January 1, 2022
De parte de Nodo50
373 puntos de vista


Cuando Santiago Abascal curs贸 el BUP, a principios de los a帽os noventa, aprendi贸 en su clase de Historia que la Batalla de Covadonga 鈥搒upuesto origen de la Espa帽a cristiana鈥 era un mito con poca base factual: una construcci贸n ideol贸gica puesta al servicio de intereses pol铆ticos. Casi 30 a帽os despu茅s, en abril de 2019, se coloc贸 debajo de la estatua de don Pelayo (y delante de las c谩maras) para recitar el himno de la Virgen de Covadonga, celebrar al Cid y 鈥渓a gran obra de la Hispanidad鈥 en Am茅rica, vilipendiar a los 鈥減ol铆ticos callados y avergonzados鈥 ante las afrentas al prestigio nacional y advertir de que su partido nunca pedir谩 鈥減erd贸n por las obras de nuestros mayores a lo largo de los siglos鈥, 鈥済u铆a de resistencia y de unos valores normales, asentados en el sentido com煤n鈥.

驴Abascal se olvid贸 de lo que le ense帽aron? M谩s probable es que recordara la parte pr谩ctica de la lecci贸n: hay pocas armas m谩s potentes que la historia patria convertida en mito. Y m谩s en un pa铆s como Espa帽a, donde parte de la opini贸n p煤blica cree que hay poderosos enemigos empe帽ados en que los espa帽oles se averg眉encen de serlo.

Vox no es el 煤nico partido de derechas que insiste en resucitar figuras y relatos hist贸ricos construidos en el siglo XIX

Aunque solo hay un Pelayo, el caso espa帽ol es menos excepcional de lo que parece. Vox no es el 煤nico partido de derechas que insiste en resucitar figuras y relatos hist贸ricos construidos en el siglo XIX. En Reino Unido, el Gobierno de Boris Johnson pretende blindar a los h茅roes del Imperio contra historiadores y activistas que se atreven a cuestionar la idoneidad de seguir glorificando a pr贸ceres racistas. En Pa铆ses Bajos, la ultraderecha difunde v铆deos did谩cticos que ensalzan a los h茅roes patrios que derrotaron a ingleses y espa帽oles o colonizaron Asia y Am茅rica. Alternativa por Alemania (AfD), por su parte, defiende que sus compatriotas se sientan ufanos de su historia, incluida la 茅poca nacionalsocialista. (鈥淪i los franceses se enorgullecen con raz贸n de su emperador y los brit谩nicos de Nelson y de Churchill, nosotros tenemos el derecho de estar orgullosos de las haza帽as de los soldados alemanes en las dos guerras mundiales鈥, dijo un candidato de la AfD en 2017). Y poco antes de abandonar la Casa Blanca, el presidente Trump acept贸 un informe de una comisi贸n especial que identificaba a la 鈥減ol铆tica de la identidad鈥 como una amenaza nacional tan grande como el racismo, abogaba por que en las escuelas norteamericanas se 鈥渞estaurara una educaci贸n patri贸tica鈥 y llamaba a 鈥渁lzarse contra los tiranos mezquinos 鈥 que exigen que hablemos solo de los pecados de Estados Unidos al mismo tiempo que neguemos su grandeza鈥.

Amenazas a la libertad de c谩tedra

Trump se ha ido, pero las recomendaciones del informe se van convirtiendo en realidad legal. En lo que va de a帽o, m谩s de la mitad de las legislaturas estatales de Estados Unidos han preparado leyes que proh铆ben a las y los profesores de Historia Estadounidense sugerir que existan patrones hist贸ricos de discriminaci贸n de raza o de g茅nero. En los ocho estados donde estas leyes ya se han aprobado 鈥揺ntre ellos Texas, el segundo m谩s grande del pa铆s鈥 ning煤n docente de escuela p煤blica puede sugerir que, en Estados Unidos, la pertenencia a grupos determinados (ser un hombre blanco, por ejemplo) conlleva ciertos privilegios inherentes. Algunas de las leyes nuevas tambi茅n aplican estas restricciones al profesorado universitario, en lo que varios expertos ya han denunciado como un ataque frontal a la libertad de c谩tedra.

