January 27, 2021
De parte de Lobo Suelto
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 Mujer: Durante 1000 años y hasta mediados del siglo XX existía una costumbre… china: reducir los pies de las mujeres hasta lograr una longitud no mayor de 12 centímetros. ¡El colmo del refinamiento! El calzado que podían usar tenía la forma de una flor de loto, y por eso a los pies compactados le decían: ¡Pies de Loto Dorado! El martirio se inició en la corte y luego se extendió por toda China. Hasta hace poco se pensó que se trataba de un tema puramente estético. Esos pies mortificados parece que resultaban una atracción erótica para los hombres. Se me ocurren muchas maldades eróticas para ellos… dejémoslo ahí.

Luego de algunas investigaciones recientes se supo que era también una práctica, sobre todo en las zonas rurales, para que desde muy chicas las niñas permanecieran todo el día sentadas ocupándose de las tareas manuales. Fabricando telas, esteras, zapatos, redes de pesca. La realidad era que las familias dependían económicamente de esas extremidades. Les era muy redituable que esas niñas-mujeres les costara caminar o mantenerse mucho tiempo de pie. Nada de paseos o correrías de la mano por los prados, y ni hablar de intentar escapar.

Las prácticas capitalistas siempre fueron mucho más crueles con los vulnerables. Así que… ninguna novedad.

Este cuento chino me viene a la mente cuando observo a algunas mujeres…. a tantas mujeres que buscan, que intentan ocupar el menor espacio posible. Si pudieran vendarse enteras, como las orientales, y desaparecer, lo harían.

No entiendo bien qué pasa. ¿Qué nos pasa? Pienso que nos sentimos capturadas por una sensación… de amenaza. 

“Mejor lo dejo pasar. No me voy a meter. Se me van a tirar encima. No quiero poner la cara, quedar escrachada. Después viene la descalificación. El maltrato”. Imaginemos que por algún motivo la boca se abre y la lengua se mueve y expresa lo que la cabeza está maquinando, lo que indigna y molesta. Hay una gran probabilidad que del otro lado comience una catarata de calificativos sobre diversas falencias mentales o físicas: loca, menopáusica, hacete ver, tenés un ataque hormonal, enferma, necesitás un service urgente. O, sea…

Entre ellos se insultan y elogian, da igual, con el consabido… ¡hijo de puta! Y, ahí, nuevamente somos invocadas, esta vez relacionadas a una actividad donde los señores ejercen el dominio porque son los que ponen el capital, entre otras cosas que ponen. Y, aunque no haya ningún intercambio oferta/ demanda sexual a la vista igual les encanta llenarse la boca con la palabra ¡puuuta!  Es como un comodín. Y, muchas veces, la antesala del correctivo. Para algunos puede ser puuta la mujer que ocho tipos asaltan por la calle, y violan. Convencidos de que ella se lo merece. Sale de noche. Provoca. Se ríe fuerte. Muestra su cuerpo, contenta, orgullosa. ¡Puuta! ¡Ahora vas a aprender lo que es bueno!

Dicen las entendidas en estos temas que las violaciones son mensajes  enviados entre machos promocionando su potencia sexual. Una especie de merchandising viril. Creímos durante siglos que los violadores eran tipos degenerados, marginales, loquitos sueltos. Pero, la realidad demuestra que puede ser cualquier hijo de vecino cuando una mujer lo enoja, o rechaza, o humilla, o sea, cuando se siente desafiado en su eficacia y, entonces, ¿qué se le ocurre? Simple: vengarse. Y, con lo que tiene más a mano, literalmente.  En grupo se da el fenómeno del contagio por ver quién es el vencedor del concurso, Mr. Testosterona. Quiénes baten records echándose encima de cuerpos indefensos, o agarrando a patadas a alguno, que por esas cosas del destino, no los miro bien. Es así que nosotras, en estos casos de abusos, solo vendríamos a ser el fusible entre dos polos de corriente hombruna.

Huelgan los comentarios.

Una escritora, Rebecca Solnit, creó el término mansplaining: Cuando un hombre da por hecho que sabe algo que no sabe, y se lo explica a una mujer que sí lo sabe. Y, que generalmente es experta en el tema. Hagamos memoria: cuántas veces nos explicaron algo, con voz segura y grandilocuente, y si no era un disparate, le andaba cerca. Y, nosotras ahí, escuchando con fingida atención, la boca semi abierta por el asombro impuesto, para que el sabelotodo pueda parlotear a sus anchas, engordando su ego, mórbidamente. 

Nos escuchamos decir: “Mejor no llamar la atención. Pasar desapercibidas. No atraer las miradas. O, atraerlas, pero solo si son miradas admirativas. Cargadas de deseo y/o aprobación”. La cuestión es que resulta muy difícil navegar por corrientes tan movidas. Que tiran para un lado y para el otro. “No, no me mires. No existo. Pasá de largo. Sí, mírame todo lo que quieras si me  admitís en tu club.”

Pero, como no hay garantías de nada mejor quedarse en el molde. No despertar sospechas. Porque ya sabemos lo que viene después. ¡La sanción! La expulsión del paraíso. ¡Por tu culpa, por tu grandísima culpa!

Por eso la moralina tradicional recomienda ocupar poco espacio. Hablar solo si preguntan. Moverse lo inevitable. Si te mostrás te exponés. ¡Bancatela! ¿Quién te manda?

