November 16, 2022
De parte de Nodo50
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Simpatizantes de Bolsonaro en Castelo Branco. REUTERS / AMANDA PEROBELLI

Es jueves 3 de noviembre y han pasado cuatro d铆as desde que Luis In谩cio Lula da SIlva gan贸 las elecciones en Brasil. Estamos en Rondonia, en la zona sur de la regi贸n amaz贸nica, un lugar donde d茅cadas de deforestaci贸n, robo de tierras p煤blicas, miner铆a ilegal y una pol铆tica agresiva para favorecer a la ganader铆a y el monocultivo han dejado un reguero de muertes y da帽o social y ambiental.

Estamos en la capital del Estado, Porto Velho, y queremos ir a Nova California, la 煤ltima ciudad de Rondonia, antes de llegar al vecino Estado de Acre. Las noticias son inciertas pero se rumorea que, como en otras partes de Brasil, simpatizantes de Bolsonaro han montado bloqueos a lo largo de la carretera. Las diferentes protestas no parecen ser parte de un movimiento bien organizado, pero sus participantes coinciden en no aceptar la victoria de Lula y en pedir una intervenci贸n militar. En el caso de Rondonia, donde siete de cada diez votantes apoyaron a Bolsonaro en la 煤ltima elecci贸n, es probable que muchos simpatizantes de los bloqueos sean personas que viven de la venta ilegal de madera o de la miner铆a irregular.

El sol todav铆a no est谩 muy alto cuando salimos de la ciudad hacia Nova California. Para llegar all铆 tenemos que recorrer 360 kil贸metros de la BR-364, una larga carretera que cruza el pa铆s en diagonal, desde S茫o Paulo hasta la frontera con Per煤, y donde largos tramos asfaltados se alternan con zonas donde la carretera es de tierra. 

A un lado y a otro, plantaciones de soja y tierras de pasto se extienden hasta el horizonte. En las zonas ganaderas donde ha quedado en pie alguna palmera, las vacas se agolpan debajo de ella buscando la sombra. Tan solo muy de vez en cuando peque帽os trozos de floresta nativa amenizan la vista. 

Lejos de la exuberancia de colores que se ve en otras zonas de la Amazonia, los 煤nicos p谩jaros que se ven por aqu铆 son los urubus, unos enormes buitres negros que existen en todo Brasil y que abundan en basureros y zonas degradadas.

Una hora despu茅s de salir de Porto Velho, nos encontramos con el primer bloqueo. Una veintena de personas con camisetas de la selecci贸n de f煤tbol y banderas de Brasil charlan frente a un cami贸n atravesado en la carretera. A un lado, varios hombres asan trozos de carne en una parrilla. 鈥漇i hace falta traer seis o siete bueyes m谩s, se traen sin problemas鈥, se jacta uno de los manifestantes de amarillo.

Se forma una peque帽a fila de diez o quince veh铆culos por el bloqueo. Salimos del coche y conversamos con otras personas bajo el intenso sol ecuatorial. Se comenta que la previsi贸n es que nos dejen pasar dentro de unos veinte minutos. Despu茅s volver谩n a cortar la carretera otro rato y as铆 sucesivamente durante todo el d铆a. 

Los 谩nimos de las personas en el atasco son tranquilos. A nadie le ha pillado por sorpresa el bloqueo y hay un cierto aire de resignaci贸n. Un vendedor pasea entre los coches parados con una caja de gomaespuma en un carrito con helados de polo caseros. A la hora se帽alada, el cami贸n deja libre la carretera y seguimos camino. Circulamos durante un buen rato sin sobresaltos. Hay peque帽as poblaciones cada treinta o cuarenta kil贸metros. Son apenas unas pocas casas de madera al lado de la carretera, con algunas iglesias evang茅licas y uno o dos bares.

M谩s adelante, nos encontramos con cientos de 谩rboles secos. Est谩n muertos pero siguen todav铆a en pie, el cad谩ver de una antigua floresta. Esta zona se inund贸 accidentalmente hace diez a帽os, cuando se construy贸 la central hidroel茅ctrica de Jirau en el r铆o Madeira, el afluente m谩s caudaloso del r铆o Amazonas y que pasa por aqu铆 cerca. La de Jirau es una de las cerca de treinta grandes presas en la Amazonia brasile帽a que generan energ铆a para todo el pa铆s. Y, como en otros casos, su construcci贸n gener贸 desplazamientos de poblaciones locales y grandes da帽os ambientales.

