April 3, 2021
De parte de SAS Madrid
31 puntos de vista


Tras el discurso de Errej√≥n en el Congreso y el exabrupto de un diputado del PP, nueve personas dan un paso al frente para normalizar un drama que se vive en silencio y con verg√ľenza. 

Usted y yo: dos extra√Īos en un tren, en el carril de estas palabras. Y, sin saber nada el uno del otro, somos paisanos de este pa√≠s peculiar, que a veces se siente m√°s como c√°rcel que como hogar. Covid, trabajo, familia, salud, dinero, dinero, dinero, covid. En esta vida precaria e incierta, raro es tener la cabeza siempre derecha. Es angustia, es preocupaci√≥n, a veces es simplemente tristeza. El caos de hoy, anta√Īo ten√≠a moraleja. Pero ahora es imposible encontrar certezas entre tanto cacaraqueo de gallina clueca (‘el cardo siempre gritando y la flor siempre call√°‘). As√≠ que si no es usted un algoritmo de Google, un bichopalo o si no se llama Carmelo y trabaja como diputado en el PP, seguro que a veces siente que ya, que ya basta, que este sinsentido de vida no le merece la pena. Que le est√° quitando hasta la salud.

Estamos inmersos en una pandemia, pero ya antes de ella diez de nuestros vecinos y vecinas se mataban al d√≠a, no quer√≠an vivir m√°s. Ansiedad, depresi√≥n, ataques de p√°nico, agorafobia; son t√©rminos cl√≠nicos con los que convivimos, nos acechan, maquillan conceptos mucho m√°s crudos como el de miedo, abatimiento o desesperaci√≥n; emociones en las que todas nos reconocemos. As√≠ que esto no es un problema de locos y no se arregla “yendo al m√©dico”. Algo hay en nuestra sociedad que nos niega la felicidad y nos obliga a sufrir en silencio.

P√ļblico ha puesto luz y taqu√≠grafos a las historias de nueve personas y ha hablado con √ć√Īigo Errej√≥n para seguir tirando del hilo que el pol√≠tico ya desmadejara hace dos semanas. Nueve hombres y mujeres nos cuentan sus experiencias para visibilizar y normalizar el problema de la salud mental, un drama que se sufre en privado y con verg√ľenza.

El improperio en el Congreso abre el debate

El foco medi√°tico cae sobre el tema el pasado 17 de marzo, cuando √ć√Īigo Errej√≥n emplea su turno de palabra en el Congreso para denunciar el limitad√≠simo tratamiento pol√≠tico que se le da a esta lacra, a pesar de ser un problema con el que cargan d√≠a a d√≠a millones de personas en Espa√Īa. Al final de su intervenci√≥n, aderezada con risas de la bancada de los populares, Carmelo Romero, le lanza un “¬°Vete al m√©dico!”. Tal improperio se vuelve viral y miles de personas se pronuncian en Twitter apoyando la intervenci√≥n del parlamentario de M√°s Madrid y acu√Īando el lema “ni estigma ni verg√ľenza”.

En declaraciones a P√ļblico, Errej√≥n recupera la pol√©mica para contar que tal episodio puso de manifiesto la existencia de la persistencia del estigma en la salud mental, pero tambi√©n de la confrontaci√≥n de dos masculinidades en la sociedad espa√Īola, una m√°s abierta y otra que “malentiende la debilidad”, enarbolada por hombres impelidos a silenciar su fragilidad y con apariencia de “muy machos”: “Yo no s√© si √©l [Carmelo Romero] ha necesitado alguna vez ayuda psicol√≥gica, si alguna vez ha sentido que la vida pod√≠a con √©l. Supongo que s√≠ que le ha pasado, pero le parece que un hombre de verdad lo oculta. Mira yo s√≥lo deseo que si un d√≠a se quiebra, tenga el coraje de reconoc√©rselo a s√≠ mismo o por lo menos que tenga alguien al lado que le diga: Tranqui que no eres John Wayne, ni Clint Eastwood, no eres un caballero de la mesa redonda del rey Arturo, no tienes que aparentar esa fortaleza porque es mentira, si en realidad todo el mundo est√° hecho trizas por dentro“, contesta.

