May 11, 2022
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
300 puntos de vista

Pegatina del movimiento pacifista de finales de la década de 1970 (Archivo de la Asamblea Antimilitarista de Madrid)

Josemi Lorenzo Arribas

Asamblea Antimilitarista de Madrid

A las antimilitaristas se nos revuelven las tripas cada vez que oímos “paz” en las declaraciones de Margarita Robles o de Pedro Sánchez, ministra de Defensa y presidente del gobierno español, respectivamente, o de Josep Borrell, Alto representante de la Unión para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, los tres del PSOE. Se nos revuelven cada vez que el Gobierno se pronuncia y une “Paz” y armamentismo. Se proclaman pacifistas en la misma frase en la que justifican que, por eso mismo, enviarán armas a Ucrania. Las lanzagranadas contracarro, munición y ametralladoras ligeras, además de otras armas, enviadas por España son, en palabras institucionales de Sánchez ayer, desde Kiev, la prueba de que “España se desvivirá por el restablecimiento de la paz”. Además de las millonarias aportaciones que los estados europeos han realizado por su cuenta, los 1.500 millones de euros que se han enviado a Ucrania solo en armamento provienen del llamado Fondo Europeo de Apoyo a la Paz. Pues ¡menos mal que no hay uno dedicado a apoyar las guerras!

Ojalá nadie trabaje tan incansablemente por la paz “desde la otra trinchera”, porque, con pacifistas así, ¿qué espacio le queda al militarismo? En otras palabras, si tales personajes son “pacifistas” y nosotras estamos en las antípodas, ¿qué somos? La importancia de nombrar las realidades en política es obvia. Emplear un concepto u otro implica sacar o meter algo del foco, o incluso parodiarlo, o si no que se lo pregunten al PP con ese esperpento de la “violencia intrafamiliar”. Con las cuestiones atañentes a la paz se viene haciendo guerrilla de información desde las instituciones durante decenios. Dicen “Paz” y nos echamos a temblar.

Lo decíamos en otro artículo: todas las guerras se lideran desde los respectivos ministerios de Defensa de los países que las comienzan. Indefectiblemente. Del mismo modo, todos los ejércitos cuando combaten, es decir, cuando hacen aquello para lo que existen, producen “crímenes contra la humanidad” y cualificadamente contra las mujeres del bando contrario. Todos y siempre.

Comentábamos en pleno confinamiento ejemplos de oxímoros. Casi todos eran sintagmas compuestos de sustantivo y adjetivo, alguno sumaba más palabras. En este caso, basta un solo sustantivo para construirlo, y de solo tres letras en nuestro idioma: paz. Sin más, un oxímoron en sí mismo según quien lo pronuncie o escriba, si lo dice con mayúsculas o minúsculas. Pensemos que el Premio Nobel de la Paz se le ha otorgado a “pacifistas” tan conspicuos como Jimmy Carter (2002), Al Gore (2007) o Barack Obama (2009). Recordemos los “25 años de Paz” con la que Franco celebró “el fin de la guerra”. No es necesario insistir demasiado en ello, ahora que el neofranquismo, o franquismo a secas, se ha quitado la careta e impide por todos los medios enterrar a los muertos de aquella guerra como los humanos debemos hacerlo. Difícil paz la de 1964. Veremos si en dos años no proponen celebrar el sexagésimo aniversario de esos funestos 25 tan poco pacíficos. Difícil paz para quienes conviven con el dolor de tener a familiares en cualquier cuneta. Del mismo modo hablamos de acuerdos de paz cuando en realidad queremos decir acuerdos de (fin de una) guerra. No es lo mismo. Pero ojalá que el militarismo fuese solo patrimonio de franquistas y derechistas. Ojalá. Sin entrar en las diferencias conceptuales y de tradición entre antimilitarismo y pacifismo, ambas son adscripciones que inquietan a un lado y a otro, imbuidos los extremos y los centros tantas veces de la misma épica. Por la parte de la derecha es obvio y hasta entendible; por la otra, desagrada a quienes piensan que hay guerras justas o añoran la de clases, o a quienes justifican el fin a costa de los medios.

