March 3, 2021
De parte de Amor Y Rabia
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por Shoshana Zuboff (autora de La era del capitalismo de vigilancia)

Podemos tener democracia o podemos tener una sociedad de vigilancia, pero no podemos tener ambas cosas.

Hace dos décadas, el gobierno estadounidense dejó abierta la puerta principal de la democracia a las incipientes empresas de Internet de California, con una acogedora chimenea encendida como bienvenida. En los años que siguieron, floreció una sociedad de vigilancia en esas salas, una visión social nacida de las necesidades distintas pero recíprocas de las agencias de inteligencia pública y las empresas privadas de Internet, ambas hechizadas por un sueño de disponer de la totalidad de la información. Veinte años después, el fuego saltó la pantalla y el 6 de enero amenazó con incendiar la casa de la democracia.

He pasado exactamente 42 años estudiando el auge de lo digital como fuerza económica que impulsa nuestra transformación en una civilización de la información. Durante las últimas dos décadas, he observado las consecuencias de esta sorprendente fraternidad político-económica cuando esas empresas jóvenes se transformaron en imperios de vigilancia impulsados ​​por arquitecturas globales de monitoreo, análisis, focalización y predicción del comportamiento que he llamado capitalismo de vigilancia. Sobre la base de sus capacidades de vigilancia y por el bien de los beneficios que obtienen mediante la vigilancia, los nuevos imperios diseñaron un golpe epistémico (episteme deriva de la palabra griega epistḗmē, que significa «conocimiento», AyR) fundamentalmente antidemocrático marcado por concentraciones sin precedentes de conocimiento sobre nosotros y el poder impune que aumenta mediante esa información.

En una civilización de la información, las sociedades se definen por cuestiones de conocimiento: cómo se reparte la autoridad que gobierna su distribución y el poder que protege a esa autoridad. ¿Quién sabe? ¿Quién decide quién sabe? ¿Quién decide quién decide quién sabe? Los capitalistas de la vigilancia ahora tienen respuestas a cada pregunta, aunque nunca los elegimos para gobernar. Ésta es la esencia del golpe epistémico. Reclaman la autoridad para decidir quién puede saber justificándolo en su propiedad sobre nuestra información personal, y defienden esa autoridad mediante su poder para controlar los sistemas e infraestructuras de información clave.

Las horribles profundidades del intento de golpe político de Donald Trump cabalgan sobre la ola de este golpe en la sombra, llevado a cabo durante las últimas dos décadas por los medios antisociales que antaño dimos la bienvenida cosiderándolos agentes de liberación. El día de su inauguración, el presidente Biden dijo que “la democracia ha prevalecido” y prometió restaurar el valor de la verdad en el lugar que le corresponde en la sociedad democrática. Sin embargo, la democracia y la verdad permanecen amenazados al más alto nivel hasta que logremos derrotar el otro golpe del capitalismo de vigilancia.

El golpe epistémico se desarrolla en cuatro etapas.

La primera es la apropiación de los derechos epistémicos, que sienta las bases de todo lo que sigue. El capitalismo de la vigilancia se origina en el descubrimiento de que las empresas pueden reclamar la vida de las personas calificándolas como materia prima gratuita de la que extraer datos sobre su comportamiento, que luego declaran como su propiedad privada.

La segunda etapa está marcada por un fuerte aumento de la desigualdad epistémica, definida como la diferencia entre lo que yo puedo saber y lo que se puede saber sobre mí.

La tercera etapa, que estamos viviendo ahora, introduce el caos epistémico causado por la búsqueda de beneficios mediante la amplificación algorítmica, difusión y el microtargeting de información degradada, gran parte de la cual ha sido producida como parte de planes coordinados de desinformación. Sus efectos se sienten en el mundo real, donde fragmentan la realidad compartida, envenenan el discurso social, paralizan la política democrática y en ocasiones instigan la violencia y la muerte.

En la cuarta etapa, se institucionaliza el dominio epistémico, superando el gobierno democrático por el gobierno computerizado en manos del capital de vigilancia privado. Las máquinas saben, y los sistemas deciden, siendo dirigidos y sostenidos por la autoridad ilegítima y el poder antidemocrático del capital privado de la vigilancia. Cada etapa se basa en la anterior. El caos epistémico prepara el terreno para el dominio epistémico al debilitar la sociedad democrática, lo que ha sido demasiado evidente en la insurrección en el Capitolio de los Estados Unidos.

Vivimos en el siglo digital durante los años en lo que se está creando la civilización de la información. Nuestra época es comparable a la primera etapa de la industrialización, cuando los propietarios tenían todo el poder, sus derechos de propiedad privilegiados por encima de todas las demás consideraciones. La intolerable verdad de nuestra condición actual es que Estados Unidos y la mayoría de las otras democracias liberales han cedido, hasta ahora, la propiedad y el funcionamiento de todo lo digital a la economía política del capital privado de vigilancia, que ahora compiten con la democracia sobre los derechos y principios fundamentales que definirán nuestro orden social en este siglo.