Preguntado por el porqu√© del tratamiento de la salud mental como un tab√ļ, Errej√≥n apunta a causas sist√©micas. Nadie quiere que le carguen con una etiqueta que genera “p√°nico” en un modelo neoliberal donde, aparentemente, no tienes limitaciones para “ser todo lo que quieras ser”, y, si tienes problemas, tambi√©n de salud mental, es porque “algo habr√°s hecho mal”. Ese “p√°nico difuso a la locura” se maquilla con una banalizaci√≥n por medio de la cual “nadie puede estar mal, pero todo el mundo se llama a s√≠ mismo loco ‚ÄĒ’esa amiga m√≠a me cae genial, ¬°es una loca!, mira √©ste que gracioso, es que est√° loqu√≠simo’‚ÄĒ. Todos estamos un poco locos pero porque no hay locos de verdad“, afirma.

Ocurre igual con el estigma del parado, nunca vemos una biograf√≠a de Twitter encabezada por “desempleado”, no; “somos 25 cosas”, arquitectos, poetas, alpinistas, youtubers y “todas tienen que ser sin√≥nimo de √©xito”, se√Īala. “T√ļ puedes estar en el paro, no cobrar por nada, pero dices que tienes un blog, que haces fotograf√≠a, nadie quiere reconocerlo” porque se sufre como un problema “exclusivamente individual”, comenta.

“Pas√≥ tambi√©n con los desahucios, la gente pensaba: Hostia yo no he podido pagar la deuda, qu√© verg√ľenza que me echaran a la calle; y solo mediante un masivo proceso de reconstruir la comunidad, mucha gente empez√≥ a juntarse para identificar eso, no como una verg√ľenza particular, sino como una verg√ľenza nacional. ¬ŅQu√© pa√≠s permite que los bancos echen a la gente de sus casas en plena crisis y tras ser rescatados?”, denuncia.

La clave para acabar con el estigma, cree Errej√≥n, es rebatir la premisa, llevar el problema de lo privado a lo p√ļblico. Como los desahucios, la salud mental es un problema social, que se genera porque existe “una disociaci√≥n permanente entre aquello que se nos vende como inmediatamente disponible y aquello que luego, en la vida cotidiana, podemos tener”. Cree el polit√≥logo que, aunque bien es cierto que “todo o casi todo el mundo puede cogerse un avi√≥n e irse un fin de semana a Londres” (algo impensable, d√©cadas atr√°s), cada vez es m√°s dif√≠cil “tener una casa, tranquilidad en el trabajo, formar un familia o saber qu√© va a ser de ti en cinco a√Īos”, comenta.

“Si tienes una inseguridad permanente en el trabajo, si no sabes muy bien qu√© se espera de ti pero sabes que cada vez se esperan m√°s cosas, si vives en una adolescencia permanente en la que eres adulto, pero sigues viviendo en casa de tus padres, si vives con la ansiedad de que en los √ļltimos tres a√Īos te has tenido que cambiar tres veces de casa, de barrio; si te pasan estas cosas las interiorizas como dolores privados y te parece que hay algo mal, pero s√≥lo contigo” y piensas que la culpa de tu fracaso con respecto a las posibilidades que el sistema te promete “es solo tuya” . Y eso es “violencia ps√≠quica”, entiende Errej√≥n, y es la causa principal de los problemas de salud mental m√°s usuales, como la depresi√≥n o la ansiedad, porque lo que piensas es que “t√ļ no est√°s a la altura, pero en realidad si hay tanta gente, tantos millones de personas que no est√°n a la altura, el problema es del modelo social en el que vivimos que en mi opini√≥n es una f√°brica de ansiedad y de infelicidad permanente”, se√Īala.

“Vivimos en un modelo depredador en el que estamos constantemente corriendo como h√°msteres en una rueda“, afirma Errej√≥n. “Yo a veces tengo la sensaci√≥n de que mis horas las gobierna el m√≥vil, no las gobierno yo. Cuando esta m√°quina vibra, al son de lo que esta m√°quina dice, como si fuera un √≥rgano m√°s de mi cuerpo, yo me despierto o me duermo, me activo, me alegro o me entristezco”, cuenta.

