January 21, 2022
De parte de Briega
175 puntos de vista

Vinciane Despret es una filósofa belga conocida por sus estudios sobre las relaciones entre animales humanos y no humanos. A la salud de los muertos. Relatos de quienes quedan, es una investigación recientemente traducida al español por Pablo Méndez (Ed. Cactus, 2021), donde la autora rescata y pone a resguardo el tipo de existencia particular que tienen los muertos en la vida de los vivos, lo que estos nos hacen hacer, las geografías que delimitan, las cosmologías que instaura su (falta de) existencia. El sustento del libro son, como señala el subtítulo, los relatos de quienes quedamos después de la pérdida de un ser querido: cómo se transforman nuestras vidas, cómo se prolonga la existencia de los muertos en ellas.

La relación entre los vivos y los muertos y, especialmente, las relaciones que pueden establecer los cuerpos vivos con los cuerpos de los muertos, son de mi especial interés como psicóloga junguiana y como hija en duelo por la muerte de su madre. Me refiero a un tipo particular de dolor que siento y con el cual acompaño a otrxs a sentirlo: es el dolor por la muerte de alguien muy querido, que por eso nombro como nuestros muertos. “La gente que ha perdido hace poco a un ser querido tiene una expresión peculiar, que tal vez solo reconocen quienes han visto esa misma expresión en su propia cara”, dice Joan Didion en El año del pensamiento mágico. En esta crónica del duelo por la muerte de su marido, la escritora diferencia la muerte de un ser querido de otras muertes. Este tipo especial de dolor carece de distancia y viene por oleadas. En ese mar nos adentramos.

Pensamiento poroso vacilante o la vía del medio

“Para examinar las causas de la vida, debemos primero recurrir a la muerte”, decía el Dr. Frankenstein de Mary Shelley en 1818. Aún no se aprobaba la Ley de Anatomía, que regularía y permitiría el estudio anatómico de cadáveres que hasta entonces se hacía de manera ilegal, por la vía del tráfico de cuerpos robados de los cementerios. A quienes sacaban estos cuerpos de sus sepulturas se los llamaba resurreccionistas. Quizás, haya algo en los cuerpos que perdieron esa cualidad que llamamos “vida” y que nos pueda dar pista de la misma: quizás haya algo vivo en lo muerto, algo que resucita.

Nuestra tradición occidental, judeocristiana y cientificista, carece de un esquema de la realidad que admita un mundo inter­medio entre el mundo de los elementos sensibles y el mundo espiritual (al cual solo se accede mediante la fe religiosa). La psicología científica ha reforzado este binarismo, incluso cuando ―paradójicamente― le ha otorgado un lugar de privilegio a la realidad psíquica como separada y diferente de la física. Este binarismo shakespeariano determina que las formas de ser de los objetos son solo de dos tipos: materiales o inmateriales (ser o no ser, esa es la cuestión). O bien la cosa se trata de una existencia física, objetiva y concreta, o se trata de una existencia psíquica, subjetiva y un tanto menos real que la existencia material.

Con los muertos sucede lo mismo: o el muerto existe verdaderamente o no es más que el producto de mi imaginación, dice Despret. En la cultura dominante, la tendencia al escepticismo cínico y a la violencia contra la irracionalidad es por lejos más habitual que las creencias que admiten otras formas de presencia. Sin embargo, en su investigación la autora se resiste a esta interpretación binaria y, sin afirmar ni negar la existencia de los muertos, se dedica a ir por la vía del medio, averiguando cuáles son sus modalidades de existencia y prestando cuidada atención a las experiencias que las configuran. Este modo de seguir con el problema (como diría Haraway) es un pensar vacilando, dice Despret, un escribir dudando. En la cultura de las definiciones y las certezas, sostenernos en el vaivén podría ser un acto revolucionario que permitiera cuidar, tanto a los vivos como a los muertos.

Que Didion siga compartiendo con su marido muerto todas las cosas que durante su vida compartían a conciencia de que “lo [único] que terminó fue toda posibilidad de respuesta”, podría ser leído por algún psicólogo como un fenómeno de duelo patológico delirante; o, con más ánimo por conservar lo verdadero y lo bello de esa nueva forma de vínculo, como una prolongación de su amor. Esta nueva forma de existencia no es ni del todo inmaterial, ni del todo material; ni totalmente mágica, ni completamente escéptica: magia vacilante, presencia ausente. La experiencia del diálogo con nuestros muertos apunta directamente a otro plano de la vivencia, no solo negado sino obturado por nuestra cultura.

