February 6, 2021
De parte de Asociacion Germinal
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En el décimo aniversario de la Revolución egipcia, conversamos con una periodista feminista sobre cómo es vivir permanentemente entre el miedo a ser encarcelada y la salida del exilio forzoso.

Manifestación en Tahrir pidiendo el fin del régimen de Mubarak en febrero de 2011 (Reuters)

Nour no se llama así. Debemos ocultar su identidad para protegerla. Muchos de sus colegas dedicados al periodismo, a la investigación, a la defensa de los derechos humanos, al arte o a la docencia están en prisión, temen terminar en ella o viven en el exilio. Esta mujer encontró el verdadero sentido a su oficio de periodista en la plaza de Tahrir en 2011: allí soñó, con miles de hombres y mujeres, el Egipto que quería: un Estado democrático laico, basado en la igualdad.

Una década después, «pese a todo el dolor y la frustración, si volviera atrás, volvería a las calles y con más fuerza aún», me explica por teléfono desde El Cairo. «Aun sabiendo lo que ha pasado después, siempre estaré orgullosa de haber participado en la revolución. Me hizo mejor persona –o eso creo–, más preocupada y dedicada a los otros, en lugar de en mí», explica esta periodista feminista acostumbrada tanto a trabajar para medios internacionales como nacionales. Hasta que la censura y el control del Gobierno de Al-Sisi, el general que se convirtió en presidente tras coordinar un golpe de Estado contra el gobierno de los Hermanos Musulmanes en 2013, lo ha anegado todo.

Conversamos con ella en el décimo aniversario de la conocida como Revolución egipcia, inspirada por la tunecina, con la que comenzarían las llamadas Primaveras Árabes.

¿Cómo está viviendo estos días de conmemoración?

Son días muy especiales. Aunque la revolución no triunfó en términos políticos, sí generó –como cualquier movilización popular masiva– cambios sociales significativos. La juventud –no solo mi generación, sino también las más jóvenes–, se ha vuelto más echada para adelante a la hora de expresar sus opiniones en las redes sociales. Eso era algo impensable antes de la revolución. Los chicos y chicas ridiculizan lo que está pasando a través de caricaturas y memes. Es cierto que esto no tiene cabida en los medios de comunicación tradicionales, pero significa que la gente tiene el coraje de denunciar cuando siente que algo no es correcto, aunque no tenga capacidad de cambiarlo.

La revolución ha sido fundamental para las mujeres y las niñas. Antes de 2011, el acoso sexual era un tabú: el Gobierno y los medios no lo reconocían como algo sistémico y omnipresente. Tras la revuelta, muchas mujeres han dado un paso al frente para hablar de todo tipo de violencias sexuales, incluida la violación. Y ahora, todo el país admite su existencia.

Cuando las mujeres tomamos las calles no estábamos solo pidiendo pan, libertad y justicia. Estábamos exigiendo nuestra libertad, la liberación del patriarcado… Unas demandas que continuaron en decenas de protestas que siguieron a los 18 días de la revolución. Ahora, se escucha la voz de las mujeres y esto es un avance en un país como Egipto.

Pero hay otro aspecto que para mí es muy importante.

¿Cuál?

Que todas las revoluciones ayudan a las personas a acercarse a las otras, especialmente en un país donde estamos muy segregados, como ocurre en Egipto. Las protestas nos unieron. Yo era una de esas personas que no sabía nada del «otro» antes de estar en Tahrir.

Aprendí que debo usar mis privilegios como periodista para darles a otros poder. Cambié radicalmente mi vida, tomé un nuevo camino dirigido a mejorar mi país porque en aquel momento creía que era posible.

Grafiti pintado en El Cairo por activistas feministas (Women on walls).

Con todo lo que ha venido después –el gobierno de los Hermanos Musulmanes, el golpe de Estado de Al-Sisi, la revalidación de su gobierno en las urnas mientras encarcela a cientos de periodistas, defensores y defensoras de derechos humanos, intelectuales…– ¿sigue pensando que mereció la pena?

Sí, siempre estaré agradecida a la experiencia de la revolución. Las transiciones entre Mubarack, los Hermanos Musulmanes y Al-Sisi han sido terribles. Mubarak gobernó el país durante 30 años, siempre creímos que gobernaría hasta su muerte, cuando sería sucedido por su hijo o por un golpe de Estado del Ejército. Así que cuando su régimen cayó por la revolución, las expectativas fueron demasiado altas y la gente se sintió poderosa… Luego entendimos que no lo éramos tanto. Los sectores islamistas lo son; los laicos, de izquierda y liberales no lo somos.

Los Hermanos Musulmanes y sus aliados tenían mucho apoyo entre la población por muchas razones, entre ellas, la pobreza, el analfabetismo… Vimos cómo crecía este apoyo, cómo nos robaban nuestro sueño de un Estado democrático liberal. Muchos de mis amigos cristianos tuvieron que abandonar el país, otros fueron amenazados de muerte por no aceptar la sharia… Cualquiera que no fuera como ellos entendían que era su enemigo.

El país se dividió en una polarización absoluta: mientras los Estados Unidos, entre otros países, apoyaban a los Hermanos Musulmanes, había otros que consideraban que había que echarlos antes de que convirtiesen este país en un nuevo Irán. Había una parte de la sociedad que consideraba que había que apoyar a los militares para que tomasen el poder y los sacase del Gobierno porque el pueblo solo no podía. Y otros que, como yo, temían que ese enfrentamiento nos llevaría a un escenario parecido al de los años 60. Desgraciadamente estas voces fueron ninguneadas. Nunca pensé que podríamos llegar a estar en esta situación.