El pasado año de miseria pandémica y autocracia trumpista magnificó los efectos del golpe epistémico, revelando el potencial asesino de los medios antisociales mucho antes del 6 de enero. ¿El creciente reconocimiento de este otro golpe y sus amenazas a las sociedades democráticas finalmente nos obligará a considerar la verdad incómoda que se ha vislumbrado en las últimas dos décadas? Podemos tener democracia, o podemos tener una sociedad de vigilancia, pero no podemos tener ambas. Una sociedad de vigilancia democrática es una imposibilidad política y existencial. No se equivoquen: esta es la lucha por el alma de nuestra civilización de la información.

Bienvenidos a la tercera década.

LA EXCEPCIÓN DE LA VIGILANCIA

La tragedia pública del 11 de septiembre cambió drásticamente el enfoque en Washington en los debates sobre la legislación federal de privacidad pasando a una manía por disponer del total de la información, convirtiendo las prácticas innovadoras de vigilancia de Silicon Valley en objetos de gran interés. Como observó Jack Balkin, profesor de la Facultad de Derecho de Yale, la comunidad de inteligencia tendrá que “depender de la empresa privada para recopilar y generar información para ella”, para poder ir más allá de las limitaciones constitucionales, legales o reglamentarias, unos debates que son centrales hoy dia. En 2013, el director de tecnología de la CIA describió la misión de la agencia como “recopilar todo y conservarlo para siempre”, agradeciendo a las empresas de Internet, incluidas Google, Facebook, YouTube, Twitter y Fitbit, y las empresas de telecomunicaciones, por hacerlo posible. Las raíces revolucionarias del capitalismo de la vigilancia se sembraron en la doctrina política no escrita del excepcionalismo de la vigilancia, que pasa por alto la supervisión democrática y esencialmente otorga a las nuevas empresas de Internet una licencia para robar la experiencia humana y convertirla en datos de propiedad exclusiva.

Los jóvenes emprendedores sin ningún mandato democrático obtuvieron una ganancia inesperada de información infinita y poder inexplicable. Los fundadores de Google, Larry Page y Sergey Brin, ejercieron un control absoluto sobre la producción, organización y presentación de la información mundial. Mark Zuckerberg de Facebook ha tenido control absoluto sobre lo que se convertiría en un medio principal de comunicación global y consumo de noticias, junto con toda la información oculta en sus redes. El número de usuarios del grupo creció y una creciente población de usuarios globales pasó a participar sin darse cuenta de lo que acababa de suceder.

La licencia para robar tuvo un precio, vinculando a los ejecutivos al patrocinio continuo de los funcionarios electos y reguladores, así como a la ignorancia sostenida -o al menos resignación aprendida- de los usuarios. Después de todo, la doctrina era una doctrina política y su defensa requeriría un futuro de maniobras políticas, reconciliación, compromiso e inversión.

Google abrió el camino con lo que se convertiría en una de las máquinas de lobbyismo más ricas del mundo. En 2018, casi la mitad del Senado recibió contribuciones de Facebook, Google y Amazon, y las empresas siguen estableciendo récords de gastos.

Más importante aún, el excepcionalismo de la vigilancia ha significado que Estados Unidos y muchas otras democracias liberales eligieron la vigilancia sobre la democracia como el principio rector del orden social. Con esta pérdida, los gobiernos democráticos paralizaron su capacidad para mantener la confianza de su pueblo, intensificando la justificación de la vigilancia.

LA ECONOMÍA Y LA POLÍTICA DEL CAOS EPISTEMICO

Para comprender la economía del caos epistémico, es importante saber que las operaciones del capitalismo de vigilancia no tienen un interés formal en los hechos. Todos los datos son bienvenidos como equivalentes, aunque no todos los datos son iguales. Las empresas dedicadas a la extracción de datos proceden con la disciplina del cíclope, consumiendo vorazmente todo lo que pueden ver, siendo radicalmente indiferentes al significado, los hechos y la verdad.

En un memorando filtrado, un ejecutivo de Facebook, Andrew Bosworth, describe este desprecio deliberado por la verdad y el significado de los datos: “Conectamos a la gente. Eso puede ser bueno si lo hacen positivo. Quizás alguien encuentre el amor… Eso puede ser malo si lo hacen negativo… Quizás alguien muera en un ataque terrorista… La fea verdad es que… cualquier cosa que nos permita conectar a más personas con más frecuencia es *de facto* algo bueno”.