Esa forma especial de inteligencia que se despliega cuando perdemos a alguien muy querido, si es cuidada y sostenida ―como el equilibrista de la vía del medio―, puede cultivarse, prolongarse, amplificarse. Me hago responsable de mi sesgo profesional para situarme en este tema, que me llevó a pensar en la psicología junguiana y su comprensión tripartita del mundo como la herramienta (terapéutica y filosófica) más adecuada para el rescate de ese espacio intermedio que algunxs llamamos el mundo imaginal.

Debemos la introducción de este término a Henri Corbin, islamólogo y filósofo francés colaborador durante décadas del círculo de Éranos junto a Carl Jung. El llamado mundus imaginalis es el mundo intermedio entre lo inteligible y lo sensorial: más material que el primero, más inmaterial que el segundo. Es el mundo de la imaginación creadora. Aunque no puedo saber hasta dónde la autora fue consciente de este aspecto (y no importa demasiado), en su libro termina por hacer una muy atenta descripción de la experiencia de este lugar no-lugar.

Despret retoma el término imaginal en su texto desde la perspectiva de la antropóloga psicológica Tanya Luhrmann, quien lo utiliza para nombrar “experiencias que requieren de la imaginación, pero no son necesariamente imaginarias”. Esta autora estudia las formas de comunicación de las personas con Dios y de lo que ella llama porosidad del pensamiento o del alma. Se trata del mismo tipo de pensamiento que utilizamos para entrar en contacto con nuestros muertos: un pensamiento poroso donde la frontera entre existente/no existente se vuelve permeable permitiendo cierta forma de comunicación.

“Escribir es un instrumento para agujerear”, decía Gloria Anzaldúa en su carta a escritoras tercermundistas. Despret nos dice que quienes escribimos sabemos que “la escritura es del mismo material que el pensamiento”. Quizás la escritura sea una herramienta para hacer agujeros en el pensamiento binario, para volverlo poroso y cultivable. “Los relatos cultivan el arte de prolongar la experiencia de la presencia. Es el arte del ritmo y del pasaje entre varios mundos, el arte de hacer sentir varias voces. Vacilar, caminar por el medio, un verdadero medio, no el de una línea, sino el de líneas múltiples”.

Con el propósito de agujerear mi pensamiento, remover su tierra y hacer lugar a mi madre, relataré a continuación dos experiencias muy cercanas a su muerte que pueden echar luz, o tierra, al asunto.

Los gestos

“La muerte es una escultora cruel”, dice Eleanor Crook, una talentosa escultora que trabaja con cadáveres y materiales realistas para anatomía médica. El Dr. Frankenstein señala que para entender la vida es necesario observar “cómo se suceden la corrupción y la muerte en las mejillas radiantes de la vida; cómo el gusano hereda las maravillas del ojo y el cerebro”. Para alguien que presenció ―con una templanza inimaginable― el proceso de enfermedad, descomposición y muerte de su madre, la idea de la muerte como escultora resulta extrañamente satisfactoria. En efecto, mi madre se volvió escultura de la enfermedad y la muerte. Verla reducirse a pura materia, un envoltorio pesado que se desinflaba a la vez que se endurecía mucho más rápido de lo que muestran en las películas, me heló la sangre. ¿A dónde iría cuando partiera? ¿A dónde irían sus gestos?

Los gestos del muerto viven, resucitan, se prolongan en los de los vivos y podríamos pensar esto como una repetición, una suerte de teatralidad, dice Despret. Sin embargo, este tipo de repetición es tal que invierte la relación causal (excepto que imitemos, a consciencia, la forma de hacer tal o cual cosa): “no reproducimos actos del pasado, son los actos del pasado los que ‘repetían’ lo que constituyen como futuro”. Con la muerte de un ser querido comienza ―o se prolonga― un diálogo a través de los gestos que rompe la rutina insertándose en pequeñas dosis en ella: de repente la encuentro en la forma de cocinar, de arreglar el jardín, de hablar por teléfono. Así, la potencia imaginal del mundo, si la dejamos, se muestra en su máximo esplendor, amplificando modos de presencia entre los que nos quedamos y los que ya no están. Lo hacemos juntas.