En ocho estados de EE.UU. 鈥揺ntre ellos Texas, el segundo m谩s grande del pa铆s鈥 ning煤n docente de escuela p煤blica puede sugerir que la pertenencia a grupos determinados (ser un hombre blanco, por ejemplo) conlleva privilegios inherentes

No es casual que esta avalancha de iniciativas legislativas ocurra poco despu茅s de que el pa铆s se viera sacudido por el movimiento Black Lives Matter e intentos por repensar su cultura conmemorativa, sobre todo con respecto al Sur esclavista. 鈥淪e ve铆a venir鈥, me dijo la historiadora Renee Romano, que lleva a帽os estudiando la memoria de la represi贸n racial en el pa铆s: 鈥淐ada peque帽o progreso en el tema provoca una reacci贸n conservadora cinco veces m谩s fuerte. A los republicanos les subleva la idea de que sus hijos sean invitados a pensar cr铆ticamente sobre su propia posici贸n en el paisaje racial de este pa铆s. Lo que rechazan, en el fondo, es el cuestionamiento de la identidad blanca como la norma universal e invisible. Y se entiende: que tu perspectiva sea la universal constituye un privilegio importante, una fuente enorme de poder ps铆quico con la que es dif铆cil romper鈥.

La verdad, explica Romano, es que estas guerras sobre el pasado se llevan librando desde hace mucho tiempo: 鈥淎 fin de cuentas, la historia es un componente esencial de toda identidad colectiva. Y tampoco son tan nuevos los intentos por controlar lo que se ense帽a en las escuelas. En 1923, el estado de Wisconsin adopt贸 una ley que prohib铆a representar mal los ideales de la guerra de la Independencia. En los a帽os 60, el movimiento por los derechos civiles consigui贸 victorias importantes en lo que respecta al relato hist贸rico nacional; para los 80, surge una contraofensiva, cuando el Departamento de Educaci贸n de Reagan intenta promover que se vuelva a ense帽ar la grandeza de nuestra historia. Esa batalla se repite en 1994 y hoy estamos en las mismas. Es un tira y afloja constante entre los que pretendemos asumir de forma realista y honesta una versi贸n menos barnizada del pasado nacional 鈥搚 que concebimos la ense帽anza como una herramienta para formar a una ciudadan铆a m谩s cr铆tica y comprometida鈥 y los que buscan cultivar en los alumnos, ante todo, un sentido de lealtad incondicional, aunque esto signifique ense帽arles mitos m谩s que historia鈥.

Cada vez m谩s pa铆ses invocan el orgullo patrio para restringir la ense帽anza y la investigaci贸n

Para el segundo grupo, es f谩cil que los miembros del primero se conviertan en enemigos de la patria. De hecho, la comisi贸n de Trump no tuvo reparo en identificar como tal a la comunidad acad茅mica. 鈥淟as universidades norteamericanas hoy鈥, afirmaba su informe, 鈥渟on muchas veces semilleros de antiamericanismo, calumnias y censuras que se combinan para generar en los estudiantes, en el mejor de los casos, desd茅n por este pa铆s y, en el peor, odio鈥. La demonizaci贸n de la Universidad como una fuente insidiosa de sentimientos antipatri贸ticos es un fen贸meno recurrente en otros pa铆ses tambi茅n. En Polonia, Hungr铆a o Turqu铆a, el anti-intelectualismo de la derecha patri贸tica se ha traducido en patrones de censura y persecuci贸n. (En Espa帽a, los autores y pol铆ticos que denuncian la existencia de una 鈥渓eyenda negra鈥 antiespa帽ola, como Mar铆a Elvira Roca Barea, tambi茅n han se帽alado a la clase intelectual como colaboradora con los 鈥渆nemigos de Espa帽a鈥.) En un n煤mero reciente de la Journal of Genocide Research, los historiadores Kornelia Ko艅czal y Dirk Moses se帽alan con preocupaci贸n que cada vez m谩s pa铆ses invocan el orgullo patrio para restringir la ense帽anza y la investigaci贸n. Afirman que la historia patri贸tica de signo derechista, adem谩s de proponer 鈥渋nterpretaciones del pasado mitificadas, monumentales y moralistas鈥, tambi茅n promueve 鈥渆sencialismos y excepcionalismos de car谩cter autoritario鈥. Su auge, apuntan, es un fen贸meno global que sobrepasa el mundo occidental; mencionan los ejemplos de China y Rusia.