En otras palabras, pedirle a un extractor de vigilancia que rechace el contenido es como pedirle a una empresa minera que deseche contenedores de carbón porque están demasiado sucio. Es por eso que la moderación de contenidos es un último recurso, una operación de relaciones públicas siguiendo el espíritu de los mensajes de responsabilidad social de la ExxonMobil. En el caso de Facebook, la clasificación de datos se lleva a cabo tanto para minimizar el riesgo de retiro del usuario como para evitar sanciones políticas. Ambos tienen como objetivo aumentar, en lugar de disminuir, los flujos de datos. El imperativo de extracción combinado con una indiferencia radical para producir sistemas que aumentan incesantemente la escala de la participación, pero les da igual por lo que te atrae.

Me estoy concentrando ahora en Facebook no porque sea el único perpetrador del caos epistémico, sino porque es la empresa de redes sociales más grande y sus consecuencias llegan más lejos.

La economía del capitalismo de vigilancia engendró al cíclope extractivo, convirtiendo a Facebook en un monstruo publicitario y un campo de exterminio para la verdad. Luego, un señor Trump amoral se convirtió en presidente, exigiendo el derecho a mentir a gran escala. La economía destructiva se fusionó con el apaciguamiento político y todo se volvió infinitamente peor.

La clave de esta historia es que la política de apaciguamiento requirió solamente poco más que un rechazo a mitigar, modificar o eliminar la desagradable verdad de la economía de la vigilancia. Los imperativos económicos del capitalismo de la vigilancia convirtieron a Facebook en un polvorín social. El Sr. Zuckerberg simplemente tuvo que ponerse a un lado y asumir el papel de espectador.

La investigación interna presentada en 2016 y 2017 demostró vínculos causales entre los mecanismos de focalización algorítmicos de Facebook y el caos epistémico. Un investigador concluyó que los algoritmos fueron los responsables de la propagación viral de contenido divisivo que ayudó a impulsar el crecimiento de los grupos extremistas alemanes. Descubrió que las herramientas de recomendación fueron responsables del 64% de las “conexiones de grupos extremistas”, una dinámica que no es exclusiva de Alemania.
El escándalo de Cambridge Analytica en marzo de 2018 atrajo la atención del mundo hacia Facebook de una manera nueva, ofreciendo una ventana temporal en la que poder llevar a cabo cambios audaces. El público comenzó a entender que el negocio de publicidad política de Facebook es una forma de alquilar el conjunto de capacidades de la compañía para micro-segmentar a los usuarios, manipularlos y sembrar el caos epistémico, girando toda la máquina solo unos pocos grados desde los objetivos comerciales a los políticos.

La empresa puso en marcha algunas iniciativas modestas, prometiendo más transparencia, un sistema más robusto de verificación de hechos mediante terceros y una política para limitar el “comportamiento coordinado no auténtico”, pero a pesar de todo, Zuckerberg cedió el campo a las demandas de Trump de que no hubiera restricciones de acceso al flujo sanguíneo de información global.

El Sr. Zuckerberg rechazó las propuestas internas de cambios operativos que podrían reducir el caos epistémico. Una lista blanca política identificó a más de 100.000 funcionarios y candidatos políticos cuyas cuentas estaban exentas de verificación de datos, a pesar de que las investigaciones internas muestran que los usuarios tienden a creer en la información falsa compartida por los políticos. En septiembre de 2019, la compañía anunció que la publicidad política no estaría sujeta a verificación de hechos.
Para aplacar a sus críticos en 2018, Zuckerberg encargó una auditoría de derechos civiles dirigida por Laura Murphy, exdirectora de la oficina legislativa de Washington de la ACLU. El informe publicado en 2020 es una queja apasionada expresada mediante un río de palabras que dan testimonio de esperanzas frustradas: “descorazonador”, “frustrado”, “enojado”, “consternado”, “temeroso”, “desgarrador”.
El informe es consistente con una ruptura casi completa de la fe del público estadounidense en Big Tech (las grandes empresas del sector de las nuevas tecnologías, AyR). Cuando se le preguntó cómo se adaptaría Facebook a un cambio político hacia una posible administración de Biden, un portavoz de la compañía, Nick Clegg, respondió: “Nos adaptaremos al entorno en el que estemos operando”. Y así fue. El 7 de enero, un día después de que quedó claro que los demócratas iban a controlar el Senado, Facebook anunció que bloquearía indefinidamente la cuenta de Trump.

Se espera que nos creamos que los efectos destructivos del caos epistémico son el costo inevitable de los preciados derechos de libertad de expresión. No es cierto. Así como los niveles catastróficos de dióxido de carbono en la atmósfera terrestre son la consecuencia de la quema de combustibles fósiles, el caos epistémico es una consecuencia de las operaciones comerciales fundamentales para el capitalismo de vigilancia, agravado por las obligaciones políticas y puesto en marcha por un sueño de control total de la información que ya tiene 20 años y se convirtió en una pesadilla. Luego llegó una plaga a Estados Unidos, convirtiendo la conflagración antisocial de los medios de comunicación en un incendio forestal.

