February 2, 2021
De parte de Grup Antimilitarista Tortuga
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Gavin Jacobson (The Baffler)

El pueblo balinés de Petulu es famoso por las garzas –las Kokokan– que descienden sobre sus árboles al atardecer. Al final del día, miles de garcillas bueyeras de lomo marrón y garzas de los estanques de Java alzan el vuelo desde los campos de arroz adyacentes antes de abalanzarse, en una gran batalla campal aviar, sobre las ramas que cuelgan por encima del templo local. Llegaron por primera vez a principios de noviembre de 1965, un mes después de que el ejército indonesio, los gánsteres y los escuadrones de la muerte paramilitares comenzaran a aniquilar a presuntos miembros del Partido Comunista de Indonesia (PKI). En un viaje que hice por el país a principios de la década de 2000 conocí a un hombre que afirmaba que las Kokokan eran las almas retornadas de los muertos que los lugareños apreciaban por sus supuestos poderes apotropaicos.

Entre octubre de 1965 y marzo de 1966, aproximadamente ochenta mil personas fueron asesinadas en Bali (cerca del 5 % de la población de la isla), así como al menos otras cuatrocientas veinte mil en todo el archipiélago. La CIA calificó la masacre como “uno de los baños de sangre más espantosos, intensos y continuados de la época actual”. Las víctimas fueron acorraladas y fusiladas, ejecutadas mediante garrote o asesinadas a machetazos y con barras de hierro. En el siniestramente surrealista largometraje de Joshua Oppenheimer, The Act of Killing (El acto de matar), de 2012, un verdugo del norte de Sumatra recuerda el sadismo de los ataques: “Les embutíamos leña en el ano hasta que morían. Les aplastábamos el cuello con maderos. Los ahorcábamos. Los estrangulábamos con alambre. Les cortábamos la cabeza. Los atropellábamos con coches”. Los cuerpos fueron arrojados a pozos, a ríos y lagos, o enterrados en tumbas poco profundas bajo plataneras. Se dice que el río Brantas de Java Oriental estaba atestado de cadáveres decapitados. Tal y como escribe Vincent Bevins en The Jakarta Method, fue “una explosión de violencia” contra el PKI equivalente a una “matanza apocalíptica”.

El libro de Bevins es un ajuste de cuentas con la masacre de los comunistas indonesios –concretamente con la complicidad de Estados Unidos en los crímenes–. Al autor no le interesan tanto las extensas descripciones de las torturas y las muertes como comprender la geopolítica que se esconde tras ellas. La gran originalidad y perspicacia del libro es el énfasis que pone en la escala internacional de 1965. Valiéndose de ejemplos desde Indochina hasta América Latina, Bevins revela el modo en que Washington perfeccionó una forma de intervención violenta aunque invisible al construir una “red internacional de exterminio” que tenía como objetivo los regímenes comunistas y simpatizantes de los países en vías de desarrollo.

En ese sentido, The Jakarta Method es una historia de 1965 como peripecia de la Guerra Fría: el punto de inflexión en el que un incipiente orden alternativo del “Tercer Mundo” fue aplastado por un país aspirante a potencia hegemónica. Al igual que el historiador Odd Arne Westad, Bevins considera la Guerra Fría como las “circunstancias globales bajo las cuales la gran mayoría de los países del mundo pasaron del dominio colonial directo a otra cosa, a una nueva situación en un nuevo sistema global”. En la Indonesia de 1965 fue donde todo esto comenzó.

El PKI había sido el tercer partido comunista más grande del mundo después de los partidos comunistas de la Rusia soviética y China; en 1965 tenía 3,5 millones de afiliados y otros 20 millones en organizaciones asociadas. Se alzó en armas contra el colonialismo holandés en la década de 1930; después contra la ocupación japonesa en 1945; y contra los holandeses por última vez entre 1945 y 1949. Pero el PKI salió de los enfrentamientos como un partido de política parlamentaria, con una segunda generación de líderes comprometidos con las instituciones, la organización comunitaria y las elecciones.

El resultado fue que en 1965, el PKI –dirigido por DN Aidit, de 42 años– estaba desarmado y no tenía ningún plan para la revolución. Fue un movimiento de masas, ideológicamente flexible, que con frecuencia ignoraba los mandatos de Moscú y posponía el advenimiento del socialismo “hasta el final del siglo”. El vicepresidente Richard Nixon resumió el sentir de Washington durante la década de 1950 cuando dijo que “un gobierno democrático no era el mejor para Indonesia” ya que “los comunistas probablemente no podrían ser derrotados en las campañas electorales porque estaban muy bien organizados”.

