November 30, 2020
De parte de Paco Salud
1,063 puntos de vista

El Nacionalismo como religi贸n pol铆tica

La idea de la naci贸n -dice el fil贸sofo poeta indio Tagore-
es uno de los medios sopor铆feros m谩s eficaces que ha inventado el hombre. Bajo
la influencia de sus perfumes puede un pueblo ejecutar un programa sistem谩tico
del ego铆smo m谩s craso, sin percatarse en lo m谩s m铆nimo de su depravaci贸n moral;
a煤n m谩s, se le excita peligrosamente cuando se le llama la atenci贸n sobre ella.

Tagore denomin贸 a la naci贸n como ego铆smo organizado. La
calificaci贸n ha sido bien elegida; s贸lo que no se debe olvidar nunca que se
trata aqu铆 siempre del ego铆smo organizado de minor铆as privilegiadas, oculto
tras el cortinaje de la naci贸n, es decir, tras la credulidad de las grandes
masas. Se habla de intereses nacionales, de capital nacional, de mercados
nacionales, de honor nacional y de esp铆ritu nacional; pero se olvida que detr谩s
de todo s贸lo est谩n los intereses ego铆stas de pol铆ticos sedientos de poder y de
comerciantes deseosos de bot铆n, para quienes la naci贸n es un medio c贸modo que
disimula a los ojos del mundo su codicia personal y sus intrigas pol铆ticas.

El movimiento insospechado del industrialismo capitalista ha
fomentado la posibilidad de sugesti贸n nacional colectiva hasta un grado que
antes no se hubiera siquiera so帽ado. En las grandes ciudades actuales y en los
centros de la actividad industrial viven millones de seres estrechamente
prensados, privados de su vida personal, adiestrados sin cesar moral y
espiritualmente por la prensa, el cine, la radio, la educaci贸n, el partido y
cien medios m谩s, en un sentido que les hace perder su personalidad. En los
establecimientos de la gran industria capitalista el trabajo se ha vuelto
inerte y autom谩tico y ha perdido para el individuo el car谩cter de la alegr铆a
creadora. Al convertirse en vac铆o fin de s铆 mismo ha rebajado al hombre a la
categor铆a de eterno galeote y le ha privado de lo m谩s valioso: la alegr铆a
interior por la obra creada, el impulso creador de la personalidad. El
individuo se siente solo como un elemento insignificante de un grandioso mecanismo,
en cuya monoton铆a desaparece toda nota personal.

Se adue帽贸 el hombre de las fuerzas de la naturaleza; pero en
su lucha continua contra las condiciones externas se olvid贸 de dar a su acci贸n
un contenido moral y de hacer servir a la comunidad las conquistas de su
esp铆ritu; por eso se convirti贸 en esclavo del aparato que ha creado. Es
justamente esa enorme carga permanente de la m谩quina lo que pesa sobre nosotres
y hace de nuestra vida un infierno. Hemos perdido nuestro humanismo y nos hemos
vuelto, por eso, hombres de oficio, hombres de negocio, hombres de partido. Se
nos ha metido en la camisa de fuerza de la naci贸n para conservar nuestra
caracter铆stica 茅tnica; pero nuestra humanidad se ha esfumado y nuestras
relaciones con los otros pueblos se han transformado en odio y desconfianza.
Para proteger a la naci贸n sacrificamos todos los a帽os sumas monstruosas de
nuestros ingresos, mientras los pueblos caen cada vez m谩s hondamente en la
miseria. Cada pa铆s se asemeja a un campamento armado y acecha, con miedo y
mort铆fero celo, todo movimiento del vecino; pero est谩 dispuesto en todo momento
a participar en cualquier combinaci贸n contra 茅l y a enriquecerse a costa suya.
De ah铆 se desprende que debe confiar sus asuntos a hombres que tengan una
conciencia bien el谩stica, pues s贸lo ellos tienen las mejores perspectivas de
salir airosos en las eternas intrigas de la pol铆tica exterior e interior. Lo
reconoci贸 ya Saint Simon cuando dijo:

Todo pueblo que quiere hacer conquistas est谩 obligado a
desencadenar en s铆 las peores pasiones; est谩 forzado a colocar en las m谩s altas
posiciones a hombres de car谩cter violento, as铆 como a los que se muestran m谩s
astutos. (Saint Simon, 鈥淒u Systeme industrial鈥, 1821)

Y a todo esto se agrega el miedo continuo a la guerra, cuyas
consecuencias se vuelven cada d铆a m谩s horrorosas y m谩s dif铆cilmente
previsibles. Ni los tratados y convenios mutuos con otras naciones nos alivian,
pues se conciertan con determinados prop贸sitos, ocultos generalmente. Nuestra
pol铆tica llamada nacional est谩 animada por el ego铆smo m谩s peligroso; y por esa
misma raz贸n no puede nunca conducir a una disminuci贸n o a un arreglo integral,
por todos anhelado, de las divergencias nacionales.

