October 9, 2021
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
333 puntos de vista


Raúl Bocanegra

–Esto no es un ojo. Es una máscara para que yo parezca normal, dice Óscar Alpuente, que tiene un ojo izquierdo de pega.

–El impacto de la pelota revienta el globo ocular, abunda Carles Guillot, que lleva un parche negro, al estilo pirata, sobre su ojo derecho. Después, no se ve lo mismo. Ves en dos dimensiones. La distancia yo no la veo. Por ejemplo, al poner agua en un vaso, si no pones el cuello de la jarra sobre el vaso, igual el vaso está aquí y echas el agua allí. Por más que se amplíe, el cerebro busca campo de visión, pero no. Estoy harto de darme golpes, agrega con dosis de humor.

–Es como si cerraras un ojo. A los 4 meses, el cerebro se acostumbra, los efectos de las sombras te las pone, pero es cierto que al echar agua, primero tengo que tocar el vaso, dice Alpuente.

–A nivel cotidiano son cosas así, molestias. Pero luego hay una parte psicológica de cómo tú te ves, cuando te miras al espejo, a la hora de tener relaciones afectivas. Al final, estamos mutilados. Es la mirada, es la vista, dice Guillot.

Alpuente y Guillot conversan con Público sentados en dos sillones en la sede de la Asociación Pro Derechos Humanos de Andalucía (APDHA), en Sevilla. Ambos perdieron, cuando tenían 29 años uno de sus ojos –Alpuente el izquierdo en 2009; Guillot el derecho en 2001– debido al impacto de balas de goma utilizadas por los Mossos d’Escuadra, hoy prohibidas, después de años de lucha, en las fuerzas autonómicas de Catalunya, Euskadi y Navarra, pero aún permitidas para la Policía Nacional.

Alpuente y Guillot, junto con otros, montaron la Asociación Stop Balas de Goma con varios objetivos: prohibir su uso, cambiar el modelo policial y su lógica de intervención y modificar el discurso vigente de criminalización de la protesta. Su idea es que la reivindicación llegue al Congreso de los Diputados y para ello promueven un manifiesto al que buscan que se adhieran ONG y asociaciones de defensa de derechos humanos y todo el que quiera.

El uso de balas de goma está desaconsejado por Naciones Unidas y por el Comité contra la tortura del Consejo de Europa. “Es un arma incontrolable, no es precisa y tiene una capacidad de impacto brutal y es potencialmente letal”, afirma Alpuente. “Lo que está clarísimo es que, cuando sale la pelota de la bocacha, nadie sabe dónde va a ir a parar. Pues no puedes usar una herramienta que puede ser letal. No es como si estuvieras disparando tiros, pero la realidad es que hay muertos. En un país que se dice democrático no puedes ir a una protesta y salir mutilado”, afirma Guillot.


Óscar Alpuente y Carles Guillot, en Sevilla.

“Desde el año 2000 –según la ONG catalana Iridia-Centro de Derechos Humanos– y hasta el último caso conocido de afectación grave en 2017, se contabiliza que las balas de goma han dejado, al menos, 1 persona muerta por impacto directo –Íñigo Cabacas– y 11 personas que han perdido la visión de un ojo. Además 14 personas murieron ahogadas cuando buscaban llegar nadando a las costas de la playa del Tarajal (Ceuta), en 2014, mientras la Guardia Civil disparaba balas de goma”. Guillot y Alpuente creen que hay más e invitan a quien haya tenido miedo a denunciar a que se pongan en contacto con la asociación.

La normativa de la ONU prohíbe disparar a la cabeza, al cuello, al pecho y a la ingle, aseguran en Iridia. “Pese a esto, más de la mitad de las víctimas documentadas en el Estado español en esta investigación, 18 personas (el 69%), recibieron impactos en la zona de la cabeza y 5 en el tronco. En estos casos el perímetro ocular fue la zona más afectada, con 13 de 18 casos. De estos, 7 acabaron con una mutilación del globo ocular y 4 con pérdidas de visión”, contabiliza Iridia en el informe llamado Stop Balas de Goma.

La imagen

Guillot perdió el ojo en el año 2001. Le alcanzó una bala de goma lanzada por un policía nacional –entonces aún estaban desplegados en Catalunya–, después del desalojo de la casa okupada Kan Nyoki de Barcelona, cuando los agentes “asaltaron” otro centro social, la Casa de la Montaña. “Veníamos de una época que si te pasaba eso, era porque tú te lo habías buscado, algo estarías haciendo. Pues igual no estabas haciendo nada. Y después, da igual si estabas haciendo algo o no. Ni un contenedor ni un escaparate ni nada eso vale una vida humana como en el caso de Íñigo Cabacas, ni una mutilación. No es proporcional. Ese discurso queríamos cambiarlo. Hay una parte política y hay que decir, no, no, aquí lo que hay es una brutalidad policial, una violencia policial exagerada”, afirma.