EL CAOS EPISTÉMICO SE ENCUENTRA CON UN MISTERIOSO MICROORGANISMO

Ya en febrero de 2020, la OMS (Organización Mundial de la Salud) informó sobre una “infodemia” de Covid-19, con mitos y rumores que se estaban difundiendo por las redes sociales. En marzo, investigadores del M. D. Anderson Cancer Center de la Universidad de Texas llegaron la conclusión de que la información médica errónea relacionada con el coronavirus se estaba “propagando a un ritmo alarmante en las redes sociales”, poniendo en peligro la seguridad pública.
The Washington Post informó a finales de marzo que con casi el 50% del contenido de las noticias de Facebook dedicadas a temas relacionados con el Covid-19, un número muy pequeño de “usuarios influyentes” estaba impulsando los hábitos de lectura y las fuentes de una gran cantidad de usuarios. Un estudio publicado en abril por el Instituto Reuters confirmó que políticos de alto nivel, celebridades y otras figuras públicas prominentes produjeron el 20% de la información errónea en la muestra que analizaron, pero atrajeron el 69% de las interacciones en las redes sociales.
Un estudio publicado en mayo por el Instituto de Diálogo Estratégico de Gran Bretaña identificó un grupo central de 34 sitios web de extrema derecha que difunden desinformación de Covid o están vinculados a centros establecidos de desinformación de salud que ahora se centran en el Covid-19. De enero a abril de 2020, las publicaciones públicas de Facebook con enlaces a estos sitios web obtuvieron 80 millones de interacciones, mientras que las publicaciones con enlaces al sitio web de la OMS recibieron 6,2 millones de interacciones y los Centers for Disease Control and Prevention (Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades o CDC, organismo de EEUU dedicado a combatir epidemias, AyR) recibieron 6,4 millones.
Un estudio de Avaaz publicado en agosto destapó 82 sitios web que difunden información errónea sobre el Covid que alcanzaron un pico de casi 500 millones de visitas en Facebook en abril. El contenido de los 10 sitios web más populares atrajo alrededor de 300 millones de visitas en Facebook, en comparación con 70 millones de 10 instituciones líderes en el campo de la salud. Los modestos esfuerzos de moderación de contenido de Facebook no fueron rival para sus propios sistemas de máquinas diseñados para crear caos epistémico.
En octubre, un informe del National Center for Disaster Preparedness (Centro Nacional de Preparación para Desastres) de la Universidad de Columbia estimó el número de muertes evitables por Covid-19. Más de 217.000 estadounidenses habían muerto. Trágicamente, el análisis concluyó que al menos 130.000 de esas muertes podrían haberse evitado. De las cuatro razones clave citadas, los detalles de cada una, incluida la “falta de obligación de llevar puesta una mascatilla” y “engañar al público”, reflejan la orgía del caos epistémico desatado sobre las hijas e hijos de Estados Unidos.

Este es el mundo en el que floreció un microorganismo misterioso y mortal. Recurrimos a Facebook en busca de información. En cambio, encontramos estrategias letales de caos epistémico con ánimo de lucro.

TERRORISMO EPISTÉMICO

En 1966, Peter Berger y Thomas Luckmann escribieron un libro breve de importancia fundamental, “The Social Construction of Reality” (La construcción social de la realidad). Su observación central es que la “vida cotidiana” que experimentamos como “realidad” la construimos activa y perpetuamente. Este milagro continuo del orden social se basa en el “conocimiento del sentido común”, que es “el conocimiento que compartimos con los demás en las rutinas normales y evidentes de la vida cotidiana”.

Piense en el tráfico: no hay suficientes agentes de policía en el mundo para garantizar que todos los automóviles se detengan en cada semáforo en rojo, pero no todas las intersecciones desencadenan una negociación o una pelea. Eso es porque en sociedades ordenadas todos sabemos que las luces rojas tienen la autoridad para hacernos detener y las luces verdes están autorizadas para dejarnos ir. Este sentido común significa que todos actuamos de acuerdo con lo que todos sabemos, mientras confiamos en que los demás también lo harán. No solo estamos obedeciendo las leyes; estamos creando orden juntos. Nuestra recompensa es vivir en un mundo en el que la mayoría de las veces llegamos a donde vamos y volvemos a casa de manera segura porque podemos confiar en el sentido común de los demás. Ninguna sociedad es viable sin ella.

