March 5, 2022
De parte de Oveja Negra
205 puntos de vista

En un artículo anterior hablábamos de cómo la catástrofe que a nosotros muchas veces nos la presentan como futura y estadísticamente probable, como mostrándose amenazante en el horizonte, podría estar ocultando que la sociedad moderna ya está viviendo desde hace tiempo un derrumbe y un ahogamiento extremo. Y que, más bien, ahora estamos siendo arrastrados por una inercia que nos viene empujando desde atrás. Querríamos seguir apuntando algunos aspectos de esta situación en la que estamos inmersos.

Y es que el problema de nuestras sociedades no solamente se refleja en el lamentable estado de lo que se llama entorno natural. Otro daño más que notable que efectúa la sociedad de masas se puede apreciar en los hombres y las mujeres que ella produce. Aquí nos vienen a la mente unas lúcidas palabras de Jaime Semprun: “cuando el ciudadano-ecologista se atreve a plantear la cuestión que cree más molesta preguntando: “¿Qué mundo vamos a dejar a nuestros hijos?”, en realidad está evitando plantear otra realmente inquietante: “¿A qué hijos vamos a dejar el mundo?”’[1]. (Considero innecesario recordar que de aquí en adelante realizo una descripción muy aproximativa, tosca y generalizada del individuo más o menos integrado en la sociedad avanzada, es decir, trato de rescatar las tendencias generales y dominantes en su forma de ser, pues una cosa como una descripción total, pormenorizada de los individuos, de cada uno de ellos en su singularidad, es una tarea imposible y hasta vana de llevar a cabo; además, la gente, al menos hasta ahora, siempre ha sabido de alguna manera escabullirse, por poco que sea, de la identidad que le impone una determinada cara del Poder, por lo que nunca se pueden aplicar estas generalizaciones a todos ni en igual medida. De todas formas, tampoco hay que olvidarse que se uniformiza a las masas por medio de exaltación y promoción de la singularidad de cada una de sus partes constituyentes: a cada uno le gusta una determinada marca de coche, cada cual lee prensa de determinada “postura” con la que más o menos se identifica, cada uno consume tales artículos de entretenimiento y tienes propias opiniones y creencias, entre otras muchas cosas, sin que esto suponga que estos individuos no sean intercambiables entre sí para el sistema).

El individuo triturado diariamente por la maquinaria social actual, en efecto, causa aún más temor que cualquier desastre ecológico. Su triste condición se revela en toda su crudeza cuando está metido, por ejemplo, en el habitual atasco automovilístico: impotente y rabioso, no puede oponer nada a la ansiedad que lo maltrata más que la fe en que está allí porque él mismo lo ha decidido así. Una acción medianamente sana en estos casos sería la de huir del coche, abandonándolo en medio del río de metal, y escapar del tamaño sufrimiento organizado, pero una acción de este tipo le es vedada, porque bien no cree necesario salir de su encierro o bien siente que no tiene otro remedio. Amaestrado en las mejores escuelas de obediencia y sumisión, liga su existencia a la de la sociedad que lo ha parido sin ninguna intención de ponerla en tela de juicio de una forma lúcida y razonable. Cuestionará la mala conducción de sus prójimos, la falta de respeto de las reglas establecidas, pero no tanto su condición de “accesorio” de automóvil. Acepta a sí mismo y, con ello, acepta a la sociedad, aunque aparentemente sea crítico con ella. El sistema técnico en el que vive ha creado para él un entorno complejo y simple a la vez, donde cree tener una mayor sensación de seguridad y control. Ha renunciado a vivir a cambio de la ilusión de que todas las condiciones de vida, en algún momento, estarán bajo el total control estricto y científico de la Humanidad. Cuando en el horizonte amenaza la catástrofe total, ese individuo se aferra principalmente a la sensación de seguridad que le proporciona el progreso técnico.

