸n de la sociedad y la lucha entre clases sociales, discursos extremistas que contaminan los debates electorales, elevan las pasiones y polarizan la sociedad.

En s铆ntesis, para los defensores radicales del capitalismo la sociedad estar铆a polarizada debido a los discursos pol铆ticos y no porque existan causas internas al funcionamiento social. Lo curioso es que, aunque a trav茅s del control de los medios censuren los discursos pol铆ticos que no les convienen, el 鈥渕al de la polarizaci贸n鈥, al que se debe aunar la inestabilidad pol铆tica, no ha cesado de esparcirse y crecer en todo el mundo. De modo que al final del d铆a el sol no se tapa con dos manos.

Ejemplo de lo anterior es Inglaterra, pa铆s que hasta hace unos pocos a帽os se utilizaba como referencia sobre lo que era una democracia madura y estable, pero que ha llegado al punto de tener gobiernos que duran apenas semanas, como el de Liz Truss. Desde que finaliz贸 el mandato de diez a帽os del laborista Tony Blair en 2007, la inestabilidad pol铆tica ha hecho que el cargo de primer ministro no dure m谩s de tres a帽os en promedio, saliendo incluso algunos de ellos en medio de esc谩ndalos, como aconteci贸 recientemente con Boris Johnson. Esa misma inestabilidad cubre al Estado de Israel, que en los 煤ltimos cuatro a帽os ha tenido cinco elecciones a presidente y ahora han llegado al punto de reelegir a Benjam铆n Netanyaju, pol铆tico fascistoide condenado por corrupci贸n.

Algo parecido ha estado sucediendo en Italia que desde 2018 arrastra un crisis que impidi贸 conformar mayor铆as s贸lidas y dio paso a un largo periodo marcado por acuerdos parciales y gobiernos de corta duraci贸n, fraccionalismo e inestabilidad que le abrieron paso, en las pasadas elecciones de septiembre, a la fascista Giorgia Meloni, firmemente respaldada por Silvio Berlusconi empresario y pol铆tico mafioso condenado por corrupci贸n. Una escena relativamente similar sucedi贸 en agosto de este a帽o en Corea del Sur, d贸nde el presidente indult贸 y liber贸 al corrupto due帽o de Samsung, bajo la supuesta necesidad de su acci贸n para sacar al pa铆s de la crisis econ贸mica. En Grecia y Espa帽a tambi茅n se vivieron esos escenarios apenas hace unos a帽os.

De igual forma, esa situaci贸n se ha afincado en los EE. UU., d贸nde Donald Trump provoc贸 un asalto armado al Capitolio a inicios de 2021, al no aceptar los resultados electorales, suceso seguido de un proceso pol铆tico que ha intentado llevarse a escala judicial sin resultados potenciales, menos ahora con su reforzamiento pol铆tico en las elecciones a C谩mara y Senado en noviembre de este a帽o. Este resultado lo perfila nuevamente como candidato fuerte en las elecciones a presidencia en 2024. En s铆ntesis, se ha llegado a un punto en que fascistas, truhanes y corruptos son los l铆deres que visten las 鈥渄emocracias鈥.

Lo que se帽ala lo anterior es que m谩s que una simple polarizaci贸n discursiva, vuelve a hacerse patente una severa crisis de la democracia representativa que caracteriza a las sociedades actuales y que se viene arrastrando desde inicios de los a帽os sesenta, cuando empez贸 a verse que se trataba de un traje excesivamente estrecho para el funcionamiento de la sociedad y que hab铆a pasado a convertirse en un freno del progreso social.

Tal situaci贸n se expres贸 en un largo debate filos贸fico-pol铆tico que no ha arribado a煤n a consensos. Aqu铆, por facilidad, se puede citar a Norberto Bobbio con su texto 鈥淐risis de la democracia鈥, en el que recomienda reforzar sus mecanismos para garantizar el equilibrio. Mientras, el trabajo de Habermas destaca en los nuevos movimientos sociales su racionalidad comunicativa, la que los capacitar铆a para lograr consensos sociales al conseguir que sus cr铆ticas modifiquen la opini贸n publica y llegue a las instancias representativas para ser traducidas en fuerza de ley, camino de reforma mediante el cual se perfeccionar铆a sistem谩ticamente el proyecto cl谩sico de la democracia (Facticidad y Validez, 1998).