Si sos una intelectual, hablarán de tu papada, tus ojeras. ¿Artista? Que sos desubicada y de mal gusto. ¿Atractiva? ¿Muy? Caerán en el lugar común de comparar tu cerebro con el de un insecto. Nada nuevo. Lo vienen haciendo desde el origen de los tiempos. Rebanarnos en fetas como a un jamón.

“Sonreí y no hablés. No dejes de sonreír que es lo que mejor hacés. Aunque se te acalambren las mandíbulas, ¡sonreí!”

La impiedad es el mejor flit para no animarnos a brillar y, mucho menos en espacios donde se juega el Poder con mayúsculas.

Cuerpos como bonsáis. Manipulados para que adquieran la forma conveniente. Con una tijerita les van podando ramas y raíces para que los árboles permanezcan enanos, así como las vendas apretadas sobre los dedos quebrados de las chinas, logran semejantes miniaturas. Pies de muñeca sosteniendo cuerpos inmóviles, pero plenos de savia palpitante circulando por dentro.

También a algunas niñas, aproximadamente unas 200 millones, les quitan una pequeña porción de su cuerpo, para que cuando se desarrollen sexualmente, si es que llegan a hacerlo, no les sea tan disfrutable. ¡Por mi culpa, por mi grandísima culpa! En este caso no se trata de una reducción sino, lisa y llanamente, de una eliminación.

Algunas podemos creer que es ventajoso asemejarse a una foto. Quedar fija. Congelada. Enchinchada a una pared. No hacer ninguna movida que les corte la ilusión a muchos primates que nos rodean, de ser los reyes de la selva.

Años educándonos para respetar más al miedo que a la propia voz.

Cuántas mujeres trabajaron a la par de su compañero en ciencias, arte, literatura, en creaciones donde su nombre, al ser parida la obra al mundo, no aparecía. No existía. Y, ¿qué pasó?… ¡Shhh, son asuntos privados! ¡Temas íntimos! Y, así, entrampadas en esos vínculos jerarquizados y abusivos, derroches de talento yéndose por el desagüe del bidet.

-“No estoy a tu nivel pero me encantaría poder ayudarte. ¡Tenés tanto talento!”.

– “¿¿Te interesa que yo te haga una devolución de tu trabajo?? Ay… ¡me siento tan privilegiada!”.

– “Cómo quisiera que puedas terminar tu proyecto. ¡Me haría muy feliz!”.

Me haría muy feliz porque todavía no tuve tiempo ni energía para saber cuál es el mío. Trabajo y aporto al ingreso familiar, a la par, pero cuando llego a casa él está cansado y como tiene menos práctica con las niñas, y para hacer las cosas más rápido, yo me ocupo y, claro, cuando llego finalmente a la cama ya ni sé cómo me llamo. Antes de casarme yo también quería componer música. Mis profesores decían que tenía oído absoluto. Pero, bueno, ahora siento que me realizo ayudándolo a él con su música. Ya llegará mi momento. Mientras tanto me conformo con que mis hijas estén contentas, él esté tranquilo, y el perro mueva la cola.

Seamos claras, lo que llaman amor es trabajo no pago. Este aceitado andamiaje del postcapitalismo o neoliberalismo, o como se llame, descansa sobre nuestro trabajo cotidiano que por ser cotidiano es invisible y por ser invisible no es remunerado y al no ser remunerado no es considerado trabajo. Y, claro, qué clase de imbécil, de cretino insensato trabajaría todos los días de la semana, muchas horas, incluyendo sábados y domingos, sin un sueldo, aguinaldo, vacaciones o esperanza de ascenso. ¡Sí, acertaste! ¡Las mujeres! La gran mayoría desde que Eva se mudó del paraíso.

Y, también, de paso, nos impusieron la sagrada, honorífica y ultra ponderada tarea de procrear a los que serán a futuro, laburantes y consumidores, para así seguir acrecentando la riqueza de los más ricos.

Sabían que hasta el año 1968, bien entrado el siglo XX, se definía a la mujer como incapaz de derecho, o sea, se la consideraba una menor de edad que necesitaba del permiso del padre o del marido para salir del país, para abrir una cuenta bancaria, para disponer de sus bienes. ¡¡¡De sus bienes!!!

Y hoy siglo XXI, las mujeres aún tenemos un salario 20 % más bajo que el de los hombres. ¿La razón? ¿Incompetencia? No. ¿Falta de experiencia, de dedicación, de responsabilidad, de compromiso, de creatividad? ¡¡Nooo!!  Solo se trata de cómo funciona el patriarcado puro y duro.

Y, sepámoslo, capitalismo, sexismo y racismo van juntos en un combo letal. Pruebas a la vista. El globo explotando en todos los frentes.

 A veces sucede que a una mujer de tantas… que vive sus días inmóvil, encogida, muda, intentando ocupar el menor espacio posible, le ocurre que un perro al acercarse la confunde con un bonsái, y después de husmearla unos segundos… le mea encima.

Pero ya viene sucediendo por todos los rincones de la tierra que de esos arbustos enanos comiencen a surgir orquídeas, pasionarias, madreselvas, damas de noche… ¡salvajemente exuberantes y expansivas!

¡A lo alto y a lo ancho del deseo indómito!

Si llegamos tan lejos, con pies de miniatura, todo es posible…




Fuente: Lobosuelto.com