April 29, 2021
De parte de El Topo
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Siempre he pensado que una o un antrop贸logo podr铆a reconstruir una l铆nea temporal de los movimientos sociales de una zona mirando en el caj贸n de las camisetas de cualquier activista o simpatizante. Os digo la m铆a, pod茅is jugar a ordenarla: La calle es de todxs, mayday, Indymedia Estrecho, La Huelga, varias de Casas Viejas (incluyendo la edici贸n de culto con las letras en japon茅s), Andanza, a favor del parto respetado, de Mujeres Deciden, Libre Meeting, hackmeetings鈥 you name it.

Otro indicador de solidaridad con las causas sociales es el di谩metro de la barriga cervecera. Nuestros movimientos tienen un repertorio de recursos muy limitado a la hora de financiarse: la venta de camisetas, chapas y, por supuesto, las barras de los eventos. Que las multas del Estado lleven a帽os pag谩ndose con el h铆gado de las encausadas es pa mir谩rselo.

La cuesti贸n de la parte econ贸mica de la autogesti贸n es un debate que se repite a lo largo de los a帽os en el seno de los movimientos sociales o, m谩s bien, mini debates en los que se entremezclan varios nudos: c贸mo nos financiamos; qu茅 trabajos se remuneran; d贸nde est谩 la frontera entre activismo y trabajo; qu茅 hacemos con las ayudas y subvenciones; 驴se pueden usar los espacios comunes para proyectos de lucro personales?; 驴podemos funcionar como si estuvi茅ramos fuera del capitalismo? Cada una de estas preguntas tiene bastante tela que cortar, pero, adem谩s, todas se entrelazan en una mara帽a. La relaci贸n de los movimientos sociales con el dinero es, cuanto menos, conflictiva.

Este art铆culo no pretende ser un estado de la cuesti贸n exhaustivo, adem谩s de por falta de tiempo de la que escribe, por la poca sistematizaci贸n de experiencias y debates que existe al respecto y, por tanto, por la escasa teor铆a generada. Los procesos de recogida de informaci贸n que hacen los movimientos sociales de sus experiencias y debates (o la falta de sistematizaci贸n cuando se hacen) suponen una piedra con la que nos tropezamos una y otra vez, tanto en la pr谩ctica, manteniendo los mismos debates de colectivo en colectivo y de generaci贸n en generaci贸n, como en la teor铆a, resultando dif铆cil hacer reflexiones que engloben la complejidad que intentamos abarcar o estudios con bases que se sostengan. Por tanto, nos vamos a centrar en hacer un repaso de los principales debates sobre este tema que he ido recogiendo de mi experiencia en diferentes colectivos a lo largo de los a帽os y las conversaciones sobre estos temas.

Como pre谩mbulo, cuando hablamos de movimientos sociales y dineros se me viene a la cabeza una reflexi贸n que se hizo en un grupo de discusi贸n feminista. Desde el feminismo se dice que a las mujeres nos produce recelo y pudor nombrar el dinero, ponerle precio a nuestro trabajo, introducir lo monetario en diferentes situaciones. Es f谩cilmente entendible dado que el capitalismo patriarcal se construye sobre el trabajo gratuito de las mujeres. Desde otro lugar, los movimientos sociales repiten algunos patrones de este comportamiento, no porque su trabajo est茅 invisibilizado, sino porque asumimos que meter el dinero en la ecuaci贸n es caer en las garras del capitalismo. Se buscan alternativas que intentan evitar el intercambio de dinero: trueques, bancos de tiempo鈥 pero hay cuestiones donde el dinero es necesario, sobre todo para las multas y el pago de bienes como alquileres o, yo qu茅 s茅, cerveza.

Aunque pueda parecer que el pago de multas es algo anecd贸tico dentro de la econom铆a de los movimientos sociales, por desgracia, suele convertirse en un elemento central de la misma, debido al progresivo aumento de la represi贸n. El impago de las multas ha sido una estrategia que se ha propuesto desde ciertos sectores, neg谩ndose a financiar al Estado represor con el dinero que los movimientos podr铆an dedicar a iniciativas que se encaminen a destruir a este Estado. Sin embargo, no todo el mundo puede asumir declararse insolvente o vivir con embargos de por vida, ya que en la pr谩ctica te lanza a una vida sin bancos, cuentas a tu nombre, expulsi贸n de trabajos en el sector p煤blico鈥 lo cual estar铆a bien, si fuera por decisi贸n propia. Numerosas circunstancias personales hacen que esto no sea siempre posible o que muchas no quieran cerrarse puertas por un tiempo indeterminado.