El PKI y el ejército constituían dos de las tres principales bases de poder en la Indonesia posterior a la independencia. La tercera, y más significativa, era el presidente del país, Sukarno, que había liderado la lucha contra los holandeses y japoneses. Carismático, egoísta y distraído (o dirigido) por una libido extraordinaria, se adhirió a una ideología híbrida llamada “NASAKOM” –una de sus siglas distintivas–, una mezcla excéntrica de nacionalismo, islam y marxismo. Sukarno también fue un internacionalista comprometido. Al igual que el revolucionario italiano del siglo XIX Giuseppe Mazzini, creía que el internacionalismo “no puede florecer si no está arraigado en la tierra del nacionalismo”. Tampoco podría el nacionalismo “florecer si no crece en el jardín de flores del internacionalismo”.

Esta visión mazziniana de la independencia nacional y la solidaridad internacional fue compartida por otras figuras destacadas del hemisferio sur, como el presidente de Birmania, U Nu, y Kwame Nkrumah de Ghana. Se hizo realidad temporalmente en la Conferencia Asiático-Africana de 1955 que tuvo lugar en Bandung. Aunque acuñado en 1952 por el economista francés Alfred Sauvy para describir a los oprimidos del hemisferio sur, el “Tercer Mundo” era más una promesa que un lugar: la promesa de liberarse de las manos muertas del colonialismo y transformar las naciones liberadas de África y Asia en nuevos mundos de justicia, libertad y creatividad. Si bien vino a continuación de una serie de conferencias similares –la Liga Contra el Imperialismo (1927), la Liga del Sudeste Asiático de Pridi Phanomyong (1947) y las Conferencias de Bogor (1949 y 1954)– Bandung fue el apogeo revolucionario del Tercer Mundo. En su discurso de apertura, Sukarno declaró: “Espero que [esta conferencia] dé prueba de que Asia y África han renacido, mejor dicho, ¡que han nacido una Nueva Asia y una Nueva África!”.

Durante un tiempo, Estados Unidos consideró que el nacionalismo del Tercer Mundo de Sukarno era lo suficientemente anticomunista como para permitirlo. Pero tal tolerancia no podía durar, y bajo el mandato de Lyndon Johnson, la política estadounidense hacia esta estrella polar de la solidaridad afroasiática se endureció hasta convertirse en algo menos indulgente. A medida que se agotaba la ayuda económica a Indonesia, Sukarno se volvió más antiestadounidense, llegando incluso a establecer vínculos con el gobierno de Ho Chi Minh en Vietnam. Hablaba de un “eje Yakarta-Phnom Pen-Hanói-Pekín-Pyongyang” y suspendió la participación de Indonesia en la ONU.

La creciente alarma de Washington por las acciones de Sukarno debe entenderse en el contexto de las ambiciones geoestratégicas de la primera. Tras la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos buscaba construir un mundo seguro para el capitalismo, custodiado y administrado bajo el palio global de potencia suprema. Eso requería hacer frente a la amenaza soviética dondequiera que apareciera. Los estrategas estadounidenses se dieron cuenta de que el teatro de operaciones contra el comunismo se extendía más allá de Europa occidental y que el escenario de la victoria podía igualmente estar en África, Asia o América Latina. A partir de 1948, cuando los dólares del Plan Marshall revivieron las economías de Europa y socavaron el apoyo a los partidos comunistas, el sudeste asiático emergió como la frontera crítica en la confrontación de Estados Unidos con el enemigo soviético. George F. Kennan, el arquitecto de la política de contención de EE. UU., dijo que “el tema más crucial en este momento de nuestra lucha con el Kremlin es probablemente el problema de Indonesia”.

La contención nunca tuvo la intención de impedir el avance de la Unión Soviética mediante “la aplicación vigilante de una fuerza contraria”, como dijo Kennan en 1991. El propósito, más bien, era confrontar y aniquilar. Según el historiador Anders Stephanson:

Ciertamente, la Guerra Fría fue una batalla a muerte, pero a una especie de muerte abstracta. Eliminar la voluntad de lucha del enemigo –la victoria– significaba más que una victoria militar en el campo de batalla. Significó, en principio, la propia liquidación del enemigo cuyo derecho a existir, y mucho menos a la igualdad, no se reconocía. La liquidación por sí sola podía traer la paz. La liquidación es la “verdad” de la Guerra Fría.