Por otra parte, hemos desarrollado nuestros conocimientos
t茅cnicos hasta un grado capaz de influir y estimular de modo fant谩stico en
nuestra imaginaci贸n; pero sin embargo, el hombre no se ha vuelto por ello m谩s
rico, sino cada vez m谩s pobre. Toda nuestra econom铆a ha ca铆do en un estado de
constante inseguridad, y mientras se abandonan al exterminio de una manera
criminal valores por millones y millones, a fin de mantener los precios al
nivel m谩s conveniente, viven en cada pa铆s millones de seres humanos en la
miseria m谩s espantosa y sucumben vergonzosamente en un mundo de superabundancia
y de supuesta superproducci贸n. La m谩quina, que deb铆a haber aliviado el trabajo
del hombre, lo ha hecho m谩s pesado y ha convertido poco a poco a su propio
inventor en una m谩quina, de tal modo que debe adaptar cada uno de sus
movimientos a los de las ruedas y mecanismos de acero. Y, como se calcula la
capacidad de rendimiento del complicado mecanismo hasta lo m谩s 铆nfimo, se
calcula tambi茅n la energ铆a muscular y nerviosa del productor viviente de
acuerdo con determinados m茅todos cient铆ficos, y no se comprende, no se quiere
comprender, que con ello se le priva del alma y se mutila profundamente su
dignidad humana. Hemos ca铆do cada vez m谩s bajo el dominio de la mec谩nica y
sacrificamos la existencia humana viviente ante el altar de la monoton铆a de las
m谩quinas, sin que llegue a la conciencia de la mayor铆a lo monstruoso de ese
comienzo. Por eso se pasa por sobre estas cosas generalmente con tanta
indiferencia y frialdad como si se tratase de objetos inertes y no del destino
humano.

Para conservar ese estado de cosas ponemos todas las
conquistas t茅cnicas y cient铆ficas al servicio del asesinato en masa organizado;
educamos a nuestra juventud para asesines uniformades; entregamos los pueblos a
la torpe tiran铆a de una burocracia extra帽a a la vida; ponemos al hombre desde la
cuna a la tumba bajo la vigilancia policial: levantamos en todas partes
prisiones y presidios y poblamos cada pa铆s de ej茅rcitos enteros de confidentes
y esp铆as. Semejante orden, de cuyo seno enfermo brotan continuamente la
violencia brutal, la injusticia, la mentira, el crimen y la podredumbre moral
como g茅rmenes venenosos de endemias devastadoras, 驴no convencer谩 poco a poco,
incluso a los esp铆ritus m谩s conservadores, de que se compra a precio demasiado
elevado?

El dominio de la t茅cnica a costa de la personalidad humana,
y especialmente la resignaci贸n fatalista con que la gran mayor铆a se acomoda a
esa situaci贸n, es tambi茅n la causa por la cual es m谩s d茅bil en el hombre de hoy
la necesidad de libertad, siendo sustituida en muchos por la necesidad de
seguridad econ贸mica. Ese fen贸meno no debe extra帽arnos; todo nuestro
desenvolvimiento ha llegado hoy a un punto en que casi todo ser humano es jefe
o subalterno, o ambas cosas simult谩neamente. Por ese medio ha sido fortalecido
el esp铆ritu de la dependencia; el hombre verdaderamente libre no est谩 a gusto
ni en el papel de superior ni en el de inferior y se esmera, ante todo, por
desarrollar sus valores internos y sus capacidades personales de una manera que
le permita tener un juicio propio en todas las cosas y le capacite para una
acci贸n independiente. La tutela continua de nuestra acci贸n y de nuestro
pensamiento nos ha debilitado y nos ha vuelto irresponsables. De ah铆 justamente
proviene el anhelo de un hombre fuerte que ponga fin a toda miseria. Ese af谩n
de un dictador no es un signo de fortaleza, sino una prueba de nuestra
inconsistencia interior y de nuestra debilidad, aun cuando los que la ponen de
manifiesto se esfuerzan a menudo por aparecer como firmes y valerosos. Lo que
no posee el hombre mismo es lo que m谩s codicia. Y como se siente demasiado
d茅bil pone su salvaci贸n en la fortaleza ajena; porque somos demasiado cobardes
o demasiado t铆mides para hacer algo con las propias manos, y forjar el propio
destino, ponemos 茅ste a merced de los dem谩s. Bien dijo Seume cuando afirm贸: La
naci贸n que s贸lo puede o debe ser salvada por un solo hombre, merece latigazos.