En Vistalegre do Abun茫 nos encontramos con un nuevo bloqueo. Esta vez, la carretera no est谩 cortada por un cami贸n, sino por un enorme tronco de madera que alg煤n d铆a perteneci贸 a un majestuoso 谩rbol. Los pocos manifestantes que hay comen carne mientras en un altavoz gigante suena el himno de Brasil. Nos preguntamos cu谩ntas personas all铆 estar谩n armadas, justo en el momento en el que un manifestante pasa por nuestro lado, saca una pistola de la guantera de un coche y se la enfunda en el pantal贸n. Cuando finalmente nos dejan pasar, media hora m谩s tarde, respiramos aliviados.

A medio d铆a llegamos a Nova California. A la entrada de la ciudad hay un enorme bloqueo, el m谩s grande que hemos visto hasta el momento. Unos diez o quince camiones est谩n parados al lado de la carretera, que est谩 interrumpida por un enorme tronco de 谩rbol y varios kilos de tierra. No est谩n dejando pasar a nadie, pero por suerte nuestro alojamiento est谩 unos metros antes de llegar al bloqueo.

En Nova California nos hospedamos en una especie de motel regentado por un polic铆a militar. 鈥溌縎ois petistas?鈥, nos pregunta a bocajarro nada m谩s llegar. Est谩 claro que los simpatizantes del Partido de los Trabajadores de Lula no son bienvenidos aqu铆. Pero a pesar de la hostilidad inicial, nuestro casero pronto se muestra como una persona tranquila y habladora. Dice que su familia est谩 apoyando la protesta y que 茅l tambi茅n ir铆a, pero al ser polic铆a tiene prohibido manifestarse.

Nos acercamos al pueblo a pie para buscar un sitio donde comer. Los manifestantes nos observan con desconfianza, pero responden a nuestros saludos y nos dejan pasar sin hacernos preguntas. En el bar, varios grupos de hombres beben cerveza y siguen en la televisi贸n las noticias sobre los bloqueos en Brasil.

A lo largo de la tarde van llegando rumores de que la Polic铆a Rodoviaria Federal est谩 desmontando los bloqueos en la BR-364. Van uno a uno desde Porto Velho, as铆 que se espera que lleguen aqu铆 al final del d铆a.

Hablamos con un camionero que viene desde Minas Gerais, a m谩s de tres mil kil贸metros de all铆. Lleva varios d铆as en la carretera y est谩 a tan solo dos horas de su destino: Rio Branco, capital del Estado de Acre. Es simpatizante de Bolsonaro pero la protesta no le hace ninguna gracia. Quiere entregar su carga y volver a casa, en el Estado de Sao Paulo. Por el camino intentar谩 cargar el cami贸n de nuevo, pero dice que en esta zona no vale la pena: 鈥淎qu铆 solo quieren cargar madera, y hay verg眉enzas que uno solo debe pasar una vez en la vida鈥 Y esa yo ya la pas茅鈥. Cuenta que una vez lo pararon con madera de origen ilegal. Le retuvieron el cami贸n durante veinte d铆as y tuvo que pagar una multa.

Cae la noche y en el horizonte se empiezan a ver las luces de las sirenas de los coches de polic铆a. Al principio son solo un par de veh铆culos, pero algunos minutos m谩s tarde aparecen muchos m谩s. Tambi茅n llegan unidades del Ej茅rcito, con militares armados con fusiles. 

Todo el pueblo se asoma a la carretera: hombres, mujeres, adolescentes y ni帽os y ni帽as peque帽as. Cerca del bloqueo, las fuerzas del orden hablan con los manifestantes. No hay altercados ni una palabra m谩s alta que otra, y el ambiente es distendido. Los militares sacan unas palas y comienzan a quitar la tierra de la carretera. 

Poco a poco la gente empieza a abandonar el local. Al d铆a siguiente, cuando nos asomamos a la carretera, apenas quedan restos del bloqueo. Las manifestaciones pr谩cticamente han acabado en todo el pa铆s y ahora solo falta esperar a que el 1 de enero Lula asuma la presidencia de un pa铆s dividido.




Fuente: Lamarea.com