Su conclusi√≥n es que hoy “lo m√°s revolucionario es ser un poco conservador para mantener las cosas que hac√≠an que la vida mereciese la pena“, para lo que necesitamos “tiempo”, de ah√≠ que su partido proponga la jornada laboral de 32 horas “porque si tu vida b√°sicamente consiste en pagar facturas, levantarte, ir al supermercado, trabajar y hacer la comida para otros, tu vida es miserable”, denuncia. “Ya sab√≠amos que este modelo era socialmente injusto, los cient√≠ficos nos han dicho que es ecol√≥gicamente insostenible, pero es que, adem√°s, y hay que decirlo, es humanamente insoportable para millones de personas que no aguantar√≠an el d√≠a a d√≠a si no fuera porque nuestra sociedad vive permanentemente medicada, ya sea con drogas legales o ilegales”, concluye.

Estresados, tristes y medicados: un canto a la fragilidad

Que diez personas se suicidan al d√≠a y veinte lo intentan diariamente en Espa√Īa (seg√ļn cifras de 2018). Que una de cada diez personas ha sido diagnosticada con alg√ļn problema de salud mental, el doble en el caso de las mujeres y los grupos vulnerables. Que dos millones de espa√Īoles consumen todos los d√≠as ansiol√≠ticos, como apuntaba Errej√≥n. Que la depresi√≥n es la principal causa de discapacidad a nivel mundial. Que estos y otros datos son necesarios, desde luego, pero que ayuden a normalizar y visibilizar un drama social que se vive en silencio, no parece, y prueba de que este enfoque eminentemente positivista es precario es la persistencia del estigma y de la falta de concienciaci√≥n real entre la ciudadan√≠a y el Estado (con seis psic√≥logos por cada 100.000 habitantes).

Detr√°s de los fr√≠os t√©rminos cl√≠nicos de la psicolog√≠a (ansiedad, depresi√≥n, ataques de p√°nico, agorafobia, estr√©s cr√≥nico, intentos autol√≠ticos), no hay otra cosa que sufrimiento puro y duro, angustia (‘de sentirme abandonado’) dolor, tan amargo y brutal como el f√≠sico. La ciudadan√≠a est√° librando d√≠a a d√≠a una guerra interior y ni los pol√≠ticos ni los medios de comunicaci√≥n estamos sabiendo darle cobertura, trasladarla del √°mbito privado al p√ļblico, para que se conciba como lo que es, un problema social, como ya pasara con el maltrato machista.

Detr√°s de la ansiedad y de la depresi√≥n hay, s√≠, una alteraci√≥n del sistema nervioso central, pero en lo importante, hay un “si sigues por ah√≠, atente a las consecuencias” de un jefe d√©spota; o un “esfu√©rzate m√°s, que si te esfuerzas no suspendes y si no suspendes no lloras” de unos padres o hay un “¬°has engordado!” de un seguidor de Instagram o un “sentimos comunicarle que no ha sido seleccionado para el puesto” o un “Rociito, te vas a cagar, me voy a quedar con los ni√Īos” o un “necesito que lo dejemos”. Todo ello, como ya apuntara Errej√≥n, en el seno de un marco com√ļn que nos ahoga, s√≠, pero que sufrimos por parte de los que tenemos cerca, que son los que trasladan sobre nosotros unas presiones “humanamente insoportables”.

P√ļblico ha contactado con nueve personas para que nos hablen de lo que fueron o son sus luchas, sus frustraciones, sus sinsabores y sus tristezas. Nueve historias para dar batalla al estigma y, como defend√≠a Errej√≥n, acabar con la “malentendida debilidad” que aureola a la salud mental. La fragilidad contada a trav√©s de nueve voces de hombres y mujeres de la calle que se quiebran y cuyos testimonios pueden servir para reconocer en ellos el sufrimiento propio. Y de paso dejar constancia de sus denuncias, ante la flagrante falta de apoyos de su Estado.

Elizabeth (42 a√Īos, Val√®ncia): una mujer coraje

“He necesitado ayuda siempre, pero tampoco sab√≠a c√≥mo decirlo”, confiesa Elizabeth. “La primera vez que cont√© lo que me hab√≠a pasado fue con 18 a√Īos y al que ahora es mi actual pareja y eso abri√≥ la caja de los truenos”, cuenta. Elizabeth sufri√≥ desde los cuatro hasta los nueve a√Īos abusos sexuales por parte de su t√≠o. “Cuando yo me doy cuenta de que algo malo me est√° pasando es precisamente en una conversaci√≥n con mis padres donde me dicen qu√© hacer si alguien me toca, en ese momento yo me doy cuenta de que eso me estaba pasando a m√≠, pero claro c√≥mo vas a contar eso siendo una ni√Īa, que estamos hablando de que era en este caso el hermano de mi madre”, relata.

