December 30, 2021
De parte de Arrezafe
157 puntos de vista

Canarias
Semanal.org
– 12/12/2021

Hemos señalado en alguna
otra
ocasión
que cuanto más avanza la desigualdad social en los
países del centro capitalista, más se preocupan las elites
dirigentes en reforzar la política de las identidades, que implica
una supuesta defensa de los derechos de mujeres, homosexuales,
poblaciones indígenas, minorías raciales, personas transexuales,
discapacitadas, grupos religiosos, etc., obviando que dentro de cada
uno de estos grupos hay diferencias de clase
(económicas,
educativas, residenciales, entre otras).

Aunque es
lamentablemente cierto que existe la discriminación por sexo, edad,
nacionalidad, orientación sexual, etc., el hecho de convertirlas en
identidades y poner el acento en ellas tiene por finalidad obscurecer
la estructura clasista en la que se sustenta el sistema capitalista
.
Y son precisamente los partidos llamados progresistas, de influencia
posmoderna, que pasan por ser la “izquierda” del espectro
político institucional, los abanderados de esta tendencia (en otros
lugares llamada woke).

Una tendencia que está
llevando a excesos tanto de censura descarada como de manipulación
mediática y simplificación de temas que son complejos y
tienen, por tanto, distintos niveles de análisis. Así, censurar
actos, charlas, libros, cuentas en redes sociales, etc., se está
convirtiendo en un deporte nacional –llamado “cultura de la
cancelación”
– en países como Reino Unido, Estados Unidos o
Canadá, y que se extiende como mancha de aceite al resto del mundo.

Se trata de una “cultura
de la cancelación” que incluye la quema de libros, por si
pensábamos que los tiempos de la Inquisición habían pasado a la
historia. En algunas escuelas católicas de Canadá se llegaron a
quemar,
en 2019, varios miles de ellos, incluidos tebeos de Astérix y
Tintín, por considerarse que propagaban estereotipos sobre las
poblaciones indígenas. Esto en un país cuyos grupos indígenas
sufren todavía una notable discriminación.

La racha de los índices
expurgatorios
ha llegado también a Cataluña, donde bibliotecas
de colegios han depurado
cuentos
tradicionales como Caperucita Roja, por sexistas,
mientras el colmo del sexismo, la pornografía, sigue libre llegando
a los móviles de niños y adolescentes. En Reino Unido, grupos de
“transactivistas” quemaron los libros de Harry Potter,
porque su autora fue acusada de “tránsfoba” por decir
públicamente que el sexo (varón-mujer) existe.

Canadá volvió a reabrir
el debate sobre los excesos de esta “cultura de la cancelación”,
cuando en noviembre pasado el Consejo Escolar de Toronto suspendió
el acto
en el que la Premio Nobel de la Paz de 2018, Nadia Murad,
iba a presentar su libro titulado “Yo seré la última: Historia
de mi cautiverio y mi lucha contra el Estado Islámico”
. El
motivo alegado fue que podía ofender a los alumnos musulmanes.

La presentación del
libro de Murad pudo enseñar a esos alumnos musulmanes los horrores a
los que pueden conducir ciertas interpretaciones de los “textos
sagrados”
. Sin embargo, se dio más prioridad a no “ofender”
a musulmanes que a la exposición y denuncia de las ofensas a las que
Nadia Murat fue sometida por ser mujer y yazidí. La censura de su
charla añadió una ofensa más, pero esta vez en nombre del
“progresismo” y la “inclusividad” ¿Cabe mayor
irracionalidad?

Porque, vamos a ser
serios: en todas las religiones hay grupos fundamentalistas, pero no
todas las personas que las profesan lo son y, es más, pueden llegar
a ser firmes opositoras de esos fundamentalismos. Esto parece
ignorarse. Es como si una conferencia sobre el Opus Dei o los
Legionarios de Cristo se cancelara con la excusa de que podría
ofender a los cristianos, u otra sobre los judíos ortodoxos (donde
la situación de las mujeres no es mejor que en ambientes islamistas)
sobre la base de que podría ofender a todos los judíos.