驴Cu谩nto hay de nuevo en todo esto? La idea de que la historia nacional 鈥搒ea en las escuelas p煤blicas o monumentos y conmemoraciones鈥 sirva para cultivar una ciudadan铆a nacional unida y orgullosa de serlo ha sido com煤n desde el siglo XIX. Pero esta nueva ola, apuntan Ko艅czal y Moses, es m谩s agresiva e insidiosa. No solo estigmatiza a los considerados 鈥渙tros鈥 y restringe el debate acad茅mico; tambi茅n sirve de arma arrojadiza en guerras culturales cada vez m谩s feroces. Su proliferaci贸n, arguyen, cabe verla en el contexto de la b煤squeda de la 鈥渟eguridad ontol贸gica鈥 que proporciona el orgullo patrio entre los estragos de la globalizaci贸n neoliberal. Tampoco ayuda la erosi贸n de la pericia cient铆fica en tiempos de posverdad.

La pasividad de la historiograf铆a

El recrudecimiento de las batallas por el pasado ha puesto en un brete a la historiograf铆a profesional, en la que algunos detectan una lamentable pasividad. 鈥淢uchos historiadores se han refugiado en sus feudos profesionales, abandonando los espacios p煤blicos鈥, dice Margaret MacMillan, una prominente historiadora canadiense. 鈥淓scriben en un idioma especializado, autorreferencial, y se ocupan cada vez m谩s de temas que no interesan al p煤blico general. En este sentido, me llama la atenci贸n que hoy nos refiramos a nosotros mismos como historiadores profesionales cuando antes 茅ramos historiadores a secas鈥. En su libro Usos y abusos de la historia (2008), MacMillan ya insisti贸 en que sus colegas no se pueden permitir dejar espacio libre a los amateurs precisamente cuando los relatos sobre el pasado se convierten en campo de batalla: 鈥淪i no, permitiremos que nuestros l铆deres y opinadores echen mano de la historia para reforzar mentiras o justificar pol铆ticas desencaminadas鈥.

Entre los que s铆 se han involucrado en la discusi贸n p煤blica destaca el historiador brit谩nico Richard Evans, especialista en la Segunda Guerra Mundial y autor de Hitler y las teor铆as de la conspiraci贸n. Hace diez a帽os, por ejemplo, se meti贸 de lleno en un debate nacional sobre el tema cuando el Gobierno conservador de Reino Unido propuso reformar el curr铆culo escolar para promover el orgullo y la unidad brit谩nicos. 鈥淓l entonces ministro, Michael Gove, quiso subrayar la grandeza del Imperio Brit谩nico, nuestras victorias b茅licas y las grandes figuras del pasado nacional鈥, explica Evans, 鈥淔ue una cosa extremadamente burda y simplista, y esto fue lo que le dijeron sin ambages los historiadores conservadores a quienes consult贸鈥. Ante las cr铆ticas feroces del gremio y las asociaciones de maestros, el ministro se vio obligado a retractarse.

