April 19, 2021
De parte de Nodo50
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Nuestra sociedad se ha beneficiado enormemente de los grandes avances científicos y tecnológicos de los últimos tiempos. Sin embargo, la forma en la que se ha realizado la globalización ha abierto la ventana a grandes amenazas que complican aún más la resolución de problemas que necesitan ser solucionados urgentemente. Uno de ellos ha sido la burbuja del bitcoin. En los últimos años, hemos sido testigos de cómo una moneda inútil e inservible ha sido el centro de un delirio colectivo que puede acabar en un desastre si los gobiernos no le ponen freno. Como siempre, los gobiernos y “Papá Estado” deberán solucionar estos excesos antes de que sea demasiado tarde.

De hecho, ya lo están haciendo. No es casualidad tampoco el tono duro, pero elocuente de la secretaria del Tesoro de Estados Unidos, Janet Yellen, al referirse a muchos de los lados obscuros del bitcoin. En unas declaraciones del pasado febrero, Yellen puso en duda la capacidad del bitcoin “como mecanismo de transacción”, se refirió a “su funcionamiento ilícito” y mostró preocupación por ser “una forma extremadamente ineficiente de realizar transacciones” a la vez que señaló que “la cantidad de energía que se consume en el procesamiento de esas transacciones es asombrosa”.

La irrupción del bitcoin se puede explicar por varias causas, pero como es ya norma en nuestra era, es un resultado bastante lógico de una sociedad que en buena medida no es consciente de muchos de sus problemas. Las ideas neoliberales han ido cada vez calando más durante estas últimas décadas en beneficio de las élites. En cierta manera, se suele decir con acierto (aunque con algún matiz) que estas medidas han tenido éxito para fragmentarnos aún más, poniendo de moda también reacciones marcianas ya no solo a la derecha, sino también a la izquierda.

Es un resultado frustrante. Ya no solo porque los problemas siguen sin solución, sino porque se abre la caja de pandora. Tal es el caso de la extrema derecha. En este sentido, el caso de Europa es increíble, a pesar del fuerte consenso antifascista que se instauró después de la Segunda Guerra Mundial. Es verdad que este fascismo no es lo mismo, pero las rimas son demasiado ruidosas. Por otro lado, lo que ha vivido Estados Unidos fue algo demasiado fuerte, como entrar de lleno en una auténtica distopía cutre. Los errores del Partido Demócrata llevaron a un tipo como Trump a la Casa Blanca. No importa ya que estos líderes agraven los problemas de la sociedad, porque a la vez que prolifera el ruido y la desinformación, los hechos y las explicaciones teóricas coherentes nada importan. Pensemos en Trump por un momento. En un millonario corrupto que se presentó como un antisistema.

Evidentemente, una vez alcanzado el poder se dedicó a hacer aún más ricos a los milmillonarios y a desmantelar los tímidos (pero certeros) avances conseguidos por administraciones demócratas y republicanos moderados. Para terminar su “estelar” mandato, llevó la pandemia de forma desastrosa y mató (sabiendo lo que hacía) a decenas de miles de personas. Pese a ello, consiguió 74 millones de votos en una campaña electoral que quedará para los anales de la infamia.

Con los apologistas del bitcoin pasa algo parecido. Muchos ven en los gobiernos el origen de todos sus males. Se ha instaurado una “gobierno fobia” y una adulación irracional hacia monstruos corporativos

Con los apologistas del bitcoin pasa algo parecido. Muchos ven en los gobiernos el origen de todos sus males. Se ha instaurado una “gobierno fobia” y una adulación irracional hacia monstruos corporativos. Desgraciadamente, es bastante popular pensar que es posible construir una sociedad mejor si abrazamos a grandes tiranías privadas. Es un sinsentido mostrar interés hacia algo horrendo que ha sido calificado con acierto recientemente por Yanis Varoufakis como tecno-feudalismo.