“Todas las sociedades son construcciones frente al caos”, escriben Berger y Luckmann. Como las normas son resúmenes de nuestro sentido común, la violación de normas es la esencia del terrorismo, aterradora porque repudia las certezas sociales más dadas por sentadas. “La violación de las normas crea una audiencia atenta más allá del objetivo del terror”, escriben Alex P. Schmid y Albert J. Jongman en Terrorismo Político (Political Terrorism), texto ampliamente citado sobre el tema. Todos experimentan el shock, la desorientación y el miedo. La legitimidad y la continuidad de nuestras instituciones son esenciales porque nos protegen del caos al formalizar nuestro sentido común.

Las muertes de reyes y las transferencias pacíficas del poder en las democracias son momentos críticos que aumentan la vulnerabilidad de la sociedad. Las normas y leyes que guían estas coyunturas se tratan correctamente con la máxima gravedad. Mr. Trump y sus aliados llevaron a cabo una campaña de desinformación de fraude electoral que finalmente se tradujo en violencia. Apuntó directamente al punto de máxima vulnerabilidad institucional de la democracia estadounidense y sus normas más fundamentales. Como tal, se puede calificar como una forma de terrorismo epistémico, una expresión extrema del caos epistémico. La determinación de Zuckerberg de prestar su maquinaria económica a la causa lo convierte en cómplice de este asalto.

Como el béisbol, la realidad cotidiana es una aventura que comienza y termina en nuestra casa, donde estamos a salvo. Ninguna sociedad puede vigilar todo todo el tiempo, y menos una sociedad democrática. Una sociedad sana se basa en un consenso sobre lo que es una desviación y lo que es normal. Nos aventuramos fuera de la norma, pero conocemos la diferencia entre el campo y el hogar, la realidad de la vida cotidiana. Sin eso, como hemos experimentado ahora, las cosas se desmoronan. ¿Demócratas bebiendo sangre? Seguro, ¿por qué no? ¿Hidroxicloroquina para Covid-19? ¡Sígame, por aquí! ¿Irrumpir en el Capitolio y convertir al señor Trump en dictador? ¡Sí, lo tenemos!

La sociedad se renueva a sí misma a medida que evoluciona el sentido común. Esto requiere instituciones de discurso social confiables, transparentes y respetuosas, especialmente cuando no estamos de acuerdo. En cambio, nos enfrentamos a lo contrario, casi 20 años en un mundo dominado por una institución político-económica que opera como una máquina del caos a sueldo, en la que la violación de las normas es clave para los ingresos.

Los hombres que ya no son jóvenes de las redes sociales defienden sus máquinas del caos con una interpretación retorcida de los derechos de la Primera Enmienda. Las redes sociales no son una plaza pública, sino privada, gobernada por las operaciones de las máquinas y sus imperativos económicos, incapaces y y sin interés de distinguir la verdad de la mentira o la renovación de la destrucción.

Para muchos que consideran la libertad de expresión como un derecho sagrado, la opinión disidente del juez Oliver Wendell Holmes de 1919 en Abrams v. Estados Unidos es una piedra de toque. “El bien final deseado se alcanza mejor mediante el libre comercio de ideas”, escribió. “La mejor prueba de la verdad es el poder del pensamiento para ser aceptado en la competencia del mercado”. La información corrupta que domina el sector privado no sube a la cima de una competencia libre y justa de ideas. Gana en un juego amañado. Ninguna democracia puede sobrevivir a este juego.

Nuestra susceptibilidad a la destrucción del sentido común refleja una joven civilización de la información que aún no ha encontrado su base en la democracia. A menos que interrumpamos la vigilancia económica y revoquemos la licencia para robar que legitima sus operaciones antisociales, el otro golpe seguirá fortaleciéndose y produciendo nuevas crisis. ¿Qué se debe hacer ahora?

TRES PRINCIPIOS PARA EL TERCER DECENIO

Comencemos con un experimento mental: Imagine un siglo XX sin leyes federales que regulen el trabajo infantil o establezcan estándares para los salarios, las horas y la seguridad de los trabajadores; ningún derecho de los trabajadores para afiliarse a un sindicato, hacer huelga o negociar colectivamente; sin derechos del consumidor; y ninguna institución gubernamental para supervisar las leyes y políticas destinadas a hacer que el siglo industrial sea seguro para la democracia. En cambio, se deja que cada empresa decidiera por sí misma qué derechos está dispuesta a reconocer, qué políticas y prácticas emplearía y cómo se distribuirían sus beneficios. Afortunadamente, esos derechos, leyes e instituciones existieron, inventados por personas durante décadas en todas las democracias del mundo. Por importantes que sigan siendo esos extraordinarios inventos, no nos protegen del golpe epistémico y sus efectos antidemocráticos.