Sus problemas empiezan cuando lo dice con 18 a√Īos porque “en ese momento se escapa de mis manos y yo no quer√≠a que eso ocurriera, tontamente, porque el que tiene que sentir verg√ľenza es √©l”, y antes “lo ten√≠a como borrado, casi parec√≠a haberlo olvidado”. Confiesa que, aunque tuvo esos recuerdos en un ba√ļl oscuro “cuando te pasa algo as√≠, tienes que sanar la mente y curarla (…) cuando te tienes que enfrentar a tus sentimientos m√°s profundos a nadie nos gusta; o lo ocultamos o mentimos”. “Mira, yo tengo una familia aparentemente perfecta, somos de clase media y nadie podr√≠a decir lo que te acabo de contar. Que este debate se haya lanzado a la luz p√ļblica es muy necesario porque es fundamental curar la mente para ser felices e intentar hacer felices a los dem√°s“, afirma.

León (25, Barcelona): Orfeo baja al infierno

Le√≥n nos cuenta que √©l es un chico que tiene “una familia que me apoya, recursos, pasi√≥n por mi oficio, la m√ļsica”, ning√ļn trauma y, sin embargo, sufri√≥ ansiedad y depresi√≥n desde la adolescencia: “Para m√≠ fue un infierno invisible. Uno no lo ve, los de fuera tampoco, pero es que la persona que lo vive y no lo ve es porque prefiere aprender a vivir con ello. Hay personas que creen: Hoy he tenido un mal d√≠a y ma√Īana voy a tener uno bueno. Pero es que si tienes problemas psicol√≥gicos los buenos d√≠as van a ser aut√©nticas excepciones”, se√Īala. Cree que el germen de su ansiedad naci√≥ por complejos: “Vivimos en una sociedad muy preocupada por la imagen que das a los dem√°s, la gente tiene muchas expectativas puestas en ti y t√ļ empiezas a actuar creyendo que tienes que agradar a los dem√°s y pierdes tu identidad, terminas no sabiendo qui√©n eres”.

Laura (23, Alicante): la valentía con todo en contra

Laura recuerda cuando tuvo ansiedad por primera vez: “Estaba repitiendo sexto de primaria, iba de camino al colegio y de repente me dio una taquicardia, me ahogaba, yo no entend√≠a bien eso de la ansiedad, solo que me sent√≠a mal, por las noches lloraba y beb√≠a agua compulsivamente porque pensaba que iba a morirme”, relata. La joven sufr√≠a acoso escolar y pasaba por un mal momento econ√≥mico y familiar. “Las cosas fueron escalando con las semanas, ten√≠a miedo de hacerme da√Īo”. Adem√°s, se le suced√≠an “pensamientos obsesivos, sarpullidos por el cuerpo, sensaci√≥n de despersonalizaci√≥n”, se√Īala.

“Mi madre, que sufr√≠a depresi√≥n desde hace a√Īos, me vio muy mal y me llev√≥ varias veces al pediatra, pero el pediatra insist√≠a en que eran solo los nervios, que me diera tilas, hasta que mi madre insisti√≥ tanto que por fin me dieron cita con un psic√≥logo y un psiquiatra cada tres meses”, se√Īala. “En la salud mental infantil p√ļblica fueron muy pobres y enfocados en que tomara pastillas s√≠ o s√≠, hasta el punto de que yo ped√≠ expresamente que no quer√≠a tomar tanta pastilla y me acusaron de rebeld√≠a”, denuncia. Cuando Laura cumpli√≥ 18 a√Īos dice que dejaron de facilitarle un psic√≥logo, aunque lo pidi√≥, as√≠ que desisti√≥ de ir al psiquiatra de la seguridad social porque “ni siquiera me preguntaba nada, me prescrib√≠a lo que ten√≠a que tomar y para casa”. “La √ļnica psic√≥loga de pago que me ayud√≥ fue la √ļltima a la que fui, la cual tuve que dejar por que no ten√≠a forma de pagar las consultas“, confiesa.

