June 8, 2021
De parte de Amor Y Rabia
151 puntos de vista


por Daniel Bernab茅

En 1976, el gran Chicho Ib谩帽ez Serrador estren贸 驴Qui茅n puede matar a un ni帽o?, una pel铆cula de terror donde una joven pareja viaja a una isla mediterr谩nea que ha sucumbido a un terrible mal: los ni帽os han asesinado a los adultos. Mientras que en historias similares como El pueblo de los malditos (1960) los peque帽os homicidas tienen un origen paranormal, en la producci贸n espa帽ola la furia infantil se achaca a los males del mundo y a la inacci贸n de las personas mayores: los cr铆os han llegado para poner orden, al precio que sea.

Viendo el airado discurso de Greta Thunberg en la Cumbre de Acci贸n Clim谩tica de la ONU se me hizo muy dif铆cil no pensar en la pel铆cula de Ib谩帽ez Serrador. La joven protagonista de toda esta historia ha acaparado titulares, conversaciones en red y ha eclipsado al resto de intervinientes, desde los jefes de Estado hasta otros activistas, reafirmando la narrativa de que los ni帽os han venido a poner las cosas claras a los malvados adultos: dicotom铆as de cuento de los Hermanos Grimm para un momento de audiencias hambrientas de emociones fuertes.

Pero la intervenci贸n de Thunberg me ha recordado no s贸lo a la pel铆cula por esta divisi贸n, otra m谩s, sino por un hecho que a pesar de obvio pasamos por alto. 驴Qui茅n puede matar a un ni帽o? toma su t铆tulo de la frase que uno de los supervivientes de la isla emplea para explicar por qu茅 los peque帽os han cometido sus cr铆menes sin apenas oposici贸n: 驴qui茅n puede enfrentarse a un ni帽o a pesar de que este venga con intenciones hostiles? Quien sea aficionado al cine de zombies sabr谩 de qu茅 hablamos.

Si hoy decimos “la adolescente m谩s famosa del mundo” gran parte del planeta pensar谩 en Thunberg, pero no hace demasiado tiempo, en 2013, este t铆tulo le fue otorgado a Malala Yousafzai por el peri贸dico alem谩n Deutsche Welle. Un poco despu茅s vino Muzoon Almellehan, a la que se llam贸 con demasiado descaro “la Malala siria”, suponemos que por ponerle las cosas f谩ciles al p煤blico. Ni帽as, adolescentes, con vidas muy duras y una historia de superaci贸n tras de s铆, con mensajes sencillos y directos que apelaban a causas nobles como la educaci贸n o los derechos humanos. Ni帽as que fueron utilizadas desde los centros de poder mundial para sustentar intereses geoestrat茅gicos. Pero, ya saben, 驴qui茅n puede criticar a una ni帽a?

En 1992, Severns Cullis-Suzuki recibi贸 la condecoraci贸n de “la ni帽a que silenci贸 al mundo” por un discurso que llev贸 a cabo en, adivinen, la Cumbre de la Tierra de R铆o de Janeiro. Cullis-Suzuki, con trece a帽os, pronunci贸 un alegato ecologista tan conmovedor como vac铆o pol铆ticamente. Ese mismo a帽o y en esa misma cumbre, Fidel Castro Ruz, el presidente de Cuba, pronunci贸 otro discurso con mucha menos trascendencia medi谩tica que se帽alaba con pelos y se帽ales el culpable del desaguisado ecol贸gico: un sistema econ贸mico que hab铆a hecho de la rapi帽a, el crecimiento descontrolado y el extractivismo a los pa铆ses m谩s pobres su principal motor de desarrollo. Eran tiempos en los que, despu茅s de la ca铆da del muro, nadie quer铆a escuchar a un comunista: hoy las palabras de Castro parecen premonitorias.

El fen贸meno de los ni帽os prodigio del activismo no es nuevo, por lo que sorprende que los medios lo pasen por alto, como si Thunberg fuera 煤nica y primera en su especie. Thunberg es, sin duda, un gran producto pol铆tico, uno especialmente adaptado a la infantilizaci贸n sentimental de la sociedad, pero uno que tambi茅n cuenta con la connivencia de un periodismo que necesita obtener visitas a toda costa y que ya no se atreve a adoptar una postura cr铆tica, simplemente plantear una serie de dudas razonables, frente al 煤ltimo fen贸meno extra铆do de una probeta.

