April 11, 2021
De parte de La Haine
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Londres, cementerio de Highgate, 17 de marzo de 1883.

El 14 de marzo a las tres menos cuarto de la tarde, dej贸 de pensar el m谩s grande pensador de nuestros d铆as. Apenas le dejamos dos minutos solo, y cuando volvimos, le encontramos dormido suavemente en su sill贸n, pero para siempre.

Es de todo punto imposible calcular lo que el proletariado militante de Europa y Am茅rica y la ciencia hist贸rica han perdido con este hombre. Harto pronto se dejar谩 sentir el vac铆o que ha abierto la muerte de esta figura gigantesca.

As铆 como Darwin descubri贸 la ley del desarrollo de la naturaleza org谩nica, Marx descubri贸 la ley del desarrollo de la historia humana: el hecho, tan sencillo, pero oculto bajo la maleza ideol贸gica, de que el hombre necesita, en primer lugar, comer, beber, tener un techo y vestirse antes de poder hacer pol铆tica, ciencia, arte, religi贸n, etc.; que, por tanto, la producci贸n de los medios de vida inmediatos, materiales, y por consiguiente, la correspondiente fase econ贸mica de desarrollo de un pueblo o una 茅poca es la base a partir de la cual se han desarrollado las instituciones pol铆ticas, las concepciones jur铆dicas, las ideas art铆sticas e incluso las ideas religiosas de los hombres y con arreglo a la cual deben, por tanto, explicarse, y no al rev茅s, como hasta entonces se hab铆a venido haciendo.

Pero no es esto s贸lo. Marx descubri贸 tambi茅n la ley espec铆fica que mueve el actual modo de producci贸n capitalista y la sociedad burguesa creada por 茅l. El descubrimiento de la plusval铆a ilumin贸 de pronto estos problemas, mientras que todas las investigaciones anteriores, tanto las de los economistas burgueses como las de los cr铆ticos socialistas, hab铆an vagado en las tinieblas.

Dos descubrimientos como 茅stos deb铆an bastar para una vida. Quien tenga la suerte de hacer tan s贸lo un descubrimiento as铆 ya puede considerarse feliz. Pero no hubo un s贸lo campo que Marx no sometiese a investigaci贸n -y estos campos fueron muchos, y no se limit贸 a tocar de pasada ni uno s贸lo- incluyendo las matem谩ticas, en la que no hiciese descubrimientos originales. Tal era el hombre de ciencia.

Pero esto no era, ni con mucho, la mitad del hombre. Para Marx, la ciencia era una fuerza hist贸rica motriz, una fuerza revolucionaria. Por puro que fuese el gozo que pudiera depararle un nuevo descubrimiento hecho en cualquier ciencia te贸rica y cuya aplicaci贸n pr谩ctica tal vez no pod铆a preverse en modo alguno, era muy otro el goce que experimentaba cuando se trataba de un descubrimiento que ejerc铆a inmediatamente una influencia revolucionadora en la industria y en el desarrollo hist贸rico en general. Por eso segu铆a al detalle la marcha de los descubrimientos realizados en el campo de la electricidad, hasta los de Marcel Deprez en los 煤ltimos tiempos.

Pues Marx era, ante todo, un revolucionario. Cooperar, de este o del otro modo, al derrocamiento de la sociedad capitalista y de las instituciones pol铆ticas creadas por ella, contribuir a la emancipaci贸n del proletariado moderno, a qui茅n 茅l hab铆a infundido por primera vez la conciencia de su propia situaci贸n y de sus necesidades, la conciencia de las condiciones de su emancipaci贸n: tal era la verdadera misi贸n de su vida.

La lucha era su elemento. Y luch贸 con una pasi贸n, una tenacidad y un 茅xito como pocos. Primera Gaceta del Rin, 1842; Vorw盲rts* de Par铆s, 1844; Gaceta Alemana de Bruselas, 1847; Nueva Gaceta del Rin, 1848-1849; New York Tribune, 1852 a 1861, a todo lo cual hay que a帽adir un mont贸n de folletos de lucha, y el trabajo en las organizaciones de Par铆s, Bruselas y Londres, hasta que, por 煤ltimo, naci贸 como remate de todo, la gran Asociaci贸n Internacional de Trabajadores, que era, en verdad, una obra de la que su autor pod铆a estar orgulloso, aunque no hubiera creado ninguna otra cosa.

Por eso, Marx era el hombre m谩s odiado y m谩s calumniado de su tiempo. Los gobiernos, lo mismo los absolutistas que los republicanos, le expulsaban. Los burgueses, lo mismo los conservadores que los ultradem贸cratas, compet铆an a lanzar difamaciones contra 茅l. Marx apartaba todo esto a un lado como si fueran telas de ara帽a, no hac铆a caso de ello; s贸lo contestaba cuando la necesidad imperiosa lo exig铆a. Y ha muerto venerado, querido, llorado por millones de obreros de la causa revolucionaria, como 茅l, diseminados por toda Europa y Am茅rica, desde las minas de Siberia hasta California.

Y puedo atreverme a decir que si pudo tener muchos adversarios, no tuvo un solo enemigo personal. Su nombre vivir谩 a trav茅s de los siglos, y con 茅l su obra.




Fuente: Lahaine.org