En pa铆ses con pasado esclavista y colonial como Holanda, Reino Unido y Estados Unidos, la movilizaci贸n ciudadana de izquierdas para revisar los c谩nones y relatos ha producido acerbos debates

Pero tambi茅n Evans ve diferencias cualitativas entre lo que ocurri贸 entonces y lo que est谩 pasando hoy. 鈥淓l abismo entre la clase pol铆tica y el gremio historiogr谩fico es mayor que nunca鈥, se帽ala. 鈥淓l Gobierno actual se ha atrevido a hacer intervenciones muy cuestionables. Tambi茅n lo ha sido su reforma del Examen de Ciudadan铆a que tiene que pasar toda persona que solicita el pasaporte brit谩nico. Se ha convertido en una especie de adoctrinamiento patri贸tico. Uno de los temas que se tienen que memorizar, por ejemplo, pregunta: 鈥樎縌u茅 paso en el D铆a D?鈥 La respuesta correcta se supone que es: 鈥楲a invasi贸n brit谩nica de Europa鈥. Es absurda, no solo porque obvia la participaci贸n de los canadienses y norteamericanos, sino que 隆asume que Gran Breta帽a no est谩 en Europa!鈥. En Estados Unidos tambi茅n se ha ensanchado la distancia entre pol铆ticos e historiadores, dice Romano. 鈥淣o hubo historiadores en la comisi贸n de Trump, pero ni uno鈥, apunta. 鈥淵 es l贸gico: es perfectamente posible ser historiador y conservador. Pero no se puede ser historiador e ignorar la evidencia鈥.

No son solo los gobiernos y movimientos de derechas los que se han enfrentado a la historiograf铆a acad茅mica. Tambi茅n por el lado izquierdo el gremio ha tenido una relaci贸n conflictiva con lo que la estudiosa israel铆 Yifat Gutman ha llamado 鈥渁ctivismo de la memoria鈥: la movilizaci贸n de la memoria por grupos civiles para fines pol铆ticos. En Espa帽a, sin ir m谩s lejos, el movimiento por la recuperaci贸n de la memoria hist贸rica no siempre ha hecho buenas migas con los historiadores universitarios. En pa铆ses con pasado esclavista y colonial como Holanda, Reino Unido y Estados Unidos, la movilizaci贸n ciudadana de izquierdas para revisar los c谩nones y relatos ha producido acerbos debates. Los enfrentamientos no solo se han producido entre activistas woke e historiadores, sino tambi茅n entre estos.

La 鈥渃ultura de la cancelaci贸n鈥

La derecha pol铆tica y cultural ha reaccionado con p谩nico ante las reivindicaciones y revisionismos de la izquierda, denunci谩ndolos como una 鈥渃ultura de la cancelaci贸n鈥 que pretende 鈥渂orrar la historia鈥, al mismo tiempo que se presenta a s铆 misma como v铆ctima de una correcci贸n pol铆tica pasada de rosca. El gobierno de Boris Johnson 鈥渢谩cticamente representa las cr铆ticas a sus fracasos pol铆ticos como ataques a la grandeza hist贸rica brit谩nica鈥, escribi贸 la historiadora Priya Satia. As铆, en marzo, cuando se convoc贸 una protesta delante del Parlamento por el asesinato a manos de un polic铆a de Sarah Everard, una joven mujer de negocios, la polic铆a form贸 un cord贸n para proteger la estatua de Churchill, aunque nadie hac铆a amagos de amenazarla. (En junio del a帽o pasado, la estatua de Edward Colston, un comerciante esclavista, acab贸 en las aguas del puerto de Bristol durante las protestas de Black Lives Matter.)