Lo realmente desconcertante es c贸mo un adulto de inteligencia media puede creer que una ni帽a decide por su cuenta iniciar una huelga escolar clim谩tica hace un a帽o y que doce meses despu茅s sea un icono mundial recibido por Obama y Lagarde, que viaja en un velero acompa帽ada de un pr铆ncipe monegasco y cuenta con voz en las tribunas de los organismos m谩s importantes del mundo. Perdonen que levante una ceja en se帽al de desconfianza, pero rara vez quien posee los resortes de poder decide pegarse un tiro en el pie dando facilidades a quien les confronta.

Si descartamos que Thunberg tenga capacidades de control mental 鈥揷osas m谩s raras se han visto鈥, hemos de deducir que, evidentemente, hay una serie de patrocinadores detr谩s de la ni帽a. Y no hablamos de ninguna extra帽a conspiraci贸n, sino simplemente de la forma habitual en la que funcionan la cosas en nuestra 茅poca. Alguien tiene una serie de intereses y, mejor que hacer lobby, recurre a una protagonista amable para que el p煤blico acepte con entusiasmo el cuento que se les ha propuesto, eso que ahora se llaman narrativas.

驴Estamos por aqu铆 afirmando que el cambio clim谩tico o en general los problemas ecol贸gicos son un cuento? Ni mucho menos. Probablemente nos enfrentemos como especie a un reto global de dimensiones catastr贸ficas. Lo que decimos es que Thunberg, al margen de sus deseos, es el en茅simo fen贸meno que va a permitir que los trabajadores acaben pagando los platos rotos de la transici贸n productiva y adem谩s lo acepten de buen grado. La pretensi贸n real puede ser una impostergable adaptaci贸n econ贸mica para paliar el cambio clim谩tico, pero exonerando al capitalismo y manteniendo las tasas de beneficio, cargando sobre los hombros de la clase trabajadora y los pa铆ses empobrecidos la factura. Ya pas贸 en la crisis del 2008.

El fen贸meno Thunberg cuenta, en primer lugar, con un discurso emocional pero desestructurado pol铆ticamente, que no se帽ala ni los c贸mos ni los porqu茅s, que evita poner el acento en corporaciones empresariales concretas y que pasa de puntillas por el gigantesco complejo industrial-militar norteamericano, pero que adem谩s fomenta una peligrosa idea de que “la clase pol铆tica” es la 煤nica responsable del calentamiento global, sin asumir que la mayor铆a de esos pol铆ticos son el consejo de administraci贸n, en los organismos p煤blicos, del gran capital. La diferencia de a帽adir apellido a la culpabilidad es que mientras que en el segundo caso protegemos la democracia, en el primero podr铆amos estar tentados de verla como un impedimento. De la eco-tecnocracia al eco-fascismo hay tan s贸lo unos ligeros matices.

De hecho, muchos l铆deres pol铆ticos, de forma similar a los propios medios de comunicaci贸n, intentan subirse como pueden al carro de la ni帽a sueca, temerosos de enfrentarse a alguien obligatoriamente popular. Adem谩s, estos pol铆ticos obvian que desde hace treinta a帽os se han aprobado protocolos para atajar la crisis clim谩tica. Que parezca que antes de Thunberg s贸lo existe el vac铆o les libra de responder por qu茅 esos protocolos no se han aplicado con efectividad.

La respuesta no es que no se sepa lo qu茅 hacer, ni siquiera que en 煤ltimo t茅rmino no haya voluntad pol铆tica para hacerlo, el problema es que en un entorno capitalista de una producci贸n cada vez m谩s desordenada esos protocolos son inasumibles: chocan frontalmente con los modelos de los mismos entes supranacionales, como el FMI, que reciben y agasajan a Thunberg. Y eso no se puede asumir delante de los focos.

Sorprende 鈥搒inceramente ya m谩s bien poco鈥 que el progresismo no se est茅 dando cuenta de la din谩mica que genera la propuesta Thunberg. Se dir铆a, escuchando a muchos activistas y l铆deres, sinceramente fascinados con la joven n贸rdica, que lo 煤nico que importa es la concienciaci贸n y el movimientismo, cuando la poblaci贸n sabe perfectamente que tenemos un problema clim谩tico, es m谩s, cuando la mayor铆a hace lo que puede por paliarlo. Por otro lado que alguien se sume a una movilizaci贸n hoy apenas garantiza nada m谩s que la expresi贸n de la preocupaci贸n de un sumatorio de individualidades respecto a un tema. Si el progresismo detesta la movilizaci贸n al estilo del siglo XX no puede luego esperar resultados parejos a los del pasado.