Sin embargo, ahora
resulta que cualquier crítica a los excesos del fundamentalismo
islámico, como el que hoy gobierna en Afganistán, es fomentar la
“islamofobia”. Así lo consideraba hace poco un artículo
de El País, en el que se trataba de justificar el uso del burka y
veía sospechosas motivaciones “ideológicas” en la
difusión de las fotografías que muestran cómo vestían muchas
mujeres en Kabul en la década de 1970, cuando no había códigos de
vestimenta obligatorios como en la actualidad.

Es la misma postura que
contempla como “empoderante” el uso del hiyab aun
cuando vemos que muchas jóvenes de familias musulmanas lo llevan no
por convicción sino por presión familiar y comunitaria. Pero no
critique o no opine usted sobre este tipo de coacciones, que sufren
solo las mujeres, porque los y las “progres” la tacharán de
“islamófoba” y de hablar desde el “privilegio”
de ser “mujer blanca”, aunque recién la hayan desahuciado
o no tenga suficiente para alimentar a sus hijos.

Y es la misma lógica -si
se puede llamar así- que censura o silencia cualquier postura
crítica con las leyes de la “identidad de género” (o
leyes trans) estampando el sello de “transfobia”; la que
obliga a dejar sin subvenciones a refugios para mujeres maltratadas o
víctimas de violencia sexual porque en ellos no se admite a “mujeres
con pene” -como ha ocurrido en algunos países-; la que impide que
se publiquen leyes prohibiendo la ablación del clítoris porque
también “ofende” al colectivo trans. Las ofensas a
las mujeres más vulnerables no cuentan.

Por no “ofender” a
las personas trans, “no binarias”, “dos-espíritus”,
“poliamorosas” y todas las demás identidades de nuevo
cuño, inventadas para dar de comer a ciertas industrias, ya no se
puede hablar de varones y mujeres, sino de “personas gestantes”,
“personas inseminantes” y otros neologismos similares,
que, si no los aceptas, serás una “tránsfoba”.

Las asociaciones que
componen el lobby trans han llegado al extremo de pedir a los
biólogos que cambien el nombre a las llamadas células-madre (ofende
también). Y en el museo
de Ciencias Naturales de Londres
han logrado que sus directivos
prometan cambiar el módulo sobre la reproducción humana –titulado
“¿Niño o Niña?”–, porque no es una “narrativa
inclusiva”
.

Que todo esto es un
despropósito lo saben muchas personas de todas las orientaciones
políticas; pero lo peor es que el reconocerlo abiertamente se está
dejando a los medios de la derecha y ultraderecha; porque el resto
cierra la puerta a cualquier cuestionamiento, debate o disentimiento
con la postura “oficial” del progresismo woke, al
que se adhiere, que ve fobias (miedos irracionales) donde sólo hay
razonamientos.

Así le resulta muy fácil
a ese progresismo woke (licuado posmo-socioliberal en que se
ha convertido la “izquierda”) asimilar las posturas
críticas con el islamismo o el transgenerismo con la ultraderecha,
del mismo modo que hace con quienes cuestionan al actual gobierno,
“el más progresista de la historia”, a imitación de lo
que ocurre en EE.UU, donde las élites demócratas gobernantes tachan
de “pro-Trump” a todo quisque que ose poner en cuestión
sus políticas.

Las y los
anticapitalistas, quienes luchamos por una auténtica transformación
social, debemos denunciar alto y claro este tipo de manipulaciones,
preguntarnos quiénes se están beneficiando de esta llamada “cultura
de la cancelación”
, a dónde nos dirige, a qué intereses está
sirviendo realmente, cuando vemos que la voz de la sensatez se está
arrinconando en un terreno muy peligroso, que es el del fascismo.

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Fuente: Arrezafe.blogspot.com