El déficit refleja un patrón más amplio: Estados Unidos y las otras democracias liberales del mundo hasta ahora no han logrado construir una visión política coherente de un siglo digital que promueva los valores, principios y gobierno democráticos. Mientras que los chinos han diseñado y desplegado tecnologías digitales para hacer avanzar su sistema de gobierno autoritario, Occidente se ha mantenido comprometido y ambivalente.

Este fracaso ha dejado un vacío donde debería estar la democracia, y el peligroso resultado ha sido una deriva de dos décadas hacia sistemas privados de vigilancia y control de comportamiento fuera de las limitaciones de la gobernabilidad democrática. Este es el camino hacia la etapa final del golpe epistémico. El resultado es que nuestras democracias marchan desnudas hacia la tercera década sin las nuevas cartas de derechos, marcos legales y formas institucionales necesarias para asegurar un futuro digital compatible con las aspiraciones de una sociedad democrática.

Todavía estamos en los primeros días de una civilización de la información. La tercera década es nuestra oportunidad de igualar el ingenio y la determinación de nuestros antepasados ​​del siglo XX al sentar las bases para un siglo digital democrático.

La democracia está bajo el tipo de asedio que solo la democracia puede acabar. Si queremos derrotar al golpe epistémico, la democracia debe ser la protagonista.

Ofrezco tres principios que pueden ayudar a guiar estos comienzos:

EL ESTADO DE DERECHO DEMOCRÁTICO

Lo digital debe vivir en la casa de la democracia, no como un pirómano, sino como un miembro de la familia, sujeto y prosperando bajo sus leyes y valores. El gigante dormido de la democracia finalmente se mueve, con importantes iniciativas legislativas y legales en curso en América y Europa. En los Estados Unidos, cinco proyectos de ley integrales, 15 proyectos de ley relacionados y una propuesta legislativa importante, cada uno con un significado material para el capitalismo de vigilancia, se presentaron en el Congreso desde 2019 hasta mediados de 2020. Los californianos dieron la bienvenida a la legislación histórica sobre privacidad. En 2020, el Subcomité de Derecho Antimonopolio, Comercial y Administrativo del Congreso emitió un análisis de gran alcance del caso antimonopolio contra los gigantes tecnológicos. En octubre, el Departamento de Justicia, junto con 11 estados, inició una demanda federal antimonopolio contra Google por abuso de su monopolio de búsqueda en línea. En diciembre, la Comisión Federal de Comercio presentó una demanda histórica contra Facebook por acciones anticompetitivas, junto con una demanda de 48 fiscales generales. Estos fueron seguidos rápidamente por una demanda iniciada por 38 fiscales generales que hacía frente al motor de búsqueda central de Google al considerarlo como un medio anticompetitivo para bloquear a los rivales y privilegiar sus propios servicios.

Los argumentos antimonopolio son importantes por dos razones: indican que la democracia está nuevamente en movimiento y legitiman una mayor atención regulatoria a las empresas designadas como dominantes en el mercado. Pero cuando se trata de derrotar al golpe epistémico, el paradigma antimonopolio se queda corto. Este es el por qué.

El giro hacia el antimonopolio recuerda las prácticas anticompetitivas y las concentraciones de poder económico en los monopolios de la Gilded Age (la Edad Dorada, el periodo de expansión del capitalismo industrial que creo multitud de monopolios durante el siglo XIX y comienzos del XX, AyR). Como Tim Wu, un campeón antimonopolio, explicó en The Times, ““La estrategia de Facebook fue similar a la de John D. Rockefeller en Standard Oil durante la década de 1880. Ambas empresas examinaron el horizonte del mercado en busca de competidores potenciales y luego los compraron o los enterraron”. Añadió que “fue precisamente este modelo de negocio el que el Congreso prohibió en 1890” con la Sherman Antitrust Act.

Es cierto que Facebook, Google y Amazon, entre otros, son capitalistas despiadados, así como capitalistas de vigilancia despiadados, pero el enfoque exclusivo en su poder monopolístico al estilo Standard Oil plantea dos problemas. Primero, el modelo antimonopolio no tuvo tanto éxito, incluso en los términos de sus fiscales de finales del siglo XIX y principios del XX, en su objetivo de poner fin a las concentraciones injustas de poder económico en la industria petrolera. En 1911, una decisión de la Corte Suprema dividió a Standard Oil en 34 empresas de la industria de combustibles fósiles. El valor combinado de las empresas resultó mayor que el original. El más grande de los 34 tenía todas las ventajas de la infraestructura y escala de Standard Oil y rápidamente se movió hacia fusiones y adquisiciones, convirtiéndose en imperios de combustibles fósiles por derecho propio, incluidos Exxon y Mobil (que se convirtió en ExxonMobil), Amoco y Chevron.