La sociedad lo empuja a negarse a cualquier gesto de libertad, le cuesta decir ‘no’ de veras a lo que se le impone (bien sea en forma de una orden sin más, bien sea en forma de una amable oferta o propuesta). En todo caso, si se trata de un buen ciudadano bien integrado en la sociedad, creerá en el sustito de libertad que le vende la democracia y el Progreso: creerá, por ejemplo, que el automóvil le vuelve más independiente o que puede opinar lo que él quiera y hacer con su vida lo que considere oportuno. Es decir, está muy determinado por la propaganda democrática de la sociedad de masas. En verdad, si bien se mira, no puede hacer nada con su vida más allá de lo que ya viene en las indicaciones de uso para esta especie de “vida” que se le ha endosado: si quiere tener algo de seguridad mientras dure su hastiada existencia, si quiere ‘tener un futuro’, no puede menos que someterse a lo que más o menos la mayoría está obligada a hacer y renunciar, así, a todo atisbo de razón y de pasión por la vida y libertad. Si quiere ser parte más o menos funcional del sistema, tiene que adaptarse. En algunos casos esto le lleva a una fe bien asentada en que así es feliz y no necesita ni quiere otra cosa, en otros, a la adaptación a la realidad en silenciosa resignación e impotencia, en casos más extremos pero aparentemente cada vez más recurrentes, a la depresión.

Vive en unas condiciones tan insanamente tecnificadas y complicadas que pierde cualquier noción de que algo puede hacerse sin que haya que recurrir a los expertos y al Estado. No controla ya prácticamente nada de las condiciones en las que es obligado a existir. Necesita, por ello, de indicaciones: cómo cruzar la calle, cómo comer, cómo dormir y cómo usar su cuerpo. Para todo hay una receta: aún cuando va a pasear al monte, dispone de un camino bien señalizado por donde tiene que caminar. La sociedad de masas no vale nada como comunidad (más o menos autónoma del Estado y del progreso tecnológico): es muy dependiente de lo que hagan o dejen de hacer el Estado y los técnicos. La sociedad industrial ha desarrollado notablemente sus capacidades técnicas, pero en la misma medida ha atrofiado la capacidad de la gente de hacer su vida de forma más o menos libre e independiente, por cuenta propia. ¿Qué puede hacer de verdad un individuo, por ejemplo, ante un importante derrame de petróleo en el mar? Los problemas que genera la sociedad técnica exigen respuestas técnicas que uno sencillamente no puede proponer aunque lo quisiera. Estos problemas requieren de expertos especializados y de importante investigación científica, de enormes aparatos estatales y no-estatales, ingentes recursos, negociaciones políticas, etc. Requiere, en pocas palabras, del inmenso aparato burocrático como el actual. Tal vez sea también por esta razón que el individuo moderno, para sentir que está haciendo algo al respecto, la única acción que realiza es la de apelar a la responsabilidad de los entes abstractos que penden arriba sobre él: al Gobierno, a la Ciencia, a la Humanidad, etc. Sumándose a la masa o a los grupos políticos, provistos para este propósito, para exigir a los dirigentes y los expertos que se ocupen del asunto es como cree estar haciendo algo con los problemas generados por la propia marcha sin sentido de la sociedad. Ellos, allá Arriba, cree, pueden brindar una solución, la comunidad, la gente de a pie, no.

En este contexto la pregunta que surge por sí sola es esta: ¿es capaz este hombre, producido y bien amoldado por la sociedad de masas, afrontar decentemente lo que le está viniendo encima? La memoria nos dice que hay que abstenerse de pronósticos y de seguridad de que el día de mañana sea como nosotros lo imaginamos ahora. No se puede calcular ni medir, además, la dimensión del daño generado en la gente por la sociedad industrial, ni tampoco saber a ciencia cierta cuántas reservas de espíritu y de salud salvables le puede quedar todavía. Sea como fuere, lo único medianamente seguro es que lo que vaya a pasar también dependerá de lo que la gente haga: de si renuncia a su libertad más todavía o, al contrario, de si la ejerce, esto es, empieza a decir ‘no’, a negarse a seguir igual, a rechazar los sustitutos de vida, que es lo único que le puede ofrecer el sistema.


[1] Jaime Semprun (2016): El abismo se repuebla. Pepitas de calabaza, Logroño, p.44.




Fuente: Ovejanegrarevista.wordpress.com