Las intenciones pueden ser nobles: promocionar las libertades individuales, la descentralización o incluso la democracia. Mucha gente va más allá y pretende solucionar el hambre en el mundo y los grandes niveles de desigualdad. No obstante, el resultado de estas nobles intenciones es completamente suicida. Cualquier solución que pase por transferir el poder a multinacionales va a originar un mundo definitivamente peor en prejuicio de las libertades del individuo. Es un fallo bastante grave de concepto, que tiene también su origen en una malinterpretación de los ideales del liberalismo y de los principios democráticos. Es cierto que el Estado puede cruzar con frecuencia líneas rojas, vulnerando las libertades de su propio pueblo, pero en muchas ocasiones evita que se vulneren. Si te cargas la función de control del Estado, lo que estás haciendo es dar mucha más posibilidad a las empresas privadas a que no respeten los derechos de la ciudadanía.

Nos puede gustar más o menos el statu quo, pero hay que ser siempre consciente del mundo en el que vivimos. En un sistema económico como el nuestro, si el poder de los gobiernos disminuye, irremediablemente todo pasa a manos privadas. De esta manera, no hay nadie que ponga límite a la avaricia de grandes grupos corporativos. Otra cuestión es que fuera de lo público, la sociedad tenga la capacidad de organizarse y de crear alternativas democráticas como puede ser el caso de las cooperativas o medios de comunicación alternativos. En cualquier caso, estas iniciativas tienen que tener siempre per se un objetivo social y brindar un servicio a la ciudadanía con estándares éticos.

Después de la Segunda Guerra Mundial, buena parte de la derecha comprendió que había que respetar lo público. Había un consenso más o menos positivo entre izquierda y derecha que facilitó la adopción de políticas socialdemócratas durante los años de posguerra. Los avances se conseguían gracias a una intervención masiva del Estado en la economía que permitió la construcción de potentes Estado del bienestar del que se vería beneficiado la mayoría de la ciudadanía. Por ejemplo, la sanidad pública o la educación pública nunca habría sido posible si el Estado hubiera dado plena libertad a las empresas privadas para controlar estos servicios que deben ser irremediablemente públicos.

La desvinculación del Estado en la economía no solo empeora los servicios públicos, sino que es un acto intrínsecamente antidemocrático. El bitcoin no solo tiene la capacidad de despojar de poder al Estado para dárselo a unas pequeñas manos avariciosas, sino que también tiene la capacidad de socavar aún más la democracia y no dar la capacidad a la ciudadanía de cambiar las cosas. Imaginase un mundo sin gobierno donde el poder corporativo ya sea absoluto, ¿qué margen de maniobra tiene la ciudadanía para influir en una empresa como Tesla? La capacidad para cambiar las cosas tendrá que ver con el dinero que tengas y la capacidad para poder distorsionar a un mercado que es rematadamente opresivo. Es evidente que se trata de una involución que camina en contra del propio liberalismo y la democracia. ¿No habíamos asumido eso de que una persona, un voto?

Imaginase un mundo sin gobierno donde el poder corporativo ya sea absoluto, ¿qué margen de maniobra tiene la ciudadanía para influir en una empresa como Tesla?

Si razonamos desde un planteamiento liberal (no marciano) llegamos a esta conclusión. En realidad, es muy sencillo, aunque haya que hacer esfuerzos hercúleos para derribar toda la propaganda que con tanto gusto se prolifera mediante las instituciones de poder. La derecha se ha apropiado del “liberalismo” para defender auténticos disparates. Quizá no sorprende. Si no han tenido reparos al intentar adueñarse de George Orwell, cómo no iban a tergiversar el liberalismo. No es ninguna casualidad.

En Estados Unidos vemos un ejemplo aún más aberrante cuando libertario significa ya otra cosa completamente diferente. Ser libertario en España sigue significando mayoritariamente ser anarquista, aunque puede que esta batalla también la perdamos. Hemos visto en los últimos tiempos a economistas, como Juan Ramón Rallo, que no tienen ningún reparo intelectual en declararse liberal y libertario a la vez. Quizá no debería sorprendernos tanto. Cada vez estamos más familiarizados con discursos que solo muestran una solo verdad y que no proponen nada. Discursos que solo se nutren de las contradicciones de tu adversario político y que aprovechan (interesadamente) las deficiencias del Estado para crear una ideología con un fuerte carácter autodestructivo.

Si prestamos atención a lo que proponen, descubriremos también un maravilloso mundo de negacionistas y de pensadores que van en contra del progreso. No se suele comentar mucho y quizá la izquierda erre en no recordarlo más, pero el derecho internacional deja en evidencia muchas de estas ideas. Solo hace falta atender al artículo 3 del Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (1966) que dice:
“Los Estados Partes en el presente Pacto se comprometen a asegurar a los hombres y a las mujeres igual título a gozar de todos los derechos económicos, sociales y culturales enunciados en el presente Pacto”.

