April 18, 2021
De parte de Arrezafe
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Reunidos
los excluidos. Agustín se orina en los pantalones con la misma
naturalidad de quien, ensimismado, bosteza. Rescata de su covacha una
añeja guitarra carcomida, abandonada hace tiempo a su triste suerte,
con cuyas tres cuerdas supervivientes entonamos disparatados cantos.
Sirviéndose de un viejo cuchillo mellado Agustín, más que cortar,
arranca una tajada de la carne que pende de un alambre junto a la
puerta, mientras espanta las moscas bruscamente haciendo brotar de su
cuerpo cubierto de rancias panas un chispeante tropel de pulgas,
polvos y menudencias. Sesenta y cinco años de ininterrumpido
pastoreo. Áspero e implacable, el monte talla el espíritu de sus
viejos moradores, carentes de artificios evasivos. Los perros aúllan
al son de la armónica. Con el hambre rezumando por sus narices
atentas, merodean resignados en sonámbula manada.

Seguimos
bebiendo y fumando sin mesura, inmersos ya en el abrazo frío y
oscuro de la montaña. Agustín, la mirada atónita y extraviada,
gime inesperadamente con un llanto seco y ancestral, pero no reclama más
que nuestra soberana compañía, nuestra tácita complicidad… y
otro trago. Distraída, su vieja mano de encina desplaza hacia la
nuca una boina rígida y desteñida, sufrido palimpsesto resultante
de innumerables jornadas de trabajo a la intemperie: «Que aquí –masculla
mirando hacia la aldea–, a no ser mi cabeza no hay na que rascar…
» E inocente, esboza una sonrisa amarga y generosa, sosteniendo
entre sus curtidos párpados dos enormes lágrimas que nunca caen.




Fuente: Arrezafe.blogspot.com