Sobre la pandemia, dice que “no ha sido algo positivo para m√≠ ya que al tener agorafobia, de por s√≠ me da miedo salir a la calle, y habiendo un virus que puede ser mortal, ya ni te cuento”, se√Īala. Preguntada por qu√© cree que se debe hacer para acabar con el estigma, Laura responde: “No hay locos, hay enfermedades que no se ven a simple vista y que son tan importantes como las que s√≠ se ven. Que si se le mete miedo y se juzga a la gente por tener una enfermedad mental no van a querer ir al m√©dico a resolverla. ¬ŅT√ļ juzgas a alguien que se ha roto una pierna y le dices: ¬ŅPara qu√© vas al m√©dico por eso? ¬°Ya se te soldar√° el hueso solo!? ¬ŅA qu√© no? Pues no le hagas lo mismo a alguien que est√° roto por dentro y que necesita una escayola psicol√≥gica”, relata.

Ricardo (62, Zaragoza): un guerrero dando batalla a la tristeza

A Ricardo, de 62 a√Īos, los ataques de p√°nico continuados le llevaron a una depresi√≥n cr√≥nica que padece desde hace m√°s de dos d√©cadas. “Tienes pensamientos suicidas. Al final, no lo haces, porque hay que tener mucha fuerza de voluntad y decir: Me tengo que levantar de la cama, hacer lo que sea”, cuenta. “Yo voy por la calle y a m√≠ la gente que no me conoce puede decir: ¬°Este t√≠o qu√© buen aspecto tiene! Pero no saben lo que uno lleva por dentro“, dice.

Preguntado por el origen de su estr√©s cr√≥nico, Ricardo nos habla sobre “experiencias de infancia y juventud muy malas”. “Yo a los siete a√Īos me levantaba a las cuatro de la ma√Īana para ir a segar y llegaba a las nueve de la noche; yo quer√≠a estudiar, pero mi madre me dijo que no, me neg√≥ los estudios. Trabaj√© desde los 13 de manera ilegal y muy frustrado, vas dando tumbos, est√°s perdido“. Y eso empez√≥ una espiral de preocupaciones que no desaparec√≠an porque no pod√≠a salir “del ambiente que me generaba ese estr√©s sostenido”, afirma. “La mejor medicaci√≥n para cuidar una depresi√≥n no es ni un m√©dico ni pastillas, es el entorno. Si t√ļ est√°s apoyado por amigos y familiares no caes en una depresi√≥n”, relata. Se reconoce adicto a los f√°rmacos por necesidad: “Para que te hagas una idea, el trankimazin es un tranquilizante, pues yo me he llegado a tomar tres pastillas y a una persona sana le tumba 72 horas”, cuenta.

Como Laura, tiene un discurso muy cr√≠tico con el tratamiento que se le da a la salud mental desde la seguridad social. “Que te den cita cada tres meses es una burrada cuando padeces una depresi√≥n grav√≠sima, eso tiene que desaparecer, Espa√Īa no es un pa√≠s tercermundista. La gente se mata porque no tiene apoyos de ning√ļn tipo, la sociedad te da la patada”.

Alex (30, León): ansiedad en la anormal normalidad

Alex es un estudiante de derecho que tambi√©n ha padecido ansiedad: “Yo era un chico normal, deportista, y, bueno, por circunstancias equis -ruptura de pareja, vivir en otra ciudad- empec√© a notar unas sensaciones internas que nunca las hab√≠a vivido hasta que me dio un ataque de p√°nico (…) y tuve que dejar mi carrera durante cuatro a√Īos”. “En un principio tus padres te dicen que te lo est√°s inventando todo, pero por eso tienes que ir a un psic√≥logo para que te ayude y te diga: Mira, tus padres no te van a entender, van a pensar que no quieres estudiar pero lo que te pasa es muy serio y tienes que atajarlo cuanto antes”. Alex describe un ataque de p√°nico como “una cosa horrible, te empieza a latir muy fuerte el coraz√≥n y crees que te vas a desmayar y que est√°s como en un sue√Īo, que te vas a morir y nadie te va a poder ayudar”.

Javier (32, Cantabria): bastón para caminar

Javier no habla en primera persona de los problemas de salud mental, aunque los sufri√≥ igual: “Llevaba un a√Īo de relaci√≥n cuando de una semana para otra el comportamiento de la que era mi pareja empez√≥ a cambiar. Me vi desbordado porque la persona con la que compart√≠a mi vida pas√≥ a ser otra. Lo m√°s duro es no encontrar explicaci√≥n a lo que sucede y empezar a buscarla en ti mismo”. Javier cree que la mejor manera de acompa√Īar a una persona con depresi√≥n es instar a la persona con la que est√°s a “buscar ayuda profesional” y no “sobreproteger a esa persona”.

