July 1, 2022
De parte de ANRed
190 puntos de vista

Imagen: @sebastian.romero.bernhardt y @b.studio.arg

El hijo de Goya, en la pequeña biografía que escribe sobre su padre, cuenta que las pinturas negras que hizo sobre las paredes de su casa, tipo murales, las ejecutó con el cuchillo de la paleta en lugar del pincel. El motivo mueve a Francisco de Goya a cambiar la suavidad del pelo de marta por el filo del metal. Cambiar trazo por tajo para que la sombra, más que la luz, es el gesto que comparte el artista con la versión de la obra de Rodrigo García, que podemos ver en El Sábato Espacio Cultural. «Prefiero que me quite el sueño Goya a que lo haga cualquier hijo de puta» bebe del agua oscura. El texto, que nos golpea desde la primera frase, viene con un título del cual es difícil bajar, pero la verdad es que el planteo termina ganándole por desborde. Por Andrés Manrique, para ANRed.


Convidados a esta catacumba que es El Sábato Espacio Cultural, un rincón de la opulenta Facultad de Ciencias Económicas, nos encontramos dentro del vientre donde se producen, al decir de Goya en una de sus más conocidas aguafuertes, algunos sueños de la razón. Las ventanas a la calle, de rejas coloniales, quedan por encima de los dos metros; a esta hora desde acá hacia arriba también es negro: el subsuelo es perfecto. La sala, atravesada por dos columnas, genera una sombra que la obra aprovecha.

Un trasvase de incomodidades se va dando entre actores y actrices; entre escenario y público; en ese cambio de posiciones y roles que se gesta en el cuadrilátero en que tantas veces se desenvuelve y destroza una familia. La obra cuenta lo que un padre piensa hacer con los ahorros de toda su vida, contra lo que les gustaría hacer a su hijo e hijas. Pero no habla de una familia disfuncional ni hay sillones mullidos que respalden ni mantitas para la falda, propias de un living de clase. Hay desnudez, y hay desencanto. La comodidad no tiene lugar. La escenografía cuenta con unas líneas blancas que reproducen la simetría en el vestuario desgarrado. La corporalidad de los y las personajes toman de las aguafuertes del aragonés, en cuanto al grotesco y al asombro despojado de toda luz; como si la mochila de merca que piensan llevar al museo de noche, se la hubieran tomado antes de arrancar la obra. Las expresiones les revientan la cara, les descoyuntan el cuerpo contra una luz plana que convierte el subsuelo en lo más parecido a la locación donde se juntan los personajes de “El club de la pelea” en la película, más que en la novela de Palahniuk.

Imagen: @sebastian.romero.bernhardt y @b.studio.arg

Escenografía, luz y vestuario guardan estrecha coherencia con el planteo al que apunta la propia dramaturgia. Aunque algún refugio no muy fácil de encontrar se busca. O tal vez sí, en la inocencia del hijo que quiere ir a Disney. ¿Pero es inocencia o necesidad fomentada por el mercado? Porque hasta la manifestación de ese deseo, al avanzar la obra, se va transformando más en un regulador de los humores y exabruptos del padre que en una expresión propia del hijo. La repetición revela el sinsentido del deseo. La enunciación repetida a destajo quiebra la lógica y el capricho del sistema se vuelca en el deseo de convertir el dinero en una experiencia. La decisión tiene algo de potlach, en el sentido del gasto improductivo que no tiene por objetivo más que el poder que da realizarlo, porque como dice el padre: “se me canta la chota…”

En entrevista, Lailén Álvarez y Elvira Tanferna abrieron parte del proceso de obra, desde su perspectiva de dirección conjunta.

Lailén: el trabajo nació en El Brío, donde elegimos Goya junto con los actores, como final para la carrera de actuación. De ahí surgió el primer acercamiento a la cuestión. Después, estudiando en la Escuela Municipal de Arte Dramática la conocí a Elvira y surgieron las ganas de retomar. En ese momento, pre pandemia, pasé a estar del lado de afuera. Salió de El Brío y lo pusimos en el circuito teatral. Y ahora estamos viviendo la segunda temporada.