Un poco m谩s all谩 fueron las posturas de raigambre fenomenol贸gico, para las cuales el Ser (o la cosa) est谩 siempre en devenir y se torna elusivo al conocimiento, de manera que siempre se puede agregar alg煤n comentario a lo dicho respecto de lo existente, perspectiva que cobr贸 materialidad social en la consigna 鈥渜ueremos m谩s democracia鈥, que caracteriz贸 a los movimientos de los indignados en Europa. Con esta demanda se pretende descentrar, o deslimitar, aquello que se entiende por democracia, de manera que se la establezca como algo siempre abierto y no se la encasille, f贸rmula a la que algunas de sus vertientes no dudar铆an en agregar que por ello siempre es un campo en permanente disputa.
Sin embargo, lo gaseoso de tales miradas las ha tornado inoperantes para cambiar el estado real de cosas. En consecuencia, los movimientos o partidos pol铆ticos que las han sostenido, indefectiblemente se han estrellado de frente con el poder del capital y sus diversas formas institucionales, quedando luego inermes, de all铆 que sus intenciones sigan en ciernes. Esta es la conclusi贸n que amargamente extraen C. Fern谩ndez y L. Alegre en el 鈥淥rden de El Capital鈥, quienes siguiendo a Kant reflexionan sobre las posibilidades del derecho en la actual sociedad, para redescubrir que 鈥渆l problema no radica tanto en el derecho (鈥) sino, precisamente, en las condiciones capitalistas de producci贸n鈥 (2010, pg 622).

As铆, las demandas por m谩s democracia, u otras formas de democracia como la deliberativa de Habermas, se estrellan con el poder autocr谩tico omnipresente y onmiabarcante del capital, como lo describe M茅tsz谩ros en su 鈥淢谩s all谩 de El Capital鈥 (1995). Para explicar tal relaci贸n, nada mejor que la reciente compra de Twitter por Elon Musk, con la astron贸mica suma de 44.000 millones de d贸lares, movimiento que lo capacit贸 para arribar a su reci茅n adquirida empresa con un lavamanos, dando a entender que como nuevo mando de la compa帽铆a estaba facultado para higienizar a gusto, evacuando enseguida a 7.500 de sus trabajadores, decisiones en las que para nada cont贸 que hubiesen sido ellos quienes construyeron y valorizaron la empresa. Pero m谩s interesante resulta que Musk justific贸 sus decisiones como actos en defensa de la libertad de expresi贸n, por tanto, de la democracia.

Fue Marx, quien hace siglo y medio mostr贸 c贸mo detr谩s del letrero de las empresas capitalistas 煤nicamente rige el poder autocr谩tico del capital, de modo que all铆 la igualdad y los derechos del hombre son solamente una ilusi贸n. Esta argumentaci贸n no se limita a la interioridad del proceso de producci贸n directo, sino que se torna una caracter铆stica inherente a la manera como circula el capital y como se reproduce toda la sociedad bajo su l贸gica de incesante acumulaci贸n. Por ello, el poder autocr谩tico del capital trasciende las fronteras del taller y 鈥渃ontamina鈥 todos los espacios de la sociedad, incluidos los intersticios m谩s microsc贸picos y secretos que como seres humanos podamos tener o imaginar, v铆a que a su manera exploraron Foucault y Deleuze al describir las estructuras trascendentes del biopoder y del deseo.

Y si el l铆mite de la democracia es el poder autocr谩tico del capital, su reproducci贸n en Am茅rica Latina ha resultado reforzada por la f茅rrea hegemon铆a de las elites terratenientes y capitalistas, sectores que 鈥渟ecretamente鈥 atesoran el segregacionismo proveniente de la colonia espa帽ola, muy a pesar de haber instaurado la forma de democracia republicana, desde inicios del siglo XIX. Aqu铆 la democracia representativa tiene como condici贸n fundamental que solamente rige entre los de arriba, mientras su cascar贸n formal permite ejercer el poder de la violencia directa contra los de abajo. La existencia de partidos, la posibilidad de disentir y opinar, el debate y proceso electoral, y por sobre todo el derecho a tener medios de producci贸n y de vida se ha reservado, con sumo cuidado, para esa elite que, de tanto en tanto se pasa su bast贸n de mando, mientras las leyes aseguran el dominio, uso y control de los proletarios, campesinos, y dem谩s sectores populares.

