September 29, 2021
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La gran actuación de Naykel Cruz desde el montículo fue fundamental en la victoria de Cuba sobre la República Dominicana. © WBSC

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Siete deserciones en siete días de torneo. La selección cubana de béisbol se desangra lentamente durante el Mundial Sub-23 que se está celebrando en México. Aunque las fugas de atletas han sido una noticia habitual en las últimas décadas, nunca antes se había producido una estampida semejante. Siete peloteros huidos es la cifra que se registró en toda la década 2001-2010. Ni siquiera en la época del Periodo Especial se llegó a tal sangría. La última defección ha sido la del lanzador Yeiniel Zayas, pocas horas antes del partido de ayer contra la República Dominicana en el estadio Yaquis de Ciudad Obregón.

El inicio del choque se retrasó media hora porque los árbitros estaban extrañados por la alineación cubana: tendría que haber sido la misma que se presentó en el partido aplazado por la lluvia el día 23 de septiembre, pero el número de jugadores, tras las deserciones, no cuadraba. Cuba desembarcó en México con una selección de 23 peloteros y sólo quedan 16. Pero mientras haya un mínimo de nueve jugadores se puede jugar. Eso dicen las reglas de la Confederación Mundial y eso es lo que se hizo. República Dominicana no protestó. Y ganó Cuba.

Hay que señalar que las fugas de los beisbolistas cubanos tienen un significado especial. El béisbol es a Cuba lo que el fútbol a Brasil. No es un deporte más, es una seña de identidad. Si en Estados Unidos llaman al béisbol «el rey de los deportes», Cuba vendría a ser «el rey del rey de los deportes». O lo era hasta hace poco. En la actualidad, la selección cubana ocupa el puesto 11º del ranking mundial. La afición al fútbol está desplazando a la pelota en la isla y la fuga de talentos está afectando al nivel de la liga nacional. Los estadios se vacían porque para ver a los buenos están las parabólicas e Internet. Y los buenos están en Estados Unidos.

Algo más que ‘un juego’

La pequeña historia del béisbol en Cuba y en Estados Unidos se mezcla con la gran historia de ambos países. La pelota no es sólo un juego. Es algo más. Este deporte, uno de los más bellos y apasionantes que existen, lo inventaron los estadounidenses y lo introdujeron en la isla unos estudiantes cubanos en el siglo XIX. España, que gobernaba el archipiélago como potencia colonial, lo prohibió. No entendían un juego tan complicado. Además, aquello de ver a criollos y a negros con palos en la mano los inquietaba. La prohibición, como suele ocurrir en estos casos, no hizo sino aumentar la pasión del cubano por la pelota.

En cuanto a su importancia en Estados Unidos, no hay más que recordar la célebre frase de James Baldwin: «La historia de América es la historia de los negros de América». Allí el béisbol fue un deporte segregado hasta 1947. Por un lado estaban las Grandes Ligas y por otro las Ligas Negras. Ese año Jackie Robinson debutó en el torneo de los blancos con los Dodgers de Brooklyn. Fue polémico, fue doloroso y fue maravilloso.

Aquellos Dodgers, uno de los mejores equipos de la historia, eran insultados y escupidos en todos los campos del país. Pero la primera piedra de lo que luego se llamaría «la lucha por los derechos civiles» estaba puesta. Así pues, conociendo la importancia que tiene la pelota en ambos países, no es una casualidad que Barack Obama asistiera a un partido de béisbol junto a Raúl Castro cuando visitó La Habana en aquel breve periodo de deshielo vivido en 2016.

Sí que es una casualidad que el equipo de Obama, los Medias Blancas de Chicago, tengan hoy cuatro cubanos en su alineación titular, algo nunca visto en las Grandes Ligas. Entre ellos destaca el prometedor talento de Luis Robert, un superdotado oriundo de Guantánamo, joven, alto, fuerte, rápido y, por si todo eso no fuera bastante, guapísimo. Y rico, claro: su contrato le asegura 50 millones de dólares en seis temporadas, con opción a llegar a los 88 millones si renueva. Pero Luis Robert no juega así de bien por ciencia infusa; aprendió de sus entrenadores y compañeros del Ciego de Ávila, un modesto club del centro de la isla que, por supuesto, no ha visto un centavo. En Cuba, en el mismo tiempo de contrato de Robert con los White Sox (seis años), un médico especialista del más alto nivel apenas logra reunir 17.000 dólares.

Luis Robert es sólo uno de los 27 jugadores cubanos, todos excelentes, que juegan en las Grandes Ligas estadounidenses, la NBA del béisbol. Actualmente, el que más cobra es su compañero de equipo Yasmani Grandal, que se embolsa 18,2 millones de dólares al año. Grandal emigró a Estados Unidos siendo niño, gracias a la lotería de la green card. Otros tienen historias más dramáticas, como la del polémico Randy Arozarena, estrella de los Tampa Bay Rays, que llegó en balsa a México. Todos estos obstáculos sólo afectan a los cubanos y no tendría por qué ser así.