Cuando se convoc贸 una protesta delante del Parlamento brit谩nico por el asesinato a manos de un polic铆a de Sarah Everard, la polic铆a form贸 un cord贸n para proteger la estatua de Churchill, aunque nadie hac铆a amagos de amenazarla

Mientras tanto, algunos historiadores parecen haberse dejado contagiar por el p谩nico moral conservador. En agosto, un grupo de estudiosos prominentes 鈥揺ntre ellos, Niall Ferguson y David Abulafia鈥 lanz贸 鈥History Reclaimed鈥 (la Historia recuperada), una web desde la cual pretenden contrarrestar los 鈥渁busos de la historia para fines pol铆ticos鈥. 鈥淓n a帽os recientes鈥, escriben, 鈥渉emos visto campa帽as para reescribir las historias de las democracias occidentales con el fin de minar su solidaridad comunal, su sentido del logro, e incluso su legitimidad m谩s b谩sica. (鈥) Estas 鈥榞uerras culturales鈥 parecen tener como objetivo directo desmoralizar a los pa铆ses occidentales. (鈥) Sus lecturas del pasado, tendenciosas o descaradamente falsas, est谩n produciendo divisiones, resentimientos e incluso violencia鈥.

Richard Evans no comparte este alarmismo. Tambi茅n relativiza el tema de las estatuas. 鈥淨uitar una estatua no significa que se borre la Historia, ni mucho menos鈥, me dijo. 鈥淟as estatuas no son Historia. Su funci贸n no es celebrar el pasado. Est谩n all铆 para el presente y el futuro. Las estatuas nos dicen a qui茅n admirar, emular. Y eso cambia con el paso del tiempo, naturalmente. Es llamativo que esa estatua de Colston en Bristol no se erigiera hasta siglo y medio despu茅s de su muerte, por gente que quiso celebrar el imperialismo鈥.

Si Evans entiende que se quite la estatua de Colston, tiene sus dudas sobre retirar la de Winston Churchill. 鈥淧or un lado, Churchill siempre fue una figura controvertida, tambi茅n en vida. Y no hay la menor duda de que fue un racista. Personalmente, creo que, a pesar de todas sus faltas, en 1940 ayud贸 a salvar a Gran Breta帽a y, con ella, al resto del mundo. Eso me parece que le vale una estatua. Pero me parece muy bien que se discuta鈥.

Victimismo de la derecha

Renee Romano tambi茅n rechaza el victimismo de la derecha. La demonizaci贸n de los historiadores universitarios, se帽ala, contrasta con su relativa falta de influencia social. 鈥淟os miedos de la derecha est谩n infundados鈥, dice. 鈥淟o que aprende la mayor铆a de los alumnos en las escuelas de este pa铆s no es ese relato sumamente cr铆tico de la historia nacional que temen los conservadores 鈥搇o noto cada a帽o en mis estudiantes de primer a帽o, sorprendidos ante lo que aprenden por primera vez en mis clases鈥. La realidad es que la derecha nos lleva mucha, pero mucha ventaja鈥, agrega. 鈥淧ongamos por ejemplo al reci茅n fallecido Rush Limbaugh, una de las figuras medi谩ticas de la derecha m谩s poderosas de los 煤ltimos 30 a帽os. Limbaugh no solo inclu铆a much铆sima historia en todos sus programas, sino que 茅l y su mujer se dedicaron a escribir una serie de libros infantiles de historia temprana norteamericana 鈥撯淰iajes por el Tiempo con Americanos Excepcionales鈥濃 que han sido 茅xitos de ventas descomunales y que incluso se han usado en 谩mbitos educativos. Lo peor es que Limbaugh y otros han conseguido presentar su versi贸n del pasado como un relato factual, apol铆tico, haciendo que los que hablamos del racismo o de la esclavitud parezcamos historiadores politizados. La derecha en este pa铆s se ha servido de sus propios canales medi谩ticos para acumular un poder excepcional sobre el relato del pasado nacional. A los que pretendemos cuestionar ese relato nos deja en un lugar bastante desfavorable. Personalmente, me cuesta saber cu谩l es la mejor manera de salir del atolladero鈥.