M.M Gonz√°lez (24, huelva): luz de esperanza

M.M se est√° preparando el PIR (Psic√≥logo Interno Residente). Opta a una de las 198 plazas que oferta Sanidad para todo el territorio espa√Īol. Sobre las escas√≠simas vacantes de psic√≥log√≠a de la seguridad social comenta que “son cifras rid√≠culas (…), no tienen idea de lo que se podr√≠a hacer con los recursos adecuados. Pero la soluci√≥n es ¬°vete al m√©dico!”, se√Īala. “Vivimos en una constante presi√≥n social y nadie elige sufrir. A la persona que sufre hay que ayudarla a seguir hacia delante. Ir al psic√≥logo es un acto de responsabilidad y no de locura o debilidad“, apostilla.

César (41, València): corazón capacitado

“Yo empiezo a ir al psic√≥logo por problemas en el colegio, ya que me diagnostican una enfermedad muscular que es progresiva, la distrofia muscular de Becker; entonces claro tu al principio no notas nada, solo un poco m√°s de torpeza, pero los dem√°s del colegio s√≠ lo notan (…). Yo no afrontaba lo que ten√≠a, pero hace dos a√Īos ya pas√© de andar a ir en silla de ruedas, as√≠ que volv√≠ a los psic√≥logos; es como el m√©dico de cabecera, te hace falta en un momento y vas”, cuenta C√©sar, quien denuncia la situaci√≥n de abandono que sufren las personas con alg√ļn tipo de discapacidad f√≠sica: “Est√° muy dif√≠cil el tema de encontrar empleo, entonces, claro, eso hace mella, porque yo intento afrontarlo y decir: ¬°A ver, si es que no tengo culpa! Pero, claro, la presi√≥n del sistema es muy fuerte. Si no trabajas eres un fracasado y la falta de futuro hace mella, te calienta la cabeza mucho. La gente como yo lo est√° pasando realmente mal con el tema de las depresiones y la pandemia ha sido un paso atr√°s”, denuncia.

Preguntado por la pol√©mica del Congreso, C√©sar afirma que “esta sociedad todav√≠a no est√° preparada para entender lo que pasa, hay mucho trabajo por hacer. Hace falta m√°s conocimiento y mucha m√°s concienciaci√≥n”, concluye.

Soledad (55, Pontevedra): dice que no, pero no hay otra palabra para ella: heroína

Soledad es enfermera en la Unidad de Agudos de Psiquiatr√≠a del Hospital Provincial de Pontevedra. Lleva 33 a√Īos ejerciendo y diez dedicada exclusivamente a cuidar a pacientes que ingresan en su hospital con trastornos mentales graves. “T√ļ llegas por Urgencias diciendo: Me quiero matar. Y, seg√ļn cae el m√©dico que est√©, te ingresan. Hay qui√©n est√° desesperado y pide ayuda a gritos as√≠ y hay a quien se le va de las manos y se acaba matando”, cuenta. Soledad relata que desde que empez√≥ la pandemia ha habido “un aumento exponencial de riesgos autol√≠ticos [suicidios] y de pacientes que no tienen control de impulsos. Yo te puedo decir que en los a√Īos que llevo en salud mental, desde que empez√≥ todo este desastre, llevo dos agresiones f√≠sicas serias; por una de ellas tuve que estar un mes de baja, y, bueno, ¬°porque ped√≠ el alta yo!”, comenta.

Denuncia que son muy pocos en la unidad y que ellos mismos est√°n marginados con respecto al resto del hospital, a siete minutos del personal m√°s cercano: “Aparte de visibilizar, que es fundamental y de no estigmatizar a los pacientes porque lo necesitan, lo merecen y todos podemos ser pacientes psiqui√°tricos; aparte de eso necesitamos m√°s recursos por la inseguridad que tenemos, estamos absolutamente vendidos, es una verg√ľenza“, denuncia.