No hay ninguna ley que prohíba a un pelotero cubano jugar en el extranjero. Muchos lo hacen en Japón o en México con un solo requisito: el 80% de lo que ganen se lo quedan ellos y el 20% lo donan al Estado. Una tasa impositiva que tampoco parece desmesurada. Así funciona el negocio excepto si Estados Unidos entra en la ecuación. Para jugar allí y pillar el trozo más grande y más sabroso del pastel, el de las Grandes Ligas, hay que renunciar a todo: padres, hermanos, tierra y bandera. Hay que pasar por el aro, abjurar públicamente de Satanás y no volver a poner los pies en la isla. Esta política forma parte del bloqueo que asfixia a Cuba desde 1960.

En 2018 hubo un acercamiento, la liga profesional estadounidense y la Serie Nacional cubana firmaron un acuerdo, pero éste duró apenas cuatro meses. Donald Trump lo fulminó. No se negocia con el enemigo. No se tienden puentes. No se acercan pueblos. Se los domina o se les destruye. Fin de la historia. Y Biden, como tantas otras cosas, no va a cambiar eso.

El imbatible sueño capitalista

Podría decirse que la actual crisis de deserciones comenzó el pasado mes de junio, en el torneo preolímpico disputado en Palm Beach (Florida, Estados Unidos). Lázaro Blanco, veterano lanzador (35 años) que unos meses antes había llevado a los Alazanes de Granma a ganar la Serie Nacional, decidió no volver a la isla. El drama fue doble: el fracaso en ese torneo dejó a Cuba fuera de los Juegos Olímpicos por primera vez en su historia y el mejor pitcher del país desertaba. En su descargo hay que decir que no dejó tirado al equipo. Jugó el preolímpico y se fue. Los actuales tránsfugas no han tenido tanto tacto.

Además del ya citado Yeiniel Zayas, los lanzadores Luis Dany Morales, Ubert Mejías, Dariel Fernández, los jardineros Reinaldo Lazaga y Diasmany Palacios, y el receptor Loidel Rodríguez fueron abandonando la concentración con el torneo en curso. El dramático goteo ha hecho las delicias de los opositores más recalcitrantes.

La convocatoria elaborada por el entrenador Eriel Sánchez fue polémica desde el mismo día de su anuncio. En la lista faltaban algunos de los mejores jóvenes de la pelota cubana, como Yosimar Cousín o Yunior Tur, al parecer por falta de espíritu nacional. Para formar parte de la selección no basta con ser bueno, sino que hay otros aspectos a valorar, como «la disciplina o el patriotismo», según dijo el propio Sánchez para explicar estas ausencias. Los que convocó eran, por tanto, los fiables. Y siete han puesto ya los pies en polvorosa. Tremendo papelón el de Sánchez.

El equipo, en cualquier caso, está ganando sus partidos. Por tener rivales fáciles, por el mal pitcheo de sus oponentes o por lo que sea, pero ganan. No hay sonrisas. No hay nervio competitivo. Juegan mirando al suelo y arrastrando las botas. La depresión es evidente. Pero ganan. La escuela cubana de pelota está fuera de toda duda y, al parecer, les basta con los fundamentos aprendidos. Ganan con el piloto automático. En la ronda previa sólo perdieron con México, los anfitriones. Vencieron sus siguientes cuatro enfrentamientos y ya están en la siguiente ronda.

Ninguno de los fugados, mientras estuvieron dentro de la disciplina del equipo, fue titular en esos partidos. La razón es sencilla: no son tan buenos. Al menos sus estadísticas en la Serie Nacional no impresionan. No parece probable que acaben triunfando en las Grandes Ligas. Pero su calidad como peloteros es un aspecto secundario. Lo importante, políticamente, es que huyan y el ruido que eso pueda hacer.

En la retransmisión del partido contra la República Dominicana el comentarista latino hizo una observación, totalmente seria, que podría tomarse como un chiste. El partido se jugaba a las 10.30 de la mañana (hora mexicana) y la grada, lógicamente, estaba casi vacía. «Entre el público hay varios cazatalentos que han venido a ver a estos muchachos», dijo el locutor. Lo que automáticamente entendió buena parte de su audiencia es que, entre la poca gente que había en el estadio, una importante proporción serían probablemente funcionarios del Departamento de Estado norteamericano con la caña preparada. Tendrían que serlo, necesariamente, o estarían haciendo muy mal su trabajo.

Atacar la pelota cubana implica tocar un nervio muy sensible de esa sociedad. Es como si para poner a los catalanes incómodos de rodillas se pusiera un énfasis especial en destruir uno de sus grandes orgullos transversales: el Barça. Son símbolos, abstracciones, aire, nada. Y, a la vez, lo son todo. Nada pesa tanto como un símbolo.

Hay un porcentaje de exiliados que aúlla de placer viendo a sus compatriotas humillados. Antes de cada partido, cuando salta la noticia de una nueva deserción, las redes sociales se agitan desmesuradamente, se multiplican las alabanzas a los fugados por su valentía y cientos de internautas confiesan que rezan por ellos, para que puedan cumplir sus sueños de libertad lejos de la miseria comunista. Cuando arranca el encuentro y el mutilado, el depresivo equipo de Cuba empieza a anotar carreras, sólo queda el silencio.


El próximo partido de Cuba en el Mundial Sub-23 se disputa esta noche, a las 00.00 horas, contra Venezuela. El juego puede verse en abierto, como todos los del torneo, a través del canal de la WBSC en YouTube.




Fuente: Lamarea.com