La paz no es ausencia de guerra. Este enunciado negativo es una de las máximas del antimilitarismo, del pacifismo si se quiere. En Afganistán no hay paz, aunque terminó la guerra. En la frontera sur europea estamos en guerra (con un solo contendiente armado a las órdenes de Grande-Marlaska y miles de víctimas desnudas e indefensas), si bien todos los países que “mantienen” tales fronteras presuntamente estamos en Paz.

No todas las antimilitaristas se han reclamado siempre pacifistas, aunque esa doble condición haya sido la opción, diría yo, mayoritaria entre el antimilitarismo español que nació con los estertores del franquismo y reclamó tal condición. No es cuestión de expedir carnés de nada, pero sí creo que es legítimo que quienes así nos nombramos y llevamos años transitando por esta complicada e incomprendida senda, opinemos y algo podamos decir sobre qué es pacifismo. Del mismo modo, considero que toda esta patulea militarista de señoras, señores y señoros del PSOE post-Suresnes dejan en mal lugar la tradición, en muchos casos abiertamente pacifista, que históricamente tuvo el socialismo español.

Somos insultables

Así las cosas, ¿somos entonces pacifistas los antimilitaristas? Y si lo fuéramos, ¿esta gente que defiende que más armas contribuyen a la Paz, qué son? Javier Cercas nos saca de dudas en un artículo publicado este mismo mes titulado No pasarán. Acusa a quienes nos oponemos al envío de armamento de “pacifistas de chiquipark” y de matar a más gente que Rambo. Si lo dice Cercas, con sutileza virtuosa y trazo fino, nos queda una esperanza para seguir siendo, además de antimilitaristas, pacifistas, siquiera de esa manera tan graciosa. Estamos, señor Cercas, muy acostumbradas a que nos ridiculicen. Políticos, jueces y opinadores como usted lo hicieron sistemáticamente con los insumisos que contribuyeron a acabar con el Servicio Militar Obligatorio durante años. Lo hace Putin, con quienes se oponen a la guerra. Lo hace Zelenski con los varones que no quieren empuñar las armas. Lo hace el New York Times. Sin ningún coste; siempre sale gratis. Somos insultables: o matamos más que nadie o somos ni-nis. Y todo a la vez. Cierto es que cuando periódicamente escuchamos los mismos cuentos es que parte del mensaje que propugnamos ha emergido un poco y le escuece a alguien. Si no, ni se nos nombra, por si acaso. No conviene abrir grietas en la fidelidad militarista.

Lejos de la sesuda geopolítica que practican los gobernantes y replican los palmeros, los poetas parecen seres más adecuados para ponderar el significado de las palabras y contarnos ese quid de las mismas que a veces se nos escapa. En “Oda a la pacificación” Mario Benedetti escu(l)pió unos versos que, uno por uno de los nueve, parecen escritos ayer, pensando en Ucrania:

No sé hasta dónde irán los pacificadores con su ruido metálico de paz

pero hay ciertos corredores de seguros que ya colocan pólizas contra la pacificación

y hay quienes reclaman la pena del garrote para los que no quieren ser pacificados

cuando los pacificadores apuntan por supuesto tiran a pacificar

y a veces hasta pacifican dos pájaros de un tiro

es claro que siempre hay algún necio que se niega a ser pacificado por la espalda

o algún estúpido que resiste la pacificación a fuego lento

en realidad somos un país tan peculiar

que quien pacifique a los pacificadores un buen pacificador será[1].

Digan “pacificación”, pues, cuando prostituyen cada día la palabra “paz”. Y déjennos en ella que, como bien sabemos, es distinto de decir que no nos dejen en guerra. Porque paz y guerra, simplemente, no se sitúan en el mismo nivel semántico.

El resumen de todo este texto lo expresó magistralmente Gloria Fuertes en una gloriería de tan solo dos versos:

El pacifismo se nos ha quedado antiguo.

Ahora somos antimilitaristas[2].

[1] En Letras de emergencia (1973).

[2] El micropoema se titula “Medito”, y fue recogido póstumamente en el volumen Glorierías (para que os enteréis). Madrid: Ediciones Torremozas, 2001, p. 48.

Enganxina
Pegatina movimiento pacifista finales década 1970

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Fuente: Grupotortuga.com