Siempre me ha llamado la atención que en los velorios (he asistido a más de una docena) la gente se refiera a la expresión de paz, felicidad o tranquilidad del rostro del muerto. “Se le ve tan tranquilx, como si estuviera durmiendo”, dicen las señoras y los señores deteniéndose ante el cajón abierto. Nunca escuché que dijeran “se le ve espantadx”, “tiene un gesto consternado”, “qué desmejoradx” (eso sí sería interesante). Hay allí una de las tantas marcas del espacio intermedio, siempre en movimiento, entre los (gestos de los) vivos y los (gestos de los) muertos. En el caso del velorio de mi madre, llegando al paroxismo de esta inteligencia, una de sus amigas exclamó al verla “¡Lo bien que está A.!”.

Los restos

Cuando pienso en lo que hicimos con el cuerpo de mi madre, lo primero que se me ocurre es que fue una tarea colectiva (¿quizás siempre lo es?) con mis hermanxs. No hubo otra (ni una mejor) forma de representar, sostener y cuidar de su cuerpo antes, durante y después de su muerte, que entre-nosotrxs. A los pocos minutos o segundos después de dejar de respirar, ese cuerpo ya no era mi madre sino el cuerpo de mi madre. O quizás era aún ella, porque “¿qué sabemos de lo que continúa sintiendo el cuerpo una vez que dejó de respirar?”, se pregunta Despret, vacilando. Los muertos nos dejan sus cuerpos y tenemos que hacer con ellos, los muertos y los cuerpos.

Seguimos sin dudarlo su deseo de ser alimento para los peces del parque. Qué importante es conocer los deseos del muerto respecto a cómo tratar su cuerpo. En nuestra cultura hay tanto temor a la muerte que apenas se puede hablar de ella y, mucho menos, planificarla. Tuvimos el privilegio de poder planearlo mientras ella estaba viva. Sus restos ―esa forma soberbia de nombrar lo que queda de una persona, ¡cómo si pudiéramos saberlo!― fueron cremados y sus cenizas las esparcimos en ese lago de ese parque. Antes, debo confesar, nos pasamos un rato revisando las cenizas. No sabría explicar por qué lo hicimos, pero en el gesto de revisarlas estaba la búsqueda de pistas de lo que ella era: pedazos de huesos que como arqueólogxs intentábamos descifrar a qué parte pertenecían, clavos y ganchos que nos intrigaban, texturas y hasta olores impregnaron una escena entre solemne y tétrica, hasta que nos detuvimos para reírnos de lo que estábamos haciendo con mamá.

Siguiendo a Despret, veo en el gesto de revisar las cenizas una suerte de arqueología biográfica: la tarea de convertir los restos en un cuerpo:

“No se trata tanto (o no solo) de revertir lo que ha hecho la muerte, sino de asegurarle al muerto un espesor y una densidad, darle un cuerpo, miembros, un rostro. No se trata tanto de identificarlo y de comprender las razones de su muerte (aunque esto también importe), sino de recomponerlo: volver a darle, materialmente, una existencia incorpórea, reconstruirle carnalmente una existencia pasada, porque es la condición esencial para continuar una historia: re-member”.

Se trata de volvernos un poco resurreccionistas.

Cultivar el duelo, labrar la tierra con preguntas

El arcano XIII del tarot marsellés representa a la muerte, sin nombrarla. En la imagen sin nombre se puede ver un esqueleto (que recuerda las figuras de la Danza Macabra) empuñando una guadaña con la que labra la tierra. ¿No hay allí un gesto, el del sembrador que devuelve la porosidad a la tierra, y al alma, para hacerlas fértiles?

Sin querer definir la manera correcta de hacer con el dolor, con el cuerpo, con nuestros muertos, me hago preguntas no para tener respuestas, sino para labrar mis pensamientos y mi alma, como el movimiento de la guadaña que remueve cuidando, que hace agujeros para que algo nazca.

¿Qué movimientos hacer para salir del trabajo y entrar en el cultivo del duelo, donde haya espacio para sembrar, cosechar, ver crecer y multiplicarse las maneras de estar presente? ¿Cómo establecer otras relaciones con los cuerpos de los muertos que instauren otras formas de habitar nuestros cuerpos aún vivos y, por qué no, imaginar cómo y a quiénes dejaremos nuestros cuerpos? ¿Dónde y con quiénes encontrarnos para entrar en contacto con la porosidad del alma que amplifica las posibilidades de estar y sentir, en lugar de anularlas o encauzarlas según un manual?

¿Dónde puedo hacerte el lugar que reclamas ―al igual que yo― cuando no estás?




Fuente: Briega.org