Bajo la misma l贸gica, podemos escapar del pago de un espacio mediante la okupaci贸n del mismo, lo que a la par nos permite denunciar la especulaci贸n salvaje que sufren nuestros barrios. Esta opci贸n se encuentra, a veces, con el desgaste que pueden sufrir los proyectos pero, sobre todo, con la creciente ola de desalojos preventivos que han conseguido que hoy en Sevilla, no exista un solo centro social okupado al que acudir.

Siguiendo con la l铆nea de huida de la materialidad de los dineros, podemos plantear la compra de productos alternativos de colectivos afines buscando trueques, aunque esto no siempre es posible.

Mucha m谩s fuerza ha tomado la apuesta por la econom铆a social, es decir, aquella que se organiza bajo principios de participaci贸n, cooperaci贸n y compromiso con la comunidad. Ah铆 hay de to: desde las peque帽as cooperativas ancladas a un barrio, hasta propuestas de mayor envergadura como, por ejemplo, Som Energia; pero desde ciertos 谩mbitos se sigue viendo como una opci贸n soft en la lucha anticapitalista. Quiz谩s la profundizaci贸n de estas pr谩cticas necesita darle una patada a las estructuras que organizan la vida cotidiana dentro del sistema capitalista: cooperativas de vivienda, procesos colectivos de generaci贸n de empleo, recuperaci贸n de espacios productivos desde lo com煤n鈥 y que estas experiencias dejen de funcionar como islas y se interconecten y, por supuesto, se multipliquen.

El esfuerzo consciente por salirse de la esfera cl谩sica de la econom铆a basada 煤nicamente en el intercambio monetario nos deja varias preguntas: 驴es viable profundizar en este camino?, 驴se agota en alg煤n punto donde ya no nos deja avanzar m谩s sin tener que destruir algo? Pero, sobre todo, es necesario preguntarse si es posible que estos proyectos sean replicables y puedan extenderse o si, por el contrario, solo pueden darse en las circunstancias concretas que los han visto nacer.

El tema del trabajo y el activismo es otra relaci贸n tormentosa que da para culebr贸n. El rechazo a las actividades productivas dentro de proyectos comunes ha sido una constante en muchos colectivos e incluso se siguen teniendo sensaciones encontradas ante el pago por un trabajo que proviene del activismo o que de alguna manera est茅 vinculado a 茅l. Prueba de ello son las numerosas cr铆ticas que se vierten sobre activistas que cobran por sus charlas o intentan sacar dinero de sus experiencias militantes. Quiz谩s hoy comience a estar m谩s normalizado, sobre todo, en los casos en los que se vincula al movimiento cooperativista como el caso de Can Batll贸, recuperado por las vecinas y, en cuyo ampl铆simo espacio, se integran proyectos de artesanos como la cooperativa Fusteria Can Batll贸. De nuevo, se nos quedan colgando algunas preguntas, como pelusillas en la escoba cuando barremos tras el debate, 驴es siempre f谩cil distinguir entre militancia y trabajo? y, aun en el caso de hacerlo, 驴es requisito indispensable para que una actividad sea considerada activismo o militancia que no est茅 remunerada?

Esta relaci贸n atormentada saca a la luz uno de los principales conflictos con los que se encuentran numerosos proyectos una vez que han pasado su fase inicial de subid贸n: la falta de estrategias para compatibilizar la militancia con las vidas precarias. La mayor铆a de los proyectos son inestables y dependen del trabajo militante, sin embargo, muchos de sus miembros se agotan a lo largo de la vida del proyecto o tienen que limitar su nivel de implicaci贸n porque necesitan dedicar gran parte de su tiempo a un trabajo que les permita acceder a ingresos.