Un segundo problema con las leyes antimonopolio, mucho más significativo, es que, si bien puede ser importante abordar las prácticas anticompetitivas en empresas despiadadas, no es suficiente para abordar los daños del capitalismo de vigilancia, como tampoco la decisión de 1911 abordó los daños de la producción de combustibles fósiles y consumo. En lugar de evaluar Facebook, Amazon o Google a través de las gafas del siglo XIX, deberíamos reinterpretar el caso de Standard Oil desde la perspectiva de nuestro siglo.

Otro experimento mental: imagina que los Estados Unidos de 1911 entendieran la ciencia del cambio climático. La decisión de disolución de la corte habría abordado las prácticas anticompetitivas de Standard Oil ignorando el caso mucho más trascendente: que la extracción, refinación, venta y uso de combustibles fósiles destruiría el planeta. Si los juristas y legisladores de esa época hubieran ignorado estos hechos, habríamos considerado sus acciones como una mancha en la historia de Estados Unidos.

De hecho, la decisión del tribunal ignoró las amenazas mucho más apremiantes a los trabajadores y consumidores estadounidenses. Un historiador de la ley estadounidense, Lawrence Friedman, describe la Ley Sherman Antimonopolio como “una especie de fraude” que logró poco más que satisfacer “necesidades políticas”. Explica que el Congreso “tuvo que responder al llamado a la acción – alguna acción, cualquier acción – contra los fideicomisos” y el acto fue su respuesta. Entonces, como ahora, la gente quería un asesino gigante.

Recurrieron a la ley como la única fuerza que podía corregir el equilibrio de poder. Pero los legisladores tardaron décadas en abordar finalmente las verdaderas fuentes de daño mediante la codificación de nuevos derechos para los trabajadores y los consumidores. La National Labor Relations Act (Ley Nacional de Relaciones Laborales), que garantizaba el derecho a aliarse a un sindicato mientras regulaba las acciones de los empleadores, no se promulgó hasta 1935, 45 años después de la Ley Sherman Antimonopolio. No tenemos 45 años, o 20 o 10, para demorarnos antes de abordar los daños reales del golpe epistémico y sus causas.

Puede haber sólidas razones antimonopolio para romper los grandes imperios tecnológicos, pero dividir Facebook o cualquiera de los otros en los equivalentes capitalistas de vigilancia de Exxon, Chevron y Mobil no nos protegería de los peligros claros y presentes del capitalismo de vigilancia. Nuestra época exige más.

NUEVAS CONDICIONES IMPONEN NUEVOS DERECHOS

Los nuevos derechos legales se cristalizan en respuesta a las condiciones cambiantes de la vida. El compromiso del juez Louis Brandeis con los derechos de privacidad, por ejemplo, fue estimulado por la difusión de la fotografía y su capacidad para invadir y robar lo que se consideraba privado.

Una civilización de la información democrática no puede progresar sin nuevas cartas de derechos epistémicos que protejan a los ciudadanos de la invasión y el robo a gran escala impulsados ​​por la economía de la vigilancia. Durante la mayor parte de la era moderna, los ciudadanos de las sociedades democráticas han considerado la experiencia de una persona como inseparable del individuo, inalienable. De ello se desprende que el derecho a conocer la propia experiencia se ha considerado elemental, unido a cada uno de nosotros como una sombra. Cada uno de nosotros decide si se comparte nuestra experiencia y cómo, con quién y con qué propósito.

Escribiendo en 1967, el juez William Douglas afirmo que los autores de la Declaración de Derechos creían que “el individuo debería tener la libertad de seleccionar por sí mismo el momento y las circunstancias en las que compartirá sus secretos con otros y decidirá el alcance de ese intercambio”. Esa “libertad de selección” es el derecho epistémico elemental a conocernos a nosotros mismos, la causa de la que fluye toda privacidad.
Por ejemplo, como portador natural de tales derechos, no le doy al reconocimiento facial de Amazon el derecho a conocer y explotar mi miedo a la focalización y las predicciones de comportamiento que benefician los objetivos comerciales de otros. No es simplemente que mis sentimientos no estén a la venta, es que mis sentimientos son imposibles de vender porque son inalienables. No le doy a Amazon mi miedo, pero me lo arrebatan de todos modos, solo otro dato más en los billones de dólares que recibieron las máquinas ese día.

Nuestros derechos epistémicos elementales no están codificados en la ley porque nunca habían estado bajo una amenaza sistemática, como tampoco tenemos leyes para proteger nuestro derecho a levantarnos, sentarnos o bostezar.

Pero los capitalistas de la vigilancia han declarado su derecho a conocer nuestras vidas. Así amanece una nueva era, fundada y protegida sobre la doctrina no escrita del excepcionalismo de la vigilancia. Ahora, el derecho que antes se daba por sentado a conocer y decidir quién sabe algo de nosotros debe estar codificado en la ley y protegido por instituciones democráticas, si es que va a existir.