El historiador espa帽ol Pablo S谩nchez Le贸n lo tiene m谩s claro. 鈥淧ara empezar, hay que se帽alar a las claras que lo que est谩 proponiendo la derecha no es una historia patri贸tica. Es historia nacionalista. Lo que le toca hacer a la izquierda, en Espa帽a y en otras partes, es emprender una historia verdaderamente patri贸tica. No estoy hablando precisamente de una historia de las v铆ctimas y los marginados como tales. No se trata de escribir otro relato de agravios. De hecho, uno de los grandes errores que ha cometido la izquierda, a mi juicio, es que se ha dejado tentar por promover relatos sobre el pasado en clave moralista, enfocados en el afecto de la verg眉enza, cuando el moralismo es un terreno donde la derecha siempre llevar谩 las de ganar. Y resulta que es perfectamente posible una cr铆tica demoledora a los fundamentos de la democracia americana, por ejemplo, sin decir verg眉enza de pa铆s. Es m谩s, los ataques frontales a ciertas figuras del pasado, o a la naci贸n en su conjunto, le han permitido a la derecha asumir la posici贸n de v铆ctima y montar una defensa a ultranza de esas figuras e identidades, oportunistamente redefinidos como costumbres y valores ancestrales, al mismo tiempo que califican la cr铆tica hist贸rica como un crimen de odio. Es la t谩ctica que han adoptado con 茅xito las derechas norteamericana y brit谩nica y tambi茅n Vox y el PP. En Espa帽a, cuentan con el apoyo no solo de historiadores amateurs, medi谩ticos como P铆o Moa o, m谩s recientemente, divulgadores como Roca Barea, sino tambi茅n de historiadores universitarios conservadores. Aunque no lo digan p煤blicamente, por ejemplo, me consta que parte de los historiadores profesionales americanistas en Espa帽a comparten el enfoque gen茅rico de Roca Barea, aunque sin estridencias; la prueba es que no han salido a desdecir sus malinterpretaciones鈥.

鈥淯na historia verdaderamente patri贸tica tirar铆a por otros derroteros鈥, dice S谩nchez Le贸n. 鈥淓stoy hablando de una historia de las luchas ciudadanas por la autodeterminaci贸n, por su derecho a participar en la vida pol铆tica, desde una voluntad consciente. Estas luchas las han emprendido, hist贸ricamente, los grupos subalternos y victimizados, claro est谩, pero para el relato importa menos su marginaci贸n 鈥搊 su identidad nacional, por otra parte鈥 que su esfuerzo por superarla y lo que han tenido que afrontar en el proceso. Ahora bien, en la Espa帽a democr谩tica, los historiadores han sido curiosamente reacios a adoptar esa perspectiva y usar el concepto de pueblo como base de sus relatos. Estados Unidos y Gran Breta帽a, en cambio, han contado con figuras como Howard Zinn y E.P. Thompson鈥. Para S谩nchez Le贸n, un enfoque en las luchas ciudadanas tambi茅n nos proporcionar铆a una perspectiva mucho m谩s n铆tida para los debates sobre la memoria que, por ejemplo, el ejercicio de la violencia pol铆tica, un enfoque que ha alentado posturas equidistantes.

En Espa帽a, profetiza S谩nchez Le贸n, es inevitable que las guerras culturales sobre el relato hist贸rico acaben abriendo trincheras en la comunidad universitaria espa帽ola. 鈥淒esde la Transici贸n, el gremio ha estado sesgado hacia la izquierda. Hab铆a historiadores de derechas, claro, pero estaban en Historia del Derecho o en temas rar铆simos, marginales. Hoy, el panorama est谩 cambiando r谩pidamente. Al lado izquierdo, el conflicto sobre la memoria hist贸rica de los 煤ltimos veinte a帽os ha roto puentes que est谩n a煤n sin rehacerse. Por el otro lado, los historiadores de derechas est谩n asumiendo posiciones m谩s visibles y lo tienen cada vez m谩s f谩cil para hacer operaciones medi谩ticas de pelotazo鈥.




Fuente: Ctxt.es