La lista de proyectos imprescindibles que se quedaron por el camino porque las espaldas que los sosten铆an simplemente se agotaron es enorme. Y es que la militancia es dif铆cil de mantener a largo plazo si no tienes colchones por otro lado, porque no genera ingresos, genera gastos. Invertimos tiempo, trabajo y, a veces, dinero. Y, como en un c铆rculo por el que paseamos eternamente, volvemos a una pregunta conocida: 驴c贸mo se mantienen estos proyectos de 10 a 15 a帽os vista? Desde luego, no haciendo camisetas que nosotras mismas nos compramos.

La b煤squeda de una fuente de ingresos estables para los proyectos nos lleva a otro debate enconado en muchos movimientos sociales, la construcci贸n de lo com煤n con aportaciones de lo p煤blico y lo privado. Hablando en plata, el 芦temita禄 de las subvenciones ya provengan de instituciones p煤blicas o privadas.

Podemos resumir destacando dos extremos b谩sicos desde los m谩s 芦puros禄 a los m谩s 芦abiertos禄 y, en medio, la infinita gama de grises donde cada uno hace lo que puede. Cada colectivo adopta diferentes estrategias en esta dicotom铆a. Algunos lo tienen claro: no realizan ninguna actividad que cuente con financiaci贸n ni cualquier otra forma de colaboraci贸n con instituciones, ya que se considera un riesgo para la autonom铆a. Otros tienen una actitud reticente y pasiva, no buscan subvenciones ni colaborar con las instituciones, pero participan en aquello que se les proponga. Consideran que la b煤squeda de subvenciones supone un trabajo en s铆 mismo, sobre todo, por la burocracia que implica y quita tiempo para realizar otras actividades prioritarias para el colectivo. Apuntan que las instituciones dificultan el trabajo m谩s que facilitarlo.

Los m谩s cercanos a la actitud abierta consideran que los colectivos aportan a la sociedad y a lo com煤n por lo que valoran que merecen acceso al dinero p煤blico que se reparte a trav茅s de subvenciones, aunque se siguen detectando como un problema los ritmos que las instituciones manejan. Son dos l贸gicas de funcionamiento que chocan: instituciones decimon贸nicas frente a movimientos sociales del s. XXI. Como gran inconveniente: los movimientos sociales tienen unos ritmos m谩s din谩micos y flexibles y para acoplarse al ritmo institucional son ellos los que tienen que frenarse, dejar de hacer. La estabilidad que ofrecen las subvenciones es relativa, adem谩s, ya que est谩n sujetas a cambios de gobiernos o pol铆ticas o a la presentaci贸n de nuevas convocatorias. Como ventaja hay quien considera que para escalar las propuesta de los movimientos sociales a una base amplia de poblaci贸n, la implicaci贸n de la instituci贸n es casi imprescindible.

En general, los movimientos sociales caminan por una cuerdita en tensi贸n entre la coherencia y la consecuci贸n de objetivos. Muchos apuestan por formas de financiaci贸n que no generen tantas contradicciones como las subvenciones, bien sean las aportaciones de socias o el trabajo voluntario de socios en proyectos que generen beneficios. Estas soluciones no esquivan el hecho de poner el sost茅n de los proyectos sobre hombros precarios pero, al menos, ampl铆a y diversifica la base en la que se apoyan. Sin embargo, el trabajo de buscar nuevas socias y gestionar y cuidar a las existentes supone un extra de trabajo que recae sobre el n煤cleo m谩s implicado.

En este peque帽o y subjetivo repaso a los problemas de financiaci贸n de los movimientos sociales hemos visto que no todo es darse al bebercio por la causa, aunque sigue siendo una de las cartas que con m谩s frecuencia sacamos del repertorio de pr谩cticas; pero el resto de soluciones que encontramos no esquivan la precariedad a la que se someten los proyectos. Como veis, este art铆culo tiene preguntas y dudas, pero no respuestas. Lo que si nos queda es una certeza: la necesidad de poner en com煤n estrategias, reflexiones y pr谩cticas de autogesti贸n con las que podamos seguir construyendo nuestros colectivos con menos ansiedad. Y cuidando un poquito nuestros h铆gados.

Por

La Maca

Equipo de El Topo




Fuente: Eltopo.org