DAÑOS SIN PRECEDENTES EXIGEN SOLUCIONES SIN PRECEDENTES

Así como las nuevas condiciones de vida revelan la necesidad de nuevos derechos, los daños del golpe epistémico requieren soluciones construidas con un propósito. Así es como el derecho evoluciona, crece y se adapta de una época a otra.

Cuando se trata de las nuevas condiciones impuestas por el capitalismo de la vigilancia, la mayoría de las discusiones sobre leyes y regulaciones se enfocan en los argumentos sobre los datos, incluida su privacidad, accesibilidad, transparencia y portabilidad, o en esquemas para comprar nuestra aquiescencia con pagos (mínimos) por datos. Más allá de esto discutimos sobre la moderación del contenido y las burbujas de filtro, donde los legisladores y los ciudadanos golpean a los ejecutivos recalcitrantes.

Más allá es donde las empresas quieren que estemos, tan absortos en los detalles del contrato de propiedad que nos olvidamos del problema real, que es que su exigencia de propiedad en sí misma es ilegítima.

¿Qué soluciones sin precedentes pueden abordar los daños sin precedentes del golpe epistémico? Primero, avanzamos hacia el suministro y finalizamos las operaciones de recopilación de datos de la vigilancia comercial. Previamente, la licencia para robar obra sus implacables milagros, empleando estrategias de vigilancia para hacer girar la pajita de la experiencia humana (mi miedo, su conversación del desayuno, su paseo por el parque) en el oro de los suministros de datos patentados. Necesitamos marcos legales que interrumpan y prohíban la extracción masiva de experiencia humana. Las leyes que detienen la recopilación de datos terminarían con las cadenas de suministro ilegítimas del capitalismo de vigilancia. Los algoritmos que recomiendan, se enfocan en detalles micro y manipulan, y los millones de predicciones de comportamiento emitidas al segundo no pueden existir sin los billones de puntos de datos que reciben cada día.

A continuación, necesitamos leyes que relacionen la recopilación de datos con los derechos fundamentales y el uso de los datos con el servicio público, abordando las necesidades genuinas de las personas y las comunidades. Los datos ya no son el medio de la guerra de información librada contra los inocentes.

En tercer lugar, hay que interrumpir los incentivos financieros que recompensan la economía de la vigilancia. Podemos prohibir las prácticas comerciales que exigen una recopilación de datos rapaz. Las sociedades democráticas han prohibido los mercados que comercian con órganos humanos y bebés. Los mercados que comercian con seres humanos están prohibidos, incluso cuando respaldan economías enteras.

Estos principios ya están dando forma a la acción democrática. La Federal Trade Commission (Comisión Federal de Comercio) inició un estudio de las empresas de redes sociales y transmisión de video menos de una semana después de presentar su caso contra Facebook y dijo que tenía la intención de “levantar el capó” de sus operaciones internas “para estudiar cuidadosamente sus motores”. Una declaración de tres comisionados señaló a las empresas de tecnología “capaces de vigilar y monetizar… nuestras vidas personales”, y agregó que “demasiadas cosas sobre esa industria siguen siendo peligrosamente opacas”.
Las propuestas legislativas innovadoras en la Unión Europea y Gran Bretaña, si se aprueban, comenzarán a institucionalizar los tres principios. El marco de la UE afirmaría la gobernanza democrática sobre las cajas negras de operaciones internas de las plataformas más grandes, incluida la autoridad integral de auditoría y ejecución. Los derechos fundamentales y el estado de derecho ya no se evaporarían en la ciberfrontera, ya que los legisladores insisten en “un entorno en la red seguro, predecible y confiable”. En Gran Bretaña, el Online Harms Bill (Proyecto de Ley de Daños en la Red) establecería un “deber de cuidado” legal que responsabilizaría a las empresas de tecnología de los daños públicos e incluiría nuevas autoridades y poderes para hacer cumplir la ley.
Dos frases que a menudo se atribuyen al juez Brandeis aparecen en el impresionante informe antimonopolio del subcomité del Congreso. “Tenemos que elegir. Podemos tener democracia, o podemos tener riqueza concentrada en manos de unos pocos, pero no podemos tener ambas”. La declaración tan relevante para la época de Brandeis sigue siendo un comentario mordaz sobre el viejo capitalismo que conocemos, pero ignora el nuevo capitalismo que nos conoce a nosotros. A menos que la democracia revoque la licencia para robar y desafíe la economía fundamental y las operaciones de vigilancia comercial, el golpe epistémico debilitará y eventualmente transformará la democracia misma. Debemos hacer nuestra elección. Podemos tener democracia, o podemos tener una sociedad de vigilancia, pero no podemos tener ambas. Tenemos que construir una civilización de la información democrática y no hay tiempo que perder.



Fuente: Noticiasayr.blogspot.com