En los anales de la agresión estadounidense infligida al hemisferio sur, fue en Indonesia donde la doctrina de la liquidación alcanzó su clímax radical. Habiendo llevado a cabo “operaciones encubiertas” similares contra regímenes indisciplinados que habían intentado afirmar la independencia económica en Irán (1953), Guatemala y Filipinas (1954) e Irak (1963), las agencias de inteligencia estadounidenses y británicas comenzaron a intensificar planes para socavar el gobierno de Sukarno. En la primera mitad de la década de 1960, Washington y Londres habían discutido incluso la idea de que un golpe de Estado prematuro del PKI podría ser el casus belli que permitiría al ejército actuar contra él.

El 30 de septiembre de 1965, un grupo de oficiales del ejército llamado G30S secuestró y asesinó a seis generales indonesios en lo que pareció ser un intento de golpe. El general Suharto, un oscuro líder militar de Java Central, culpó de los asesinatos al PKI y tomó el control de las fuerzas armadas antes de tomar el país. Hay una serie de teorías en competencia sobre quién lanzó el golpe y por qué. La más plausible la presentaron en el “Cornell Paper” de 1966 Benedict Anderson y Ruth McVey, donde argumentaban que se trataba de un asunto interno del ejército. Ni el PKI ni Sukarno participaron; al contrario, fueron las víctimas.

El asesinato de los generales y las historias falsas de que fueron mujeres comunistas quienes los habían mutilado se utilizaron para avivar los sentimientos anticomunistas. En cuestión de días, el ejército y los escuadrones de la muerte locales –gánsteres y miembros de las organizaciones musulmanas más grandes de Indonesia– comenzaron a apresar a cualquier persona asociada con el PKI. Cuando caía la noche, los arrestados eran sacados al exterior y fusilados o decapitados en lo que se llamó “Operación Aniquilación”. Aidit y el resto de líderes del partido fueron ejecutados.

La mayoría de los indonesios nunca había oído hablar de Suharto, pero la CIA lo había identificado anteriormente como un aliado en la causa anticomunista. Formaba parte de una red que vinculaba al ejército indonesio con los altos mandos del complejo militar-intelectual estadounidense: diplomáticos y agentes de inteligencia de la CIA, teóricos de la modernización como Walt Whitman Rostow, tecnócratas de Berkeley y la Corporación RAND, y asesores militares en Fort Leavenworth, donde más de mil oficiales indonesios habían sido entrenados en 1962. El resultado de todas estas conexiones fue que el ejército aprendió a poner su tarea inmediata –liquidar a los comunistas– al servicio de una misión mayor para dirigir el desarrollo de los tecnócratas autoritarios de Indonesia y gradualmente llevar al país al reino del capital estadounidense. Cuando llegó el momento, la CIA también ayudó más directamente al ejército ensuciando el nombre del PKI mediante propaganda y proporcionando al ejército listas de presuntos simpatizantes del comunismo. El veredicto de Bevins sobre la participación estadounidense es condenatorio: “Washington comparte la culpa por cada muerte. Estados Unidos fue una parte integrante de la operación en cada etapa”. En cuanto a Sukarno, su reacción ante los asesinatos fue de resignación. “Una y otra vez, siempre es lo mismo”, como le dijo a un grupo de periodistas: “¡Navajas, navajas, navajas, navajas, navajas, una tumba para mil personas, una tumba para mil personas!”.

Para la administración de Johnson la carnicería fue motivo de celebración. Suavizó los efectos negativos del desastre que se revelaba en Vietnam y plantó la semilla de un nuevo mercado para la rentabilidad empresarial. (En 1967, dos años después de que hubiera acontecido la peor de las masacres, General Electric, American Express y otras firmas estadounidenses acudieron al archipiélago para vender sus mercancías). La sensación de alivio quedó registrada en la vasta red de cables diplomáticos que se entrecruzaban entre Washington, su embajada en Yakarta y las cancillerías de Europa. No mucho después de que comenzaran los asesinatos, Howard Green, el embajador de Estados Unidos en Indonesia, envió un comunicado al Departamento de Estado informándole que el ejército estaba “trabajando duro para acabar con el PKI y yo, por mi parte, tengo un creciente respeto por su determinación y organización para llevar a cabo esta tarea crucial”. “El asunto de Indonesia se está desarrollando de un modo que resulta alentador”, escribió el subsecretario de Estado George Ball. “Si . . . se hace limpieza del PKI. . . nacerá un nuevo día en Indonesia”.