Fue as铆 que los esperados avances en democracia social, que el capitalismo posibilit贸 en pa铆ses del norte durante las primeras siete d茅cadas del siglo XX, fueron m谩s bien limitados en Latinoam茅rica, interrumpidos de tanto en tanto por fieras dictaduras militares promovidas desde Estados Unidos. M谩s tarde, los d茅biles cimientos de la democracia representativa sufrir铆an otro quebranto con las pol铆ticas neoliberales a partir de los noventa, de modo que los trabajadores y sectores populares fueron sometidos a intensos grados de explotaci贸n, tal que fueron forzados reencontrarse con las protestas populares y redescubrieron en ellas una fuerza capaz de tumbar gobiernos y perfilar programas de cambio social. No obstante, la falta de claridad program谩tica en las alternativas y de organizaci贸n clasista han generado una situaci贸n pol铆tica, desde inicios de este siglo, caracterizada por un proceso pendular entre gobiernos de ultraderecha 鈥攄el tipo Bolsonaro鈥 y gobiernos liberales de izquierda[1] 鈥攄el tipo Lula鈥 que en la pr谩ctica se han limitado a administrar la crisis del capitalismo mediante tibias reformas. Por esta raz贸n las causas de la crisis se mantienen o ampl铆an.

Aqu铆, es importante resaltar que los limitados objetivos de cambio social, que consideran los gobiernos liberales de izquierda, resultan constre帽idos por la reacci贸n opositora conjunta del capital. Con ello, los capitalistas nacionales y extranjeros conforman un bloque conformado por los due帽os y directivos de empresas capitalistas, donde juegan tambi茅n un papel notable la industria de la comunicaci贸n y la cultura, los centros de investigaci贸n, las universidades privadas, los bur贸cratas de las instituciones estatales, los terratenientes y los partidos pol铆ticos liberales de derecha y ultraderecha. Toda una fuerza organizada a partir de su identidad ideol贸gica con la acumulaci贸n de capital, que les permite desplegar diversas estrategias para desacreditar, desgastar y sitiar a los gobiernos reformistas.

Una de esas estrategias ha sido utilizar el marco de libre movilidad de capitales creado por ellos mismos. As铆, por ejemplo, ante propuestas orientadas a redistribuir una parte del valor agregado nacional mediante mayores impuestos a las ganancias 鈥攃uya fuente es la explotaci贸n de los trabajadores鈥, reaccionan sacando parte de los capitales m谩s l铆quidos, forma de actuar usada con 茅xito contra la llamada rep煤blica socialista de Le贸n Blum en la Francia de 1936. Por ese mecanismo deval煤an las monedas nacionales y empujan fuertes procesos inflacionarios que terminan por desencajar las expectativas de rentabilidad hasta generar crisis capitalistas m谩s graves.

Con ese proceder imponen hambre, desempleo e incertidumbre sobre las masas populares para 鈥渆stimularlas鈥 a votar por la vuelta de los gobiernos de ultraderecha. Sin embargo, con su regreso solamente mejoran las ganancias del capital y no se dan soluciones a los trabajadores y sectores populares, como ha pasado recientemente en Brasil, Argentina, Ecuador o Bolivia. Esto ayuda a explicar el proceso pendular que antes mencionamos, mediante el cual 煤nicamente se prolongan las condiciones de sufrimiento, y con ello se alientan las contradicciones y la violencia.

[1] Ateni茅ndonos a la tradici贸n liberal cl谩sica, es decir burguesa, esta se divide entre: liberales radicales o liberales individualistas que son los defensores a ultranza del librecambismo y las formas culturales m谩s conservadoras, y liberales republicanos, pro-estatales, que resaltan la primac铆a de lo p煤blico para que sea posible la libertad individual, existiendo diversidad de formas entre ellos, como sucede ahora con sus formulaciones neokeynesianas y neoinstitucionales, de las que el gobierno Biden es un buen prototipo. En tal sentido, a los primeros se les identifica como de derecha, y a los segundos como liberales de izquierda.



Fuente: Trochandosinfronteras.info