Lailén: con la obra buscamos preguntas que provoquen mediante la tensión dramática. Que resuene.

Elvira: claro, porque todo lo que aparece es símbolo. La plata o las sustancias tienen que ver con algo del incentivo necesario para animarse, a veces incluso para solamente seguir adelante. No importa si es una biblioteca, si es merca, Sloterdijk o Nietzsche. La posibilidad de hacer creer a través de símbolos de poder que el espectador se los lleve, y después los vaya rumeando. Critica al esnobismo, al consumo cultural porque sí, en un doble juego que también es autocrítica.

Lailén: el chiste es que son su propia caricatura, un poco como todos que, de una manera u otra somos nuestra propia caricatura. Yo no quiero tal cosa, pero la consumo.

¿Por qué convocás a Elvira?

Lailén: en 2019 había algo que me quedaba grande, había una mirada sobre mi voz adonde no llegaba. Y sumar a alguien era importante para traer su voz. De este modo, yo creo que tiene una mirada más antropológica que abarca a la cultura, al capitalismo y al sistema, pero sobre todo en cuanto a la personalidad de cada personaje, y en la manera de relacionarse con los demás.

Hacia dónde va

Elvira: a mi manera de ver tiene mucho que ver con la idea del desmembramiento, de lo que nos come a nosotros mismos. Uno llevándose al propio cauce de su terror. Por eso se emparenta sobre todo con el período de las pinturas negras de Goya: Saturno devorando a sus hijos, El perro…

Lailén: tal cual, es decir: soy un adolescente nihilista, pero a la vez quiero ir a Disney; un poco de eso que está fuera de escena. Las pinturas negras tienen algo de eso.

Es interesante pensar que Goya hace esas pinturas sobre las paredes, tipo murales, en un anexo de su casa, un poco como fuera de escena también: fuera del museo y del retablo, del marco y del atril de los palacios y la nobleza. Ahora, ¿cómo es el proceso de decidir escénicamente con alguien que tiene el mismo rol?

Lailén: tenía una sola experiencia en codirección y, tanto en términos artísticos como escenográficos, logramos un intercambio ajustado en tiempo y forma. Armamos un equipo que dio un proceso enriquecedor; por todo lo que fueron resignificándose las ideas en el intercambio. Experimentar que mi idea con la del otro se hace más interesante es un hecho muy poderoso.

Elvira: totalmente. Y es increíble que cuando vimos la puesta en el ensayo general, las dos podíamos reconocer más los rasgos y características de la otra que las propias. Y señalar eso con claridad te da una perspectiva para poder analizar mejor el trabajo.

Imagen: @sebastian.romero.bernhardt y @b.studio.arg

¿Qué les respondió el autor cuando le pidieron su obra?

Lailén: él no nos respondió de manera directa. Rodrigo García es Argentino pero vive en España desde hace mucho, y tratamos siempre con su representante. Pero no perdemos la ilusión de que vea nuestra puesta en algún momento.

En la obra, los ahorros de toda una vida dan una cifra concreta de 950 lucas: ¿qué cuenta hicieron para dar con ese resultado?

Elvira: nos pusimos a averiguar cuánto podía costar concretar el sueño del padre, a precio de hoy. Pero, ensayo tras ensayo, tuvimos que ir cambiando el número, por la inflación.

En una de las líneas, uno de los personajes, dice: “el criterio incorpora el elemento confusión al cien por ciento” ¿Para ustedes es así?

Lailén: sí, y por suerte.

Elvira: la confusión es necesaria; del estar ahí conmocionado es un lugar del cual necesitás salir. Y además hay una diferencia de matiz interesante entre la sensatez y el criterio, que tiene que ver con cuestionarse y recuperar algo más de eso menos enseñado, menos racional, tal vez más impulsivo o primitivo.