El entusiasmo de Green fue ampliamente compartido en los medios de comunicación estadounidenses, incluso en la atmósfera bipartidista de la Guerra Fría. En un artículo de junio de 1966 titulado “A Gleam of Light in Asia” (Un rayo de luz en Asia), el célebre columnista del New York Times James Reston daba la bienvenida a “la salvaje transformación de Indonesia, que ha pasado de una política pro China bajo Sukarno a una desafiante política anticomunista bajo el general Suharto”. La revista Time describió la liquidación del PKI como “la mejor noticia de Occidente desde hace años en Asia”. US News & World Report fue más allá: “Indonesia: Esperanza. . . Donde antes no había ninguna”.

Bevins no es el primero en describir y analizar el imperialismo violento de Estados Unidos en la Guerra Fría. Una escuela de historiadores, descendientes del William Appleman Williams de la década de 1950 hasta gente actual como Bruce Cummings y Greg Grandin, ha tratado de captar la verdad esencial de la política exterior de Estados Unidos como una fuerza agresivamente expansionista en el mundo. Sin embargo, Bevins destaca al demostrar que lo que unía a los comunistas a través de las fronteras no era tanto una creencia en la revolución internacional sino su experiencia compartida de asesinatos y derrota. Más allá de Indonesia, el método de Yakarta encontró a sus practicantes más devotos en Brasil y Chile.

En ambos países, la palabra “Yakarta” adquirió un significado específico para la extrema derecha, convirtiéndose en sinónimo de exterminio de comunistas. En los días previos al golpe de Estado respaldado por Estados Unidos que derrocó a Salvador Allende en 1973, la frase “Yakarta se acerca” apareció pintada en las murallas de Santiago: una terrorífica declaración del asalto que estaba a punto de desatarse sobre la izquierda. Mientras tanto, en Brasil, entonces bajo la brutal dictadura militar de Emilio Garrastazu Médici, se planeaba en secreto la “Operación Yakarta” para la eliminación del partido comunista del país en colaboración con bandas de extrema derecha.

Ninguna de estas operaciones fue “orquestada” en su totalidad desde Langley. Más bien, la CIA aprovechaba las divisiones preexistentes dentro de un país y luego adiestraba a los pistoleros sobre el terreno: agentes locales cuyo anticomunismo podía ser respaldado con fondos y material clandestinos. Este fue el “método de Yakarta” que se perfeccionó en el sudeste asiático en 1965. Desde mediados de la década de 1950, como ha demostrado el historiador Jeremy Kuzmarov, la Administración de Cooperación Internacional había proporcionado a la policía indonesia jeeps, lanchas patrulleras y manuales de formación de la CIA, como Curso encubierto de entrenamiento paramilitar (1952) y El manual de sabotaje (1954). Los asesores de seguridad con experiencia en Grecia, Filipinas y Corea establecieron un centro de comunicaciones en Yakarta y una sala de cifrado en la sede central de la Policía Nacional para recopilar información de inteligencia sobre el PKI. Inspirado en las prácticas coloniales europeas, el programa 1290-d establecido por la administración de Eisenhower para entrenar a otros cuerpos policiales del sudeste asiático contrarrevolucionarios también ayudó a canalizar dinero a los extremistas islámicos y las Unidades de Reconstrucción Provisional; se reclutaron equipos de “cazadores-asesinos” procedentes de bandas, minorías descontentas, y policías y oficiales del ejército renegados.

Con el tiempo, Washington proporcionaría a las fuerzas armadas y policiales nacionales de América Latina, el sudeste de Asia y África apoyo logístico y entrenamiento de contrainsurgencia, así como ayuda con campañas de propaganda contra los comunistas locales y la izquierda. A pesar de que Bevins describe esto como una red internacional “flexible”, aquellos que estaban involucrados en la violencia contra los comunistas, sin embargo, estaban unidos por un pagador común, así como por su admiración por lo que sucedió en Indonesia en 1965.