Alpuente perdió su ojo en la celebración del triplete del Barcelona del año 2009, cuando ya se marchaba. Alguien que nada tenía que ver con él lanzó una botella de litro de cerveza a los mossos. Y la respuesta de estos, en lugar de perseguirlo, fue disparar las balas. Una de ellas le golpeó y lo dejó ko. “Me acuerdo de estar en el mercado de mi pueblo, cuando estaba con el parche, al principio del tratamiento; acababa de salir del hospital. Y una señora, ay, ¿qué te ha pasado? Pues que he podido el ojo? Ay, pobrecito. ¿Y eso? Pues la policía que me ha disparado una bala de goma. Uy, pues algo estarías haciendo. Hostia. Y me sentó fatal. Porque yo iba al coche para irme a casa”, cuenta Alpuente.

“[Perder el ojo] me cambió la perspectiva de la realidad. Yo vivía en una realidad, engañado. Creía que los políticos –prosigue Alpuente– estaban para servir a la ciudadanía, que la policía estaba para proteger a los ciudadanos y de golpe y porrazo te encuentras en la cama de un hospital, viendo cómo la policía está mintiendo en la televisión, cómo la televisión está tergiversando los hechos y sientes mucha rabia e impotencia. Y a partir de ahí, empiezas a moverte en movimientos sociales y ves muchas injusticias. Eso me cambió. Me impliqué. Al final, ves que se pueden conseguir resultados: conseguimos que se prohibieran en Catalunya las balas de goma, eso se consigue con la lucha ciudadana, colectiva”.

Guillot afirma: “Nosotros estamos en contra de todo tipo de proyectiles que usa la policía, entendemos que no tienen sentido, y menos de la manera en que se usan, sin protocolos claros y rendición de cuentas. Si me dices, vamos a poner foam, vale, yo lo que quiero es que cada uno de los policías que tiene una escopeta, tenga unas balas de foam concretas, que se sepa dónde las ha usado, cómo las ha disparado, es decir… lo mismo que sirve para fiscalizar a cualquier otro cuerpo administrativo del estado, hay que fiscalizar as actuaciones de la Policía”.

Iridia recomienda al Gobierno del Estado español que prohíba el uso de balas de goma y que se promueva la creación de “una Fiscalía especializada en violencia institucional que supervise todos los procesos que estén relacionados con la misma, incluidos los casos de balas de goma u otros proyectiles de impacto de energía cinética”. “Nuestra idea es que no haya ningún caso más. No necesitamos más, tenemos la información suficiente. Quien tiene que prohibir esto es el Congreso”, remacha Guillot.

Alpuente incide en la imagen que se da de las víctimas. “Me acuerdo de que a mi madre la invitaron a TV3 y las imágenes que iban poniendo era de gente reventando escaparates, contenedores, quemando semáforos. Claro, el mensaje que recibe la gente es: algo estarían haciendo. Esto no tiene nada que ver con dónde nosotros estamos. Y aunque yo esté haciendo eso, ¿merezco estar en la UCI debatiéndome entre la vida y la muerte? ¿Voy a perder la vida por haber quemado un contenedor? Se trata de debatir el modelo policial que hay”.

La impunidad

¿Hubo alguna consecuencia para los autores de los disparos en los casos de Guillot y Alpuente? Todo quedó en nada. Según Iridia-Centro de Derechos Humanos, “en ninguno de los 40 casos identificados entre el 2000 y el 2020 se ha condenado al autor material del disparo. Solo en un caso, el de Iñigo Cabacas, se condenó a un mando de la Ertzaintza por un delito de homicidio cometido por imprudencia grave, por no detener la carga policial”.

“En el caso de Roger Español –agrega la ONG– a pesar de tener individualizado al agente y el momento del disparo, ni los mandos, ni los agentes presentes, ni el Cuerpo Nacional de Policía identificaron al autor. Esta es una dinámica recurrente en casos de violencia policial. El Tribunal Europeo de Derechos Humanos ha llamado la atención al Estado español en 13 ocasiones por no investigar denuncias de malas praxis policiales”.

Guillot afirma con contundencia: “Durante todo este tiempo lo que se nos ha demostrado es que hay un corporativismo policial que funciona como la omertá. Aqui nadie ve nada, nadie oye nada, nadie habla de su compañero, hay un corporativismo imposible de penetrar”.

“Cuesta mucho llevar el caso adelante –afirma Alpuente–, en mi caso tenía sentado en el banquillo al mosso que me disparó; tenia un informe hecho por los mismos mossos y tenía un informe de balística de Policía Nacional, donde se demostraba que si había dos mossos y uno dispara arriba y el otro abajo, en la calle donde yo estaba me tenía que haber disparado el que disparaba para abajo. Y aún así no se pudo demostrar porque igual venía una bala de rebote de otro lado. Es casi imposible. Tuve la suerte de que me pasó delante del edifico de la bolsa, y se grabó: se ve que voy caminando, y caigo al suelo y al fondo se ven los furgones. En ese momento, un chaval que había 20 metros más adelante, lanzó una litrona contra los furgones. Nosotros nos quedamos gritando al chaval que haba lanzado la botella. Pensamos. que la Policía le iba a perseguí y lo que hicieron fue disparar contra quienes estábamos en la acera”.

“Toda esta impunidad –reflexiona Guillot– les fortalece: no va a pasar nada, da igual lo que yo haga. Cuando no es corporativismo, [resulta que] el poder judicial es cómplice”.

Público




Fuente: Grupotortuga.com