El bitcoin tiene la capacidad de crear grandes problemas, pero pensemos ahora qué aporta. Tal como dice siempre Paul Krugman “todavía no he oído una respuesta clara a esa pregunta”. La cuestión es que el bitcoin y las criptomonedas aportan sobre todo un retroceso muy bien resumido en estas palabras de Krugman:
“Primero había monedas de oro y plata, que eran pesadas, requerían mucha seguridad y consumían muchos recursos durante su proceso de producción. Luego llegaron los billetes respaldados por reservas bancarias. Estos eran populares porque eran mucho más fáciles de manejar que las bolsas de monedas y redujeron la necesidad de metales preciosos físicos […] Aun así́, el sistema seguía requiriendo cantidades sustanciales de dinero en metálico. Pero la banca central, la que permite que los bancos privados mantengan sus reservas como depósitos en un ente central en lugar de enormes volúmenes de oro o plata, redujo en gran medida esta necesidad, y el cambio al dinero fiduciario lo eliminó casi por completo. Mientras tanto, las personas gradualmente se alejaron de las transacciones en efectivo: primero hacia los pagos con cheque, luego hacia las tarjetas de crédito y débito, y ahora hacia otros medios digitales.

En contraste con esta historia, el entusiasmo por las criptomonedas parece muy extraño porque va exactamente en la dirección opuesta a la tendencia a largo plazo. En lugar de transacciones casi sin fricción, tenemos altos costos de hacer negocios, porque la transferencia de un bitcoin u otra unidad de criptomonedas requiere proporcionar un historial completo de las transacciones pasadas. En lugar de dinero creado por el clic de un ratón, tenemos dinero que debe extraerse, creado a través de cálculos intensivos en recursos”.

Los partidarios del bitcoin han dado constantemente respuestas poco convincentes cuando se entra de lleno en el debate. En primer lugar, hacen un alegato en favor de la descentralización, sin caer en la cuenta que adoptar un sistema como esta potenciaría enormemente la desigualdad. Esto se ve si se echa un vistazo al índice de Gini. El índice de Gini es una forma rápida de medir la desigualdad, quizá un tanto grosera, pero efectiva a la hora de hacerse una idea. Resumamos: si el índice es 0 es una sociedad completamente igualitaria, si es 1 la riqueza está concentrada en solo una persona. Pues bien, durante estos últimos años se ha llegado a hablar de que el bitcoin tiene un índice de Gini que supera el 0,8. Una auténtica locura. La pregunta que aflora es: ¿qué sentido tiene hablar de descentralización si al final tu sistema económico provoca desigualdades completamente desorbitadas?

La siguiente respuesta que solemos escuchar es que nuestro malvado sistema monetario genera de vez en cuando inflaciones masivas. Muchas veces estas inflaciones se generan para solucionar grandes problemas de endeudamiento y es verdad que puede originar grandes males a la ciudadanía. Sin embargo, la solución que da el bitcoin es poco convincente. Durante los últimos años, hemos visto que el precio del bitcoin se ha multiplicado de precio varias veces. La moneda ha sido víctima de la especulación y no se ha caracterizado por su estabilidad. Basta con comparar el bitcoin con el dólar o el euro. ¿Por qué razón vamos a querer guardar dinero con semejantes niveles de incertidumbre?

En el caso de que los partidarios del bitcoin tengan razón y que se siga con esta tendencia a desplazar a las monedas tradicionales, nuestro futuro posiblemente no sea demasiado bonito

También se olvida mencionar que muchas veces los problemas de endeudamiento de los países tienen una fácil solución que pueden garantizar el bien común. Un ejemplo evidente es que la gente que más tiene debe compartir su riqueza por el bien de todos. El miedo a sufrir un período inflacionista puede solucionarse fácilmente si en los momentos en los que el Estado se ve obligado a gastar de más es solucionado con la recaudación de impuestos de la gente que más tiene. Parece poco verosímil que los problemas se van a solucionar cuando los inversores utilizan este tipo de burbujas para forrarse.

