November 30, 2021
De parte de Nodo50
305 puntos de vista


No me gusta escribir cuando estoy muy seguro de algo. Prefiero escribir desde la incertidumbre, cuando creo que hay alguna variable que se me escapa. Escribir desde la certeza es aburrido. Requiere una fuerza de voluntad que yo no tengo. Yo prefiero compartir dudas, no porque espere que alguien me las resuelva, sino porque, al compartirlas, les doy cuerpo, las organizo. Y una duda organizada es imbatible. Como el chuletón al punto del presidente del gobierno. Una duda organizada es un ejército más poderoso que cualquier certeza blindada disparando pelotas de dogmatismo. Lo bien que nos iría si las fuerzas y cuerpos de seguridad del Estado fueran cuerpos de inseguridad e incertidumbre.

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No estoy seguro de que los trabajadores de la Bahía de Cádiz y el Campo de Gibraltar hayan salido ganando con el acuerdo entre la empresa y los sindicatos. Nunca estoy seguro en casos como este, cuando lo que está en juego es la supervivencia de unos modos de vida amenazados por la desregulación de los mercados, por el desmantelamiento teledirigido de sectores productivos en función de decisiones macroeconómicas que implican, siempre, altos niveles de improvisación, codicia, pensamiento mágico y autoritarismo tecnocrático. Disculpen la longitud de la frase, pero hay dramas sociales que no admiten la brevedad. La repelen. Son epopeyas, no microrrelatos. Las epopeyas de las grandes campañas militares contra la clase trabajadora en los últimos cuarenta años tienen todas, todas, la misma estructura narrativa, y no por eso somos capaces de reconocerla cuando la volvemos a ver, repetida, con otros actores y en otros escenarios. Ya sea en Cádiz, en Sagunt, en Reinosa, en Cartagena, en Avilés o en Sestao, igual que en Sheffield, Manchester, Turín o Milán, la disyuntiva final siempre ha sido elegir entre la derrota sin paliativos o la derrota con paliativos. Y una derrota con paliativos, me consta, no es mala cosa. Le permite a uno comer y pagar el alquiler. Con la conciencia desdichada del que advierte que esas migajas arrancadas con tanto esfuerzo son el preludio de otras intemperies.

Hay un sindicalismo de gabinete y un sindicalismo asambleario, y los dos son necesarios, se complementan, pero también se putean y se arrastran el uno al otro por el barro. Es otra épica, y tienen que construirla sus protagonistas, no los bardos del nuevo laborismo con sus displicencias de niño pijo y sus cálculos de rentabilidad egomaníaca. No estoy seguro de que sea irrelevante que un sindicato obtenga más votos que otro, pero tampoco estoy seguro de que eso garantice que en una situación excepcional como la que se declaró en la Bahía de Cádiz las últimas semanas sea esa representatividad la única herramienta de decisión de que dispongan los trabajadores en huelga. No estoy seguro de que se pueda hacer de muchas más maneras, pero probablemente se hubiera podido intentar, y no había que esforzarse demasiado para dar voz y voto a los trabajadores eventuales, bajas colaterales de un acuerdo que recuerda mucho a aquellos que en los años ochenta y noventa del siglo XX reventaron otros conflictos, otras intifadas. Tampoco estoy seguro de que con intentarlo se hubiera conseguido algo mejor, y desde luego tengo todas las dudas del mundo acerca de la solidaridad que esta sociedad medrosa hubiera podido desplegar hacia los trabajadores gaditanos si hubieran prolongado la tensión en las calles. Porque esa solidaridad es lo que hace falta para que dejemos de tener que elegir entre dos tipos de derrota, para que ganar sea posible.

Hay un sindicalismo de gabinete y un sindicalismo asambleario, y los dos son necesarios, se complementan, pero también se putean y se arrastran el uno al otro por el barro

Tengo menos dudas acerca del papel de un gobierno progresista en estas circunstancias, y por eso, porque no dudo tanto, me da pereza escribir sobre ello. Si no me diera pereza, les diría que no es excusa que haya mandos policiales que van a su bola, como hemos leído recientemente a modo de explicación no solicitada. También les diría que un gobierno se llama así porque tiene la capacidad de gobernar, y gobernar implica poner orden donde hay desorden, no donde a uno le molesta que haya descontento. El descontento es una manifestación de la injusticia, pero rara vez es la causa de esta. Si se actúa sobre el descontento dejando intacta la injustica, solamente se lo está aplazando o invitando a otros a canalizarlo y aprovecharse de él, como está ocurriendo en el resto de Europa. No estamos tan lejos de Hungría, Polonia o (¡ay!) Francia.

Prefiero escribir, con toda la inseguridad del mundo, sobre esos trabajadores a los que han perseguido y golpeado en las calles de Cádiz que sobre las autoridades que han usado contra ellos tácticas militares. Como si fueran enemigos o terroristas, y no víctimas. No tengo ninguna duda de que esos trabajadores, y sus hijos e hijas, sabrán identificar a quien estuvo de su parte y a quienes se les pusieron enfrente. Probablemente discutan durante años si este fue un buen acuerdo, si había alternativas: en Reinosa, en Avilés, en Sheffield y en Milán aún se sigue discutiendo. Lo que no discutirán, porque lo tendrán muy claro, dolorosamente claro, es que el gobierno que les convirtió en blanco de disparos y porrazos no era de los suyos. Hay muy poco que dudar al respecto.

No me gusta escribir cuando estoy muy seguro de algo. Prefiero escribir desde la incertidumbre, cuando creo que hay alguna variable que se me escapa. Escribir desde la certeza es aburrido. Requiere una fuerza de voluntad que yo no tengo. Yo prefiero compartir dudas, no porque espere que alguien me las…

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Fuente: Ctxt.es