La influencia de Yakarta no se limitó a la violencia anticomunista de derechas. Bevins muestra cómo la destrucción del PKI influyó en las decisiones estratégicas de los partidos comunistas en todo el mundo. En Camboya, Pol Pot y los jemeres rojos estudiaron la caída del PKI y concluyeron que la decisión del partido de desarmarse y confiar en el proceso democrático había sido un desastre. Pol Pot prometió que su movimiento se aferraría al poder mediante la violencia y la fuerza de las armas, con consecuencias diabólicamente asesinas. En China, la guerra librada contra Sukarno y la izquierda ayudó a inspirar la movilización de los Guardias Rojos durante la Revolución Cultural en 1966. En Filipinas, el fundador del Partido Comunista Maoísta, José Maria “Joma” Sison, vio lo que le había sucedido a un PKI desarmado y decidió que su partido se basaría en tácticas armadas en el campo. (Hoy, las guerrillas maoístas aún operan en campamentos en la jungla por todo el archipiélago). Y el genocidio impulsó a las dictaduras de Taiwán y Corea del Sur a fundar la Liga Mundial Anticomunista.

A mediados de la década de 1960, el Tercer Mundo y sus sueños de un orden radicalmente diferente –libre, igualitario, pacífico y fraternal– habían desaparecido. Los líderes del movimiento poscolonial, como Nehru en India, Sukarno en Indonesia, Nkrumah en Ghana y U Nu en Birmania, habían muerto o habían sido depuestos. Más simbólicamente, el internacionalismo del “espíritu de Bandung” fue reemplazado en 1967 por la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN): un grupo de naciones que no estaban unidas por la causa de la paz y la justicia, sino por la lealtad a los imperativos tecnocráticos y autoritarios del capital y la globalización al estilo americano. Un intercambio entre Bevins y el director de Sekretariat Bersama 1965, un grupo de supervivientes del genocidio de Indonesia, captura la moraleja de la historia con una sencillez devastadora:

“Estados Unidos ganó. Aquí en Indonesia, obtuvisteis lo que queríais y en todo el mundo obtuvisteis lo que queríais” . . .

¿Cómo ganamos?, le pregunté.

Winarso dejó de moverse de forma nerviosa. ”Nos matasteis”.

Al tratar los sucesos de Indonesia, Bevins se apoya en estudios académicos de la última década, como The Killing Season: A History of the Indonesian Massacres , 1965-1966 de Geoffrey B. Robinson (el más forense); Economists with Guns: Authoritarian Development and U.S.-Indonesian Relations, 1960-1968 de Bradley R. Simpson (el más interesante); y The Army and the Indonesian Genocide: Mechanics of Mass Murder de Jess Melvin (el más revelador). Pero The Jakarta Method es un hábil y necesario ajuste de cuentas con 1965 desde su propia perspectiva, determinada por la carrera del autor como periodista en Brasil para Los Angeles Times y posteriormente en Indonesia para el Washington Post. Bevins pasó mucho tiempo con personas que habían vivido estos sucesos; esto fue lo que lo impulsó a escribir una historia que presentaría la verdad más sobrecogedora a los lectores occidentales sobre cómo fue en realidad la Guerra Fría para quienes estaban en la punta de lanza del poder estadounidense.

Todos seguimos viviendo a la sombra de Yakarta. En Indonesia, la defensa del comunismo sigue estando prohibida y el genocidio de 1965 es un tema tabú: una pesadilla tácita que se asienta como un íncubo sobre la conciencia colectiva de la nación. En Brasil, Bolsonaro es la estrella polar del anticomunismo contemporáneo –y un vestigio del pasado asesino de Estados Unidos–. En el mismo Estados Unidos, la historia de 1965 y sus repercusiones apenas se conoce. La pregunta que cabe hacerse es si la amarga oleada de ambición imperial ha regresado a la patria. Una de las lecciones que se extrae de Yakarta es que Estados Unidos pudo triunfar en la Guerra Fría, pero la carnicería necesaria para ganar nunca pudo controlarse ni contenerse. La violencia y el enorme complejo de bases, fuerzas especiales, empresas de seguridad privadas, operaciones clandestinas y sistemas de vigilancia necesarios para sustentarla, adquirió una lógica y un impulso propios en la búsqueda de nuevas partes del mundo para domar y reproducir a su imagen y semejanza.

Ahora parece que la maquinaria imperial se ha vuelto contra sus arquitectos. Una presidencia frustrada, la vigilancia masiva sin orden judicial, la hipermilitarización de los cuerpos policiales, la demonización cultural y política de los progresistas y la descripción de los centros urbanos como “espacios de batalla”. Dos mundos que alguna vez estuvieron separados –las fronteras violentas y la paz interna– chocan ahora en las calles de Estados Unidos.


Este artículo se publicó en inglés en The Baffler.

Traducción de Paloma Farré


https://ctxt.es/es/20201201/Politic…




Fuente: Grupotortuga.com