En el caso de que los partidarios del bitcoin tengan razón y que se siga con esta tendencia a desplazar a las monedas tradicionales, nuestro futuro posiblemente no sea demasiado bonito. El Estado tendría cada vez menos capacidad para recaudar impuestos y por tanto nuestro sistema del bienestar sufriría consecuencias desastrosas.

De igual forma la descentralización y la huida de la malvada injerencia del Estado, provoca que el minado de bitcoin se desarrolle en países que no se destacan por ser grandes democracias y donde las consecuencias de esta práctica pueden ser verdaderamente traumática para los pueblos más pobres. Prolifera también una especie de mito que preconiza que esto se trata de salvar de la pobreza a mucha gente. Más bien lo contrario. Tal como dice Nouriel Roubini, “no se trata de la democracia y la descentralización, se trata de la codicia”.

Por otro lado, existe un problema muy serio con la delincuencia. Puede ser que en muchas ocasiones haya sido exagerado, pero no es un asunto menor. Las desregulaciones provocan que muchos criminales vean una gran oportunidad para asaltar estos terrenos. Poco a poco es verdad que el Estado está consiguiendo rastrear estos delitos y puede explicar por qué está tendencia se está revirtiendo, pero de nuevo se vuelve a comprobar que sin una completa involucración del Estado, las consecuencias son claramente dañinas para el conjunto de la ciudadanía. Tampoco es casual que Janet Yellen no haya pasado por alto este problema.

Las grandes “ventajas” de esta denominada descentralización y la falta de regulación adecuada están ayudando también a aumentar el riesgo de catástrofe medioambiental. El asunto es bastante serio. Es tan seria la preocupación que hasta el propio Bill Gates ha levantado la voz de alerta. El problema es en realidad bastante simple. El bitcoin requiere grandes cantidades de energía. La especulación y la burbuja que estamos viviendo convierten estas cantidades de energía en inmensas. A primera vista, puede parecer ridículo, pero no lo es. Es una tarea muy difícil medir el consumo de energía y lo es mucho más estimar las emisiones de dióxido de carbono. Pero para que se hagan una idea, hay estimaciones que hablan de que actualmente el consumo de energía puede ser más alto que el de Argentina.

Gastar tantos recursos para conseguir algo inútil (como diría Krugman) no solo es dañino por su falta de sostenibilidad. Es también, una amenaza muy seria para la lucha contra la crisis climática. Hay que recordar que la humanidad va camino a la destrucción si durante estos años no se toman las medidas suficientemente ambiciosas.

Sobre este punto, el caso de China es muy representativo. Actualmente una parte muy considerable del minado de bitcoin se produce en China (≈70%). El gigante asiático es actualmente el principal emisor de dióxido de carbono del mundo debido sobre todo a que el país utiliza fuentes de carbón para producir energía. El problema es que, si el consumo de energía se dispara, esta energía se va a producir de una forma bastante sucia retrasando cualquier esfuerzo que se haga para luchar contra la crisis climática. Lo que muchos llaman descentralización produce también una nueva amenaza que debe ser afrontada urgentemente. Un estudio reciente de la Universidad Tsinghua en Pekín, advierte que en el año 2024 el consumo de energía del bitcoin en China podría exceder el nivel de Italia o Arabia Saudí.

El peligro de nuevo es bastante alto y la solución pasa por dos caminos: o una regulación adecuada o medidas más drásticas que busquen su eliminación, tal como ha propuesto en alguna ocasión liberales más sensatos como Joseph Stiglitz.

De todos modos, el futuro es impredecible. Es posible también que no veamos ni su eliminación completa ni un éxito que desplace a nuestro sistema actual. Es probable que al final quede en una especie de oro virtual utilizado también por manos avariciosas para refugiarse de las regulaciones del gobierno. En este caso, la pregunta que nos deberíamos hacer es un poco larga:¿Ha merecido la pena haber malgastado cantidades inmensas de energía para crear un bien no material, contaminante, que ha atraído a grandes especuladores y vendehúmos —véase el ejemplo de Elon Musk— y que también ha entorpecido la lucha contra la delincuencia, el mercado negro, socavando los esfuerzos del gobierno para un control de los impuestos que mejoren tanto nuestros servicios públicos, como el funcionamiento de nuestra democracia?

Tengo fe en que cualquier persona razonable se de cuenta dé que no ha merecido la pena.




Fuente: Elsaltodiario.com