Este progresismo happening parece conformarse con que sucedan cosas, sin preguntarse muy bien por qu茅 suceden o cu谩l es el poso que van a dejar. Se desea movilizar a una gran cantidad de personas, sin saber muy bien hacia d贸nde conduce ese movimiento. Conceptos como organizaci贸n, poder, ideolog铆a o estrategia se han vuelto pecaminosos y ya, a lo 煤nico que se aspira es a ser meros acompa帽antes por si, con suerte, se pega algo del charme y las simpat铆as se traducen en votos. 驴Que ha quedado de la indignaci贸n espa帽ola del 15M? Esa es la pregunta que este progresismo happening deber铆a responder y no seguir con su desesperada escapada hacia adelante, en muchos casos como resultado de la en茅sima venganza interna para acabar con tradiciones pol铆ticas realmente 煤tiles durante d茅cadas.

De hecho, el greenwashing, la coartada de tal producto o empresa mediante lo ecol贸gico, no es el asunto de fondo, sino simplemente un s铆ntoma de una pol铆tica vaciada que se adquiere como un bien identitario de consumo. Estas semanas la gente se define como pro-Greta o anti-Greta, intentando situarse hist茅ricos en un mercado donde mostrar unas parad贸jicas diferencias uniformizantes. En el punto m谩s demente las discusiones giran en torno a si el producto Thunberg posee privilegios por ser blanca y europea o sufre opresiones por ser mujer, joven y padecer s铆ndrome de Asperger, como el c茅lebre Sheldon Cooper. 驴Cu谩l es el personaje de ficci贸n y cu谩l el real? La misma pregunta vale para la pol铆tica progresista. A Trump, c贸modo, le vale con bromear sard贸nicamente: su electorado es lo que espera.

En el colmo de la mezquindad y la estrechez de miras, el progresismo happening acusa a cualquiera que critique al producto Thunberg de celebrar la inacci贸n, planteando el “qu茅 hacer” como pregunta irrebatible que apela a la moralidad individual, de una forma muy parecida a los sacerdotes se帽alando desde el p煤lpito a los malos creyentes que se plantean dudas teol贸gicas. La respuesta a esa pregunta es bien sencilla: lo que ya se est谩 haciendo y de hecho se lleva haciendo d茅cadas.

En Latinoam茅rica, pero tambi茅n en la India y 脕frica, hay una tupida red de militantes ecologistas que adem谩s suelen hacer coincidir sus acciones con lo sindical, lo comunitario y lo 茅tnico, dando a esa palabra llamada interseccionalidad un valor real, y no el maltrato identitario al que ha sido sometida por los departamentos universitarios de Europa y Estados Unidos. La diferencia es que estos militantes no tienen espacio en los medios, no son recibidos por el FMI, los pr铆ncipes no les prestan los yates y, lo peor, son asesinados a centenares cada a帽o. Su problema es que plantean a煤n un tipo de pol铆tica en el que los protagonismos brillan por su ausencia, que ataca los problemas sist茅micamente y que organiza a las personas de modo estable elevando su nivel de conciencia. Un muy mal producto, al parecer, para un siglo donde importan m谩s las narrativas que las acciones.

Greta Thunberg, en el mejor de los casos, acabar谩 como Cullis-Suzuki o Malala, escribiendo ese tipo de ensayos que se venden en los aeropuertos. Mientras pa铆ses como Alemania ya anuncian dinero para la transici贸n industrial ecol贸gica, otros hablan de Green New Deal, maneras eufem铆sticas de nombrar la gigantesca reestructuraci贸n productiva que se va a llevar a cabo para intentar evitar la nueva crisis que se nos avecina y que, con la excusa ecol贸gica, destruir谩 miles de puestos de trabajo estables transform谩ndolos en empleos precarios pero con la etiqueta verde.

O esta transici贸n se lleva a cabo de forma democr谩ticamente ordenada, planificando la econom铆a para el beneficio de la mayor铆a de la poblaci贸n, o nos quedaremos sin derechos y sin planeta

No digan luego que no les avisamos.


Este art铆culo ha sido publicado en el n煤mero 6 de la revista Prisma, que puede descargarse gratuitamente aqu铆.




Fuente: Noticiasayr.blogspot.com