¿En qué creen que ser dueños de una biblioteca diferencia a los personajes de quienes no tienen libros?

Lailén: Ellos hacen alusión a la biblioteca, a esa idea de que si eso que se dice o piensa está en un libro es verdad. Esta cosa de que porque tenemos una biblioteca somos cultos, y el regocijo en el hecho de tener una información distinta que, en todo caso, no sabemos si se leyó o es simplemente marca de distinción; tanto como para otro puede ser pasear en un auto o subirse a una marca. Nos interesa cuestionar las ideas de lo autorizado y lo que es menos lícito.

¿Qué de cierto encuentran en esto que dice uno de los personajes acerca de que “en contacto con el otro todo es fingimiento y desesperación”?

Elvira: la esencia del material, del por qué se escribe esto tiene que ver con una idea de manifiesto que, de movida, interpela al público de manera frontal. Tiene algo de comedia dramática, rioplatense que tenemos mucho acá. Nunca nos olvidamos de que le estamos hablando a alguien en un gesto de desesperación. Y trae un subtexto, entre otros, porque ya que no podemos hacer nada importante, necesitamos envalentonarnos para que algo valga la pena. Y yo creo que las sustancias son símbolo de esa desesperación, del poder romper el molde, aunque sea desde la desmesura.

Lailén: Devolvés lo que jurás destruir. En contacto con el otro se busca la aceptación. Quiénes somos fuera de la intimidad. Cuando lo que nos está pasando es que cada vez nos distanciamos más, paradójicamente, a través del avance de las telecomunicaciones.

¿Cómo llegaron al Centro Cultural Sábato?

Lailén: Llegamos porque en su primera temporada la programadora encontró este espacio como algo contemporáneo, de los nuevos lenguajes escénicos. Pero esto fue antes de la pandemia. Y cuando pasó, con una atención y cuidado especiales, desde el Centro cultural nos llamaron para que la repusiéramos. Así que con total alegría estamos de nuevo.

¿Cómo terminan los actores y actrices? Porque el texto y el nivel energético son de una carga…

Lailén: con mucha energía de agite.

Elvira: En general terminamos yendo a tomar una cerveza ahí enfrente, no sabemos si para bajar o para seguirla.

¿Qué les gustaría que le pase a la obra?

Lailén: Nos gustaría que se haga y se siga haciendo, porque con el correr de las funciones somos testigos de lo que crece. Y el público se va re movido. Nos damos cuenta porque la gente comparte y hace preguntas que nos dan la pauta de que ahí pasaron cosas. Y además deseamos que suceda en diferentes escenarios, en distintos contextos: en una escuela, en un barrio, en la puerta de un museo; un poco también como para ir encontrando qué dispara en las distintas miradas.

Entre las autoras hay un clima de entendimiento permanente y afinidad que nos lleva a pensar si acaso no fue la serie de Disparates, esas obras pequeñas que Goya grabó justo antes de los murales de la fase negra, las que las unieron. Quizá, esta obra pertenezca al mismo círculo donde el desencaje, la ironía y las manos apretadas se confunden en la oscuridad con un eco sordo de impotencia y desencanto.

Las funciones son los sábados de julio 22hs en El Sábato Espacio Cultural (J. E. Uriburu 763, CABA.)


Ficha técnico artística:

Dramaturgia: Rodrigo García

Intérpretes: Walter Medina, Matías Aimar, Eugenia Spago, Romina Julieta Ruiz

Iluminación: Lailén Alvarez

Diseño gráfico: Matías Aimar

Producción ejecutiva: Sofía Franco

Coproducción de El Sábato Espacio Cultural

Codirección: Lailén Alvarez y Elvira Tanferna.

Web: http://www.instagram.com/goya_obra

Duración: 50 minutos

Clasificaciones: Teatro, Adultos





Fuente: Anred.org