“Desde la crisis de 2008 se nota de manera brutal el recorte de personal. Se cubren como un 10% de las vacantes por jubilaci√≥n y los contratos de los j√≥venes son precarios, no, lo siguiente. Una enfermera puede cobrar 1.900, 2.000 euros como mucho, haciendo noches, domingos y festivos, que es lo que cobro yo, m√°s o menos, despu√©s de 33 a√Īos trabajando”, nos cuenta. Como consecuencia de la precariedad que sufren, Soledad afirma que “el 80-90% de mis compa√Īeras estamos con ansiol√≠ticos para dormir. Mi turno acaba a las diez y yo salgo a las once menos cuarto. Nos sentimos maltratadas y hablo en femenino porque el 80% somos mujeres“, relata.

A pesar de las horas extra que Soledad echa, nos cuenta que ha propuesto al hospital una unidad de enfermer√≠a m√≥vil por los pueblos para hacer un seguimiento de los pacientes que salen del hospital, adem√°s de un tel√©fono estatal “como el del 016” de salud mental. “Desde mi punto de vista, hay una dejaci√≥n total y absoluta una vez recibido el alta“, relata Soledad. “Habr√≠a que hacer un seguimiento porque el paciente llega a su ambiente, con las motivaciones equis que sean, ya sea depresi√≥n, un problema socioecon√≥mico, sentimental, lo que sea, y vuelve a su entorno con el problema all√≠. Porque, s√≠, vuelve a revisi√≥n, pero es que tenemos una lista de espera que es que es imposible”, se√Īala, advirtiendo de que ese tipo de medidas “har√≠an descender un mont√≥n los suicidios”.

“Yo al diputado ese de vete al m√©dico le invitar√≠a a pasar un turno conmigo en la Unidad de Agudos, no te digo ya 24 horas, un turno, y que vea lo que veo yo todos los d√≠as”, cuenta Soledad. “A m√≠ no me gusta hablar de m√≠, pero es que tengo la ansiedad por las nubes como para escuchar estas faltas de respeto. Yo cuando pas√≥ el confinamiento dec√≠a: Yo no me siento una hero√≠na. Yo soy enfermera de vocaci√≥n desde que ten√≠a siete a√Īos, que por suerte o por desgracia tuve que estar un tiempo ingresada y me qued√© maravillada y le dije a mi madre: Yo quiero ser como esas chicas”, confiesa.

“El otro d√≠a tuvimos un caso de una chica que no llegaba a los 30 a√Īos, con malos tratos constatados y avalados por un juez, con una orden de alejamiento de su expareja para toda la comunidad y resulta que el t√≠o estaba a 500 metros. Bueno pues la ingresan porque le da un ataque de p√°nico porque la pillan fum√°ndose un porro y le quitan a la ni√Īa. Y, claro, todas empatizamos con ella y entre el personal de enfermer√≠a y los trabajadores sociales conseguimos que al alta recuperara a su hija“, relata. “¬ŅC√≥mo se puede ser tan cruel?”, se pregunta Soledad, antes de leer un fragmento de la carta que le escribe la paciente a su salida: “Sole es mi dibujo favorito, lo llevar√© tatuado siempre y significa paz (…) gracias por protegerme, sobre todo estos √ļltimos d√≠as que te sent√≠ como si fueras mi madre (…) os guardo a todos en un sitio especial de mi coraz√≥n”, lee, antes de romper a llorar.

Soledad empatiza con todos los pacientes que ingresan porque, dice, “es normal acabar a veces as√≠; si t√ļ te ves impotente para sacar a tu familia adelante y se te cierran todas las puertas, ya no vales, no se te tiene en cuenta, ya eres mayor, y tienes que llenar la nevera todos los d√≠as‚Ķ Si yo, que tengo por suerte un sueldo me cuesta llegar a fin de mes porque mi marido lleva en el paro cinco a√Īos, ¬°imag√≠nate ellos!”, comenta. “La gente tiene miedo, dolor, angustia, de no saber qu√© va a pasar ma√Īana y pasado, y no s√≥lo los mayores; t√ļ no sabes lo que es que un ni√Īo de 25 a√Īos llore con hipo y diga: Me quiero morir, me quiero morir. Es que te rompe todo por dentro. Y somos humanas, y estamos d√≠a a d√≠a con una sobrecarga emocional‚Ķ Mi marido cuando llego a casa me ve la cara y me dice: Vale, no te digo nada. O, por ejemplo, lloro con un caso y me voy por ah√≠ por no preocuparle, porque no todo lo puedes dejar con el uniforme en la taquilla“, concluye.

Enlace relacionado P√ļblico 02/04/2021.




Fuente: Sasmadrid.org