No; el camino de la superaci贸n s贸lo puede estar en la ruta
hacia la libertad, pues toda dictadura tiene por base una condici贸n de
dependencia llevada al extremo y no puede beneficiar nunca la causa de la
liberaci贸n. Incluso cuando una dictadura ha sido concebida como etapa
transitoria para alcanzar un cierto objetivo, la actuaci贸n pr谩ctica de sus
jefes -suponiendo que ten铆an la honesta intenci贸n de servir a la causa del
pueblo- la aparta cada vez m谩s de sus objetivos originarios. No s贸lo por el
hecho que todo gobierno provisional, como dijo Proudhon, pretende siempre
llegar a ser permanente, sino ante todo porque el poder en s铆 es ineficaz y ya
por esa causa incita al abuso. Se pretende utilizar el poder como un medio,
pero el medio se convierte pronto en un fin en s铆 mismo, tras el cual
desaparece todo lo dem谩s. Justamente porque el poder es infecundo y no puede
dar de s铆 nada creador, est谩 obligado a utilizar las fuerzas laboriosas de la
sociedad y a oprimirlas en su servicio. Debe vestir un falso ropaje, a fin de
cubrir su propia debilidad; y esa circunstancia lleva a sus representantes a
falsas apariencias y enga帽o premeditado. Mientras aspira a subordinar la fuerza
creadora de la comunidad a sus finalidades particulares, destruye las ra铆ces
m谩s profundas de esa energ铆a y ciega las fuentes de toda actividad creadora,
que admite el est铆mulo, pero de ninguna manera la coacci贸n.

No se puede libertar a un pueblo someti茅ndolo a una nueva y
mayor violencia y comenzando de nuevo el c铆rculo de la ceguera. Toda forma de
dependencia lleva inevitablemente a un nuevo sistema de esclavitud, y la
dictadura m谩s que cualquiera otra forma de gobierno, pues reprime violentamente
todo juicio contrario a la actuaci贸n de sus representantes y sofoca as铆, de
antemano, toda visi贸n superior. Pero toda condici贸n de sometimiento tiene por
base la conciencia religiosa del hombre y paraliza sus energ铆as creadoras, que
s贸lo pueden desarrollarse sin obst谩culos en un clima de libertad. Toda la
historia humana fue hasta aqu铆 una lucha continua entre las fuerzas culturales
de la sociedad y las aspiraciones de dominio de determinadas castas, cuyes
representantes opusieron firmes barreras a las aspiraciones culturales o al
menos se esforzaron por oponerlas. Lo cultural da al hombre la conciencia de su
humanidad y de su potencia creadora, mientras el poder ahonda en 茅l el
sentimiento de su sujeci贸n esclava.

Hay que librar al ser humano de la maldici贸n del poder, del
canibalismo de la explotaci贸n, para dar rienda suelta en ellos a todas las
fuerzas creadoras que puedan dar continuamente nuevo contenido a su vida. El
poder les rebaja a la categor铆a de tornillos inertes de la m谩quina, que es
puesta en marcha por una voluntad superior; la cultura les convierte en amo y
forjador de su propio destino y les afianza en el sentimiento de la comunidad,
del que surge todo lo grande. La redenci贸n de la humanidad de la violencia
organizada del Estado, de la estrecha limitaci贸n a la naci贸n, es el comienzo de
un nuevo desarrollo humano, que siente crecer sus alas en la libertad y
encuentra su fortaleza en la comunidad. Tambi茅n para el porvenir tiene validez
la sabidur铆a de Lao-Ts茅:

Gobernar de acuerdo con la ruta es gobernar sin violencia:
produce en la comunidad un efecto de equilibrio. Donde hubo guerra crecen las
espinas y surge un a帽o sin cosecha. El que es bueno no necesita violencia, no
se arma de esplendor, no se jacta de fama, no se apoya en su acci贸n, no se fundamenta
en la severidad, no aspira al poder. La culminaci贸n significa decadencia. Fuera
de la ruta est谩 todo fuera de ruta.

Nacionalismo y Cultura. Rudolf Rocker, 1936 Libro primero,
Cap铆tulo XV

Fuente: https://laanarquia.wordpress.com/2015/06/24/contra-el-nacionalismo/




Fuente: Pacosalud.blogspot.com