El gobierno de Al-Sisi ha prohibido que las entidades sociales egipcias puedan recibir fondos de organismos internacionales, ahogando buena parte de los medios alternativos y de las ONG. Además de que cualquier escrito puede ser considerado una traición a la patria o un llamamiento al terrorismo, por lo que podría acarrear a su autor terminar encarcelado… ¿Cómo es ser periodista en estas circunstancias?

Es muy difícil. Antes no podíamos reportear sobre todos los temas usando el lenguaje que quisiéramos, pero al menos sabíamos cuáles eran los límites. Pero ahora tenemos miedo de todo: la ley criminaliza cualquier periodismo independiente. Los medios están bajo el total control de las autoridades, no se puede publicar nada sin su autorización…

A veces, me siento culpable por no investigar o reportear sobre ciertos temas, pero entonces me recuerdo que no quiero acabar detrás de los barrotes. Intento hacer lo que puedo tocando el límite, pero sin caerme por el precipicio.

Muchos y muchas periodistas, intelectuales, investigadores, académicos, artistas han abandonado Egipto en los últimos años ante la imposibilidad de desarrollar su trabajo, basado en el libre pensamiento y la pluralidad de ideas. Usted lleva años barajando esta posibilidad, a sabiendas de las dificultades que supondría también empezar una nueva vida como exiliada en otro país. ¿Cómo es vivir, ver pasar los años, debatiéndose entre el exilio y la permanencia en su tierra con el temor a terminar encarcelada o desaparecida?

No solo me atormenta la seguridad, sino especialmente la pérdida de toda esperanza. Lo peor es haber perdido toda esperanza, vivir cada día sin esperar nada, con la sensación de que nadie va a cambiar. Siento que vivo en un lugar al que no pertenezco. Yo amaba profundamente mi país, creía que podía contribuir a que fuese mejor. Todavía lo amo, la gente es amable y amorosa, merecen algo mejor, merecemos algo mejor. Siento que no tengo nada dentro que aportar.

Y esta desesperanza es compartida por muchos jóvenes. 

Sí, pero también muchos otros piensan que Egipto está mejorando. No les preocupa lo que a nosotras. Creen que si la revolución de 2011 hubiese triunfado, nos habría abocado a un escenario como el de Libia o Siria, y que el actual régimen nos ha salvado de ello. Esta lectura es compartida por mucha gente.

La polarización de la que habla es un fenómeno que afecta a muchas más sociedades que la egipcia. Esa imposibilidad de hablar y debatir sobre numerosas y cruciales cuestiones porque ni siquiera compartimos unos valores básicos ni entendemos lo mismo cuando hablamos de determinados conceptos que se han vuelto controvertidos. En el caso de Egipto, como en otros, la religión además ha desembocado en un recrudecimiento entre los islamistas, los cristianos y los laicos. 

Los cristianos llevan sufriendo opresión y acoso desde hace décadas. Por ello, aunque el régimen autocrático actual también les reprima sienten que es mejor a lo que le harían los islamistas. De eso se aprovecha Al-Sisi también. Cuando estaban los Hermanos Musulmanes fue una pesadilla, pese a lo sufrido durante la etapa de Mubarak.

Como minoría siempre oprimida, los cristianos sienten que solo tienen dos opciones: vivir con este tipo de discriminaciones y humillaciones, o ser forzados a convertirse al islam, ser asesinados, abandonar su país… Así que siempre se elegirán a los militares.

El sector secular es un poco distinto porque hay un sector que ve a los militares como los únicos capaces en la región de preservar nuestra identidad y mantener a los islamistas bajo control, de salvar al país de convertirse en Pakistán o Arabia Saudí. Y otro que considera que los militares son como los Hermanos Musulmanes: fascistas. Porque los militares piensan que tienen la obligación de defender el territorio, de ser los salvadores, los patriotas que luchan en nombre del país. Y los islamistas, que nos guían por el buen camino en nombre de Dios. Ambos se consideran los únicos buenos y que todo el mundo debe seguirles.

En este momento de fragmentación de nuestras sociedades en grupos que se odian entre sí y que se muestran incapaces de dialogar, resulta más evidente aún que una función primordial de los medios es favorecer el respeto a la pluralidad, al pensamiento libre y a la libertad de expresión. En esta década de creciente autoritarismo y sectarismo en tu país, ¿ha aprendido alguna lección como periodista para fomentar la convivencia con tu trabajo?

Aquí no tenemos medios de comunicación que promocionen el diálogo. Los medios en Egipto están bajo el absoluto control del Gobierno y no cabe una interpretación de los hechos que no sea la autorizada por sus representantes. No hay espacios para otras voces, no solo en el ámbito político, sino también en el social y cultural.

¿Cómo afecta física y emocionalmente vivir permanentemente con miedo?

Muchos de los amigos que hice durante la revolución han sufrido todo tipo de horrores y siento que yo estoy muy cerca de esa posibilidad. No porque sea alguien importante, sino porque estas autoridades odian a cualquiera que hagan público su desacuerdo: si no les dices «sí» todo el tiempo, eres un enemigo. No solo en las cuestiones que ellos consideran puramente políticas, sino también en lo que consideran temas sociales como los derechos de las mujeres.

Los amigos que defienden al régimen me piden todo el tiempo que calle, que vuelva al buen sendero, que me olvide de la lucha de estos diez años, de mi forma de entender el periodismo, que acepte de una vez que Egipto nunca será como yo quiero y que así me irá bien. Pero estas palabras nunca rozan siquiera mi corazón.

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Fuente: Asociaciongerminal.org